27
Quedaron en la cafetería de siempre, la de las mesas pequeñas junto al ventanal, donde el sol de media mañana entraba de lado y hacía que todo pareciera más tranquilo de lo que realmente era.
La cafetería estaba tranquila a esa hora, con ese murmullo bajo de conversaciones y el sonido constante de cucharillas contra las tazas. Lía fue la primera en llegar. Pidió un café y se sentó en la mesa de siempre, junto al ventanal, dejando el bolso con cuidado y cruzando las piernas mientras miraba la calle sin verla realmente. No estaba nerviosa, pero sí… removida, como si todo lo de la noche anterior siguiera un poco en el aire, sin terminar de colocarse.
Tana llegó poco después, puntual como casi siempre, con ese paso tranquilo y esa forma de observar antes de hablar. Se sentó frente a ella, la miró un segundo, y no preguntó nada todavía.
—Hola —dijo simplemente.
—Hola.
Ese intercambio bastó para entender que algo había pasado.
Pipa apareció cinco minutos más tarde, como siempre, con el móvil en la mano, como si nada hubiera cambiado, aunque las tres sabían que la noche anterior había movido demasiadas cosas como para fingir normalidad.
—No empiezo pidiendo perdón porque sé que no sirve de nada —dijo mientras se sentaba—, así que… contad.
Lía no pudo evitar sonreír un poco.
—Siempre igual.
—Siempre llego tarde, pero siempre llego al punto importante —respondió Pipa, señalándola, con media sonrisa en la cara que ya venía cargada de intención.—. Y tú tienes cara de punto importante.
—Eso —dijo Tana—. Tú fuiste la que se fue con Dani y desapareció misteriosamente.
Lía dudó un segundo, bajando la mirada al café que acababa de llegar, como si necesitara ordenar todo antes de soltarlo.
—Nos besamos.
Silencio.
Pipa abrió los ojos.
—¿Perdona?
—Nos besamos —repitió ella, más tranquila—. Y luego… nada.
Tana inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Nada?
Lía soltó una pequeña risa sin humor.
—Nada. Porque se apartó. Dudó. No supo reaccionar.
Pipa dejó caer la cucharilla sobre el plato.
—Es que de verdad… —murmuró, negando con la cabeza—. Es que es imbécil.
—Pipa… —intervino Tana, pero sin demasiada fuerza.
—No, no, lo siento, pero no —insistió—. ¿Otra vez lo mismo? ¿Otra vez se queda a medias?
Lía no respondió inmediatamente. Dio un sorbo al café, despacio, como si necesitara ese gesto para sostener lo que venía.
—Está vez le dije que no y me fui —añadió.
Pipa la miró fijamente.
—¿A dónde?
—A buscar a Carlos.
Ahora sí hubo un silencio más claro. Tana la observó con atención, sin juzgar.
—¿Te fuiste con Carlos…? —empezó Pipa.
—A mi casa —terminó Lía.
Pipa se echó hacia atrás en la silla.
—Eso me gusta más —dijo Pipa, sin dudar—. Bastante más.
Tana no sonrió. No dijo nada al principio, pero su gesto cambió apenas, algo sutil, suficiente para que Lía lo notara.
—¿Y? —preguntó Pipa, apoyándose hacia delante—. Detalles.
Lía dejó la taza sobre la mesa.
—Sabe lo que hace.
Pipa soltó una pequeña risa.
—Se veía venir.
—Y lo pasé muy bien —añadió Lía, sin rodeos.
Pipa levantó la ceja.
—Perfecto.
Tana, en cambio, la miró un segundo más.
—Lía…
Ella sostuvo la mirada.
—¿Qué?
Tana dudó apenas una décima, midiendo el tono.
—Ten cuidado.
Pipa giró la cabeza.
—¿Perdona?
—No digo que no quede con él si le hace bien —continuó Tana, tranquila—. Pero… va muy a saco.
—¿Y? —respondió Pipa—. Mejor eso que quedarse a medias como el otro.
Tana no entró en ese comentario.
—Solo digo que no te confundas —añadió, volviendo a Lía—. Igual tampoco buscáis lo mismo.
Lía bajó la mirada un segundo, pensándolo.
—No me estoy confundiendo. No pretendo casarme con Carlos.
—Ya —respondió Tana—. Pero tú sabes por qué te fuiste con él.
Ahí sí hubo un pequeño silencio. Pipa miró de una a otra.
—A ver, expliquemos esto bien.
Lía respiró despacio, apoyando las manos sobre la mesa.
—Sé perfectamente lo que siento por Dani —dijo al final—. Eso no ha cambiado.
Tana no apartó la mirada.
—Pero no voy a quedarme esperando —añadió.
Pipa asintió con fuerza.
—Eso es.
—Me hubiera encantado irme con él a casa en lugar de con Carlos —continuó Lía, más baja, más sincera—. Después de ese beso…que me dejó temblando —negó suavemente—. Pero no quiso, no me eligió, otra vez.
Tana apretó los labios un segundo.
—Ya.
—Y no voy a volver a estar ahí —terminó Lía—. Esperando a ver si esta vez se decide.
El silencio que quedó fue distinto. Más honesto. Pipa fue la primera en romperlo.
—Pues entonces has hecho lo que tenías que hacer.
Tana no respondió inmediatamente. Miró a Lía, evaluando algo más profundo que la decisión en sí.
—Solo… no te cierres a lo que de verdad quieres —dijo al final.
Pipa bufó ligeramente.
—O no te abras a lo que no es.
Lía las miró a las dos y sonrió un poco.
—Por eso os tengo.
Pipa levantó la taza.
—Para decirte la verdad, aunque no te guste.
—Y para que no la cagues demasiado —añadió Tana.
Chocaron las tazas suavemente y, aunque ninguna lo dijo en voz alta, las tres sabían que aquello no había terminado. Ni de lejos.
Pipa no dejó que el momento se quedara demasiado en Lía. Nunca lo hacía.
—Vale —dijo, apoyándose hacia delante con una media sonrisa—. Ahora hablamos de lo verdaderamente importante.
Tana arqueó una ceja.
—¿Lo verdaderamente importante?
—Yo —respondió Pipa, sin dudar.
Lía soltó una pequeña risa.
—Por supuesto.
Pipa se recolocó en la silla, cruzando las piernas, pero había algo distinto en su gesto, menos teatral de lo habitual, más contenido, aunque intentara disimularlo.
Pipa dejó la taza sobre el plato y, esta vez, no dio rodeos.
—Me pidió que lo intentáramos en serio.
Lía levantó ligeramente las cejas.
—Vale.
—Vale no —respondió Pipa—. Eso implica cosas.
—¿Como qué? —preguntó Tana.
—Como no poder desaparecer cuando me dé la gana, como no hacer lo que me apetezca sin pensar en nadie más, como… —se encogió de hombros— …todo eso.
Lía la miró con media sonrisa.
—Bienvenida al mundo real.
Pipa negó con la cabeza, pero sonriendo.
—Le dije que lo pensaría
—Eso es un sí —dijo Lía.
—Eso es un “me gustas demasiado y no me hace ninguna gracia, pero no puedo decirte que no” —corrigió ella.
Tana soltó una pequeña risa.
—Pues entonces sí.
Pipa resopló, dejando caer la cabeza hacia atrás un segundo antes de volver a mirarlas.
—Que sí… pero me da miedo.
Tana asintió despacio.
—Normal.
—No, no es normal para mí —corrigió Pipa—. Yo no hago esto.
—Ya —dijo Lía—. Precisamente por eso.
Pipa negó con la cabeza, pero sin convicción.
—Es que… —buscó las palabras—. No es solo que me guste. Es que con él no me apetece desaparecer, ni ir a medias, ni jugar. Y eso ya me parece sospechoso.
Tana sonrió levemente.
—Eso es que te importa.
—Eso es que me estoy metiendo en algo de lo que luego no sé cómo salir —respondió ella.
—O que no quieres salir —añadió Lía.
Pipa la miró y no respondió, porque no podía. Hubo un segundo de silencio en el que todo quedó bastante claro sin necesidad de decirlo y Pipa miró a Tana.
—¿Tú qué?
Tana no respondió inmediatamente. Cogió la taza, dio un sorbo y la dejó de nuevo sobre la mesa con calma.
—Álex me acompañó a casa.
—Ajá —dijo Pipa—. Eso ya pinta bien.
Lía la observó con interés.
—¿Y?
Tana apoyó los codos sobre la mesa, tranquila.
—Hablamos.
Pipa rodó los ojos.
—Otra vez esa parte.
—Hablamos de vosotros —continuó Tana, ignorándola—. De Dani, de lo mal que gestiona todo, de lo claro que es lo que hay entre vosotros…
Lía hizo un gesto leve.
—No hace falta…
—Sí hace falta —respondió Tana, sin dureza—. Porque alguien tendrá que decírselo.
Pipa intervino.
—Yo se lo digo encantada, no tengo ningún problema.
—Ya, pero igual no eres la persona más diplomática —respondió Tana.
Lía sonrió un poco.
—Eso también es verdad.
Tana volvió al hilo.
—Y luego… —hizo una pequeña pausa, pero sin tensión— …me dijo que le gusto.
Pipa sonrió al instante.
—Eso me encanta.
Lía apoyó el codo en la mesa.
—¿Así, sin más?
—Así —asintió Tana—. Bastante directo.
—Bien —dijo Pipa—. Me gusta más eso que las dudas existenciales.
Tana sonrió ligeramente.
—Y quiere seguir conociéndome.
—¿Y tú? —preguntó Lía.
Tana sostuvo su mirada un segundo.
—A mí también me apetece.
No había duda en su tono, pero tampoco prisa.
—Va despacio —añadió—. Pero va bien.
Pipa levantó la taza.
—Eso suena peligrosamente serio.
—No —respondió Tana—. Suena tranquilo.
Lía las miró a las dos, apoyando la espalda en la silla, observándolas con una mezcla de incredulidad y diversión.
—O sea… —dijo, contando con los dedos—. Una que empieza una historia de cuento de hadas con príncipe azul incluido, la otra teniendo sexo desenfrenado con un tío que está buenísimo y que, encima, le pide ir en serio…
Pipa sonrió, encantada.
—Me gusta cómo suena eso.
Tana negó con la cabeza, pero sin borrar la sonrisa.
—No es un cuento de hadas.
—Todavía —puntualizó Pipa.
Lía las miró a las dos un segundo más.
—Y yo… —continuó— estoy en medio de un caos emocional, liándome con el chico del que llevo años pillada que no termina de decidirse, acostándome con otro que no tiene ninguna duda y pretendiendo que todo está bajo control.
Se hizo el silencio y luego las tres sonrieron.
—Bueno —dijo Pipa—. Visto así, tu vida es la más entretenida.
—No es entretenida —respondió Lía—. Es agotadora.
Tana apoyó la barbilla en la mano, mirándola con calma.
—También es la única que no está resuelta todavía.
Lía la miró.
—La tuya tampoco.
Tana negó suavemente.
—La mía empieza.
Pipa levantó la taza.
—La mía se complica.
Lía suspiró.
—Y la mía… —hizo una pequeña pausa—…se va a poner interesante.
Pipa sonrió de lado.
—Eso espero.
Tana no dijo nada, pero la observó un segundo más, como si estuviera viendo algo que Lía todavía no terminaba de asumir del todo. Y, aunque ninguna lo dijo en voz alta, las tres sabían que lo que venía… no iba a ser fácil.