Por siempre nosotras 32
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El viernes amaneció con ese ambiente extraño de los días en los que sabes que va a pasar algo, aunque todavía no tengas muy claro qué.

Madrid estaba especialmente bonito. El cielo limpio, el calor justo para poder salir sin chaqueta y esa sensación de viernes que llenaba las terrazas desde primera hora de la tarde.

Lía llevaba toda la mañana distraída. Había intentado concentrarse en el trabajo, pero cada vez que miraba el reloj pensaba en el concierto. Hacía meses que las tres se habían resignado a no conseguir entradas y todavía le parecía increíble que Tana hubiera aparecido de repente con tres pases para la zona VIP.

Pipa, en cambio, llevaba emocionada desde que abrió los ojos. Había mandado veinte mensajes al grupo de WhatsApp antes de las nueve de la mañana.

«Hoy cantamos Cero a pleno pulmón.»

«Como no toque Peter Pan, me voy.»

«¿Qué os vais a poner?»

«Voy a llorar. Lo aviso ya.»

Cuando las tres se encontraron por la tarde en casa de Lía para arreglarse juntas, la emoción seguía exactamente igual.

El salón estaba lleno de ropa encima del sofá, zapatos por el suelo, neceseres abiertos y tres copas de vino que apenas habían probado porque hablaban más de lo que bebían.

Arreglarse juntas terminó ocupando buena parte de la tarde. El dormitorio de Lía estaba lleno de ropa sobre la cama, zapatillas desperdigadas por el suelo y neceseres abiertos mientras sonaba una lista de reproducción de Dani Martín de fondo.

Lía fue la primera en decidirse. Eligió unos shorts vaqueros de tiro alto, una camiseta blanca básica de algodón de buena calidad metida por dentro y unas Converse blancas. Añadió un cinturón de cuero marrón, unos pendientes dorados pequeños y varias pulseras finas. El pelo recogido en una coleta alta, ligeramente ondulado, completaba un conjunto sencillo, fresco y muy ella. Siempre encontraba la forma de ir impecable con las prendas más básicas.

Pipa apareció poco después con una falda vaquera corta de corte recto, un top negro de canalé de cuello halter y unas Birkenstock negras. Llevaba el pelo suelto, varias cadenitas doradas y un maquillaje algo más marcado de lo habitual. Era moderna, natural y de esas personas que parecían no haber dedicado demasiado tiempo a arreglarse cuando, en realidad, cada detalle estaba pensado.

Tana tardó un poco más. Cuando salió del vestidor, las otras dos levantaron la vista casi al mismo tiempo. Llevaba una falda vaquera blanca de cintura alta, un top plateado de lentejuelas que brillaba con cada movimiento y unas zapatillas blancas impecables. El bolso metalizado colgado del hombro y unos pendientes largos con pequeñas piedras terminaban un conjunto que solo ella era capaz de llevar sin resultar excesivo.

Pipa sonrió nada más verla.

—Lo sabía. Tana arqueó una ceja.

—¿El qué?

—Que ibas a encontrar la manera de meter un poco de brilli-brilli.

Tana se miró un segundo en el espejo, sonrió satisfecha y se encogió de hombros.

—Es Dani Martín. La ocasión lo merece.

—No me creo que vayamos a verlo desde la zona VIP —dijo Pipa mientras se miraba por quinta vez en el espejo.

—Lo has dicho ya unas treinta veces —respondió Tana desde el baño.

—Y lo diré treinta más.

Lía sonrió mientras terminaba de colocarse un pendiente.

—La verdad es que todavía parece mentira.

Pipa dejó el pintalabios sobre la mesa y, casi sin querer, cogió el móvil.

Frunció ligeramente el ceño. Tana levantó la vista al verla.

—¿Qué pasa?

Pipa bloqueó la pantalla.

—Nada.

—Pipa.

Ella suspiró.

—Es que Nico lleva dos días sin escribirme.

Lía dejó de hacer lo que estaba haciendo.

—¿Dos días?

—Sí.

Intentó restarle importancia encogiéndose de hombros.

—Bueno… tampoco pasa nada.

Pero la forma en que lo dijo dejaba claro que sí pasaba. Tana cruzó una rápida mirada con Lía, ella sabía perfectamente el motivo. Aquella misma mañana Álex le había contado que Nico estaba cumpliendo el plan al pie de la letra y que había decidido mantener un poco las distancias para no meter la pata y acabar contándole a Pipa lo del concierto.

—No te rayes —dijo Tana con toda la naturalidad que pudo.

Pipa la miró.

—¿Cómo que no me raye?

—Esta mañana Álex salió a correr con él.

Pipa levantó una ceja.

—¿Sí?

—Sí.

Le dijo que estaba hasta arriba de trabajo estos días. Que apenas estaba mirando el móvil.

Pipa pareció pensarlo unos segundos.

—¿Eso te dijo?

—Sí.

Era una mentira a medias. Nico sí había salido a correr con Álex, y sí, estaba ocupado, solo que no exactamente por trabajo.

Pipa terminó soltando el aire.

—Vale…

Lía sonrió.

—¿Ves?

—Ya, pero podría haberme escrito un “hola”.

—Pipa… —dijo Tana riéndose—. Han pasado dos días.

—Dos días son muchos.

—Hace un mes decías que contestar a los mensajes era de intensitos.

Pipa cogió un cojín del sofá y se lo lanzó.

—No me recuerdes mis propias frases.

Las tres se echaron a reír.

Mientras tanto, a varios kilómetros de allí, Álex terminaba de abrocharse la camisa delante del espejo cuando el móvil vibró.

«¿Todo controlado?»

Álex sonrió. Tana necesitaba ternero o todo controlado, como siempre.

«Más o menos.

Y enseguida le llegó otro mensaje de vuelta:

«Pipa acaba de decir que Nico lleva dos días sin escribirle.»

Él soltó una carcajada.

«Pobre Nico. Está sufriendo más por no escribirle que por la media maratón del domingo.»

Tana respondió casi al instante.

«Le he dicho que estaba hasta arriba de trabajo. Creo que ha colado.»

Álex tardó unos segundos en contestar.

«Cuando Pipa descubran el plan, nos mata.»

Tana sonrió sola delante del espejo mientras terminaba de ponerse un pendiente.

«Primero Pipa, luego Dani y Lía cuando se enteren de que los hemos manipulado.»

«No. Dani nos invitará a una cerveza si esto sale bien.»

Tana negó divertida.

«Eres demasiado optimista.»

Álex leyó el mensaje mientras se echaba colonia y Tana se quedó mirando la pantalla unos segundos. No sabía por qué, pero también tenía esa sensación, como si aquella noche fuera una de esas que terminan recordándose durante años. Guardó el teléfono en el bolso, se miró una última vez al espejo y sonrió, sin saber que, unas horas después, ninguno de los seis volvería a estar exactamente en el mismo lugar en el que estaba ahora.

Álex llegó el primero al punto de encuentro. Habían quedado en una terraza frente al recinto, una de esas que, las noches de concierto, se llenaban de gente con camisetas del artista, pulseras de festivales antiguos y esa emoción contagiosa que hacía que todo el mundo pareciera conocerse.

Se sentó en una mesa alta y pidió una cerveza mientras esperaba.

El primero en aparecer fue Nico.

—Has llegado pronto —dijo Álex levantándose para saludarlo.

—Llevo toda la semana con ganas de que llegue hoy.

Se dieron un abrazo rápido.

—¿Qué tal con Pipa?

Nico soltó una risa.

—Me va a matar.

—Todavía no lo sabe, ¿no?

—No.

Negó con la cabeza.

—Y me ha dicho hoy que llevaba dos días sin escribirle.

Álex sonrió.

—Lo sé. Tana me ha contado que ha tenido que improvisar una explicación.

—Pues espero que haya sido buena, porque casi me siento culpable.

—Cuando vea el motivo se le pasará.

Nico arqueó una ceja.

—O nos mata a los dos.

—Eso también puede pasar.

Los dos rieron al mismo tiempo.

En ese momento apareció Dani.

Llevaba unos vaqueros oscuros y una camiseta blanca sencilla. Saludó primero a Álex y después a Nico con un apretón de manos.

—Gracias por invitarme —dijo mientras tomaba asiento—. Todavía no me creo que vayamos a verlo desde la zona VIP.

—Yo sigo pensando que en cualquier momento nos van a decir que se han equivocado de personas —bromeó Nico.

—Pues si eso pasa, corro más que vosotros dos juntos.

Álex se echó a reír.

—Eso quiero verlo.

Un camarero se acercó para tomar nota y, cuando se marchó, Dani apoyó los codos sobre la mesa.

—¿Sabéis qué canción espero más?

—No lo digas —respondió Álex.

—Peter Pan.

—Lo sabía.

—Siempre me pone la piel de gallina.

—A mí “Cero” —dijo Nico.

—¿Tú también eres fan? —preguntó Dani, sorprendido.

—Desde hace años.

Dani sonrió.

—Pues hoy vamos a salir afónicos.

Mientras hablaban, el móvil de Álex vibró discretamente sobre la mesa. Era Tana.

«Ya vamos de camino.»

Él levantó apenas la comisura de los labios.

«Nosotros también.»

Álex miró de reojo a Dani, que seguía hablando con Nico sin sospechar absolutamente nada y guardó el teléfono antes de que cualquiera pudiera fijarse.

—¿Nos vamos acercando? —preguntó.

Los otros dos asintieron y los tres caminaron hacia la entrada del recinto mezclados entre cientos de personas que avanzaban con la misma ilusión. Desde lejos ya se veían las luces de acceso, el photocall de patrocinadores y el cartel gigantesco con el nombre de Dani Martín iluminando toda la fachada. Un trabajador comprobó sus entradas y les colocó una pulsera negra con letras doradas.

—Acceso VIP por esa escalera.

Subieron tranquilamente. Ninguno de los tres imaginaba que, apenas unos minutos después, al otro lado de aquella misma zona reservada, tres personas estaban recorriendo exactamente el mismo pasillo y que una de ellas iba a detenerse en seco en cuanto levantara la vista.

La azafata les abrió paso por un pasillo mucho más tranquilo que el acceso general. El ruido del público seguía escuchándose al otro lado, pero llegaba amortiguado por los paneles negros que separaban la zona VIP del resto del recinto, como si cruzar aquel acceso significara entrar en otro lugar, en una versión más cuidada, más luminosa y más exclusiva de la misma noche. Al fondo se abría un espacio completamente distinto al que las tres estaban acostumbradas, y Pipa fue la primera en detenerse, con los ojos muy abiertos y una sonrisa que no intentó disimular.

—Madre mía… —murmuró.