28 #2
Álex dejó escapar una pequeña risa, baja, más por la situación que por otra cosa. Tana estaba todavía más lejos de la versión que había sido unas horas antes. La música subió. Ellos también. Hasta que dejó de ser solo bailar y se volvió otra cosa, más cargada, más evidente.
El ritmo era constante, envolvente, lo suficientemente alto como para no pensar demasiado y lo suficientemente claro como para dejarse llevar sin esfuerzo. Tana ya no medía. No como antes. Se movía pegada a él, sin distancia, sintiendo sus manos en la cintura, firmes, siguiendo cada cambio de ritmo como si llevaran haciéndolo siempre. El contacto era continuo, natural, cada vez más difícil de disimular dentro de la normalidad de la pista.
Se giró sin avisar, quedando frente a él, demasiado cerca. El vestido se ajustaba a cada movimiento, marcando más de lo que dejaba oculto, y cuando volvió a acercarse, rozándose contra él, lo sintió. Álex estaba duro. Estaba muy duro. Claro. Inevitable.
Tana alzó la mirada. No dijo nada, pero sonrió. Y en esa sonrisa ya no quedaba nada de la versión contenida de unas horas antes. Álex bajó la cabeza hacia su cuello, rozándolo apenas, dejando que el contacto fuera más lento que la música, más intencionado. Sus manos subieron un poco más, deslizándose con esa calma que no frenaba nada, sino que lo hacía más evidente.
Tana cerró los ojos un segundo. Solo uno. Lo suficiente para entender que no iba a parar.
Cuando volvió a abrirlos, lo miró.
—Vamos —murmuró.
No hizo falta más. El pasillo hacia los baños estaba menos lleno, o al menos lo suficiente. La música llegaba amortiguada, como si todo ocurriera a otra velocidad al otro lado de la puerta. Entraron sin mirarse, o sin hacerlo del todo. Tana empujó primero y Álex cerró detrás.
El pestillo sonó claro. Demasiado. El baño era amplio, con luz tenue reflejada en los espejos, el eco suave de cualquier movimiento haciendo que todo se sintiera más cercano. No hubo pausa, no hubo transición. El beso volvió antes de que pudieran recolocarse, más directo, más urgente, sin ese margen que habían tenido antes.
Álex la guió hacia los lavabos, con firmeza, pero sin brusquedad, sentándola ahí con facilidad, acercándose de nuevo sin dejar espacio para nada más. Las manos encontraron su sitio sin buscarlo. El contacto era más claro ahora, más difícil de ignorar.
Tana dejó escapar el aire, notando cómo todo se intensificaba, cómo cada gesto tenía más peso en ese espacio cerrado, más íntimo. Se inclinó hacia él, acercándose más, sintiendo de nuevo ese roce que ya no podía pasar desapercibido, que ahora no intentaba evitar.
—Álex… —murmuró, bajo, sin terminar.
Él no respondió con palabras. Sus movimientos eran seguros, constantes, sin precipitarse, pero sin frenar tampoco, manteniendo ese equilibrio que ya no era control, sino continuidad. Tana apoyó las manos en sus hombros, sosteniéndose, dejándose llevar por la sensación, por el ritmo, por ese punto en el que ya no había decisión consciente.
Todo se volvió más inmediato, más físico, más difícil de separar en gestos concretos. Ella fue la que terminó de romper la distancia, acercándose más, tirando de él con una seguridad que no era habitual en ella, pero que en ese momento no cuestionó.
La sostuvo con una mano firme en la cadera, asegurando el equilibrio mientras la otra descendía despacio, encontrando primero la curva de su muslo, deteniéndose apenas un segundo, como si midiera el momento. No hubo prisa. Solo esa lentitud intencionada que hacía que cada gesto pesara más. Sus dedos avanzaron poco a poco, deslizándose por debajo del vestido, recorriendo la piel con una calma que contrastaba con la tensión que ya no podían disimular. Tana dejó escapar el aire muy bajo, apoyándose más en él, notando cómo ese recorrido, aparentemente simple, desordenaba todo lo demás.
Cuando su mano llegó a ese límite, no se detuvo. Hubo apenas un instante de pausa, casi imperceptible, antes de continuar, apartando con suavidad su ropa interior, como si ese gesto formara parte natural del mismo recorrido. Después, el contacto cambió. Se volvió más directo, más consciente, con una seguridad que no necesitaba demostrarse. Tana dejó escapar un leve gemido, notando cómo ese simple gesto, preciso, decidido, terminaba de romper cualquier resto de control, haciéndola reaccionar sin pensar, dejándose llevar por algo que ya no intentaba frenar.
Tana cerró los ojos un instante, inclinándose ligeramente hacia él, buscando ese contacto sin disimularlo ya.
—No pares… —murmuró, muy bajo, con la voz apenas sostenida.
No fue una orden. Fue algo más cercano a una rendición. Álex no respondió con palabras, pero sí con el gesto, porque en ese momento ya no había duda, y al percibirla así, sin distancia, sin defensa, su forma de moverse cambió apenas, lo justo para que todo se volviera más intenso, más consciente. Su respiración se desordenó ligeramente, acercándose más a ella, como si ese pequeño detalle bastara para romper lo poco que quedaba de control y entonces, ya no hubo vuelta atrás. Tana perdió el control antes de darse cuenta. Fue algo físico, inmediato, imposible de sostener desde la cabeza. Su cuerpo reaccionó por delante de todo lo demás, y Álex lo notó en seguida, en ese leve temblor que no intentó ocultar, en la forma en que se aferró a él sin medir ya el gesto.
La sostuvo con firmeza, acercándola más, su mano libre subiendo con rapidez contenida hasta cubrirle la boca, no para frenarla, sino para sostener ese momento sin que se rompiera, mientras sus labios descendían por su cuello, más lentos, más conscientes.
Tana cerró los ojos, dejándose caer un poco más contra él, respirando entrecortado, completamente fuera de ese control que la definía.
—Álex… —intentó, apenas.
Pero ya no había palabras, solo continuidad. Sus manos se movieron entonces con la misma decisión, sin titubeo, encontrando el siguiente gesto como si lo hubiera tenido claro desde el principio, acercándolo más, eliminando cualquier distancia que quedara entre ellos. Y en ese punto, en ese instante en el que ya no había margen para pensar, todo ocurrió sin pausa, sin freno, como una consecuencia natural de todo lo anterior.
Tana abrió los ojos apenas, aún con la respiración desordenada, buscando el aire entre lo que estaba sintiendo y lo que sabía que venía después. Sus manos fueran directas a la cinturilla del pantalón de Álex. Le desabrochó el cinturón y el botón del pantalón.
—Dime que tienes un preservativo… —murmuró, muy bajo, apoyando la frente un segundo contra él.
Álex asintió sin separarse del todo, moviéndose con esa misma calma contenida, buscando lo necesario sin romper el contacto más de lo imprescindible, como si ambos supieran que aquello no podía detenerse del todo. El gesto fue rápido, práctico, y, aun así, cargado de una tensión que no se había reducido.
Cuando volvió a acercarse, Tana ya no dudó. Sus manos lo encontraron, guiándolo hacia su interior con una seguridad que no tenía que ver con el control, sino con la entrega, acercándolo más, eliminando la distancia que aún quedaba entre ellos.
El contacto fue inmediato, claro, inevitable. Y en ese instante, todo terminó de desordenarse. El ritmo cambió, se volvió más rápido, más firme, como si todo lo que habían contenido hasta ese momento encontrara por fin salida sin filtros. Álex la sostuvo con fuerza por las caderas, manteniéndola cerca, sin dejar espacio para nada más, mientras el beso no se rompía del todo, interrumpido solo por la necesidad de respirar.
Tana se aferró a él, perdiendo cualquier intento de control, dejándose llevar por completo, siguiendo ese ritmo que ya no marcaba ninguno de los dos, que simplemente… ocurría.
La respiración se volvió irregular. Corta. Más urgente.
—Tana… —murmuró él, bajo, casi entrecortado.
Ella no respondió con palabras al principio.
Solo se acercó más, si era posible, sosteniéndose en él, dejándose arrastrar por esa sensación que ya no podía contener.
—No pares… —susurró después, apenas.
El momento se tensó. Se concentró, como si todo se redujera a ese punto exacto. Álex apoyó la frente un instante contra la suya, sin detenerse, con la voz más baja, más grave.
—Voy a…
No terminó, no hacía falta. Tana cerró los ojos, dejando escapar el aire, completamente fuera de sí por primera vez en toda la noche.
—Yo también… —murmuró.
Y entonces se dejaron ir. No de golpe, no de forma brusca, sino como si todo lo anterior hubiera llevado exactamente a ese instante. Sin control, sin medida, solo ellos.
Cuando todo se detuvo, lo hizo despacio, como si el cuerpo necesitara entender que ya no había más que avanzar. Tana apoyó la frente un segundo contra él, respirando aún irregular, sin apartarse del todo, sin recuperar todavía la distancia.
El silencio volvió, pero no era el mismo.
—No suelo hacer esto… —murmuró al final.
No sonó a arrepentimiento. Sonó a verdad. Álex se quedó cerca, demasiado.
—Ya —respondió, tranquilo—. Por eso me gustas.
Tana alzó la mirada. Estaba colorada, y no solo por el esfuerzo.
—Tranquila, Tana. Ya te dije que me encantabas en todas tus versiones.
Silencio. Breve, pero suficiente.
Salieron del baño sin mirarse demasiado, como si ninguno quisiera romper lo que acababa de pasar poniéndole palabras antes de tiempo. La música seguía igual al otro lado, la gente también, todo en su sitio, menos ellos. Tana caminó unos pasos por delante, recolocándose por fuera con una facilidad que no terminaba de sostener por dentro, consciente de ese pequeño desajuste que no sabía —o no quería— ordenar todavía. Álex la alcanzó sin prisa, sin invadir, como si entendiera que aquello no necesitaba más. Y, aun así, algo había cambiado. No en lo que habían hecho. En lo que ya no podían fingir que no estaba pasando.