31
Aquella mañana había empezado como cualquier otra. Juicios, llamadas, reuniones y un café que Tana había terminado frío encima de la mesa mientras revisaba un contrato. Cuando por fin levantó la vista del ordenador, encontró un sobre blanco apoyado junto al teclado.
—Eso es para ti —dijo una de las socias al pasar por delante de su despacho.
Tana frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué es?
—Ábrelo.
Lo hizo sin demasiada expectación. Pero bastó un segundo para que una sonrisa apareciera en su cara.
Seis entradas. Dani Martín. Viernes. Zona VIP.
Parpadeó un par de veces, convencida de que había leído mal.
—¿Esto es una broma?
Su compañera soltó una carcajada.
—No. Un cliente nos las ha regalado esta mañana. Iban a utilizarlas varios socios, pero al final ninguno puede ir. Pensé que te harían más ilusión a ti.
—¿Más ilusión? —respondió Tana sin apartar la vista de las entradas—. Acabas de convertirme el viernes en el mejor día del mes.
—Entonces he acertado.
Tana volvió a mirar el sobre, seguía sin creérselo. Meses atrás, cuando Dani Martín había anunciado la gira, las tres habían intentado comprar entradas el mismo día que salieron a la venta. Habían esperado la cuenta atrás delante del ordenador, con varios dispositivos abiertos y los móviles preparados “por si acaso”.
No habían durado ni cinco minutos. Cuando por fin consiguieron entrar en la página, ya no quedaba absolutamente nada. Pipa había llegado a proponer viajar a otra ciudad para verlo, Lía había buscado entradas de reventa durante semanas y Tana, que normalmente era la más sensata de las tres, había estado a punto de pagar un precio completamente desorbitado por unas localidades bastante peores que aquellas que ahora sostenía entre las manos.
Sonrió sola. Cogió el móvil.
Grupo: “Por siempre nosotras”
«Necesito veros hoy. Tengo una sorpresa.»
Pipa respondió antes de que pudiera bloquear el teléfono.
«Si no es una boda o un premio de la lotería, no pienso salir de casa.»
«¿Qué has hecho?». Preguntó Lía.
Tana sonrió.
«A las ocho. Donde siempre.»
Tana esperó a salir del despacho para llamarlo.
—Creo que hoy vamos a empezar a ser ese equipo del que hablamos la otra noche.
Hubo un breve silencio al otro lado. Después, una risa.
—Me gusta cómo suena eso.
—Sabía que te gustaría.
—¿Qué has pensado?
—Me han regalado seis entradas para el concierto de Dani Martín del viernes.
Álex tardó apenas un segundo en reaccionar.
—¿Seis?
—Zona VIP.
—No me jodas.
Tana sonrió.
—Lo sé.
—¿Sabes lo difícil que era conseguir entradas?
—Perfectamente. Nosotras llevamos meses lamentándonos.
Álex soltó una carcajada.
—Y Dani igual.
—¿Sí?
—Le encanta Dani Martín. La última vez que vino a Madrid fuimos juntos al concierto. Creo que todavía conserva la pulsera.
Tana sonrió para sí.
—Entonces mejor todavía.
Álex ya había entendido por dónde iba.
—Tres para vosotras y...
—Y tres para ti.
—Vale…
—Quiero que invites tú a Dani y a Nico.
Álex guardó silencio un instante.
—Esto empieza a parecer un plan.
—No.
—¿No?
—Empieza a parecer un muy buen plan.
Los dos se rieron.
—¿Ellas saben que vamos? —preguntó Álex.
—No.
—¿Y le digo a ellos que vais vosotras?
—Tampoco.
Tana apoyó la espalda en la pared del edificio, dejando que el sol de la tarde le diera de lleno en la cara.
Álex negó.
—Les voy a decir que un cliente nos ha regalado unas entradas y que me apetecía ir con vosotros.
—¿Colará?
—Si en la frase aparecen las palabras “Dani Martín” y “VIP”, Dani deja de hacer preguntas.
Tana soltó una risa.
—Perfecto.
Álex bajó un poco la voz.
—¿Y Nico?
—¿Qué pasa con Nico?
—Creo que es mejor contarle el plan.
Tana dudó un segundo y frunció ligeramente el ceño.
—¿Por?
—Porque va Pipa y si no se lo digo, van a hablar entre ellos y se van a enterar de que el otro también va.
Pausa.
—Además. si alguien puede convencerla de no desmontarnos el invento antes de tiempo, es él.
Tana sonrió despacio. Tenía razón.
—Vale.
—Confía en mí.
—Eso hago.
Álex guardó unos segundos de silencio antes de hablar otra vez.
—¿Sabes una cosa?
—¿Qué?
—Creo que nos estamos implicando demasiado en la vida de nuestros amigos.
Tana sonrió mientras empezaba a caminar hacia el coche.
—Puede.
—¿Y si sale mal?
Ella levantó la vista hacia el cielo, pensando en Lía, en Dani, en todas las veces que habían llegado tarde.
—Entonces al menos no podrán decir que nadie intentó ayudarles.
Álex sonrió al otro lado del teléfono.
—Cada vez me gustas más, abogada.
—Tú tampoco estás mal.
Tana negó con una sonrisa imposible de esconder.
—Nos vemos el viernes.
—Empieza la operación “que dejen de hacer el idiota”.
—Álex…
—Vale, vale…
Se rio.
—Operación Equipo.
Y colgaron.
A las ocho y diez, porque Pipa seguía siendo incapaz de llegar puntual, las tres estaban sentadas en su terraza favorita.
—Como la sorpresa sea que te casas con Álex, me voy —dijo Pipa dejando el bolso sobre la silla.
—Si me casara, serías la última en enterarte.
—Eso ha dolido.
—Era la intención.
Lía negó riéndose.
—¿Nos vas a decir ya por qué has insistido tanto?
Tana no respondió. Abrió el bolso despacio, sacó un sobre blanco y lo dejó sobre la mesa.
—¿Qué es eso? —preguntó Pipa.
—Ábrelo.
Fue Lía quien lo hizo. Sacó las entradas, las miró, volvió a mirarlas y abrió los ojos de golpe.
—No…
Pipa se las arrebató prácticamente de las manos. Leyó el nombre, luego volvió a leerlo, después miró a Tana y gritó tan fuerte que varias personas de la terraza se giraron hacia ellas.
—¡¡NO ME LO PUEDO CREER!!
Lía empezó a reír. Pipa ya estaba de pie.
—¡Dani Martín! ¡Dani Martín! ¡Zona VIP!
Volvió a mirar las entradas como si fueran a desaparecer.
—¡Zona VIP, Tana!
—Lo sé.
—¡¿Sabes lo que cuesta esto?!
—Más o menos.
—¡¿Y sabes lo que nos costó conseguir unas?!
—Precisamente por eso os he llamado.
Lía seguía con una sonrisa enorme.
—Pensaba que era imposible.
—Lo era —respondió Tana.
—¡Llevamos meses diciendo que era el único concierto al que queríamos ir este año! —añadió Pipa.
—Y nos quedamos sin entradas en cinco minutos —recordó Lía.
—Cinco no. Tres.
—Tres.
Pipa volvió a mirar el sobre, luego a Tana y luego otra vez las entradas.
—Te quiero muchísimo.
—Lo sé.
—No, no lo sabes.
Se levantó y la abrazó con tanta fuerza que casi la tira de la silla.
Lía terminó uniéndose al abrazo entre risas.
—No me creo que vayamos a verlo.
—Y desde la zona VIP… —dijo Pipa, todavía abrazándolas—. Voy a llorar.
—Tú lloras con un anuncio de Navidad.
—Pues imagínate con Dani Martín.
Las tres se echaron a reír.
Durante los siguientes veinte minutos no hablaron prácticamente de otra cosa. Empezaron a recordar el primer concierto al que habían ido juntas, las canciones que habían marcado cada etapa de sus vidas, cuál esperaban escuchar más, cuál les emocionaba siempre y cuál iban a cantar a pleno pulmón, aunque acabaran afónicas.
Por primera vez en mucho tiempo, ninguna habló de trabajo, ni de Dani, ni de Carlos, ni de Nico, ni de Álex. Solo eran ellas tres, como siempre, sin imaginar que aquel regalo no traía únicamente un concierto, sino que esa noche estaba a punto de cambiarlo todo.
El jueves por la mañana, tal y como habían quedado unos días antes, Álex y Nico salieron a correr por Madrid Río. El recorrido terminó siendo bastante más largo de lo previsto. Empezaron hablando de zapatillas, siguieron comparando recorridos y acabaron comentando trabajo, viajes y alguna que otra anécdota que hizo que las risas aparecieran con más facilidad de la que cualquiera de los dos habría imaginado la primera vez que se vieron. Cuando terminaron, entraron en una cafetería cercana para recuperar fuerzas antes de ir a trabajar.
—Empiezo a entender por qué le gustas tanto a Pipa —dijo Álex mientras dejaba el café sobre la mesa.
Nico sonrió.
—¿Eso es un cumplido?
—Por supuesto.
Se hizo un silencio breve, Álex metió la mano en la mochila y sacó un sobre blanco y lo dejó sobre la mesa. Nico frunció el ceño.
—¿Qué es eso?
—Ábrelo.
Dentro había tres entradas. Nico tardó apenas un segundo en leerlas.
—¿Dani Martín?
Volvió a mirarlas.
—¿Zona VIP?
—Las consiguió Tana.
Nico levantó la vista.
—¿Tana?
Álex asintió.
—Un cliente se las regaló al despacho. En realidad, eran seis.
Nico volvió a mirar el sobre.
—¿Seis?
Entonces lo entendió.
—Espera…
Sonrió despacio.
—Las otras tres son para ellas, ¿no?
—Exacto.
Nico soltó una risa.
—Entiendo que vamos a ir con Dani, ¿no?
—Lo has entendido a la primera.
Nico negó con la cabeza, divertido.
—Estáis un poco locos.
—Puede.
—Y me encanta.
Los dos se rieron. Álex volvió a ponerse serio.
—Hay una cosa más.
—Dime.
—No le digas nada a Pipa.
Nico arqueó una ceja.
—¿Por?
—Porque todavía no soporta a Dani.
Nico soltó el aire despacio.
—Eso también es verdad.
—Si sabe desde el principio que él va al concierto, intentará convencer a Lía para no ir o directamente se enfadará con nosotros. Nico permaneció unos segundos pensativo, conocía demasiado bien a Pipa como para saber que Álex tenía razón. Era impulsiva, protectora y cuando alguien hacía daño a una de las personas que quería, le costaba muchísimo darle una segunda oportunidad.
—Vale —dijo finalmente.
—¿Vale?
—No le diré nada.
Pausa.
—Pero como descubra que lo sabía…
Álex soltó una carcajada.
—Te tocará invitarla a cenar.
—Eso es lo de menos.
Los dos volvieron a reír. Nico guardó las entradas en el sobre y levantó la vista.
—¿Y Dani?
—De Dani me encargo yo.
Álex sonrió con esa tranquilidad de quien conocía perfectamente a su amigo.
—Créeme. Si le digo que tengo una entrada para ver a Dani Martín, no va a hacer ni una pregunta.
—¿Tan fan es?
Álex negó riéndose.
—Muchísimo. La última vez que vino a Madrid fuimos juntos al concierto. Creo que sigue diciendo que fue uno de los mejores directos que ha visto.
Nico sonrió.
—Entonces no tienes nada que hacer.
—Exacto.
Se levantaron al mismo tiempo. Álex le tendió la mano.
—Bienvenido oficialmente al equipo.
Nico le estrechó la mano con una sonrisa.
—Espero que sepáis lo que estamos haciendo.
Álex miró un instante hacia la calle antes de responder.
—Yo también.
De camino al trabajo, Álex marcó el número de Dani.
No tuvo que esperar demasiado.
—¿Qué pasa? —respondió él.
—¿Qué haces mañana por la noche?
—Nada.
—Perfecto.
—¿Por?
Álex sonrió.
—Porque nos han regalado tres entradas para Dani Martín.
Silencio.
—No me jodas.
—Zona VIP.
—Estás mintiendo.
—Ojalá.
Dani soltó una risa incrédula.
—¿Quién te las ha regalado?
—Un cliente.
—¿Y con quién más vamos?
—Se lo voy a decir a Nico.
Dani no necesitó ni pensárselo.
—Cuenta conmigo.
—Ni siquiera sabes a qué hora es.
—Me da igual.
Álex negó riéndose.
—Sabía que ibas a contestar eso.
—¿Quedamos antes para tomar algo?
—Sí. Luego te mando la ubicación.
—Perfecto.
Cuando colgó, Álex guardó el móvil en el bolsillo con una sonrisa.
La operación acababa de empezar.