Por siempre nosotras 38
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Dani no necesitó releer la conversación para saber que algo había cambiado, lo supo en el momento exacto en el que colgó la llamada, cuando el silencio de su casa se le vino encima y, por primera vez en mucho tiempo, no sintió esa sensación de haber llegado tarde, sino todo lo contrario, como si, de alguna manera extraña, hubiera empezado a llegar justo a tiempo. Seguía doliendo, seguía habiendo miedo, seguían existiendo demasiadas cosas por resolver, pero debajo de todo eso había aparecido algo que llevaba años buscando: una oportunidad.

Dejó el teléfono sobre la mesa y permaneció unos segundos inmóvil antes de levantarse. Caminó despacio hasta la cocina, abrió la nevera sin saber siquiera qué buscaba y volvió a cerrarla exactamente igual. Después regresó al salón, se quitó por fin la chaqueta y la dejó caer sobre el respaldo de una silla. El piso estaba completamente a oscuras. Durante un instante pensó en encender la televisión, abrir una cerveza o hacer cualquiera de esas cosas que uno hace para engañar un poco a la cabeza cuando lleva demasiado tiempo pensando en la misma persona. No hizo ninguna.

Se acercó a la ventana. Madrid seguía iluminada bajo él. La misma ciudad en la que Lía estaría terminando también aquel día, la misma ciudad que durante años los había separado incluso cuando apenas había unos kilómetros entre los dos.

Apoyó una mano en el cristal y cerró los ojos. El problema nunca había estado en la distancia, non en el trabajo, ni siquiera en los tiempos. El problema siempre había sido él, su miedo y su incapacidad para quedarse cuando más falta hacía.

Se dejó caer en el sofá, apoyando la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos un segundo, pero Lía no tardó ni eso en aparecerle, no como un recuerdo puntual, no como una imagen aislada, sino como un conjunto completo, como siempre había sido para él. Imposible de separar en partes, porque nunca había sabido verla a medias, porque con ella todo era demasiado concreto, demasiado reconocible, demasiado suyo.

Había sido su mejor amiga antes de cualquier otra cosa. Antes de las miradas que duraban más de la cuenta, antes de los silencios que pesaban distinto, antes de darse cuenta de que la forma en la que la observaba no era la misma que con el resto. Antes de caer en que conocía cada gesto suyo sin necesidad de pensarlo, la manera exacta en la que fruncía el ceño cuando algo no le convencía, ese movimiento casi imperceptible de los labios cuando estaba a punto de decir algo importante y aún dudaba; el brillo en los ojos cuando se reía de verdad, sin filtro, sin control. Y quizá por eso tardó tanto, porque cuando algo es tan importante, uno encuentra mil formas de no tocarlo, de no arriesgarlo, de no romperlo.

Recordó tardes enteras sin hacer absolutamente nada. Los dos sentados en cualquier banco de la universidad compartiendo unos auriculares mientras discutían qué canción era mejor. Las veces que Lía aparecía con un café para él antes de un examen porque sabía que se había quedado estudiando hasta las tantas. Las discusiones absurdas sobre películas que ninguno conseguía ganar. Los viajes en coche sin destino, simplemente porque a ella le gustaba conducir cuando anochecía y a él le bastaba con ir de copiloto escuchándola hablar. Entonces no necesitaban tocarse. Ni besarse. Ni poner nombre a lo que tenían. Les bastaba con estar. Y quizá por eso nunca sintió prisa. Creía que las personas que de verdad importaban permanecían ahí para siempre. Qué poco sabía entonces del tiempo. qué poco sabía de las oportunidades.

Dani lo había hecho todo mal precisamente por eso. No porque no le importara, no porque no lo tuviera claro, sino precisamente porque lo tenía demasiado claro y no supo qué hacer con eso, porque estaba lejos, porque su vida en ese momento no encajaba con la idea de quedarse, porque le dio miedo apostar por algo que no podía controlar, porque pensó —equivocadamente— que lo fácil sería dejarlo en ese punto, en ese “ya veremos”, en ese espacio ambiguo donde nada se rompe del todo. Pero se rompió.

Había confundido libertad con distancia. Creyó que marcharse unos meses, centrarse en el trabajo y dejar que todo fluyera era una decisión madura. Pensó que, si lo suyo con Lía era tan fuerte como él intuía, seguiría esperándolo al volver. Nunca llegó a plantearse que el silencio también pudiera romper cosas, o que las ausencias desgastaran incluso aquello que parecía indestructible. Ni una sola vez imaginó que el daño no vendría de dejar de quererla, sino de no tener el valor suficiente para decirle que la quería antes de marcharse.

Lía no era un recuerdo que pudiera recolocar sin más, era presente, era constante, era mirarla en un bar y notar cómo todo volvía exactamente al mismo sitio. Era escucharla hablar y perder el hilo de cualquier otra conversación. Era fijarse en su boca cuando se reía, en la forma en la que se recogía el pelo, en ese olor que le resultaba absurdamente familiar y que le descolocaba más de lo que quería admitir.

La noche del restaurante terminó de desordenarlo todo. No fue solo verla con Carlos, no fue solo saber que estaba con otro, fue la forma en la que ella estaba con él, la facilidad, la cercanía, la normalidad que a Dani le resultaba insoportable, porque entendió algo que no había querido ver hasta ese momento, que Lía no iba a esperarlo, que no iba a quedarse suspendida en el mismo punto en el que él la había dejado, que había seguido adelante. Y eso le dolió más de lo que esperaba.

La siguió al baño sin pensarlo demasiado, como hacía siempre con ella cuando algo le importaba de verdad, sin estrategia, sin filtro, con esa impulsividad que solo le salía con Lía, y cuando la tuvo delante, cuando vio cómo respiraba, cómo evitaba mirarlo directamente, cómo le temblaba ligeramente la voz, aunque intentara mantener el control, lo tuvo claro de una forma que no había tenido nunca antes.

La quería. No en abstracto, no en potencial, no en un “algún día”. La quería ahí, ahora, con él, y por eso se acercó, por eso se lo dijo, por eso no dudó cuando le pidió que dejara a Carlos, porque por primera vez no estaba dispuesto a quedarse en ese punto intermedio que tanto daño había hecho antes. Pero fue ella la que se fue y eso fue lo que más le dolió. No que dudara, no que no le creyera, sino que eligiera marcharse cuando él, por fin, se había quedado.

Después vino lo de Carlos, y ahí, Dani, perdió completamente la paciencia. Verlo intentar saludarlo como si nada, como si no hubiera pasado nada, como si no estuviera con ella… Le resultó insoportable, y no fue elegante, ni correcto, ni medido, pero mandarlo a la mierda fue real, fue lo único que le salió en ese momento, porque no podía soportar la idea de que otro estuviera ocupando un espacio que él sabía que siempre había sido suyo.

Esa noche no durmió bien y los días siguientes tampoco, porque ya no podía volver atrás, porque ya no podía hacerse el indiferente, ni el que no sabe, ni el que necesita tiempo. El tiempo se le había acabado.

Por eso escribió. No fue un impulso sin más, fue una decisión. Fue sentarse en su casa, pensar en todo lo que había pasado, en todo lo que había dejado pasar, en todas las veces que había dudado cuando no debía, y decidir que esta vez no iba a hacerlo, que prefería exponerse, quedar mal, arriesgarlo todo… antes que volver a perderla por no decir lo que sentía.

Cuando vio que ella respondía, supo que no estaba todo perdido y cuando la llamó, ya no había espacio para medias tintas. Y ahora, después de todo, después de escucharla al otro lado, después de notar cómo dudaba, cómo se protegía, pero también cómo no cerraba la puerta, Dani tenía algo que no había tenido nunca antes. Un objetivo claro. No convencerla con palabras, o repetir lo que ya había dicho, sino quedarse. Demostrárselo, hacer que no tuviera que elegir desde la duda, sino desde la certeza.

Y por primera vez, no tenía miedo de hacerlo. Porque esta vez no se trataba de si salía bien o mal. Se trataba de no volver a fallarle. Ni a ella, ni a lo que siempre había sentido por ella. Porque Lía no era una opción. Nunca lo había sido. Y esta vez, por fin, estaba dispuesto a comportarse como alguien que lo tiene claro.