Por siempre nosotras 29
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Tana no se despertó de golpe. Abrió los ojos despacio, dejando que la luz entrara poco a poco, que el silencio de su casa se asentara antes de que lo hiciera cualquier pensamiento.

No funcionó, porque ya estaba ahí. Desde el primer segundo. No como un recuerdo claro, no como una escena ordenada, sino como una sensación pegada, difícil de ignorar.

Se quedó boca arriba, mirando al techo, sin moverse, dejando que el cuerpo terminara de despertarse mientras la cabeza intentaba colocar lo de la noche anterior en algún sitio que tuviera sentido. No lo tenía. O no del todo. Porque no era solo lo que había pasado, era cómo, lo poco que había dudado, lo fácil que había sido dejar de ser quien era.

Cerró los ojos un instante.

—Vale… —murmuró.

Pero esta vez no sonó vacío. Se incorporó despacio, apoyando los pies en el suelo frío, como si necesitara algo físico que la devolviera a su sitio.

Cocina. Café. Rutina. Eso sí encajaba. Apoyó la taza en la encimera y dio un sorbo, dejando que el silencio volviera a ocupar el espacio, pero ya no era incómodo. Era… distinto, porque ahora sí. Ahora venían los pensamientos. Más claros, más honestos. No era culpa, ni era duda. Era otra cosa más cercana a la certeza.

A saber, que no lo habría hecho con cualquiera, a que, en realidad, no había sido una pérdida de control… sino una elección. Se apoyó en la encimera, mirando el móvil y ahí estaba. Un mensaje de Álex. Lo abrió sin prisa.

«Anoche no fue algo puntual para mí. Y no te lo digo desde el impulso. Me gustas, Tana. De verdad. Y lo de ayer… no cambia eso, solo lo confirma.»

Tana sonrió. No le sorprendía, lo entendía, porque a ella le pasaba lo mismo. No de la misma forma, pero sí desde el mismo lugar. Volvió a leerlo sin prisa, pero no contestó. No porque quisiera frenarlo, sino porque no quería hacerlo mal.

Se vistió más despacio de lo habitual. Volvió a coger el móvil, pero no fue para escribirle a él, sino para abrir otra conversación.

«Necesito veros hoy. Anoche hice algo que no hago nunca, pero no me arrepiento.»

Lo envió y la respuesta fue inmediata.

Pipa: «Vale, esto me interesa muchísimo.»

Lía: «¿Dónde?»

Tana no dudó.

«Terraza. 19:30.»

La terraza del Picalagartos Sky Bar estaba llena. Como siempre. Arriba, sobre Gran Vía, la ciudad se extendía con esa mezcla de ruido y calma que solo aparece al caer la tarde. La luz dorada se reflejaba en las cristaleras, suavizando las líneas modernas del espacio: sofás claros, mesas bajas, plantas cuidadas al detalle, una estética limpia donde todo parecía pensado, pero sin resultar rígido.

La música era suave, casi de fondo, un house ligero que acompañaba sin imponerse. Gente bien vestida, copas perfectamente servidas, conversaciones a medio tono. Todo en su sitio, menos lo que Tana llevaba dentro.

Llegó primero. Se sentó, pidió una copa de vino blanco frío y esperó.

Pipa apareció la segunda. Sin transición.

—Vale —dijo, sentándose—. Empieza.

Tana alzó una ceja.

—Hola.

—Hola —respondió Pipa—. Ahora sí.

Lía llegó después. Más tranquila. Más atenta.

Se sentó a su lado sin decir nada, pero mirando, siempre mirando.

Silencio. Breve.

—Bueno —dijo Pipa—. ¿Qué has hecho?

Tana giró la copa entre los dedos.

—Nada grave.

Pipa soltó una risa.

—Eso es peor.

Lía no dijo nada, pero no apartó la mirada. Tana las miró y esta vez no dudó. Sostuvo la copa entre los dedos, girándola ligeramente, como si eso le diera un segundo más antes de decirlo.

—Me tiré a Álex.

Silencio. Un segundo. Dos. Y entonces…

—¿ESO ERA? —saltó Pipa, soltando una carcajada—. ¿Ese era el drama?

Lía no pudo evitar sonreír, llevándose la mano a la boca.

—Tana… por favor…

Pero Tana no sonrió. Alzó la vista.

—En el baño de Opium.

Ahí sí. Pipa abrió los ojos de golpe.

—¿PERDONA?

—Después de habérsela puesto durísima bailando.

—¡NO! —gritó Pipa, levantándose medio de la silla—. ¡NO! N!

¡NO!

Lía abrió la boca, completamente en shock.

—Tana… —murmuró—. ¿Tú?

—¡TANA! —coreó Pipa—. ¡TANA! ¡TANA!

Varias personas de las mesas cercanas se giraron. Un camarero se detuvo un segundo. Tana cerró los ojos un instante, apretando la mandíbula.

—Pipa… —susurró—. Baja la voz.

—¡No puedo! —respondió ella—. ¡Esto es histórico!

Lía se inclinó hacia delante, todavía sin creérselo.

—Pero… ¿tú? O sea… ¿tú?

Tana se llevó la mano a la frente, dejando escapar el aire.

—Ya lo sé.

—No, no lo sabes —negó Pipa—. No lo sabes porque esto… esto no eres tú.

Tana alzó la mirada. Y esta vez sí había algo más.

—Ya.

Silencio. Más corto. Más real.

—Por eso lo hice —añadió.

Las dos se quedaron quietas, esperando. Tana bajó la vista un segundo.

—Porque me gusta.

No dijo “me atrae”. No dijo “me cae bien”. Dijo eso y cambió todo.

Lía suavizó el gesto.

—Ah…

Pipa no dijo nada por primera vez.

—No habría hecho eso con nadie más —continuó Tana, más tranquila ahora—. Ni de lejos.

Silencio.

—Vale —dijo Pipa al final—. Vale, esto ya es otra cosa.

—¿Verdad? —añadió Lía.

Tana asintió muy levemente.

—Y me ha escrito.

Pipa reaccionó al instante.

—Enséñalo.

—Pipa…

—Enséñalo.

Tana dudó un segundo, pero al final cogió el móvil, desbloqueándolo y dejándolo sobre la mesa.

Pipa lo agarró antes de que pudiera arrepentirse.

—A ver…

Leyó rápido. Sus cejas subieron.

—Vale… —murmuró—. Este chico no es idiota.

—Ya —dijo Tana—. Ese es el problema.

—¿Le has contestado? —preguntó Lía.

Tana negó.

—No.

—¿CÓMO QUE NO? —Pipa casi gritó otra vez.

—Porque no quiero cagarla —respondió Tana, directa.

Silencio. Pipa la miró, luego miró el móvil y entonces sonrió.

Mal. Muy mal.

—Dámelo —dijo Tana, al instante.

—No.

—Pipa…

Demasiado tarde.

Sus dedos ya estaban en el teclado.

—Pipa, ni se te ocurra—

Enviar.

Tana se quedó congelada.

—¿Qué has hecho?

Pipa dejó el móvil sobre la mesa, completamente tranquila.

—Un favor.

—¿QUÉ LE HAS PUESTO?

Pipa sonrió, apoyándose en la silla.

—Algo acorde a la noche que tuvisteis.

Tana cogió el móvil de golpe. Tana bajó la mirada al mensaje que Pipa había enviado.

«Anoche no fue casualidad. Y no fue solo cosa tuya. Pero hoy me toca a mí hacerme la interesante… a ver si estás a la altura.»

—Pipa…

—¿Qué? —respondió ella—. Si te gusta, no lo compliques.

Tana volvió a leer el mensaje. Y, por primera vez desde que había empezado todo, no sabía si matarla o darle la razón.

El móvil vibró antes de que Tana pudiera decidir si borrar el mensaje.

Las tres miraron a la vez.

—No —susurró Tana—. No, no, no…

Pipa sonrió.

—Ábrelo.

—No lo voy a abrir.

—Ábrelo.

Lía, más tranquila, alargó la mano y le dio un pequeño toque en el brazo.

—Ábrelo.

Tana cerró los ojos un segundo. Respiró y lo abrió.

Leyó. No dijo nada.

—¿QUÉ PONE? —Pipa no aguantó.

Tana no levantó la vista. Releyó más despacio y entonces dejó escapar el aire.

—Vale…

—¿Vale bien o vale mal? —preguntó Lía.

Tana levantó el móvil. Lo dejó en la mesa para que lo vieran. Pipa se inclinó la primera y leyó en voz alta:

«Tana, ya te dije que me gustan todas tus versiones, incluida la que se sienta en una terraza con sus amigas y le da mil vueltas a todo antes de contestar.»

Pipa alzó las cejas.

—Ah.

Lía sonrió, muy leve.

—Vale…

Pero Tana no estaba sonriendo. No del todo.

—¿Cómo sabe que estoy con vosotras? —murmuró Tana, más para sí que para ellas.

—No lo sabe —respondió Lía—. Te ha leído.

Pipa volvió a mirar la pantalla.

—Hay más.

Leyó:

«No te preocupes por lo que hayas escrito. O por lo que no. No me interesa pasar una buena noche (aunque lo fue). Me interesas tú.»

Silencio. Esta vez más largo. Más denso.

Pipa dejó el móvil despacio.

—Vale… —murmuró—. Este chico sí que es peligroso.

Lía no apartaba la mirada de Tana.

—¿Y ahora?

Tana no respondió enseguida. Miró la ciudad, las luces.

La gente que seguía a lo suyo. Todo igual. Menos ella.

—Ahora… —dijo al final, muy bajo—. Ahora tengo que contestarle yo.

Pipa sonrió.

—Por fin.

Pero Tana no cogió el móvil aún, lo dejó ahí, como si necesitara un segundo más. No para pensar qué decir, más bien para asumir que, esta vez, sí quería decir algo que importaba.