28
En el juzgado, Tana no dudaba. Era el único lugar donde todo tenía sentido sin necesidad de explicarlo. Donde cada palabra tenía un peso concreto, medible, donde el silencio también era una herramienta y no un vacío incómodo que hubiera que llenar.
Aquella mañana llegó antes de la hora. Como siempre. El pasillo olía a café recalentado y a papel, a conversaciones contenidas que se quedaban a medio tono, a pasos que iban y venían con una urgencia que no era del todo real.
Tana no miró a nadie, entró en la sala con el gesto firme, el bolso en la mano izquierda, el expediente bajo el brazo, sin perder tiempo en nada que no fuera lo que tenía delante.
El caso no era complicado, pero sí delicado. Un despido improcedente. Una empresa pequeña, un gerente que había decidido prescindir de su cliente sin seguir el procedimiento, intentando encubrirlo como una “reestructuración” que no existía en ningún documento.
Lo importante no era lo que había pasado, sino cómo demostrarlo. Y ahí… Tana era buena.
Se sentó, abrió el expediente y repasó mentalmente cada punto, cada contradicción, cada frase que había preparado para desmontar el discurso contrario sin levantar la voz, sin precipitarse.
El juicio empezó.
El abogado de la empresa habló primero. Intentó sostener una narrativa limpia, ordenada, sin fisuras aparentes. Argumentos correctos, bien construidos, pero insuficientes.
Tana escuchó sin interrumpir, tomando notas que no necesitaba realmente, dejando que terminara, dándole espacio para que se acomodara en su propia versión y entonces habló. No elevó la voz, no aceleró. No necesitaba hacerlo. Fue directa, precisa. Se centró en los detalles que el otro había pasado por alto —o había decidido ignorar—, en las fechas que no encajaban, en los correos electrónicos que contradecían la versión oficial, en ese punto exacto donde el relato empezaba a fallar.
No lo atacó, lo desarmó poco a poco, sin brusquedad, sin dejarle margen para reconstruirse.
El gerente evitó su mirada durante el interrogatorio. Eso bastaba.
Cuando terminó, la sala estaba en silencio. No uno incómodo. Uno claro, de esos en los que ya no hay nada más que añadir. Tana cerró el expediente. Sabía que había ganado. No porque lo sintiera, sino porque no había dejado ningún espacio abierto.
Salió del juzgado con el mismo gesto con el que había entrado. Sin prisa, sin celebración.
La tarde había caído sin que se diera cuenta. Madrid estaba más suave a esa hora, menos ruidoso, con esa luz dorada que hace que todo parezca un poco más lento. Bajó los escalones y entonces lo vio apoyado al otro lado de la calle, como si llevara allí el tiempo justo, sin mirar el móvil, sin hacer nada que indicara espera. Álex. Tana se detuvo apenas un segundo, lo suficiente, y luego siguió caminando.
—No te había dicho que vinieras —dijo al acercarse.
Álex se incorporó, cruzando la calle con calma.
—Ya —respondió—. Por eso he venido.
Silencio breve.
—¿Ha ido bien? —añadió él.
Tana lo miró.
—Sí.
Álex asintió, como si no necesitara más explicación.
—Se te nota.
Eso le hizo detenerse un segundo más. No por la frase. Por cómo la dijo.
—¿Qué haces aquí? —preguntó.
—Esperarte.
Así de simple. Tana dejó escapar el aire muy levemente.
—Es tarde.
—Mejor.
Silencio.
—Te invito a cenar —añadió él.
No lo planteó como opción. Tana dudó un segundo.
—Vale.
El restaurante estaba en el Barrio de las Letras, discreto, sin grandes letreros, con luz cálida y mesas lo suficientemente separadas como para que cada conversación tuviera su propio espacio. Triciclo. Entraron sin prisa.
El murmullo era bajo, constante, el tipo de sitio donde nadie mira demasiado a los demás. Se sentaron frente a frente, no muy lejos, pero tampoco demasiado cerca.
—Pide tú —dijo Tana, dejando la carta a un lado.
Álex la observó un segundo.
—¿Siempre haces eso?
—¿El qué?
—Delegar cuando ya tienes la decisión tomada.
Tana sostuvo la mirada.
—No siempre.
Álex sonrió muy levemente. Pidió platos para compartir. Burrata con pesto y tomate asado, tartar de atún con aguacate y una carne suave, cortada en piezas pequeñas, pensada para no romper la conversación.
El vino llegó después. Tinto, ligero. Tana dio un sorbo.
—Está bien.
—Lo sabía.
Silencio.
—¿Siempre ganas? —preguntó él.
Tana apoyó la copa.
—Cuando puedo, sí.
—¿Y cuando no?
—No suele pasar.
Álex inclinó ligeramente la cabeza.
—Eso no es verdad.
Tana no respondió, no hacía falta. Después caminaron unos minutos. Madrid ya estaba encendido del todo, pero sin la intensidad de la noche profunda. Las calles respiraban distinto.
Álex hablaba demasiado y Tana escuchaba y, por alguna razón, eso funcionaba.
Se detuvieron frente a la puerta discreta del Diego Cocktail Bar y entraron. La luz era tenue, elegante, el sonido más contenido, como si el tiempo se hubiera desacelerado un poco. Se sentaron en la barra.
—¿Qué tomas? —preguntó él.
—Algo fuerte.
Álex asintió.
—Un Old Fashioned —pidió para ella—. Y un Negroni para mí.
El camarero preparó los cócteles con precisión, sin prisa, el hielo chocando suavemente contra el cristal. Tana observó el suyo antes de probarlo.
—¿Siempre decides por los demás?
—Solo cuando acierto.
Tana bebió. El sabor era intenso, seco. Le gustó.
—Has acertado.
Álex sonrió.
—¿Y ahora qué? —preguntó él.
Tana dejó la copa sobre la barra, girándose ligeramente hacia él.
—Ahora nada.
—¿Nada?
—Nada.
Pero no sonó a cierre, sino a pausa.
Álex la miró un segundo más de lo necesario.
—No se te da bien eso.
—¿El qué?
—Quedarte en nada.
Tana sostuvo la mirada.
—Depende.
Silencio. Y en ese silencio ya no había solo control. Había algo más. Algo que no estaba del todo medido.
El murmullo del local seguía igual, contenido, elegante, pero entre ellos algo había cambiado lo suficiente como para que el espacio se sintiera distinto. Más cercano. Más atento. Álex giró ligeramente el cuerpo hacia ella, apoyando el codo en la barra, observándola sin prisa.
—Hoy estás más… —dijo, dejando la frase a medias.
Tana giró ligeramente la cabeza.
—¿Más qué?
—Más difícil.
Ella esbozó una media sonrisa, casi automática.
—Siempre lo soy.
—No —negó él, muy tranquilo—. El otro día no.
Ahí se detuvo algo. Un segundo. Tana bajó la mirada apenas, como si ordenara la respuesta antes de decirla.
—Porque el otro día no estabas hablando con mi versión abogada.
Álex soltó una pequeña risa, breve, baja.
—Ya… —murmuró—. Se nota, pero no es tu mejor versión.
Tana frunció ligeramente el ceño.
—Ah, ¿no?
—No —repitió él, mirándola ahora de frente—. Es la más segura.
Tana sostuvo la mirada. Iba a responder, pero no lo hizo, porque algo en la forma en que lo dijo… no dejaba espacio para un contraargumento fácil. Y eso la descolocó lo justo
Álex sonrió. Se acercó un paso. Sin invadir, pero acortando lo suficiente.
— Pero no la mejor.
Silencio. Más corto esta vez. Más cargado.
Tana mantuvo la mirada, firme, pero ya no del todo desde el mismo sitio.
Álex inclinó ligeramente la cabeza, acercándose despacio, sin prisa, como si le diera tiempo a apartarse. No lo hizo. Se inclinó un poco más, rozando apenas su oído, su voz bajando lo justo para quedarse entre ellos.
— Pero tranquila, me gustas en todas tus versiones.
El aire le rozó la piel y eso fue suficiente. Tana no se apartó, pero tampoco reaccionó enseguida. Se quedó ahí, un segundo más, sintiendo ese pequeño desplazamiento que no controlaba del todo. Álex se separó apenas. No del todo. Se quedó cerca. Muy cerca. Lo suficiente para que su respiración se mezclara con la de ella, para que el espacio entre sus bocas fuera mínimo, casi inexistente.
La miró fijo, sin prisa.
—Te voy a besar —dijo, muy bajo.
Tana alzó apenas una ceja, sosteniendo la cercanía sin retroceder.
—Eso no se anuncia.
Álex dejó escapar una mínima sonrisa.
—Tienes razón.
Y entonces lo hizo. Sin aviso esta vez. Sin pausa.
Tana fue la primera en separarse. No de golpe, solo lo justo para recuperar el aire, para volver a ese punto en el que todavía podía decidir. Lo miró un segundo más y entonces negó muy levemente, casi para sí.
—No —murmuró.
Álex frunció apenas el ceño.
—¿No?
Tana dejó escapar el aire, pasándose una mano por el pelo, como si necesitara recolocarse por fuera para ordenar algo por dentro.
—Necesito… —se detuvo un segundo—. Necesito música.
Silencio breve.
—¿Música?
Tana asintió, ahora más clara.
—Bailar. Ha sido un día de trabajo intenso y no me apetece irme a casa.
Álex la observó un instante y luego sonrió.
—Vale.
Fueron a Opium Madrid. El local estaba más lleno, más ruido, más gente y más fácil perderse. Entraron sin pensarlo demasiado, empujados por la música que salía hacia la calle, por esa energía que no pedía explicaciones. Se abrieron paso entre la gente hasta encontrar un hueco cerca de la pista. Pidieron algo rápido, Vodka con limón para ella y Whisky con hielo para él. Tana bebió un trago largo. No por sed, sino por inercia. Dejó el vaso a un lado y entonces sí. Se giró hacia él y no hizo falta decir nada, la música marcó el ritmo. Primero fue distancia, la mínima, pero la suficiente para que todavía hubiera margen. Pero duró poco. Tana dio un paso más y luego otro, hasta que ya no había espacio entre ellos.
El movimiento empezó lento, casi contenido, siguiendo la base, sin exagerar, sin llamar la atención, pero no tardó en cambiar. Se volvió más cercano, más directo, más suyo. Tana apoyó la espalda contra él, dejándose llevar por el ritmo, por la música, por esa sensación de no tener que medir cada gesto y Álex no intentó frenarla, se adaptó. Las manos en su cintura, firmes, sin invadir más de lo necesario, pero sin soltarse tampoco. El contacto se volvió constante, natural y la respiración más corta.
Tana giró la cabeza lo justo, rozando su mandíbula, dejando que el movimiento hablara por ella, sin necesidad de mirarlo. Sabía lo que estaba haciendo y esta vez… no le importaba.