Por siempre nosotras 37
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No fue un cambio brusco. No hubo un momento exacto en el que todo se desordenara, aunque, si Lía tuviera que señalar uno, probablemente sería aquella noche en el restaurante, ese instante en el baño, esa conversación que no terminó de serlo y que, sin embargo, lo cambió todo.

Fue más bien una acumulación lenta, casi imperceptible al principio, de pequeños gestos, de decisiones que parecían inofensivas, de caminos que se iban separando sin que nadie lo dijera en voz alta, pero que, poco a poco, empezaban a marcar una dirección distinta, más clara, más difícil de ignorar.

Lía empezó a verlo con más nitidez después de eso, después de verle, después de escucharle decir lo que dijo. Después de sentir, otra vez, todo lo que creía que tenía más controlado, y, aun así, elegir marcharse. Porque esta vez fue ella la que eligió no quedarse, la que eligió a Carlos. Porque esa noche no terminó en el restaurante, terminó en su casa, en su cama. En un intento casi consciente de reafirmar una decisión que no terminaba de ser tan firme como quería creer.

Al día siguiente, cuando la luz entraba limpia por la ventana y el peso de la noche anterior ya no tenía el mismo efecto, hablaron. No de todo, pero sí de lo suficiente.

Carlos no necesitó demasiados detalles para entender que había algo más, algo que no encajaba del todo en la historia que estaba empezando con ella, y Lía, por primera vez, no esquivó la conversación, no cambió de tema, no lo suavizó más de la cuenta.

Le habló de Dani. No con dramatismo, ni con nostalgia exagerada, pero sí con verdad. Con esa verdad incómoda que no se puede adornar demasiado porque pierde sentido. Le explicó lo que habían sido, lo que no habían sido, lo que había pasado entre ellos y, sobre todo, lo que no había terminado de pasar nunca del todo. Le habló de la historia a medias, de los tiempos mal encajados, de la forma en la que siempre habían estado cerca sin terminar de elegirse en el momento correcto.

Carlos escuchó sin interrumpir, sin hacer preguntas innecesarias, y eso, en él, también era una forma de posicionarse.

—¿Y ahora? —le preguntó al final.

Lía no respondió de inmediato, porque no tenía una respuesta clara, porque si la hubiera tenido, nada de eso estaría pasando.

—Ahora estoy aquí —dijo al final.

Y no era una mentira, pero tampoco era toda la verdad. Carlos asintió, sin exigir más, sin empujar, sin intentar ocupar un espacio que no le correspondía del todo todavía, pero sin apartarse tampoco. Y eso, precisamente eso, era lo que hacía todo más fácil y más complicado a la vez.

Los días siguieron, como siempre hacen, y Lía empezó a notar que dejaba de pensar antes de aceptar planes con él, que ya no medía cada decisión como si tuviera que justificarla ante alguien que no estaba presente, que había algo en esa relación que le permitía simplemente dejarse llevar sin analizar cada paso.

Carlos seguía siendo constante, directo, fácil, y había algo en su forma de estar que eliminaba cualquier margen para la duda. No preguntaba demasiado, no exigía explicaciones, no se perdía en interpretaciones, simplemente estaba, y cuando estaba, todo funcionaba. Lía empezó a acostumbrarse a eso, a esa ausencia de ruido emocional, a esa sensación de tenerlo todo claro sin necesidad de hablarlo. Pero la claridad, a veces, no era lo mismo que la profundidad. Y eso también lo empezó a notar.

No en lo evidente, no en los momentos buenos, sino en los espacios entre ellos, en lo que no se decía, en lo que no se buscaba, en la ausencia de ese punto incómodo que, aunque doliera, también significaba que algo importaba más de la cuenta.

Con Dani era distinto. Seguían sin hablar más allá de lo necesario, pero ya no era solo silencio, era distancia consciente, como si ambos hubieran decidido, sin pactarlo, mantenerse en un terreno seguro donde nada pudiera volver a romperse, aunque eso implicara no arreglar nada.

Y ese equilibrio empezó a volverse insoportable, porque Lía ya no estaba en el mismo sitio, había avanzado, o eso quería creer. Había elegido no esperar, no quedarse en ese punto suspendido en el que Dani la había dejado tantas veces. Había decidido vivir lo que tenía delante, aunque no fuera perfecto, aunque no fuera él.

Pero había algo que no encajaba del todo. Una sensación persistente de estar evitando una conversación que tarde o temprano iba a ocurrir, de estar rodeando un problema que no desaparecía por mucho que lo esquivara. Y lo peor no era eso, lo peor era que Dani también lo sabía.

Lo notó una tarde cualquiera, sin motivo aparente, cuando su nombre apareció en la pantalla del móvil. No era habitual, no a esas alturas, no después de semanas de mensajes neutros y distantes, y durante un segundo dudó si abrirlo o dejarlo ahí, como había hecho otras veces, como si ignorarlo pudiera mantener las cosas en ese equilibrio frágil que, al menos, no dolía demasiado.

Pero esta vez… no lo ignoró. Abrió la conversación despacio, como si ese gesto tuviera más peso del habitual, como si supiera que no iba a ser un mensaje más, que no iba a poder colocarlo en ese lugar cómodo en el que había estado metiendo todo lo que tenía que ver con Dani desde aquella noche. Desde el baño, desde ese momento en el que él lo dejó claro y fue ella la que no pudo sostenerlo.

El mensaje era breve, pero directo.

«He intentado dejarlo pasar, pero no puedo. No puedo verte con él. En realidad, ni con él ni con nadie. Te quiero para mí.»

Lo leyó sin moverse. Dani estaba siendo más directo y sincero de lo que había sido nunca. Eso mismo lo había visto en su cara aquella noche, cuando se acercó, cuando le dijo lo que quería, cuando no dudó ni un segundo en pedirle que dejara a Carlos. Aquella noche había sido ella la que se había apartado.

Apoyó el móvil sobre la mesa, se levantó, dio un par de pasos por el salón, intentando ordenar algo que no terminaba de encajar, porque ahora la posición era distinta, porque ya no podía colocarse en el sitio de “él no hizo nada”. Esta vez sí lo había hecho y ella no. Volvió al sofá y cogió el móvil y escribió, sin suavizarlo, sn protegerse demasiado.

«Eso ya me lo dijiste en el baño y no te creí. ¿Por qué iba a hacerlo ahora?»

Lo envió. La respuesta llegó rápido.

«En el baño no me escuchaste, te puse nerviosa. Pero tengo la esperanza de que al no tenerme tan cerca lo hagas.»

Directo, sin rodeos. Lía apretó ligeramente los labios, soltó aire por la nariz, apoyando la espalda en el sofá, mirando el techo un segundo.

«Nerviosa». Esa palabra de quedó un momento en su cabeza. Volvió a escribir.

«No me puse nerviosa y mucho menos fue por tenerte cerca.»

Pausa.

«Me fui porque estaba Carlos fuera y tú estabas con una chica.»

El “escribiendo…” apareció casi al instante.

«La chica nunca existió para mí, igual que Carlos tampoco existe para ti.»

Lía dudó un segundo, pero solo uno.

«No estés tan seguro.»

Lo envió.

«Lo estoy. Por eso te fuiste al baño, por eso te seguí, por eso te pusiste nerviosa cuando te dije que te quería.»

Lía bajó la mirada, notando cómo esa frase le caía más hondo de lo que esperaba.

«También parecías seguro cuando nos acostamos hace años o cuando me besaste de fiesta. Y luego desapareciste.»

Silencio. Unos segundos más largos.

Después:

«Sí.»

Una sola palabra, pero distinta. Sin defensa, sin excusa. Luego continuó.

«Y eso no va a volver a pasar.»

Ahí estaba el cambio. Decisión. Lía se quedó mirando el mensaje.

El móvil vibró. Una llamada. Dani.

—¿Sí?

—No voy a desaparecer —dijo él directamente, sin saludo—. Puedes quedarte con eso.

Su voz sonaba distinta, más controlada, más… segura. Lía cerró los ojos un segundo.

—Eso ya lo has dicho antes.

—No así —respondió él.

Pausa.

—Antes lo decía porque quería que pasara. Ahora lo digo porque lo tengo claro.

Silencio.

—¿Y qué tienes claro? —preguntó ella, más despacio.

Dani no dudó.

—Que te quiero. Te quiero a ti.

Sin elevar la voz, sin dramatismo, pero sin espacio para interpretaciones. Lía apretó ligeramente los labios.

—Eso también lo dijiste en el baño.

—Sí —admitió—. Y también te dije que dejaras a Carlos y no lo hiciste.

Ahí. Directo.

Lía se incorporó un poco.

—No voy a hacerlo.

—Ya —respondió él—. Y ya no te lo estoy pidiendo.

Eso la frenó.

—¿No?

—No.

Más despacio.

—No dejes a Carlos.

Silencio.

—Aún.

Lía frunció el ceño.

—Dani…

—Escúchame —continuó él—. No quiero que lo dejes porque yo aparezca y te lo pida.

Pausa.

—Quiero que lo dejes porque no tengas ninguna duda.

Más bajo.

—Porque me elijas.

Lía tragó saliva.

—Eso es muy fácil decirlo.

—Por eso no te lo voy a decir más —respondió él—. Te lo voy a demostrar.

Silencio.

—¿Cómo? —preguntó ella, casi en un susurro.

Dani dejó pasar un segundo.

—Quedándome. Buscándote. Haciéndote sentir lo que sentiste en el baño… pero sin que tengas que irte.

Lía cerró los ojos, porque esa frase sí la hizo temblar.

—No juegues conmigo—murmuró.

—No estoy jugando —respondió él—. Te quiero.

Pausa.

—No puedo verte con otro y quedarme quieto —añadió—. Pero tampoco voy a pedirte que dejes nada.

Más bajo.

—Voy a hacer que quieras dejarlo.

Sin arrogancia, sin prepotencia, con una seguridad que no había tenido nunca.

Lía bajó la mirada, sintiendo ese nudo en el estómago, esa mezcla de miedo y atracción que siempre había estado ahí… pero que ahora era más clara.

—¿Y si no pasa? —preguntó.

Dani no dudó.

—Entonces me quedaré igualmente y apoyaré tu relación. Con Carlos o con quien tú decidas. Pero eso no va a pasar. Vamos a estar juntos. Tú y yo.

Silencio.

Lía no respondió, porque en ese momento no sabía si lo que más le asustaba era que no fuera verdad, o que sí lo fuera.

—Necesito que me demuestres todo esto, Dani —dijo al final.

Y esa frase no era un reto, era una puerta abierta.

Dani sonrió al otro lado. Se notó.

—Eso es lo único que quiero hacer.

Cuando colgaron, nada estaba resuelto, pero todo había cambiado. Porque esta vez no era él el que iba a fallar.