Por siempre nosotras 33
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Las luces del recinto se apagaron de golpe y un rugido recorrió las gradas. Durante unos segundos solo se escucharon los gritos del público, miles de voces mezclándose en una misma expectación hasta que los primeros acordes comenzaron a sonar y el escenario se iluminó con un estallido de luz blanca.

Pipa fue la primera en levantar los brazos.

—¡No me lo puedo creer!

La emoción era tan contagiosa que las otras dos terminaron riéndose antes incluso de empezar a cantar. Cuando Dani Martín apareció sobre el escenario, el recinto entero pareció venirse abajo. Había algo casi mágico en esos primeros minutos de un concierto, cuando todavía quedaban todas las canciones por delante y cada una podía convertirse en el mejor momento de la noche.

No tardaron en olvidarse de todo lo demás.

Pipa bailaba sin preocuparse de quién pudiera estar mirándola, saltando y cantando cada palabra con la misma intensidad con la que llevaba meses diciendo que algún día conseguirían aquellas entradas. Nico apenas podía seguirle el ritmo, pero tampoco parecía importarle demasiado. Cada vez que ella se giraba para cogerle de la mano o empujarlo para que cantara con ella, terminaba riéndose. Descubrió muy pronto que estaba disfrutando casi más de verla feliz que del propio concierto.

Unos pasos más allá, Álex observaba a Tana con una sonrisa difícil de esconder. Nunca la había visto así. La mujer meticulosa, racional y siempre dueña de cada gesto había desaparecido por completo. Cantaba con los brazos levantados, desafinaba sin el menor pudor y hasta se reía de sí misma cuando olvidaba alguna estrofa.

—Ahora entiendo por qué querías venir tanto —le dijo acercándose a su oído para vencer el ruido.

Tana giró la cabeza hacia él con los ojos brillantes.

—Te lo advertí.

Álex no respondió. Simplemente rodeó su cintura con un brazo durante unos segundos y ella, en lugar de tensarse como habría hecho unos meses atrás, apoyó la espalda contra él con absoluta naturalidad. A veces el amor no llegaba con grandes gestos; llegaba así, sin hacer ruido, cuando dejabas de darte cuenta de que alguien ya formaba parte de tu espacio.

Lía y Dani, en cambio, parecían estar viviendo un concierto completamente distinto.

Al principio apenas cruzaban alguna mirada fugaz. Hablaban poco, comentaban alguna canción al oído porque la música apenas permitía escuchar otra cosa y sonreían cada vez que descubrían que seguían recordando exactamente las mismas estrofas. Resultaba extraño comprobar que, después de tanto tiempo, seguían compartiendo recuerdos que nadie más conocía.

Cuando comenzaron los primeros acordes de Cero, los dos se miraron al mismo tiempo.

No hizo falta decir nada.

Los dos recordaban perfectamente aquel viaje improvisado a la sierra durante la universidad, cuando Dani había insistido en escuchar el disco entero de camino y Lía había terminado cantándolo de principio a fin mientras él fingía indignarse porque se sabía las canciones mejor que él.

Sonrieron.

Solo eso.

Pero aquella sonrisa tenía demasiados años detrás.

Las canciones fueron sucediéndose y, poco a poco, la distancia entre ellos dejó de existir sin que ninguno la redujera conscientemente. A veces sus hombros se rozaban cuando el público empezaba a saltar; otras, uno se inclinaba hacia el otro para comentar cualquier tontería y terminaban riéndose como si el tiempo hubiera retrocedido varios años. Durante un rato dejaron de ser dos personas intentando entender qué hacer con lo que sentían.

Volvieron a ser simplemente ellos.

Después llegó Peter Pan.

Pipa cumplió exactamente lo que había prometido durante meses.

Antes de que terminara el primer estribillo ya tenía los ojos llenos de lágrimas. Nico la abrazó riéndose mientras ella seguía cantando sin ninguna intención de disimular. Tana sacó el móvil para grabar unos segundos del escenario y Álex aprovechó para inmortalizar aquel momento, captando a las tres amigas cantando abrazadas mientras miles de personas hacían exactamente lo mismo a su alrededor.

La noche avanzaba demasiado deprisa.

Hasta que Dani Martín dejó la guitarra a un lado y caminó despacio hacia el centro del escenario.

Las luces cambiaron de color. Todo el recinto quedó envuelto en un tono cálido y el murmullo del público fue apagándose poco a poco.

—Hay canciones —dijo con una sonrisa tranquila— que no necesitan presentación.

Bastaron las primeras notas de Qué bonita la vida para que miles de móviles se encendieran casi al mismo tiempo. En apenas unos segundos, el recinto entero se transformó en un cielo lleno de pequeñas luces blancas que se balanceaban despacio al ritmo de la música.

Lía sintió un escalofrío recorrerle los brazos.

Siempre le había pasado con aquella canción.

No sabía exactamente por qué.

Solo que conseguía desarmarla.

Levantó el móvil por encima de su cabeza y, casi por inercia, giró ligeramente la cara.

Dani ya la estaba mirando.

No al escenario.

No a las luces.

A ella.

Durante unos segundos el resto del concierto desapareció. Él levantó despacio la mano y, con una delicadeza que parecía contener todos los años que habían pasado sin atreverse a hacer aquello, apartó el mechón de pelo que el aire le había llevado hasta la cara. Sus dedos apenas rozaron su mejilla antes de quedarse suspendidos entre los dos.

Lía no se movió.

Ni siquiera respiró.

Había imaginado ese gesto demasiadas veces para no reconocer lo que significaba.

Y, sin embargo, lo que realmente la paralizó fue otra cosa.

Dani no retiró la mano.

Simplemente siguió mirándola.

Como si quisiera aprenderse de memoria aquel instante.

Sin que ninguno de los dos lo supiera, la realización del concierto acababa de enfocar exactamente esa escena. De pronto, sus rostros aparecieron proyectados en las dos pantallas gigantes que flanqueaban el escenario. Miles de personas giraron la cabeza hacia ellas y un aplauso espontáneo comenzó a extenderse por todo el recinto, acompañado de silbidos, risas y ese murmullo cómplice con el que el público siempre celebraba encontrar una historia de amor entre tanta gente.

Pipa fue la primera en darse cuenta.

Le dio un codazo a Nico sin apartar la vista de la pantalla.

—Míralos…

Nico levantó la cabeza y se quedó completamente inmóvil.

Álex dejó de cantar.

Tana se llevó una mano a la boca, incapaz de borrar la sonrisa.

Desde fuera, la imagen parecía sacada de una película. Dos personas aisladas en medio de miles, mirándose como si fueran las únicas que existían.

Pero ellos no tenían ni idea de que todo el recinto los estaba observando.

Seguían allí.

En silencio.

Apenas separados por unos centímetros.

Entonces Lía sintió el miedo.

No el miedo a lo que estaba pasando.

El miedo a que volviera a pasar lo de siempre.

A acercarse demasiado.

A creer, una vez más, que aquella mirada significaba lo mismo para él que para ella.

Y que, al final, fuera Dani quien diera un paso atrás.

Antes de darle la oportunidad de hacerlo, fue ella quien retrocedió apenas unos centímetros.

Solo uno.

Lo suficiente para romper aquel instante.

Dani bajó despacio la mano.

No intentó detenerla.

No volvió a acercarse.

Simplemente la miró con una ternura nueva, distinta a cualquier otra cosa que hubiera habido entre ellos hasta entonces.

Y Lía comprendió que, por primera vez, no era él quien se estaba alejando.

Era ella quien todavía no sabía cómo dejar de tener miedo.

La canción terminó envuelta en un aplauso interminable. Dani Martín dio las gracias con una sonrisa emocionada antes de dar paso a las últimas canciones del concierto, devolviendo al recinto la energía con la que había empezado la noche. Las luces recuperaron intensidad, el público volvió a saltar y, poco a poco, la magia de aquel instante quedó escondida entre la música y el ruido de miles de personas cantando al mismo tiempo.

Lía respiró hondo, intentando recuperar el pulso. Se obligó a mirar de nuevo hacia el escenario, a concentrarse en las guitarras, en las pantallas, en la voz que llenaba el recinto, aunque era consciente de que ya no estaba prestando atención a ninguna canción. Notaba la presencia de Dani a su lado con una claridad casi incómoda, como si la distancia que acababa de poner entre los dos hubiera sido únicamente física.

Él tampoco volvió a buscarla.

No porque no quisiera.

Sino porque entendió que aquel pequeño paso atrás significaba mucho más de lo que parecía.

Y, por primera vez en mucho tiempo, decidió respetarlo.

Terminó el concierto entre abrazos, aplausos y miles de personas resistiéndose a aceptar que ya no quedaban más canciones. Dani Martín se despidió prometiendo volver pronto, lanzó la última púa al público y desapareció entre los focos mientras el recinto entero seguía coreando su nombre unos segundos más.

—Ha sido una pasada… —dijo Pipa, todavía con la voz rota de tanto cantar.

Nico sonrió al verla completamente despeinada, con el maquillaje ligeramente corrido y una felicidad imposible de fingir.

—Creo que no he visto nunca a nadie disfrutar tanto de un concierto.

—Porque no me has visto en el de hace diez años.

—Ni falta que hace.

Los seis comenzaron a salir despacio junto al resto del público. El ambiente era completamente distinto al de unas horas antes. Había grupos comentando sus canciones favoritas, parejas abrazadas mientras revisaban los vídeos que acababan de grabar y amigos prometiéndose volver a repetir una noche igual.

Pipa caminaba delante, agarrada de la mano de Nico, repasando una por una las canciones del repertorio como si tuviera miedo de olvidar alguna.

Tana avanzaba junto a Álex. Él llevaba una mano apoyada en la parte baja de su espalda, guiándola entre la gente sin darse cuenta siquiera de que lo hacía.

Lía y Dani volvieron a quedarse unos pasos por detrás.

No hablaban.

Tampoco parecía necesario.