Por siempre nosotras 30
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Los días no se detuvieron, nunca lo hacen, y quizá eso fue lo más extraño de todo, lo que más descolocaba cuando Lía se paraba a pensarlo un segundo más de la cuenta:

que después de una noche que había removido tanto, que había dejado las cosas en un punto incómodo, sin cerrar, sin entender, la vida siguiera exactamente igual por fuera, como si nada hubiera pasado, como si no hubiera nada pendiente, como si todo pudiera seguir avanzando sin mirar atrás.

Pero sí lo había, y ella lo notaba en los pequeños momentos, en esos silencios que antes no existían, en la forma nueva de coger el móvil y quedarse un instante más de lo normal mirando la pantalla antes de abrir ciertas conversaciones, como si ya supiera que no iba a encontrar lo que buscaba, como si intuyera que algo se había quedado a medio camino y no supiera cómo retomarlo.

A veces leía un mensaje, dejaba el teléfono boca abajo sobre la mesa y se obligaba a no pensar demasiado, pero la sensación seguía ahí, constante, incómoda, como una frase que no termina de decirse.

Con Dani no volvió a ser igual, no porque hubieran discutido o porque hubiera pasado algo concreto después, sino precisamente, por lo contrario, porque no pasó nada. No hablaron del tema, no volvieron a tocarlo, no hubo un momento de cierre ni una conversación que colocara las cosas en su sitio; simplemente dejó de fluir, como si ambos, sin ponerse de acuerdo, hubieran decidido moverse en una superficie más segura donde nada doliera demasiado, aunque eso implicara no arreglar nada.

Se escribían de vez en cuando, mensajes cortos, prácticos, casi impersonales, sin esa complicidad automática que siempre había estado ahí, sin dobles sentidos ni bromas que solo ellos entendían, como si hubieran perdido ese código común que durante años había sido tan fácil. Y eso, en el fondo, era peor, porque Lía sabía perfectamente lo que había debajo, y también sabía que Dani lo sabía, que lo intuía en esos segundos de más antes de responder, en la forma en la que a veces parecía empezar a escribir algo y terminaba diciendo otra cosa completamente distinta, como si se contuviera a mitad de camino, como si no se permitiera ir más allá. Pero ninguno estaba dispuesto a volver a abrirlo, al menos no todavía, y ese “todavía” era lo que más pesaba.

Carlos, en cambio, era todo lo contrario. No había pausas, ni dudas, ni silencios incómodos que llenar con interpretaciones; estaba, y estaba bien, y eso, en ese momento, era casi un alivio. Seguían viéndose con una naturalidad que a Lía todavía le sorprendía, como si no tuviera que pensar cada paso, como si pudiera simplemente dejarse llevar sin analizarlo todo después, sin preguntarse constantemente qué significaba cada gesto o cada palabra.

Carlos la buscaba, le escribía sin demasiada estrategia, le proponía planes sin necesidad de organizarlo todo con días de antelación, aparecía cuando decía que iba a aparecer, y en su forma de estar había algo sencillo que funcionaba. La hacía reír, de verdad, con comentarios inesperados, con esa forma directa de decir las cosas que a veces rozaba lo descarado pero que en él no molestaba porque no parecía haber doble intención, porque no estaba midiendo el efecto que causaba. Y cuando estaban juntos, Lía no pensaba en Dani, o al menos eso intentaba, porque Carlos llenaba el momento, lo ocupaba de una manera que no dejaba demasiado espacio para comparaciones, y eso era justo lo que necesitaba: algo claro, algo que no la obligara a estar siempre interpretando, esperando o dudando.

No era lo mismo, lo sabía, lo notaba en los pequeños detalles, en lo que no se removía igual por dentro, en lo que no dolía de la misma forma cuando él no estaba, pero tampoco necesitaba que lo fuera, no ahora, porque ahora necesitaba otra cosa, algo que no la dejara a medias.

Pipa, por su parte, había entrado en algo que no esperaba y que, contra todo pronóstico, no le incomodaba tanto como pensaba. Nico no era insistente de una forma agobiante, pero sí constante, y eso en ella había empezado a hacer efecto, porque no la perseguía, pero tampoco desaparecía, no le exigía definiciones, pero tampoco dejaba que aquello se diluyera.

Seguían viéndose cada vez con más frecuencia, cada vez con menos excusas, y aunque Pipa seguía manteniendo ese aire suyo de no querer poner etiquetas demasiado pronto, de restarle importancia cuando alguien insinuaba que aquello podía ser algo serio, lo cierto es que había algo distinto en la forma en la que hablaba de él, en cómo sonreía cuando lo mencionaba sin darse cuenta, en cómo, casi sin querer, había empezado a contar con él en su rutina, en mensajes que ya no eran solo impulsivos sino esperados, en planes que no necesitaban justificación. No lo decía en voz alta, pero estaba pasando, y Tana lo veía perfectamente.

Igual que veía lo suyo con Álex. Seguían quedando en planes sencillos, como si nada de lo que había pasado necesitara ser explicado de más, paseos largos por Madrid cuando el día caía, cenas sin prisa en sitios pequeños donde podían hablar sin interrupciones, conversaciones que se alargaban más de lo esperado porque ninguno tenía ganas de cortar.

Pero ahora había algo distinto. No en lo que hacían, sino en lo que ya no podían deshacer.

Álex no iba a saco, no necesitaba impresionar, no forzaba nada, y eso, precisamente, era lo que a Tana más le estaba gustando. Ni siquiera después de aquella noche. No la había colocado en un sitio incómodo, no había cambiado el ritmo, no había convertido lo que pasó en algo que hubiera que justificar. Y eso le permitía estar con él sin tener que explicarse, sin tener que demostrar nada, simplemente estar… incluso sabiendo que ya habían cruzado una línea que con nadie más se habría permitido cruzar tan pronto.

Y, aun así, había algo que no decía, algo que seguía guardándose, porque, aunque le apeteciera seguir conociéndolo, aunque le gustara cómo la miraba, cómo hablaban, cómo encajaban sin esfuerzo, también estaba Dani, y estaba Lía, y todo lo que había pasado entre ellos, y esa sensación incómoda de estar en medio de algo que no le pertenecía del todo pero que tampoco podía ignorar.

Así que lo dejaba ahí. Avanzando, pero sin compartirlo del todo. Como si, aunque ya hubiera dado un paso que no tenía vuelta atrás, todavía pudiera decidir hasta dónde quería que aquello llegara.

Las tres seguían siendo ellas, seguían quedando, riéndose, contándose las cosas, ocupando mesas en cafeterías como si fueran suyas, pidiendo lo de siempre sin mirar la carta, comentando cada detalle, cada sensación, cada paso que daban, pero ahora había matices nuevos, pequeños espacios que antes no existían, cosas que no se decían de la misma forma o que directamente no se decían, miradas que se entendían sin explicarlas y silencios que antes no hacían falta.

No era algo grave, pero sí distinto. Como si, sin darse cuenta, cada una hubiera empezado a moverse en una dirección propia, como si el equilibrio entre ellas hubiera cambiado ligeramente sin romperse del todo.

Y en medio de todo eso, Lía seguía encontrándose a Dani en pensamientos que no buscaba, en momentos concretos, en detalles pequeños, en canciones que aparecían sin aviso, en frases que alguien decía y que, de repente, le recordaban a él en esa forma involuntaria de comparar sin querer cuando estaba con Carlos y algo no encajaba exactamente igual.

No hablaban, no se veían, pero no había desaparecido, y quizá lo peor no era eso, sino la sensación constante, incómoda y persistente de que aquello no había terminado, de que no se había cerrado de verdad, de que solo se había quedado en pausa, esperando, en algún punto inevitable, a volver a romperse.

Madrid había amanecido con uno de esos días de primavera en los que nadie quería quedarse en casa. El cielo estaba completamente despejado, el aire era templado y las terrazas empezaban a llenarse antes incluso de la hora del aperitivo.

—¿Por qué siempre elegís sitios donde cuesta encontrar aparcamiento? —protestó Pipa mientras bajaba del coche.

—Porque si se puede aparcar delante deja de estar de moda —respondió Tana sin levantar la vista del móvil.

—Qué repelente eres.

—Y tú llegas diez minutos tarde hasta a los sitios donde has quedado tú.

—Eso es un don.

Tana sonrió mientras veía aparecer a Álex por la acera. Llevaba unas zapatillas blancas, vaqueros claros y una camiseta azul marino, remangada hasta los antebrazos. No iba especialmente arreglado, pero tenía esa facilidad desesperante para parecerlo siempre.

Se acercó directamente a ella.

—Hola.

No hubo beso inmediato, solo esa sonrisa que últimamente aparecía sola cuando se veían. Después la besó, muy natural, como si llevaran haciéndolo toda la vida.

—Qué asco dais —murmuró Pipa.

—Cinco segundos y ya estás criticando.

—Es mi personalidad.

Los tres se echaron a reír y en ese momento apareció Nico. Llevaba ropa deportiva, pantalón corto negro, camiseta técnica y una botella de agua en la mano.

Pipa arqueó una ceja.

—¿Vienes del gimnasio?

—De correr.

Álex levantó la vista.

—¿Corres?

—Siempre que puedo.

—¿Series o tiradas largas?

Nico sonrió.

—Depende del día.

Los dos se miraron un segundo.

—¿Has hecho alguna media? —preguntó Álex.

—Dos.

—¿Tiempo?

—Una hora treinta y nueve.

Álex soltó una risa.

—No me lo creo.

—¿Qué?

—Exactamente el mismo que hice yo en Valencia.

Nico abrió los ojos.

—¿En serio?

—Sí.

Pipa miró a Tana.

—Los hemos perdido.

Tana bebió un sorbo de agua.

—Completamente.

Los dos ya hablaban de zapatillas, de relojes deportivos, de pulsaciones y de recorridos por la Casa de Campo como si se conocieran desde hacía años.

—Esto da un poco de miedo —dijo Pipa.

—¿Por?

—Porque creo que se gustan más entre ellos que nosotras.

Tana soltó una carcajada.

—Dales cinco minutos más y organizan una maratón.

No fueron cinco.

Fueron tres.

—Oye —dijo Álex mirando a Nico—. Yo suelo salir a correr los martes y los jueves antes de trabajar.

—Yo también.

—¿Por El Retiro?

—Casi siempre.

Álex negó.

—Muchísima gente.

—Lo sé.

—Yo tiro más hacia Madrid Río.

Nico asintió.

—Me gusta más.

Pausa.

—¿El jueves?

Álex sonrió.

—Hecho.

Pipa volvió a mirar a Tana.

—Increíble.

—¿Qué?

—Nosotras intentando cuadrar agendas durante dos semanas para vernos…

—Y ellos acaban de hacerse mejores amigos en tres minutos.

Álex las escuchó y se giró.

—No exageréis.

Nico se rio.

—Un poco sí.

—Solo vamos a correr.

—Ya…

Pipa negó con la cabeza.

—Eso empieza así. Luego hacéis una media, después una maratón y dentro de seis meses estáis compartiendo isotónicas y hablando de fascitis plantar.

Los cuatro se echaron a reír mientras entraban en la terraza. Era uno de esos sitios de Madrid con mesas de madera, sombrillas color arena y olivos en macetas enormes. Sonaba música indie de fondo, los camareros iban de un lado para otro con bandejas llenas de vermús y copas de vino, y el ambiente tenía esa mezcla de tranquilidad y bullicio que solo existe los domingos al mediodía.

Mientras esperaban la comida, Nico y Álex siguieron hablando de deporte, pero ya no solo de correr. Descubrieron que ambos eran del Atlético de Madrid, que les gustaba esquiar y que llevaban años diciendo que querían hacer el Camino de Santiago y nunca encontraban con quién.

—Pues ya está —dijo Álex.

—¿Ya está qué? —preguntó Nico.

—Lo hacemos.

Pipa dejó el tenedor sobre el plato.

—Perdona.

Los dos levantaron la vista.

—¿Acabáis de organizar un Camino de Santiago?

—Bueno…

—Sí.

Tana negó riéndose.

—No llevan ni dos horas juntos.

—Lo peor es que creo que van en serio.

Nico miró a Álex.

—¿Vamos?

Álex extendió la mano por encima de la mesa.

—Vamos.

Se estrecharon la mano entre las risas de Tana y Pipa.

—Esto hay que celebrarlo —dijo Pipa levantando la copa.

—¿El qué? —preguntó Nico.

—Que, por fin, tenemos un grupo.

Hubo un segundo de silencio. Nadie lo había pensado así, pero tenía razón. Y, sin darse cuenta, los cuatro sonrieron al mismo tiempo.