Por siempre nosotras 39
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Pipa no iba con ganas. Ni siquiera lo disimulaba. El mensaje había sido claro: reunión de trabajo, colaboración puntual, gente de distintos equipos… y, entre los nombres, uno que no necesitaba apellido.

Dani.

Cuando lo leyó, soltó el móvil sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.

—Genial —murmuró.

Porque no. No era genial. Era exactamente lo contrario.

El sitio era neutro. Una sala de reuniones amplia, cristalera, luz blanca, mesas largas y ordenadas. Nada personal. Nada que ayudara a suavizar lo que ya venía incómodo de base.

Pipa llegó puntual, se sentó y abrió el portátil. Y no miró a la puerta, no hacía falta. Sabía que iba a entrar y cuando lo hizo, lo notó antes de verlo, por el silencio leve que se generó, por la forma en la que cambió el ambiente.

Alzó la vista. Ahí estaba Dani, igual que siempre, o no exactamente. Más serio. Más contenido, pero igual de… Dani.

Se miraron un segundo, sin saludo, sin gesto y Pipa volvió a bajar la mirada, como si no mereciera más. La reunión empezó. Datos, propuestas, intervenciones medidas. Pipa habló cuando tenía que hablar. Clara, directa, profesional. Dani también, sin interrumpir, sin imponerse, sin ese punto que ella recordaba de él. Eso le llamó la atención, pero no lo suficiente. Fue en un momento concreto, una decisión que no terminaba de cerrarse. Dos posturas, una de ellas, la de Dani. Pipa lo interrumpió.

—Eso no tiene sentido.

Directa, sin filtro. Varias miradas se levantaron. Dani no reaccionó mal, no se tensó y tampoco respondió de inmediato.

—Explícate —dijo, tranquilo.

Eso la irritó más.

—Que no tiene sentido —repitió—. Y que, si esto sale mal, quien se come el problema no eres tú.

Silencio. Más incómodo. Alguien intentó intervenir, pero Pipa no lo dejó.

—Y ya está bien de decisiones a medias —añadió—. Porque luego desapareces y aquí nadie sabe qué hacer con lo que dejas.

Eso ya no era solo trabajo y se notó. Dani la miró de verdad esta vez.

—No voy a desaparecer —dijo.

Pipa soltó una risa seca.

—Ya.

Silencio.

—Eso se lo puedes decir a otra.

La sala se quedó en pausa. Demasiado evidente. Demasiado personal. El responsable de la reunión carraspeó.

—Si os parece, seguimos…

—No —cortó Dani, sin elevar la voz—. Déjalo.

Pausa. Miró a Pipa.

—Terminamos fuera.

No fue una invitación, fue una decisión. Salieron después, sin prisa, sin hablar.

El pasillo estaba casi vacío. Pipa se apoyó contra la pared, cruzándose de brazos.

—No hace falta —dijo—. Ya sé cómo eres.

Dani se quedó frente a ella. Sin acercarse demasiado.

—No —respondió—. Sabes cómo fui.

Pipa negó.

—No me vengas con eso.

—Te estoy viniendo con la verdad.

Silencio.

—Y la verdad es que la cagué —añadió—. Muchas veces.

Directo. Sin matices. Eso la frenó un poco, pero no lo suficiente.

—¿Y ahora qué? —preguntó—. ¿Vienes a arreglarlo?

Dani negó muy leve.

—No.

Pausa.

—Vengo a no repetirlo.

Eso sí le llegó, porque no era lo mismo, porque no estaba intentando justificarse. Estaba… colocándose. Pipa lo miró de arriba abajo.

—Lía está bien —dijo—. Con Carlos.

Dani no respondió.

—Y tú no vas a joder eso otra vez.

Silencio.

Dani sostuvo la mirada.

—No quiero joder nada.

Pipa arqueó una ceja.

—Claro.

—Quiero hacerlo bien.

Pipa no dijo nada. Esperó.

—No le he pedido que deje a Carlos —continuó Dani—. Ni lo voy a hacer.

Eso sí la descolocó.

—¿No?

—No.

Pausa.

—Quiero que lo haga si quiere.

Más bajo.

—No porque yo aparezca.

Silencio. Pipa bajó la mirada un segundo, porque eso… no encajaba con la imagen que tenía de él.

—¿Y mientras qué? —preguntó.

Dani no dudó.

—Mientras me quedo.

Pausa.

—Y le demuestro que no soy el de antes.

Eso fue lo que cambió algo. No del todo. Pero sí lo suficiente.

—¿Sabes qué pasa? —dijo Pipa al final—. Que yo no te creo.

Dani asintió.

—Normal.

Pausa.

—Yo tampoco me habría creído.

Silencio.

—Pero da igual —añadió—. No necesito que me creas tú.

Pipa alzó la vista.

—¿No?

—No.

Pausa.

—Necesito que me vea ella.

Eso sí era verdad y Pipa lo supo, porque no había estrategia, no había ego, no había juego. Solo intención.

Se hizo un silencio distinto. Más limpio.

—Como le vuelvas a hacer daño… —empezó Pipa.

Dani la cortó.

—No lo voy a hacer.

Y no sonó a promesa. Sonó a límite.

Pipa se separó de la pared. Lo miró un segundo más y por primera vez desde que había empezado todo no lo vio igual.

—Más te vale —murmuró.

Y no era amenaza, era una advertencia real. Volvieron a la sala sin decir nada más, sin cerrar la conversación, sin necesitar hacerlo. Pipa se sentó en su sitio, abrió el portátil y fijó la vista en la pantalla, como si todo estuviera exactamente igual que antes. No lo estaba, porque ahora sí estaba mirando. De verdad.

Dani retomó la reunión con la misma naturalidad con la que la había dejado, sin rastro de lo que había pasado fuera, sin tensión añadida, sin esa necesidad de marcar nada delante de nadie y eso fue lo primero que le llamó la atención. No estaba actuando, no estaba intentando demostrar nada, simplemente… estaba.

Pipa apoyó el codo en la mesa, escuchando y cuanto más lo hacía, más le costaba sostener la idea que tenía de él. Intervenía cuando tenía que intervenir, no pisaba a nadie, no se imponía, pero tampoco se quedaba atrás. Sus ideas eran claras y bien estructuradas, útiles. Y eso… le molestó un poco, porque no encajaba con lo fácil que había sido hasta ese momento etiquetarlo.

Volvió a mirarlo un segundo más y recordó lo que le había dicho fuera.

«No necesito que me creas tú. Necesito que me vea ella.»

Se le quedó ahí, dando vueltas, porque no sonaba a alguien que estuviera jugando y eso… eso cambiaba las cosas.

En un momento concreto, alguien planteó una duda que bloqueaba parte del proyecto. Dani respondió. No rápido, ni por encima. Se tomó su tiempo y cuando habló, todo encajó. Simple. Claro. Sin adornos.

Varias cabezas asintieron. Pipa también sin darse cuenta. Cuando lo hizo, se dio cuenta y bajó la mirada casi sonriendo.

La reunión terminó sin más. La gente empezó a levantarse, a recoger. Salieron. Pipa cerró el portátil despacio. Se quedó un segundo sentada, pensando. Luego se levantó y fue hacia él.

—Oye.

Dani alzó la vista.

—Dime.

Pipa se cruzó de brazos. Lo miró un segundo.

—Igual no eres tan gilipollas como pensaba.

Silencio.

Dani la sostuvo. Y se rio.

—Gracias.

—No te emociones.

—Lo intento.

Pipa negó muy leve, pero esta vez había algo distinto.

—¿Te apetece que miremos lo de antes con más calma? —añadió él—. Fuera.

Pausa.

—Y nos tomamos algo.

Pipa dudó. Luego asintió.

—Vale.

El sitio era sencillo. Una terraza cualquiera. Pidieron algo de beber y, sin darse cuenta, la conversación empezó por trabajo… y se fue volviendo ligera, natural, cercana.

Pipa se encontró riéndose de verdad, sin forzarlo.

—No me puedo creer que estés siendo agradable —dijo en un momento.

Dani se encogió de hombros.

—Yo tampoco.

Ella soltó una carcajada.

—Esto es rarísimo.

—Un poco.

Nico el que rompió aquel equilibrio.

—Pues sí que me he perdido algo…

Los dos levantaron la cabeza al mismo tiempo. Pipa fue la primera en reaccionar.

—¡Nico!

Él se acercó despacio, todavía con una expresión entre divertida y desconcertada.

—Pensaba que seguías trabajando.

—Ya hemos terminado.

Nico asintió, pero seguía mirando alternativamente a uno y a otro. Después volvió a fijarse en Dani y otra vez en Pipa. Negó muy despacio con la cabeza.

—Vale… necesito que alguien me explique qué está pasando.

Pipa frunció el ceño.

—¿Qué va a pasar?

—No sé.

Señaló a Dani con un gesto de la mano.

—Hace un mes querías tirarlo por un puente.

Dani soltó una risa por lo bajo y Pipa lo fulminó con la mirada.

—No exageres.

Nico arqueó una ceja.

—¿Que no exagero?

La miró divertido.

—La última vez que hablamos de él creo que lo llamaste «imbécil integral».

Pipa carraspeó.

—Bueno…

—Y ahora me encuentro a ese mismo imbécil tomándose unas copas contigo.

Silencio.

—Entenderás que me sorprenda un poco.

Pipa dejó escapar una sonrisa resignada.

—Ha sido una reunión de trabajo.

—¿Que ha terminado en una copa?.

—Exacto.

—¿Con Dani?

—Sí, Nico.

Él volvió a mirar a Dani.

—No es por ti.

Dani levantó las manos.

—Lo sé.

—Es que me cuesta procesar esta imagen.

Ella miró un segundo a Dani antes de responder.

—Reconozco que quizás llevaba demasiado tiempo juzgándolo sin escuchar su versión.

Eso hizo reír a los dos. La tensión desapareció casi por completo.

Pipa señaló la silla vacía.

—¿Te vas a quedar ahí haciendo un interrogatorio o te sientas?

Nico sonrió por fin.

—Ahora sí me siento.

Se dejó caer en la silla mientras hacía un gesto al camarero para pedir una cerveza.

Al principio, la conversación fue más contenida. Nico hablaba, pero con ese punto de atención constante, como si no terminara de soltar del todo la situación. Pipa lo notaba y Dani también, pero ninguno lo señaló. Fue Pipa la que volvió a romperlo.

—Estábamos hablando de Lía —dijo, sin rodeos.

Nico alzó una ceja.

—Claro que sí.

Miró a Dani.

—Entonces mejor me pongo al día.

Y Dani lo hizo. Sin esquivar, sin competir, sin marcar territorio. Y eso terminó de bajar la tensión. El ambiente cambió poco a poco. Las copas ayudaron. La conversación también y Nico dejó de mirar a Dani como si tuviera que medirlo, porque ya no hacía falta, porque lo estaba viendo. De verdad.

Cuando Dani se levantó para irse, no hubo gesto extraño.

—Nos vemos —dijo.

Pipa se quedó mirando un segundo hacia donde había desaparecido y luego volvió a su copa.

Nico la observó.

—Me alegro de que hayáis hablado, es un buen tío y me cae bien —dijo.

Pipa alzó la vista.

—¿Sí?

—Sí.

Silencio breve. Pipa sonrió.

—A mí también.

Y eso… eso sí que no lo habría dicho esa mañana.