Por siempre nosotras 36 #2
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36 #2

Cuando detuvo el coche frente al portal de Lía, apagó el motor, pero ninguno de los dos hizo ademán de bajar. Pasaron varios segundos y fue él quien habló primero.

—No voy a preguntarte qué ha pasado ahí dentro.

Lía tragó saliva.

—Carlos…

Él negó despacio.

—No porque no quiera saberlo.

Giró ligeramente el cuerpo para mirarla.

—Sino porque prefiero que me lo cuentes tú cuando estés preparada.

Aquellas palabras le hicieron más daño que cualquier reproche, porque eran exactamente lo que necesitaba escuchar y, al mismo tiempo, confirmaban que Carlos no merecía nada de lo que estaba ocurriendo.

Lía notó cómo se le llenaban los ojos de lágrimas. Intentó contenerlas, pero no pudo. Carlos alargó la mano y le apartó con suavidad un mechón de pelo de la cara. Un gesto sencillo, inocente, y, precisamente por eso, devastador. Porque durante un instante su cabeza comparó aquel roce con el de Dani. Sintió una punzada de culpa tan intensa que tuvo que bajar la mirada.

Carlos se dio cuenta. No entendía el motivo, pero entendió el dolor. Le acarició la mano con el pulgar.

—Oye…

Esperó a que levantara la vista.

—Pase lo que pase, no tienes que enfrentarte sola a ello.

Lía lo miró, y en ese instante comprendió que aquel hombre la estaba queriendo exactamente como siempre había pensado que merecía que la quisieran, con calma, con respeto, sin exigir, sin invadir, sin hacer ruido. Y, aun así… No era él.

Aquella certeza le cayó encima con una fuerza insoportable, porque por primera vez entendió que el problema ya no era Dani, el problema era que seguía enamorada de él y eso significaba que, sin quererlo, acababa de empezar a hacer daño a la única persona que no se lo merecía.

Carlos esperó a que Lía entrara en el portal antes de arrancar de nuevo. Ella permaneció unos segundos apoyada contra la puerta del ascensor, con las llaves todavía entre los dedos y la sensación de que aquella noche había dejado demasiadas cosas abiertas. Subió despacio hasta casa, dejó el bolso sobre el recibidor y se quitó las sandalias con un suspiro cansado. El silencio del piso la envolvió de inmediato, pero, por primera vez en mucho tiempo, no le resultó reconfortante. Caminó hasta el salón sin encender ninguna luz y se dejó caer en el sofá, incapaz de dejar de revivir una y otra vez la conversación del baño. Cerró los ojos un instante, como si así pudiera silenciar la voz de Dani repitiéndole que no soportaba verla con otro. No lo consiguió.

El móvil vibró sobre la mesa de centro, rompiendo el silencio de la casa. Lía lo cogió casi por inercia. Era un mensaje en el grupo que compartía con Pipa y Tana.

Tana: «¿Mañana podéis quedar un rato? Creo que necesitamos vernos las tres.»

Lía permaneció unos segundos mirando la pantalla. Había algo extraño en aquel mensaje. No era la propuesta de un café improvisado ni uno de los planes que Tana organizaba con su eficiencia habitual. Había una urgencia que no solía estar en ella, una necesidad de hablar que se intuía incluso detrás de una frase tan sencilla.

Antes de que pudiera responder, Pipa escribió.

«¿Ha pasado algo?»

Tardaron apenas unos segundos en aparecer los tres puntos que anunciaban que Tana estaba escribiendo. Desaparecieron. Volvieron a aparecer. Y desaparecieron otra vez. Finalmente, solo envió una frase.

«No. Bueno… sí. Pero prefiero contároslo mañana en persona.»

Lía sintió un ligero nudo en el estómago. Sin saber muy bien por qué, tuvo la sensación de que aquella conversación iba a cambiar muchas más cosas de las que imaginaba.

Lía: «Vale. ¿A las seis en el de siempre?»

Pipa: «Allí estaré.»

Tana: «Gracias.»

Lía dejó el móvil boca arriba sobre la mesa y permaneció unos segundos observando el techo del salón. No sabía qué quería contarles Tana, pero algo le decía que aquella noche todavía no había terminado del todo. Y, por primera vez desde que había salido del restaurante, deseó con todas sus fuerzas que el día siguiente llegara cuanto antes.

Quedaron al día siguiente, como siempre. En la misma cafetería de siempre, con esa luz de mañana que entraba por los ventanales y hacía que todo pareciera más sencillo de lo que realmente era, como si el día nuevo trajera una especie de tregua automática que no siempre terminaba de cumplirse.

Lía llegó puntual. Se sentó en su sitio habitual, dejando el bolso en la silla de al lado y pidiendo un café sin pensar demasiado, apoyando los codos sobre la mesa mientras miraba hacia la calle sin ver realmente nada. Tenía la cabeza en otro sitio, todavía arrastrando lo de la noche anterior, esa conversación a medias en el baño, la forma en la que Dani se había acercado, lo que había dicho, lo que no, lo que se había quedado en el aire… y, sobre todo, cómo había terminado todo.

Dani, Carlos, la tensión, el cruce, Tana con Dani y esa chica… Todo junto. Suspiró ligeramente t en ese momento entró Tana. Se miraron un segundo. Suficiente. Tana supo al instante que Lía estaba molesta, se le notó en la cara, en ese gesto breve de duda antes de acercarse, en cómo dejó el bolso con más cuidado del habitual, como si estuviera midiendo cada movimiento.

—Hola… —dijo, con un tono más suave de lo normal.

Lía asintió.

—Hola.

No sonó fría, pero tampoco igual que siempre.

Tana se sentó frente a ella, acomodándose en la silla mientras jugaba un segundo con la cucharilla del azúcar, sin saber muy bien por dónde empezar.

—Ayer… —empezó.

Lía la miró directamente. Sin dureza, pero sin ayudar.

—No te dije nada —continuó Tana, más baja— y sé que no estuvo bien.

Silencio.

—No sabía cómo hacerlo —añadió—. Ni cuándo.

Lía apoyó la espalda en la silla, soltando el aire despacio.

—Ya.

No era un reproche, pero tampoco lo evitaba. Tana levantó la mirada.

—No quería que te enteraras así.

—Pues me enteré así.

Tana asintió.

—Lo sé.

Se hizo un silencio breve, de esos incómodos pero necesarios, en los que ninguna quería tensar demasiado, pero tampoco fingir que no había pasado nada.

Lía la miró directamente.

—La chica.

No fue una pregunta suave. Tampoco dura, pero sí clara. Tana levantó la vista.

—¿Cuál?

Lía mantuvo la mirada.

—La que estaba con vosotros.

Silencio. Tana soltó aire despacio.

—Una más.

Lo dijo sin rodeos, sin adornarlo.

—¿Una más? —repitió Lía.

—Sí —asintió—. Álex le presenta gente.

Lía frunció ligeramente el ceño.

—¿A Dani?

Tana asintió otra vez, apoyando los codos sobre la mesa.

—Está… —dudó un segundo—. Está jodido, Lía.

No lo suavizó. No tenía sentido hacerlo. Lía no apartó la mirada, pero algo en su expresión cambió.

—No sale del bucle —continuó Tana—. No está bien.

Silencio.

—Álex intenta sacarlo, le presenta chicas, quedamos todos… —se encogió ligeramente de hombros—. Pero pasa de todas.

Ahí sí. Ahí dolió, porque no era lo que Lía necesitaba escuchar. Y aun así… lo escuchó sin interrumpir.

—No conecta con nadie —añadió Tana—. Está… —buscó la palabra—. En otro sitio.

Lía bajó la mirada un segundo, jugando con la taza entre las manos.

—Ya.

No sonó indiferente, pero tampoco implicada. Tana la observó con atención.

—No te lo había contado porque… —se quedó a medias—. Porque no sabía cómo hacerlo sin que fuera raro.

Lía levantó la vista.

—Lo es.

No agresiva, pero sí honesta. Tana asintió.

—Lo sé.

Silencio. Más tranquilo ahora. Más colocado.

—Pero no es por hacerte daño —añadió—. Ni por ocultarte nada a malas.

Lía negó ligeramente con la cabeza.

—Ya lo sé.

Y era verdad. No estaba enfadada con ella, no realmente.

—Solo… —se quedó un segundo buscando la palabra—. no me gustó enterarme así de que estabais quedando con él a mis espaldas.

Tana hizo un gesto leve.

—Lo entiendo.

Y se notaba que lo entendía de verdad. Se quedaron en silencio unos segundos, sin tensión, pero tampoco con la ligereza de siempre, como si ambas estuvieran recolocando las piezas sin necesidad de decirlo todo en voz alta.

—¿Estás enfadada conmigo? —preguntó Tana al final.

Lía negó.

—No.

Y luego, más clara:

—Estoy incómoda.

Tana asintió despacio.

—Tiene sentido.

Y en ese momento llegó Pipa, con el móvil en la mano, las gafas de sol todavía puestas y esa energía suya que siempre entraba antes que ella.

—Perdón, perdón —dijo mientras se sentaba—. Nico me ha liado y no he salido a tiempo.

Miró de una a otra y se dio cuenta al instante.

—Vale… ¿qué pasa aquí?

Lía y Tana se miraron un segundo, breve, pero suficiente.

—Nada —dijo Tana.

—Ya te lo contaremos —añadió Lía, más tranquila.

Pipa entrecerró los ojos.

—Eso significa que ha pasado algo.

—Sí —respondió Lía, cogiendo la taza—. Pero ahora no.

Pipa las miró a las dos y sonrió.

—Perfecto. Me encanta empezar así el día.

Y aunque algo había cambiado, aunque las piezas se habían movido un poco más de lo que parecía, también estaba claro algo que seguía intacto: Seguían siendo ellas. Y eso, de momento, seguía en pie.