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Aquella noche, después de despedirse de dejar a Tana en su casa, Lía continuó caminando hasta la suya.
Madrid seguía completamente despierta. Las aceras estaban llenas de grupos que regresaban del concierto comentando sus canciones favoritas, de parejas que buscaban un taxi sin dejar de reír y de desconocidos que, durante un par de horas, habían compartido la misma banda sonora. Todavía se escuchaba a alguien tararear algún estribillo a lo lejos y, por un instante, tuvo la sensación de que la ciudad entera seguía atrapada dentro de aquel concierto.
Ella, sin embargo, caminaba en silencio. No recordaba por dónde había pasado. Ni siquiera era consciente del recorrido que estaban haciendo sus pies. Su cabeza había dejado de estar en aquellas calles hacía mucho tiempo. Seguía en el recinto, bajo las luces del escenario, reviviendo una y otra vez el instante en que Dani le había apartado aquel mechón de pelo de la cara. Había sido un gesto tan pequeño que cualquiera podría haberlo pasado por alto. Pero para ella había significado mucho más que cualquier beso.
Cuando abrió la puerta de casa y el sonido de la cerradura rompió el silencio, sintió de golpe el peso de toda la noche. Dejó las llaves sobre el mueble de la entrada, se quitó las zapatillas con un movimiento casi automático y caminó descalza hasta la cocina. Se sirvió un vaso de agua, apoyó las manos sobre la encimera y permaneció varios segundos completamente inmóvil, intentando ordenar unos pensamientos que parecían haberse convertido en un nudo imposible de deshacer. Quiso convencerse de que solo había sido un concierto. Quiso pensar en Pipa llorando desconsoladamente durante Peter Pan, en Tana cantando sin importarle desafinar o en Nico intentando seguir el ritmo de su amiga mientras Álex no dejaba de reírse de los dos. Intentó aferrarse a cualquiera de esos recuerdos para no volver al mismo lugar, pero todos los caminos terminaban llevándola a Dani. A la forma en que la había mirado, a la tranquilidad con la que había retirado aquel mechón de su rostro, a la delicadeza con la que había bajado la mano cuando ella decidió dar un paso atrás, sin enfadarse, sin insistir, sin hacerla sentir culpable. Y fue precisamente eso lo que terminó por romper todas sus defensas, porque aquel Dani no se parecía al chico impulsivo del que se había enamorado años atrás, sino que se parecía demasiado al hombre con el que podría imaginar una vida.
Cerró los ojos con fuerza. No. La verdad era mucho más sencilla. Ya no podía seguir diciéndose que aquello no era amor. Cogió el móvil del bolso y se dejó caer en el sofá. Abrió la conversación con Dani y permaneció varios minutos mirando la pantalla en blanco. Escribía una frase y la borraba. Volvía a empezar. Se detenía. Respiraba. Cerraba la aplicación. La abría otra vez.
«Gracias por esta noche.»
La eliminó.
«Me lo he pasado muy bien.»
También desapareció. Aquello no era suficiente. No podía esconderse detrás de una frase amable después de todo lo que había ocurrido. Respiró profundamente una vez más y dejó que los dedos empezaran a moverse sin pensar demasiado.
«Necesito decirte algo antes de que pase más tiempo.»
Se quedó observando la frase unos segundos antes de continuar.
«Hoy me he apartado y creo que te debo una explicación.»
Las siguientes palabras tardaron mucho más en llegar. Sintió un nudo en la garganta incluso antes de escribirlas.
«No lo hice porque no quisiera que me tocaras.»
Las lágrimas empezaron a empañarle la vista.
“Lo hice porque sí quería.»
Durante unos segundos dejó el teléfono sobre sus piernas. Se llevó una mano a la boca para contener el llanto y respiró varias veces intentando recuperar el control.
Cuando volvió a coger el móvil, siguió escribiendo.
«Y eso me dio muchísimo miedo. No miedo de ti. Miedo de mí. Miedo de volver a creer que esta vez todo podía salir bien. Miedo de volver a ilusionarme y descubrir, dentro de unos meses, que todo había sido otra equivocación.»
Se secó una lágrima con el dorso de la mano antes de continuar.
«Sé que me dijiste que esta vez era diferente. Quiero creerlo. De verdad que quiero hacerlo. Pero todavía no sé cómo confiar después de tantos años. No sé cómo dejar de pensar que, en cualquier momento, volverás a marcharte.»
Leyó el mensaje entero. No le gustó, porque era demasiado sincero y precisamente por eso decidió no cambiar una sola palabra. Siguió escribiendo.
«Llevamos demasiado tiempo encontrándonos cuando no toca. Siempre llegamos tarde. Siempre dejamos cosas sin decir. Siempre aparece el miedo antes que nosotros.»
Las lágrimas seguían cayendo lentamente sobre la pantalla.
«Por eso creo que lo mejor es que dejemos de buscar estos momentos. Necesito seguir con mi vida y creo que tú también deberías seguir con la tuya.»
Aquella frase le dolió incluso más que escribir las anteriores, porque no quería que siguiera con su vida, quería que siguiera caminando a su lado. Pero una parte de ella seguía convencida de que quererlo no era suficiente.
Antes de enviar el mensaje añadió una última confesión.
«No te escribo porque haya dejado de sentir cosas por ti. Te escribo precisamente porque ya no puedo fingir que no las siento. Y porque, si seguimos así, cada vez me va a costar más alejarme y, ahora mismo, creo que es lo que necesitamos.»
Se quedó varios segundos con el dedo suspendido sobre la pantalla.
Sabía que, en cuanto pulsara el botón de enviar, algo cambiaría entre ellos. Respiró hondo y lo hizo. El mensaje desapareció.
Al otro lado de la ciudad, Dani acababa de llegar a casa. Entró todavía con la pulsera VIP en la muñeca y una sonrisa que llevaba acompañándolo desde que había salido del recinto. Mientras dejaba las llaves sobre el recibidor, volvió a recordar la imagen de Lía cantando a su lado, riéndose cuando los dos se equivocaron en la misma estrofa y mirándolo como hacía años que nadie lo miraba.
El móvil vibró y al ver su nombre en la pantalla, sonrió sin darse cuenta. Pensó que quizá ella tampoco quería que aquella noche terminara todavía. Se sentó en el sofá antes incluso de abrir la conversación y empezó a leer.
La sonrisa desapareció antes de terminar el tercer mensaje. Su respiración se hizo más lenta. Volvió al principio. Leyó una segunda vez. Después una tercera y una cuarta. No porque no hubiera entendido las palabras, sino porque se negaba a aceptar que fueran reales.
Cuando terminó, dejó el teléfono sobre las piernas y apoyó los codos en ellas. Durante unos segundos permaneció completamente inmóvil, mirando un punto fijo del suelo, como si necesitara tiempo para comprender que acababa de perder algo que apenas había empezado a recuperar.
Cogió el móvil otra vez. Escribió un simple «Lía…», pero lo borró. Escribió «Déjame demostrarte que esta vez será diferente.» También desapareció. Las lágrimas empezaron a acumularse en sus ojos antes incluso de que fuera consciente de ello. Intentó contenerlas, pero no pudo. Se llevó una mano a la cara mientras la primera escapaba sin remedio. Después llegó otra y otra más. Acabó inclinándose hacia delante, con los codos apoyados sobre las rodillas y el teléfono todavía entre las manos, llorando en silencio como hacía años que no lloraba. No era un llanto desesperado, era mucho peor. Era el llanto de quien comprende demasiado tarde que el amor de su vida no ha dejado de quererlo, pero ya no sabe cómo creer en él.
Cuando consiguió serenarse un poco, volvió a mirar la conversación una última vez. Comprendió entonces que Lía no le estaba pidiendo explicaciones, ni tampoco le estaba reprochando el pasado, solo le estaba pidiendo una cosa: distancia. Y, por mucho que aquello fuera exactamente lo contrario de lo que él deseaba, si de verdad la quería como llevaba semanas repitiéndose a sí mismo, quizá la única forma de demostrárselo era respetar esa decisión.
Apagó la pantalla del móvil, la dejó boca abajo sobre la mesa del salón y aquella noche eligió no responder. No porque se rindiera, sino porque la quería demasiado para no escuchar la única petición que ella había sido capaz de hacerle.