Por siempre nosotras 35
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Las semanas pasaron despacio. No ocurrió nada extraordinario. Ninguna llamada inesperada, ningún mensaje de madrugada, ninguna coincidencia de esas que parecían empeñadas en juntar a Lía y Dani cuando ninguno de los dos sabía ya qué hacer con el otro. Y, sin embargo, para quienes los conocían bien, estaba ocurriendo exactamente lo contrario. Todo estaba cambiando.

Dani cumplió al pie de la letra la única petición que Lía le había hecho.

No volvió a escribirle. No reaccionó a ninguna fotografía que ella subía de vez en cuando a redes sociales. No buscó la manera de coincidir con ella, ni preguntó por ella cuando hablaba con Álex. Incluso dejó de pasar por aquella cafetería donde, durante un tiempo, había albergado la absurda esperanza de encontrársela cualquier tarde. No porque hubiera dejado de querer verla, sino precisamente porque todavía no sabía cómo dejar de hacerlo.

Álex fue el primero en darse cuenta de que aquel silencio no estaba ayudando a nadie. Una tarde apareció sin avisar en casa de Dani con una bolsa de comida china en una mano y dos cervezas en la otra.

—No pienso dejar que te conviertas en uno de esos tíos que pasan el sábado viendo documentales de tiburones.

Dani abrió la puerta todavía en pantalón corto y camiseta.

—No estaba viendo documentales.

Álex levantó una ceja.

—¿Qué estabas viendo?

Dani miró un segundo hacia el salón, la televisión seguía encendida y en la pantalla aparecía el menú principal del concierto de Dani Martín que había grabado años atrás. Álex no dijo nada, solo levantó lentamente la mirada hacia él.

—Vale… retiro la pregunta.

Entró en casa sin esperar invitación y dejó la comida sobre la mesa del salón.

—Vístete.

—¿Para qué?

—Porque salimos.

—No.

—Sí.

—Álex…

—No es una pregunta.

Dani suspiró con resignación.

—No me apetece.

—Precisamente por eso.

Durante unos segundos ninguno habló. Álex abrió una de las cervezas y se la tendió.

—No puedes seguir encerrado aquí.

—No estoy encerrado.

—Llevas tres fines de semana seguidos inventándote excusas para no salir.

Dani bebió un trago antes de responder.

—Estoy cansado.

—No.

Álex negó despacio.

—Estás triste.

Aquella palabra quedó suspendida entre los dos. Dani desvió la mirada hacia la ventana. Madrid seguía exactamente igual al otro lado del cristal, la única diferencia era que él ya no encontraba su sitio en ninguna parte.

—Solo necesito tiempo.

Álex lo observó unos segundos.

—El tiempo ayuda cuando haces algo con él, no cuando lo dejas pasar.

Una hora después caminaban por la calle Jorge Juan camino de uno de esos locales donde parecía reunirse media ciudad cada viernes por la noche. Música suave, mesas altas, luces tenues y gente impecablemente vestida que hablaba demasiado alto mientras los camareros cruzaban la terraza con bandejas llenas de copas. Tana ya estaba allí cuando llegaron.

Se levantó para saludarlos y abrazó primero a Álex. Después sonrió a Dani.

—¿Cómo estás?

—Bien.

Ella sostuvo su mirada apenas un segundo más. Mentía fatal.

Se sentaron los tres junto a otra pareja de compañeros del despacho de Álex y, poco a poco, la mesa fue llenándose de gente. Entre ellos estaba Julia, una arquitecta amiga de uno de los socios, divertida, espontánea y con esa facilidad para conversar con cualquiera que hacía que todo pareciera sencillo.

No tardó en sentarse al lado de Dani. Hablaron de viajes, de música, de trabajo. Ella reía con facilidad y él respondía con educación, incluso con alguna broma que hizo reír al resto de la mesa.

Álex intercambió una mirada rápida con Tana. Quizá… Quizá aquello era justo lo que necesitaba.

Julia terminó apoyando un codo sobre la mesa.

—Oye…

Dani levantó la vista.

—¿Sí?

—¿Siempre eres tan serio o hoy has tenido un mal día?

Él sonrió.

—Hoy estoy bastante mejor que hace una semana.

—Entonces no quiero imaginar cómo estabas.

Los dos rieron. La conversación continuó unos minutos más, hasta que Julia preguntó con absoluta naturalidad:

—¿Y tienes pareja?

La sonrisa de Dani desapareció apenas un instante. Solo un instante, pero Tana lo vio y Álex también.

—No.

Julia sonrió.

—Perfecto.

Sin embargo, Dani ya había dejado de escucharla. Casi sin darse cuenta, buscó el móvil en el bolsillo, abrió la pantalla y, como llevaba haciendo cada noche desde el concierto, entró en la conversación con Lía.

No había mensajes nuevos, solo aquel último, el mismo que seguía leyendo cada día.

«No te escribo porque haya dejado de sentir cosas por ti. Te escribo precisamente porque ya no puedo fingir que no las siento.»

Leyó esa frase una vez más, bloqueó el teléfono y volvió a dejarlo sobre la mesa. Cuando levantó la vista, Julia seguía hablándole. Sonrió por educación, pero ya no estaba allí.

Tana lo observó desde el otro extremo de la mesa y sintió un nudo en el estómago. Por primera vez desde que todo aquello había empezado, tuvo la sensación de que estaba ocultándole algo importante a Lía, no porque estuviera haciendo nada malo, sino porque su amiga seguía convencida de que Dani había aceptado seguir con su vida y la realidad era muy distinta.

La realidad era que seguía sentado delante de una copa que apenas había probado, sonriendo cuando tocaba sonreír y respondiendo cuando alguien le hacía una pregunta, mientras una parte de él seguía atrapada en un mensaje que conocía prácticamente de memoria.

Tana bajó la mirada hacia su vaso y, de repente, la noche dejó de parecerle tan divertida.

La segunda vez fue una semana después. Esta vez no hubo excusas ni insistencia por parte de Álex. Simplemente apareció un mensaje en el grupo que compartían los tres.

«Viernes. Ocho y media. Cenamos fuera.»

Dani estuvo varios minutos mirando la pantalla antes de contestar.

«Vale.»

No porque le apeteciera, sino más bien porque estaba empezando a darse cuenta de que quedarse solo en casa tampoco solucionaba nada. Eligieron un restaurante italiano cerca del Retiro. Era uno de esos sitios con mesas de madera, luz tenue y música lo suficientemente baja como para poder hablar sin levantar la voz.

El ambiente era tranquilo y, por primera vez en varios días, Dani consiguió relajarse un poco. Bromeó con Álex, se rio de una anécdota que contó Tana sobre un juicio y hasta pidió otra copa cuando terminaron de cenar. Tana empezaba a pensar que quizá Álex tenía razón, que solo necesitaba tiempo.

Después decidieron acercarse a un local donde varios compañeros del despacho estaban celebrando un ascenso. El sitio estaba lleno de gente, con la música algo más alta y una terraza enorme desde la que se veía buena parte del centro iluminado.

No tardaron en rodearlos varias caras conocidas, entre ellas estaba Marina. Morena, simpática, ingeniera, con una facilidad asombrosa para hablar con cualquiera.

Álex apenas necesitó cinco minutos para presentarlos.

—Marina, él es Dani.

—Encantada.

—Igualmente.

La conversación surgió sola. Hablaron de viajes, de los sitios pendientes que ambos tenían anotados y terminaron discutiendo cuál era la mejor ciudad para perderse un fin de semana sin hacer absolutamente nada.

Marina reía mucho y Dani también.

Tana observó la escena desde unos metros más allá mientras fingía escuchar a una compañera del despacho. Le gustaba verla, le gustaba pensar que quizá aquella conversación podía ser el principio de algo distinto, porque nadie merecía quedarse atrapado para siempre en una historia imposible.

Al cabo de un rato, Marina apoyó una mano sobre el brazo de Dani.

—Voy a pedir otra copa. ¿Vienes?

Él levantó la cabeza. Durante una décima de segundo creyó haber visto a Lía entrar por la puerta del local. El mismo pelo, la misma forma de caminar. El corazón le dio un vuelco y se giró completamente. No era ella. Era solo una desconocida que se parecía demasiado desde lejos.

Cuando volvió a mirar a Marina, tardó un instante en recordar qué le había preguntado.

—Perdona…

Ella sonrió.

—Te decía que si vienes a por otra copa.

Dani negó con una amabilidad que escondía mucho cansancio.

—Creo que me voy a ir.

—¿Ya?

—Mañana madrugo.

Era mentira. Los tres lo sabían, pero Marina le sonrió igualmente.

—Entonces otro día.

—Claro.

Nunca hubo otro día.

Mientras lo veía alejarse por la terraza, Tana sintió un pellizco extraño en el pecho. Álex llegó a su lado con dos copas en la mano.

—¿Qué pasa?

Ella seguía mirando hacia la puerta.

—Nada.

Pero los dos sabían que sí pasaba.

Los días siguieron pasando. Tana no volvió a sacar el tema con Lía ni una sola vez. Cada vez que quedaban, hablaban del trabajo, de Pipa, de Carlos, de cualquier cosa que pudiera mantener la conversación lejos de un nombre que ambas evitaban casi por instinto. Y, sin embargo, ese nombre aparecía continuamente en su cabeza.

La tercera vez ocurrió durante una comida de trabajo. No había planes, ni cenas, ni ninguna intención de emparejar a nadie. Solo una reunión que terminó más tarde de lo previsto y un menú compartido en un restaurante cercano a la oficina.

Cuando los cafés empezaron a llegar a la mesa, Dani pidió permiso para levantarse.

—Voy un momento fuera.

Tana lo vio salir con el teléfono en la mano. No le dio importancia.

Hasta que, unos minutos después, también salió ella para contestar una llamada. Lo encontró sentado solo en un banco, al otro lado de la cristalera. No estaba hablando con nadie, ni siquiera escribía, solo sostenía el móvil entre las manos mientras observaba fijamente la pantalla.

Tana dudó unos segundos antes de acercarse.

—¿Todo bien?

Dani levantó la vista. Tardó un momento en reaccionar. Después bloqueó el teléfono casi con vergüenza.

—Sí.

Ella se sentó a su lado y no preguntó nada, no hacía falta.

Los dos permanecieron en silencio unos segundos, escuchando el tráfico de la calle.

—¿Sigues pensando en Lía?

Dani dejó escapar una sonrisa cansada.

—Todos los días.

—¿Por qué?

Él tardó bastante en responder.

—Porque no soy capa a olvidarme de cómo terminó, sin ni siquiera haber empezado.

Aquella frase le rompió algo por dentro. Tana desvió la mirada hacia los coches que pasaban delante de ellos. No encontraba ninguna respuesta capaz de aliviar aquello.

—No puedes seguir viviendo así.

Dani bajó la vista hacia el móvil.

—Lo sé.

—Entonces haz algo.

Él soltó una risa tan baja que casi pareció un suspiro.

—¿Qué quieres que haga?

La miró por primera vez desde que se habían sentado.

—Me pidió que siguiera con mi vida.

Hizo una pausa.

—Y cada vez que intento hacerlo, todo me recuerda que la vida que quería era con ella.

Tana sintió un nudo en la garganta porque conocía demasiado bien a Lía. Sabía que, si hubiera escuchado aquella frase, probablemente habría corrido a buscarlo, y fue precisamente ese pensamiento el que la acompañó durante todo el camino de vuelta.

Aquella noche, mientras Álex conducía y Madrid desfilaba iluminado al otro lado de la ventanilla, permaneció en silencio mucho más tiempo del habitual. Él terminó apagando la música.

—¿Qué te pasa?

Tana siguió mirando hacia la calle unos segundos antes de responder.

—Me siento fatal.

Álex apartó un instante la vista de la carretera.

—¿Por qué?

Ella tardó en encontrar las palabras.

—Porque cada vez que quedo con Dani siento que le estoy ocultando algo a Lía.

Suspiró. El coche quedó en silencio.

—No sé si estoy respetando una decisión…

Giró lentamente la cabeza hacia él.

—…o traicionando a mi mejor amiga.

Álex buscó su mano sobre la consola central y entrelazó los dedos con los suyos.

—No estás traicionando a nadie, Tana.

—¿No?

—No.

La miró apenas un segundo ante de volver la vista a la carretera.

—Ellos tomaron esa decisión. Nosotros solo estamos intentando no romperla.

Tana apoyó la cabeza en el respaldo.

No respondió, porque, por primera vez desde que todo aquello había empezado, ya no estaba tan segura de que respetar el silencio de dos personas fuera siempre la mejor forma de quererlas.