27 #2
Los días siguientes no fueron tranquilos. No del todo. Por fuera, todo seguía en su sitio: trabajo, rutinas, cafés rápidos, el grupo de WhatsApp con Pipa y Tana lleno de mensajes absurdos y planes que nunca terminaban de concretarse. Pero por dentro… Lía notaba algo distinto, como si se hubiera desplazado ligeramente de sí misma, como si hubiera dejado atrás una versión de ella que ya no encajaba del todo.
La noche del beso había cambiado algo. No el sentimiento, pero sí la forma de enfrentarlo. Carlos apareció de una manera que no esperaba, no a través de un mensaje directo en el móvil, no con una llamada, sino con una notificación sencilla, casi casual, mientras revisaba Instagram sin pensar demasiado.
«Carlos ha empezado a seguirte.»
Lía se quedó mirando la pantalla un segundo más de lo necesario, con esa sensación extraña de anticipación que no quería reconocer del todo. Entró en su perfil sin pensarlo mucho, viendo fotos que no decían demasiado, pero lo suficiente como para confirmar lo que ya sabía: seguridad, presencia, cero dudas.
Y entonces llegó el mensaje.
«Así que no das el número… pero el Instagram sí lo tienes abierto.»
Lía sonrió, sin poder evitarlo.
«Había que ponértelo un poco difícil.»
«Gracias, estaba siendo todo demasiado fácil.»
Desde ahí, la conversación fluyó sin esfuerzo, sin pausas incómodas, sin ese juego de esperar horas para responder. Carlos no tenía ese tipo de códigos y Lía lo notó enseguida. Le escribía como hablaba: directo, ligero, con ese punto de ironía que la hacía reír incluso en mitad de una mañana cualquiera. No preguntaba demasiado, no analizaba, no buscaba segundas lecturas. Simplemente estaba. Y eso, después de tanto tiempo acostumbrada a interpretar silencios, a medir cada palabra, a preguntarse constantemente qué significaba cada gesto… le resultaba peligroso porque era fácil, demasiado fácil.
Quedaron dos días después, luego otro y poco a poco, casi sin darse cuenta, Carlos empezó a ocupar espacio, no solo en sus días, sino en su cuerpo, en su forma de estar, en esa parte más inmediata que no pide explicaciones, que simplemente responde. Con él no había dudas, ni había ese momento incómodo en el que todo se detiene porque alguien no sabe si avanzar. Carlos avanzaba. Siempre. Y lo hacía bien. Sabía cómo mirarla, cómo tocarla, cómo hacerla reír justo cuando empezaba a encerrarse demasiado en su cabeza, cómo sacarla de ahí sin forzarla. Y cuando la cercanía dejaba de ser solo conversación… Lía sentía cómo el cuerpo respondía sin resistencia, sin conflicto, sin esa tensión constante que llevaba demasiado tiempo arrastrando.
Con Carlos no pensaba. Y eso, en ese momento, era casi un alivio, porque estaba cansada. Cansada de esperar, de quedarse a medias, de querer algo que nunca terminaba de ocurrir. Carlos era lo contrario, lo que ella necesitaba y lo sabía, aunque no lo dijera en voz alta. Y, aun así, Dani seguía ahí. No en sus días, pero sí en ese lugar incómodo donde no termina de irse nadie importante.
El mensaje llegó una noche cualquiera, cuando estaba en el sofá, con el móvil en la mano, revisando sin prestar demasiada atención lo que Carlos le había enviado hacía un rato.
«Mañana repetimos. Avisada estás.»
Lía dejó el móvil sobre el pecho, mirando al techo un segundo y entonces vibró otra vez. El nombre que apareció en la pantalla era distinto, y también lo fue la sensación al verlo en la pantalla. Era Dani.
«¿Estás despierta?»
Lía cerró los ojos un segundo. Siempre igual. Siempre él apareciendo cuando ya estaba en otra cosa. Tardó en contestar, no por hacerse la interesante, sino porque sabía que esa conversación no iba a ser fácil.
«Sí.»
No tardó nada en llegar el siguiente mensaje.
«¿Podemos hablar?»
Eso ya era otra cosa. Lía se incorporó ligeramente en el sofá, apoyando los codos en las rodillas, mirando la pantalla como si pudiera anticipar lo que venía.
«Ya estamos hablando, ¿no?»
Tres puntos. Desaparecen. Vuelven.
“No me refería a eso.»
Dani volvió a leer los mensajes. Llevaba demasiado tiempo sabiendo lo que le pasaba con Lía, nNo fue de golpe, nunca lo fue. No hubo un momento exacto en el que pudiera decir “aquí empezó”, porque con ella todo había sido siempre más difuso, más constante, como una presencia que no se cuestiona hasta que empieza a doler.
Lía había sido su mejor amiga durante años, de esas personas que no necesitas explicar, que ya saben, que te leen sin esfuerzo, que entienden el silencio igual que la risa. Dani sabía exactamente cómo era cuando estaba enfadada sin decir nada, cómo fruncía ligeramente el ceño cuando algo no le cuadraba, cómo levantaba una ceja cuando estaba a punto de soltar un comentario irónico, cómo se mordía el labio cuando estaba nerviosa, aunque intentara disimularlo.
Sabía dónde tenía cada lunar, conocía cada pequeño gesto, cada forma de mirarle distinta según el momento y durante mucho tiempo, eso había sido suficiente. O eso se había dicho. Hasta que dejó de serlo.
No recordaba exactamente cuándo empezó a mirarla diferente, pero sí recordaba darse cuenta de que ya no era como antes, de que había algo en la forma en la que ella hablaba, en cómo se reía, en cómo se acercaba sin pensar, que le descolocaba, que le hacía quedarse un segundo más de lo normal observándola, intentando entender por qué de repente le costaba apartar la mirada.
Y cuando quiso darse cuenta…ya era tarde, porque lo que había entre ellos ya no era solo amistad, pero tampoco era otra cosa. Era ese punto incómodo en el que todo está a punto de romperse si alguien da un paso y ninguno lo dio. Hasta aquella noche.
No fue planeado, nunca lo era con ellos. Una visita, una excusa cualquiera, un sofá, demasiada cercanía y ese momento en el que se miraron de una forma distinta, en el que ya no había espacio para fingir que no estaba pasando.
Dani todavía podía recordarlo con demasiada claridad. Cómo se acercó, cómo ella no se apartó, cómo todo se volvió más real de lo que había sido nunca y lo que sintió cuando la tuvo cerca de verdad, cuando dejó de ser solo Lía, su mejor amiga, y pasó a ser… otra cosa. Algo que no sabía nombrar pero que le golpeó de una forma que no había sentido antes.
No fue solo físico, era peor, porque fue importante y eso le dio miedo. No en ese momento, no mientras estaba con ella, sino después, cuando se fue. Cuando volvió a su vida y entendió que aquello no era algo que pudiera dejar en una noche y seguir igual. No supo qué hacer, no hablaron de ello, no o lo definieron ni lo cerraron. Y Dani hizo lo único que sabía hacer cuando algo le superaba: seguir adelante como si no hubiera pasado nada, pero sí había pasado y ella lo había sentido. Lo supo después, en la forma en la que empezó a cambiar, en cómo le costaba hablar con él, en cómo ya no era tan fácil. Y aun así… no hizo nada. Se fue, volvió a su vida, se equivocó. Y cuando quiso mirar atrás… ya no estaba en el mismo sitio.
El tiempo pasó como pasan esas cosas que no se cierran del todo, dejando algo pendiente que no desaparece, solo se esconde. Hasta que volvió a Madrid y la vio y todo volvió, sin aviso, sin filtro, como si no hubieran pasado los años, como si siguiera siendo ese mismo momento sin resolver.
Lía nunca había funcionado a medias.
Y el otro día… cuando la tuvo delante, cuando la besó, cuando sintió otra vez que todo encajaba de golpe, que no había duda en el cuerpo, aunque la cabeza siguiera fallando… volvió a hacer lo mismo. Dudar. Frenar. Llegar hasta el borde y no saltar.
Se pasó una mano por la cara, apoyado en el respaldo de la silla, con el móvil en la mano sin hacer nada con él, repasando una y otra vez ese momento, esa forma en la que ella lo miró antes de irse, ese segundo en el que supo que algo había cambiado de verdad.
Que ya no estaba donde siempre, que ya no iba a esperarle y eso… eso fue lo que lo empujó, porque por primera vez no era miedo lo que sentía. Era otra cosa más clara, más incómoda, más inevitable. Que la estaba perdiendo y que no quería.
Se levantó sin pensarlo demasiado, cogió las llaves y salió. Sin un plan, ni un discurso preparado, solo con una certeza que le había costado demasiado tiempo admitir: la quería, siempre la había querido y nunca había sabido hacerlo bien. Pero que esta vez… no iba a quedarse sin decirlo.
Lía dejó de recibir mensajes de Dani y pensó que otra vez había querido, pero no había podido terminar lo que quería decirle. Pensó que otra vez Dani había sido cobarde.
Estaba en casa, con una camiseta amplia y el pelo suelto cayéndole por los hombros, sentada en el sofá con el móvil en la mano, respondiendo sin demasiada prisa a un mensaje de Carlos que justo acaba de llegarle.
El timbre sonó una vez, seco, directo, y algo en su cuerpo se tensó antes incluso de saber por qué. Se quedó quieta un segundo, porque era tarde y no esperaba a nadie. Caminó hasta la puerta descalza y al abrir… ahí estaba, Dani, con la respiración un poco más alta de lo normal, el pelo ligeramente revuelto y esa mirada que no era de duda, no esta vez, sino de alguien que había llegado hasta allí sin pararse a pensar demasiado en las consecuencias.
—Hola —dijo él. Pero no era un saludo, era otra cosa.
Lía lo miró un segundo más de lo normal, porque no lo esperaba.
—Hola…
No se apartó del todo, pero tampoco cerró y en ese instante, los dos entendieron que no hacía falta mucho más.
—Necesitaba verte —añadió Dani, sin rodeos.
Directo, sin filtro.
Lía tragó saliva, sintiendo cómo algo dentro de ella se movía con esa frase, cómo todo lo que había intentado ordenar en los últimos días se descolocaba ligeramente. Se apartó y lo dejó pasar.
Dani entró sin mirar demasiado alrededor, como si no le importara el espacio, como si todo estuviera concentrado en ella, y cuando Lía cerró la puerta, ya lo tenía demasiado cerca.
—No lo hice bien —empezó—. El otro día.