Por siempre nosotras 36
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Habían pasado semanas. Las suficientes como para que todo pareciera más tranquilo de lo que realmente estaba, como para que cada uno hubiera encontrado una forma más o menos cómoda de seguir adelante sin remover demasiado lo que había quedado mal colocado.

Lía seguía viendo a Carlos con naturalidad, con esa facilidad que no exigía explicaciones, que no la obligaba a pensar demasiado, que simplemente funcionaba. Él era directo, claro, estaba presente, y en su forma de estar había algo que le resultaba casi adictivo, porque no tenía que preguntarse nada.

Con él, todo pasaba y eso, después de Dani, era un descanso.

El reencuentro no fue planeado, pero tampoco fue casual del todo. Madrid tenía esa forma de hacer coincidir a la gente en el momento menos oportuno, o quizá en el más necesario, dependiendo de cómo se mirara. Y aquella noche, cuando Lía salió del coche ajustándose el bolso sobre elombro, con un vestido negro que le caía limpio sobre el cuerpo y unas sandalias finas que marcaban cada paso, no tenía la menor intención de pensar en nada más allá de cenar, reírse un rato y dejar pasar los días sin complicarlos más.

Carlos ya la estaba esperando en la puerta, apoyado con esa postura suya despreocupada, camisa abierta en el cuello, sonrisa fácil en cuanto la vio acercarse, como si no hubiera nada más importante en ese momento que ella.

—Pensaba que me ibas a hacer esperar más —dijo, inclinándose ligeramente hacia ella.

—No te acostumbres —respondió Lía, con media sonrisa.

Carlos le dio un beso en la mejilla, pero se quedó un segundo más de lo necesario, rozándole la piel con la suya, lo justo para que ella notara ese gesto que en él nunca era casual.

—Estás guapísima —añadió, sin bajar la voz.

Lía no respondió con palabras, pero sonrió y eso ya era suficiente.

Aquella noche estaban cenando en Tagle Madrid, un restaurante sofisticado, con ese ambiente cuidado donde las conversaciones se mezclan con el sonido de copas y música baja. Carlos hablaba, apoyado ligeramente hacia ella, con ese tono suyo medio irónico que siempre terminaba arrancándole una sonrisa.

—Te juro que no aguanto a ese cliente —decía—. Si vuelve a pedirme otra campaña “disruptiva” le bloqueo.

Lía rio de verdad. Y en ese momento, todo estaba bien. Hasta que dejó de estarlo. Los vio al entrar. No porque hicieran ruido, sino porque algo en ella se tensó antes incluso de mirar y cuando lo hizo…ahí estaban.

Álex el primero, saludando al camarero con esa seguridad suya, Tana a su lado —guapísima, tranquila, demasiado natural—, Dani justo detrás, y con ellos una chica que Lía no conocía, riéndose de algo que había dicho Álex, con esa confianza de quien ya encaja

Se sentaron a unas mesas más allá. Cerca. Demasiado cerca para su gusto. Lía dejó de escuchar. No del todo, pero sí lo suficiente, porque su atención ya no estaba donde debía. No podía evitar mirar y cada vez que lo hacía, encontraba a Dani en algún punto, hablando, inclinándose hacia la mesa, sonriendo a ratos… pero sin mirarla. No la había visto, o eso pensaba.

—¿Te pasa algo? —preguntó Carlos, observándola.

Lía apartó la mirada rápidamente.

—No.

Lía dejó la copa sobre la mesa.

—Voy al baño.

No esperó respuesta. Se levantó antes de que Carlos pudiera decir nada más y caminó hacia el fondo del restaurante con esa sensación incómoda creciendo en el pecho, esa mezcla de nervios y enfado que no sabía muy bien dónde colocar.

Lía no cerró la puerta del baño del todo, se quedó apoyada en el lavabo, con las manos a cada lado, la cabeza ligeramente inclinada hacia abajo, intentando controlar la respiración que se le había desordenado sin saber muy bien por qué. No era solo haberlos visto. No era solo Dani. Era todo. Todo junto.

Se miró en el espejo, pero no terminó de reconocerse en ese gesto tenso, en esa forma de apretar los labios como si estuviera conteniendo algo que no quería salir.

—Joder… —murmuró para sí.

La puerta se abrió y esta vez sí se giró. Dani entró despacio, pero en cuanto la vio… cambió. Se le notó en la cara, en la forma en la que se quedó un segundo quieto, observándola, como si hubiera esperado otra cosa, como si no contara con verla así.

—¿Estás bien? —preguntó, bajando el tono automáticamente.

No sonó duro, sonó preocupado. Lía frunció el ceño.

—¿Qué haces aquí?

No contestó a la pregunta. No iba a hacerlo.

—Te he visto levantarte —respondió él, acercándose un poco—. Y… —miró un segundo hacia el suelo, volviendo a ella— también he visto con quién estabas.

Ahí estaba.

—¿Y? —replicó Lía, cruzándose de brazos—. ¿Qué quieres, Dani? ¿Por qué me has seguido?

Dani soltó aire por la nariz, negando ligeramente con la cabeza, como si ni él mismo tuviera del todo claro cómo había llegado hasta ahí.

—Porque no he podido evitarlo.

Silencio. Un paso más cerca.

—Porque necesitaba verte —añadió, más bajo—. Hablar contigo.

Lía apretó los labios.

—Pues ya me has visto.

—No, Lía.

Dani dio otro paso. Más cerca. Demasiado.

—No soporto verte con él.

Lía lo miró fijo.

—Pues te vas a tener que acostumbrar.

La frase salió más fría de lo que sentía, pero no la retiró. Dani negó con la cabeza.

—No —dijo, más bajo—. No voy a poder acostumbrarme.

Silencio. Se acercó todavía más, hasta que apenas quedaba espacio entre ellos.

—No voy a poder acostumbrarme a ver cómo alguien te toca… —añadió, clavando la mirada en la suya—. Porque el único que quiere hacerlo soy yo.

Ahí se rompió todo. El aire, la distancia, el control.

Lía sintió cómo se le erizaba la piel de golpe, cómo el cuerpo reaccionaba sin pedir permiso, cómo ese punto que llevaba semanas intentando ignorar volvía con una fuerza absurda, peligrosa. Dani estaba demasiado cerca. Demasiado. Podía sentir su respiración, el calor, todo. Y por un segundo… ninguno se movió.

Nadie habló, solo se miraron. Ese tipo de mirada que ya no tiene nada de casual, que lo dice todo y justo por eso… Lía fue la primera en apartarse.

Un paso atrás. Luego otro. Rompiendo ese momento antes de que fuera demasiado tarde.

—No hagas esto —dijo, más bajo.

No era una orden, era casi una súplica. Dani no respondió, pero tampoco se acercó otra vez y eso, en cierto modo, fue peor.

Lía cogió aire y se recompuso como pudo.

—Vuelve a tu mesa —añadió.

Y salió sin mirar atrás. El restaurante la golpeó de nuevo con el ruido, con las luces, con la normalidad fingida de todo lo que no había cambiado fuera de ese baño. Caminó hasta la mesa con un gesto más contenido, más frío, sentándose frente a Carlos como si nada hubiera pasado, pero algo había pasado y él lo notó.

—¿Estás bien? —preguntó, inclinándose ligeramente hacia ella.

Lía sostuvo su mirada un segundo.

—¿Nos vamos?

No explicó, ni lo adornó.

Carlos no preguntó. Asintió directamente.

—Claro.

Se levantaron y al girarse… ahí estaba Dani, volviendo del baño.

El cruce fue inevitable. Carlos, natural, dio un paso al frente.

—Eh, Dani —dijo, con tono normal—. ¿Qué tal?

Dani lo miró. Un segundo. Dos. Sin disimular. Y en su cara no había nada neutro.

—Vete a la mierda —soltó.

Bajo, pero claro. Sin levantar la voz, sin dudar. Carlos se quedó quieto, sorprendido y Lía también. El silencio duró apenas un instante, pero fue suficiente y entonces, desde la mesa de al lado… Tana se giró y la vio. Era Lía, de pie, con Dani delante, y en ese momento… se le borró la sonrisa.

Se le notó en la cara, en cómo se quedó completamente quieta, en cómo, de repente, no supo dónde mirar, ni dónde meterse, porque entendió todo de golpe, y sintió, sin necesidad de que nadie le dijera nada, que había hecho algo que no debía, que, sin querer, le había fallado a su amiga.

Carlos permaneció inmóvil unos segundos, viendo cómo Dani desaparecía por el pasillo sin volver la vista atrás. No entendía qué acababa de pasar, pero tampoco era ingenuo. Había visto demasiadas cosas en apenas unos minutos como para convencerse de que aquello era una simple salida de tono. Volvió lentamente la cabeza hacia Lía. Ella seguía completamente rígida, tenía los brazos pegados al cuerpo y evitaba mirarlo, concentrando toda su atención en colocarse el bolso sobre el hombro, aunque llevaba varios segundos intentando meter la correa por el mismo sitio sin conseguirlo.

Carlos dio un paso hacia ella.

—Vamos.

No preguntó nada, ni allí, ni delante de los demás. Simplemente apoyó una mano en la parte baja de su espalda y la acompañó hasta la salida del restaurante.

El aire cálido de la noche les golpeó en cuanto cruzaron la puerta. Madrid seguía igual que cuando habían llegado unas horas antes. Las terrazas continuaban llenas, los taxis avanzaban lentamente entre el tráfico y un grupo de amigos reía al otro lado de la calle sin imaginar que, apenas unos metros más allá, el mundo de alguien acababa de empezar a tambalearse.

Caminaron en silencio, un silencio distinto a los que solían compartir, más pesado, más incómodo. Carlos no intentó romperlo enseguida, esperó, le dio espacio, porque intuía que, si había algo que Lía quisiera contarle, terminaría haciéndolo cuando estuviera preparada.

Llegaron hasta el coche y, antes de abrirle la puerta, se volvió hacia ella.

—¿Quieres que demos una vuelta antes de llevarte a casa?

Lía levantó la cabeza. La propuesta la desarmó. Era exactamente el tipo de gesto que definía a Carlos. Nunca intentaba resolverlo todo, nunca exigía respuestas inmediatas. Simplemente estaba.

Negó muy despacio.

—No… creo que prefiero irme a casa.

Él asintió sin insistir. Durante el trayecto apenas hablaron. La radio sonaba muy baja, llenando los silencios sin llegar a romperlos. Lía observaba las luces de la ciudad desfilar al otro lado de la ventanilla mientras, una y otra vez, volvía al mismo instante.

«No soporto verte con él.»

«Porque el único que quiere hacerlo soy yo.»

Cerró los ojos un momento, como si así pudiera dejar de escucharlo.

Carlos la observó de reojo, solo un instante, lo suficiente para confirmar lo que llevaba sospechando desde que salió del baño.