Por siempre nosotras 24 #2
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Y entonces volvió a besarla. Esta vez más despacio. Sus labios volvieron a encontrarse, bajando el ritmo solo lo suficiente para alargarlo, para saborearlo, para hacer que todo volviera a encenderse poco a poco, recorriendo su piel con calma calculada, despertando en ella esa misma reacción que ya conocía. Y Pipa respondió como antes, sin frenarse, como si ya no quisiera hacerlo. Nico aprovechó ese gesto, girándose con facilidad hasta quedar sobre ella, apoyándose en sus brazos, manteniendo el peso sin llegar a aplastarla, lo justo para seguir mirándola de cerca.

Sus labios se movieron sin prisa, pero sin perder intensidad, como si el tiempo se hubiera alargado solo para ellos. Pipa respondió al instante, alzando ligeramente el cuerpo para acercarse más, pasando las manos por su espalda, notando cada músculo bajo sus dedos, firme, caliente, vivo.

Nico descendió apenas unos centímetros, sin romper del todo el contacto, dejando que el beso se desplazara, más suave, más exploratorio, recorriendo su piel con esa calma que no tenía nada de inocente. Pipa cerró los ojos un segundo, dejando escapar el aire poco a poco, sintiendo cómo ese ritmo más lento no hacía que disminuyera la intensidad, sino todo lo contrario.

Le gustaba. Demasiado.

Sus manos se movieron también, respondiendo, subiendo por su cuello, enredándose en su pelo, tirando ligeramente de él cuando Nico volvió a buscar su boca, esta vez con más hambre, con menos control. El equilibrio entre ambos se rompía y se reconstruía constantemente, como si ninguno quisiera ceder del todo.

—Joder… —susurró ella, casi sin darse cuenta.

Nico sonrió contra su piel, sin separarse del todo. La forma en la que se movían ya no era casual. Había intención en cada gesto, en cada pausa, en cada contacto. Pipa notaba cómo todo se concentraba en ese punto exacto donde ya no había pensamiento, solo reacción, solo ganas, solo ese impulso claro de no querer parar.

Se arqueó ligeramente, acercándose más a él, marcando el ritmo sin decirlo, y Nico lo entendió al instante. Sus movimientos se adaptaron, se sincronizaron, como si no necesitaran hablar para saber exactamente qué quería el otro.

Y en ese intercambio, en esa forma de avanzar sin freno, Pipa dejó de medir, dejó de controlar, dejó de pensar. Se dejó llevar, del todo.

Cuando el ritmo subió otra vez, cuando la intensidad volvió a romper cualquier intento de calma, ella ya no estaba intentando contener nada. Sus manos apretaban más, su respiración se volvía irregular, y su cuerpo reaccionaba a cada gesto de Nico con una claridad que no podía fingir.

—Nico… —murmuró, casi como una advertencia.

Pero no era una advertencia, era rendición. Él no se detuvo. No quería. Y no iba a hacerlo, porque sabía exactamente lo que estaba provocando y porque ella no estaba intentando pararlo.

El momento creció, se tensó, se volvió más intenso, más concentrado, hasta que Pipa cerró los ojos con fuerza un segundo, dejándose caer hacia atrás, notando cómo todo se desbordaba sin poder controlarlo. Cuando volvió a abrirlos, todavía estaba ahí, con él, demasiado cerca, demasiado dentro de ese momento.

Nico la miraba de verdad, como si no hubiera nada más en la habitación. Y en la forma en la que sonrió después, en cómo volvió a inclinarse hacia ella sin romper ese contacto… quedaba claro que ninguno de los dos había terminado todavía.

Pipa no esperó. Cuando notó que el ritmo volvía a subir, que él no había terminado, que seguía completamente dentro del momento, cambió la posición con una naturalidad que no tenía nada de improvisada. Se incorporó despacio, deslizándose sobre él, colocándose encima sin dejar de mirarlo, sujetándose con las manos sobre su pecho.

Nico soltó el aire, sorprendido solo un segundo.

—Hostia… —murmuró, con una sonrisa que se le escapó sin control—. Vale.

Pipa respondió con una media sonrisa, segura, pero con ese punto de provocación que sabía perfectamente que a él le desarmaba.

—Cállate —dijo, bajito.

Y empezó a moverse. Primero despacio, marcando ella el ritmo, sin prisa, como si quisiera alargarlo, como si estuviera probando hasta dónde podía llevarlo. Nico la miraba sin apartar los ojos, las manos apoyadas en sus caderas al principio, siguiéndola, acompañando cada movimiento, dejándose llevar por ella.

Pero no tardó en reaccionar. Sus manos comenzaron a recorrer su cuerpo con más intención, subiendo desde sus caderas, deteniéndose en su cintura, marcando el ritmo con más firmeza, guiándola sin quitarle el control del todo.

—Así… —murmuró, con la voz más grave—. No pares.

Pipa sintió cómo ese tono le recorría la espalda y no se detuvo. Al contrario, aumentó el ritmo ligeramente, dejándose llevar por esa reacción en él, por la forma en la que su cuerpo respondía, por cómo sus manos apretaban más ahora, más seguras, más implicadas.

Nico deslizó una mano hacia arriba, recorriendo su espalda, dibujando su forma con calma antes de volver a bajar, mientras con la otra la mantenía firme, acompañando cada movimiento, cada cambio de ritmo.

—Joder, Pipa… —añadió, sin apartar la mirada—. No sabes lo que haces.

Ella sí lo sabía, eso se notaba. Se inclinó un poco hacia él, apoyando una mano cerca de su hombro, acercándose lo justo para que sus caras quedaran a centímetros, respirando el mismo aire.

—Sí que lo sé —susurró.

Ese gesto terminó de romper cualquier intento de control. Nico respondió al instante, incorporándose un poco, lo suficiente para acercarse más a ella, sus manos ahora más activas, más presentes, recorriendo sin pausa, provocando que cada movimiento de Pipa se volviera más intenso, más preciso.

Ella lo notaba en cómo su cuerpo reaccionaba, en cómo el ritmo ya no era solo físico, sino algo más profundo, más conectado. Sus movimientos se volvieron más firmes, menos medidos, dejándose llevar del todo, notando cómo ese punto volvía a crecer, a concentrarse, a empujarla otra vez hacia ese límite que ya había cruzado antes.

—No pares… —repitió él, más bajo, más cerca.

Y no lo hizo. Porque ya no quería, porque estaba completamente dentro de eso. Y cuando el momento volvió a romperse, cuando todo se concentró otra vez en ese punto exacto donde ya no había control posible, Pipa cerró los ojos un instante, dejándose llevar sin freno, sintiendo cómo todo volvía a desbordarse.

Nico no tardó. Su reacción fue inmediata, casi inevitable, acompañando ese ritmo que ella había marcado desde el principio, dejándose arrastrar por completo por ella, por la forma en la que lo había llevado hasta ahí.

Cuando todo terminó, el cuerpo de Pipa cedió ligeramente hacia delante, apoyándose sobre él, todavía con la respiración acelerada, sin soltarse del todo.

Nico dejó caer la cabeza hacia atrás un segundo, soltando el aire.

—Definitivamente… —murmuró—. Es culpa tuya.

Pipa soltó una risa suave contra su cuello, todavía sin recuperarse del todo.

—Me encanta que lo sea.

Pipa no se apartó y él tampoco quiso que lo hiciera.