Por siempre nosotras 26 #2
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26 #2

El ritmo subió apenas, lo suficiente para que ella lo sintiera distinto, más intenso, más presente, y Lía respondió, moviéndose con él, encontrando ese punto en el que ya no había diferencia entre guiar y dejarse llevar. Y en esa forma en la que Carlos no perdía el control, en cómo sabía exactamente cuándo insistir y cuándo sostener, en cómo todo fluía sin interrupciones… Lía entendió que eso era exactamente lo que necesitaba.

El ritmo fue bajando poco a poco, sin romperse de golpe, como si el cuerpo necesitara unos segundos para volver a su sitio, para entender lo que acababa de pasar. Carlos se quedó quieto un instante, respirando todavía cerca de ella, y luego se apartó con calma, sin prisa, sin decir nada.

Se incorporó, pasó una mano por su pelo y buscó su ropa interior por el suelo con un gesto automático. No había incomodidad, ni distancia incómoda, solo ese silencio después de algo intenso que no necesita palabras inmediatas.

—Ahora vuelvo —dijo, señalando el baño.

Lía asintió levemente, todavía recostada, con el cuerpo relajándose poco a poco sobre el colchón. Se giró sobre la cama, estirándose despacio, notando ese cansancio agradable que llega después, ese peso ligero en los músculos que no molesta, que simplemente está.

Alargó el brazo, cogió una camiseta que tenía doblada en la mesilla y se la puso por encima, dejándola caer sin demasiado cuidado. Se acomodó boca arriba, mirando al techo un segundo, respirando más tranquila, dejando que todo se asentara.

No pensaba en Dani. Y eso, por sí solo, ya era algo. Cuando Carlos salió del baño, el ambiente era otro, más calmado, más sencillo. Se quedó un segundo apoyado en el marco de la puerta, mirándola con una media sonrisa que no tenía nada de tensión, solo una satisfacción tranquila.

—No sé si esto entra dentro de mis mejores decisiones o de las más repetibles —dijo, con tono ligero.

Lía giró la cabeza hacia él y sonrió.

—Podemos investigarlo otro día.

Carlos soltó una pequeña risa, acercándose a la cama.

—Eso suena peligrosamente bien.

Ella se incorporó un poco, apoyándose en el codo.

—No hace falta que te vayas —dijo, sin darle demasiada importancia—. Es tarde… puedes quedarte si quieres.

No había carga en la frase, ni expectativa, solo naturalidad.

Carlos la miró un segundo, como valorando algo que en realidad ya tenía claro.

—Vale.

Se metió en la cama a su lado, colocándose boca arriba, dejando algo de espacio entre los dos. No hubo gesto de acercarse más, ni manos buscando, ni necesidad de repetir nada. Solo esa cercanía tranquila que no incomodaba.

—Te aviso que ronco —añadió él al cabo de unos segundos.

Lía soltó una risa suave.

—Perfecto, así sé que sigues vivo.

—Tranquila, soy bastante constante.

El comentario la hizo reír un poco más, y ese sonido rompió del todo cualquier resto de tensión que pudiera quedar. Se giró ligeramente hacia él, todavía sonriendo.

—Ha estado muy bien.

Carlos giró la cabeza también, mirándola de lado.

—Sí —respondió, sin adornos—. Muy bien.

No hacía falta decir más. El silencio que quedó después no era incómodo, era cómodo, de esos que se instalan sin pedir permiso cuando todo está en su sitio. Poco a poco, el cansancio fue ganando terreno, las respiraciones se fueron acompasando, y sin darse cuenta, los dos acabaron quedándose dormidos. Sin preguntas ni promesas, pero con algo claro: la noche había sido un punto de inflexión en sus vidas.

Salir del local con Álex no fue una decisión pensada, fue más bien una consecuencia natural, como si quedarse hubiera dejado de tener sentido en el momento en que todo dentro empezó a volverse demasiado intenso, demasiado cargado de cosas que no quería pensar todavía.

El aire de la calle la despejó. Y caminar a su lado… también.

—¿Siempre pasan tantas cosas cuando salís las tres? —preguntó él, metiéndose las manos en los bolsillos mientras empezaban a avanzar.

Tana soltó una risa suave.

—No siempre… pero cuando pasan, pasan todas a la vez.

—Ya veo —respondió él, mirándola de reojo—. Entre tu amiga Pipa desapareciendo con el tío buenorro, Dani perdiendo la cabeza y tú riéndote de todo…

—Yo no me estaba riendo de todo —le cortó ella, aunque sonriendo—. Estaba observando.

—Ah, claro. Perfil analítico.

—Exacto.

Álex sonrió, pero luego su expresión cambió ligeramente, volviéndose más seria, más centrada.

—Lía y Dani no lo tienen fácil.

Tana dejó de sonreír del todo.

—No.

Caminaron unos segundos en silencio, no incómodo, pero sí lleno de lo que ambos estaban pensando.

—Está enamorada de Dani —añadió ella, sin rodeos.

Álex asintió despacio, como si no le sorprendiera.

—Lo sé. Él también de ella. Desde hace mucho tiempo.

Tana lo miró.

—¿Desde cuándo?

—Desde siempre —respondió él—. Otra cosa es que ellos se hayan dado cuenta tarde.

Tana soltó aire por la nariz, negando levemente con la cabeza.

—Tarde y mal.

—También.

Volvieron a quedarse en silencio unos pasos, cruzando una calle con la luz naranja de las farolas cayendo sobre ellos, haciendo que todo pareciera más íntimo de lo que realmente era.

—Dani no es mala persona —dijo Álex al cabo de un momento.

—No he dicho eso, pero se comporta como si no supiera lo que tiene delante.

Tana giró la cabeza hacia él y Álex se detuvo un segundo antes de seguir caminando.

—Sí lo sabe —respondió, más bajo—. Solo que le da miedo hacerlo bien.

Tana apretó los labios un instante.

—Pues que espabile, porque ella no está para volver a pasar por lo mismo.

Álex la miró directamente.

—Y no debería.

Hubo algo en ese tono que hizo que Tana bajara un poco la guardia, que dejara de hablar como si estuviera defendiendo algo y empezara a escuchar.

—Pero tampoco creo que esté todo perdido —añadió él.

—Ah, ¿no?

—No —dijo con calma—. Creo que necesitan que alguien les empuje un poco… sin que se den cuenta.

Tana arqueó una ceja.

—¿Estás sugiriendo que intervengamos?

—Estoy sugiriendo que no los dejemos cagarla otra vez.

Ella no pudo evitar reírse.

—Vale, eso sí me gusta más.

Se miraron un segundo, y en esa mirada ya no solo había conversación sobre otros. Había algo más, más directo, más personal.

—Entonces… ¿equipo? —preguntó él, tendiéndole la mano con media sonrisa.

Tana lo miró, divertida, pero también con ese punto de interés que no estaba fingiendo.

—Equipo.

Le dio la mano, pero no la soltó enseguida. Y ninguno hizo ademán de retirarla. Siguieron caminando así unos metros, sin comentar nada más sobre Dani y Lía, como si ese tema ya hubiera quedado en un acuerdo silencioso entre ellos.

—Por cierto —dijo Álex—. No me has contestado antes.

—¿A qué?

—A qué buscas.

Tana soltó una pequeña risa.

—Eres insistente.

—Soy curioso.

Ella pensó un segundo.

—Alguien que no me haga perder el tiempo —dijo finalmente—. Que no juegue. Que esté cuando tiene que estar.

Álex asintió despacio.

—Bien.

—¿Bien?

—Sí. Porque yo no tengo tiempo para tonterías.

Tana lo miró con más atención esta vez y ahí fue donde lo notó. No era una frase, era una forma de estar.

—Y también busco a alguien que me guste de verdad —añadió él, sin apartar la mirada—. No a medias.

El silencio que quedó después no fue incómodo. Fue claro.

Llegaron al portal casi sin darse cuenta, y esta vez ninguno hizo como si la despedida fuera algo rápido. Se quedaron frente a frente, sin moverse, con esa cercanía que no era casual.

Álex dio un pequeño paso hacia ella, pero se detuvo. La miró directamente.

—Me gustas —dijo, sin rodeos.

Tana sintió algo en el estómago, un pequeño vuelco que no esperaba que fuera tan evidente.

—Así… de primeras.

Ella sonrió, un poco nerviosa, pero sin esconderlo.

—No sueles perder el tiempo, ¿no?

—No contigo.

Silencio. Miradas.

—Y quiero seguir conociéndote —añadió—. En todas tus versiones. La que se ríe, la que analiza, la intensa… todas.

Tana bajó la mirada un segundo, soltando una pequeña risa que no era de burla, era de algo que le estaba tocando más de lo que quería admitir. Cuando volvió a mirarlo, había cambiado algo.

—Eso es bastante… directo.

—Lo sé.

—Y bastante peligroso.

—También.

Tana dio un pequeño paso hacia él. No hizo falta más.

—Vale —dijo.

Y en ese “vale” había más de lo que parecía.

Álex sonrió ligeramente, acercándose un poco más, pero esta vez no dio el paso final sin más.

—¿Puedo besarte?

Tana lo sostuvo la mirada un segundo y asintió.

El beso fue lento, cuidado, pero con intención, como si ninguno quisiera precipitar nada, pero tampoco dejarlo en algo vacío. No hubo prisa, no hubo intensidad desbordada, pero sí algo claro, algo que se construía desde el primer momento.

Cuando se separaron, se quedaron cerca.

—Esto va despacio —dijo ella.

—Perfecto.

—Pero va en serio.

Álex sonrió.

—Mejor todavía.

Tana abrió la puerta, girándose antes de entrar.

—Buenas noches, Álex.

—Buenas noches, Tana.

Y mientras cerraba, supo que no iba a ser rápido, pero sí importante.

Álex no se movió inmediatamente cuando la puerta se cerró. Se quedó un segundo más, mirando el portal, con una sensación extraña en el pecho, algo entre la calma y la anticipación, como si acabara de empezar algo que no tenía prisa, pero sí dirección.

Se pasó una mano por la nuca, sonriendo ligeramente.

—En todas sus versiones… —murmuró para sí.

Y no lo decía por decir, lo pensaba de verdad.

Empezó a caminar de vuelta, más despacio de lo habitual, repasando la conversación, cada respuesta, cada gesto de Tana, esa forma de mirar que no era fácil, pero tampoco cerrada.

Y luego pensó en Dani y en Lía y en cómo, quizá, por primera vez en mucho tiempo… todo podía empezar a encajar si no lo estropeaban.