27 #3
Lía no dijo nada, no le iba a facilitar el camino. Dani pasó una mano por su cara, nervioso, incómodo, pero decidido a no quedarse a medias otra vez.
—No es que no quisiera —continuó—. Es que… contigo no sé hacerlo fácil.
Lía notó cómo se le desinflaba algo por dentro al escuchar eso, cómo esa frase, que en otro momento le habría parecido importante, ahora llegaba tarde, desgastada.
—Dani… —murmuró.
Pero él no la dejó cortar.
—No —negó con la cabeza—. Déjame hablar, por favor.
Y en ese “por favor” había algo distinto, más honesto, más expuesto.
—Siempre me pasa lo mismo contigo —añadió—. Que cuando estoy cerca… no pienso bien, pero cuando me voy… —soltó aire— es peor.
Lía lo miró fijamente sin moverse, sin suavizar.
—No quiero volver a hacerlo mal —terminó.
Dani dio un paso más y luego otro, hasta que Lía dejó de tener espacio para pensar y solo le quedó sentir.
—No debería haber dudado —repitió, más bajo, más cerca, con la voz ya sin defensa—. No contigo.
Lía lo miró fijamente, intentando sostener esa distancia que se había prometido mantener, pero el cuerpo no siempre obedecía a las decisiones que una toma en frío, y el suyo, en ese momento, ya había empezado a fallarle.
—Dani… —murmuró, pero no sonó firme.
Sonó débil, porque lo estaba.
Él alargó la mano y le rozó la mandíbula con los dedos, despacio, como si necesitara comprobar que era real, que estaba ahí, que no se le iba a escapar otra vez. Ese gesto tan pequeño le recorrió el cuerpo entero, como una descarga limpia, directa, que le tensó el estómago y le hizo cerrar los ojos un segundo.
—Siempre me pasa lo mismo contigo —dijo él, casi en un susurro—. Que no sé por dónde empezar… pero sé que no quiero que te vayas.
Y antes de que pudiera responder, la besó. No fue un beso suave, fue contenido, urgente. Fue todo lo que no había hecho antes, concentrado en ese instante. Lía respondió al segundo, porque siempre lo hacía con él, porque nunca había sabido no hacerlo, porque había algo en la forma en la que Dani la besaba que le apagaba la cabeza y le encendía todo lo demás. Sus manos se agarraron a su camiseta, tirando ligeramente de ella sin darse cuenta, acercándolo más, buscando más. Siempre más.
Dani deslizó las manos por su cintura y la levantó con una facilidad que no dejaba lugar a dudas, pegándola a él mientras ella rodeaba su cuerpo con las piernas, ajustándose como si ya conociera exactamente ese lugar, como si siempre hubiera sido ahí.
El beso cambió, se volvió más lento por momentos, más profundo, más consciente, y luego volvía a romperse en algo más intenso, más desordenado, como si ninguno de los dos supiera regularlo del todo. Lía notaba su respiración contra su boca, en su cuello, en la piel que dejaba expuesta al inclinar la cabeza hacia atrás un segundo, y ese gesto le arrancó un suspiro que no pudo controlar.
—Joder… —murmuró él, contra su piel.
Y en ese “joder” había más verdad que en todo lo que había dicho antes.
Dani caminó sin soltarla, como si no pudiera separarse ni un centímetro, y la dejó caer sobre el sofá con cuidado, pero sin romper el contacto, quedándose encima, apoyado sobre sus brazos, mirándola de cerca, demasiado cerca, con esa intensidad que no dejaba espacio para fingir nada.
Lía lo sostuvo, respirando más rápido, con los labios entreabiertos y los ojos brillándole de una forma que no quería reconocer.
—Ahora sí… —murmuró él, bajando la voz—. Ahora sí sé lo que quiero.
Y volvió a besarla, más lento, más profundo. Sus manos recorrieron su cuerpo con una seguridad distinta, más clara, menos contenida, deslizándose por su cintura, subiendo por su espalda, deteniéndose donde sabían que tenían que quedarse, como si recordaran perfectamente el camino. Lía se arqueó ligeramente bajo él, respondiendo a cada gesto, a cada presión, a cada cambio de ritmo, sintiendo cómo el cuerpo se le encendía con una facilidad que odiaba y necesitaba al mismo tiempo.
—Dani… —volvió a decir, esta vez sin saber si era una advertencia o una rendición.
Él no respondió. Solo la miró un segundo, de esos que pesan, de esos que dicen demasiado, y bajó la boca por su cuello, despacio, haciendo que Lía cerrara los ojos con fuerza, apretando los dedos contra su espalda, sintiendo cómo todo se concentraba en ese punto exacto donde él sabía que tenía que quedarse un segundo más.
Todo iba demasiado bien, demasiado rápido, demasiado como siempre había imaginado. Y por eso mismo no iba a salir bien. El móvil vibró bajo ellos. Una vez. Ninguno reaccionó. Otra vez, más insistente. Dani frunció el ceño, separándose lo justo, con la respiración aún desordenada, el pulso alto, y al moverse, el móvil apareció entre los cojines. Lo cogió y en cuanto vio la pantalla… todo cambió.
El nombre en la pantalla no dejaba lugar a dudas. Carlos. No era solo un mensaje, eran varios. Dani no necesitó abrirlos para entenderlo, pero aun así lo hizo, casi por inercia, como si buscara confirmar algo que ya le estaba quemando por dentro.
«¿Te has dormido o te estás haciendo la interesante?»
«Sigo pensando en ti.»
El aire cambió de golpe. Dani se quedó quieto un segundo más de lo normal, con el móvil en la mano, la respiración aún desordenada, el cuerpo todavía pegado al de Lía… pero la cabeza ya en otro sitio.
En uno mucho más oscuro, mucho más incómodo. Lía lo vio, cio exactamente el momento en el que todo se rompía.
—Dani… —murmuró, incorporándose un poco.
Él levantó la mirada y ya no era la misma.
—¿Te estás viendo con él? —preguntó.
No había suavidad. No había filtro. Lía sostuvo su mirada, no iba a mentir.
—Sí.
Dani apretó ligeramente la mandíbula, dejando el móvil sobre la mesa con un gesto más brusco de lo necesario, pasando una mano por su pelo, alejándose un paso como si de repente necesitara espacio para respirar.
—Joder… —soltó, en bajo.
Lía se incorporó del todo, sentándose, notando todavía el calor en el cuerpo, la respiración a medias, todo lo que había pasado hacía apenas segundos… y lo rápido que se estaba deshaciendo.
—¿Qué pasa? —preguntó, aunque lo sabía.
Dani la miró directamente.
—¿Te has liado con él?
La pregunta cayó pesada, sin rodeos. Lía no dudó.
—Sí.
No bajó la mirada, no lo suavizó. Nada. Dani soltó una risa breve, sin humor, negando con la cabeza.
—¿Desde cuándo?
—Desde la noche del Bárbara.
—Esto es increíble…
Se giró un segundo, caminando un par de pasos como si necesitara moverse para no quedarse ahí, sintiendo demasiado.
—¿Qué es increíble? —preguntó ella, ya más tensa.
Dani se giró de nuevo.
—Que el mismo día que nos besamos… —señaló hacia ella, sin levantar la voz, pero con todo dentro— …te acuestes con otro tío.
Lía sintió el golpe, pero no retrocedió.
—El mismo día que tú dudaste y decidiste no elegirme —respondió.
Dani apretó los labios.
—Eso no es verdad. .
—Claro que lo es —replicó ella—. Porque tú siempre llegas tarde, pero cuando llegas… esperas que yo siga en el mismo sitio.
Dani la miró fijamente, con esa mezcla de rabia y algo mucho más complicado que no sabía gestionar.
—¿Y encima con Carlos? —añadió—. ¿En serio?
Ahí cambió algo. Lía frunció el ceño.
—¿Qué pasa con Carlos?
—Es mi amigo, Lía.
—Y yo no soy de nadie, Dani.
Eso lo frenó un segundo, pero no lo calmó.
—No puedo creerlo —dijo, más bajo ahora—. No puedo creer que que te lo hayas tirado a él.
Lía se levantó del sofá, colocándose frente a él, ya sin rastro de la suavidad de antes, con el pulso acelerado por otra cosa muy distinta.
—¿Sabes lo que no puedes creer? —dijo—. Que yo haya seguido con mi vida.
Dani la miró y dolió, porque tenía razón, pero aun así…
—No voy a hacer esto —dijo de repente.
Se agachó a coger la chaqueta, decidido. Lía lo vio y algo en ella se tensó.
—¿En serio? —preguntó—. ¿Te vas?
Dani no respondió mientras se la ponía.
—¿Otra vez? —añadió ella, un paso más cerca—. ¿Otra vez vas a dejarlo así?
Ahí sí, Dani levantó la mirada.
—No puedo quedarme como si no pasara nada.
—Pues no pasa nada —respondió ella, aunque sí pasaba—. He hecho lo que tú nunca haces: no esperar.
Eso le dolió, se le notó.
—No es tan fácil.
—Nunca lo es contigo.
Silencio. Más largo. Más pesado. Lía lo miró fijamente, con algo brillándole en los ojos que no iba a dejar caer.
—¿Estás seguro? —preguntó, más bajo ahora—. ¿De que te quieres ir?
Dani sostuvo su mirada. Ahí. Un segundo. Dos. Demasiado, porque por un instante… estuvo a punto de quedarse, pero no lo hizo. Bajó la mirada.
—Sí.
Y esa vez no dudó. Abrió la puerta y se fue.
Lía se quedó quieta en medio del salón, con el cuerpo todavía recordando sus manos, su boca, su forma de mirarla hacía apenas minutos… y con la sensación, mucho más fuerte, de que aquello iba a ser mucho más complicado de lo que ya era.
El móvil vibró otra vez, era Carlos. Lo miró, respiró hondo y esta vez… decidió no contestar.