25
La noche se había desordenado sin que nadie lo notara del todo. Pipa ya no estaba. Había desaparecido hacía rato con Nico, dejando un rastro evidente de miradas cómplices y ninguna explicación. Tana seguía con Álex, apoyada en la barra, riéndose con esa soltura suya que dejaba claro que estaba cómoda, más de lo que ella misma admitiría en voz alta. Y Lía… Lía se quedó en medio. No sola, pero sí sin sitio.
Carlos seguía cerca, hablándole, manteniendo esa conversación ligera que no exigía nada, que no removía, que no obligaba a pensar demasiado. Y, por un momento, Lía agradeció eso. Agradeció poder estar ahí sin sentir ese nudo constante en el estómago.
Hasta que lo volvió a notar. Sin verlo. Dani. Se giró y ahí estaba, apoyado en la barra, mirándola como si llevara un rato haciéndolo, como si no hubiera sabido muy bien cuándo acercarse, pero ya no pudiera esperar más.
No hizo un gesto, no la llamó, pero no hacía falta. Lía dejó lo que estaba diciendo a medias, girándose apenas hacia Carlos.
—Ahora vuelvo —murmuró.
Él asintió, sin preguntar, con esa facilidad que tenía para no incomodar.
Dani no se movió hasta que la tuvo delante. Entonces sí, se separó de la barra y sin decir nada, inclinó ligeramente la cabeza hacia la salida.
Lía entendió y lo siguió. El cambio fue inmediato. El ruido quedó atrás en cuanto cruzaron la puerta, el aire de la calle golpeándoles con esa calma fría que siempre llega tarde en Madrid, cuando la noche ya ha avanzado demasiado. Durante unos segundos no hablaron. No hacía falta. Caminaron unos pasos, lo justo para alejarse del bullicio, hasta quedarse en ese punto intermedio donde todo se vuelve más íntimo.
Dani se giró hacia ella, demasiado cerca. Otra vez.
—No me ha gustado —dijo.
Directo.
Lía alzó una ceja, cruzándose de brazos, aunque el gesto no era defensivo del todo.
—¿El qué?
—Verte con él.
No dudó, no lo disfrazó. Lía dejó escapar una pequeña risa, pero no era ligera.
—No tienes derecho a que no te guste.
—Ya —respondió él—. Pero no me da igual.
Ahí. Eso sí llegó.
Lía lo miró un segundo más de lo habitual, notando cómo algo dentro de ella se tensaba otra vez, ese mismo punto que llevaba toda la noche intentando controlar.
—Dani… —empezó.
Pero él no la dejó terminar.
—No es solo lo de hoy —añadió, más bajo—. Es todo.
Lía no apartó la mirada esta vez.
—Entonces dime qué es —dijo.
—No lo sé hacer contigo —murmuró.
Y esa frase… Esa frase fue peor que cualquier otra cosa. Lía soltó el aire despacio, bajando la mirada un segundo, como si necesitara recolocarse para no romperse justo ahí.
—Claro —dijo.
Dani la vio, triste, decepcionada y no dudó. Su mano subió hasta su cara, sujetándole suavemente la mandíbula, acercándola a él, y Lía no se apartó, no pudo. El espacio desapareció en un instante y, cuando sus labios se encontraron, no fue suave, fue contenido. Fue todo lo que llevaban evitando desde que se habían vuelto a ver.
Lía respondió al instante, agarrándose a él con más fuerza de la que esperaba, notando cómo todo se le desordenaba por dentro, cómo ese beso no tenía nada de nuevo y, al mismo tiempo, lo cambiaba todo. Se acercó más, pegándose a él, como si necesitara comprobar que era real, que estaba pasando de verdad.
Dani la sostuvo con firmeza, profundizando el beso, perdiendo el ritmo, encontrándolo otra vez, sin control, sin medida. Y durante esos segundos… no hubo duda. No hubo pasado. No hubo decisiones pendientes. Solo ellos.
Pero entonces, Dani se detuvo. No de golpe, pero sí lo suficiente. Se separó apenas unos centímetros, todavía cerca, demasiado cerca, con la respiración desordenada, la mirada fija en ella. Y dudó. Otra vez.
Lía lo vio. Lo sintió. Ese instante exacto en el que él volvía a quedarse a medias, en el que no terminaba de dar el paso, en el que algo lo frenaba.
Y eso fue todo. Se apartó. Dani bajó la mirada a su boca.
—No es que no quiera —añadió él—. Es que contigo…
Y Lía lo vio claro, irreversible. Se separó. Solo un paso, pero suficiente.
—No —dijo.
No enfadada, ni dramática. Peor. Clara.
Dani la miró, desconcertado.
—Lía…
Ella negó suavemente con la cabeza.
—No voy a volver a quedarme aquí esperando a ver si te decides —añadió—. No otra vez.
Silencio. Dani no supo qué decir, porque no tenía nada claro y eso se le veía. Lía lo sostuvo un segundo más y luego se giró. Sin prisa, sin huir, pero sin quedarse. Volvió a entrar en el local, el ruido envolviéndola de nuevo, y no dudó al buscar a Carlos. Él la vio enseguida, como si hubiera estado pendiente, y sonrió al verla acercarse.
—¿Todo bien? —preguntó.
Lía asintió.
—Sí.
Pausa.
—¿Vas a quedarte mirándome o vas a sacarme a bailar?
Carlos sonrió, divertido.
—Vamos.
Carlos le tendió la mano y ella la cogió. Mientras tanto, desde la puerta, Dani seguía ahí, mirándola. Y esta vez sí entendió algo, que no decidir… también era una decisión y que acababa de perderla.
Dani no volvió a entrar. Se quedó unos segundos más en la puerta del local, con el ruido saliendo a ráfagas cada vez que alguien abría, pero ya completamente fuera de todo eso, como si la noche hubiera terminado para él en ese mismo instante en el que ella se giró.
La vio desaparecer entre la gente, la vio acercarse a Carlos, la vio elegir. Y no hizo nada.
Metió las manos en los bolsillos y empezó a caminar sin rumbo claro, alejándose poco a poco de la música, de la luz, de lo que quedaba de esa noche que había empezado sin importancia y había terminado pesándole demasiado.
Madrid a esas horas tenía algo extraño, una calma engañosa entre calles todavía vivas, con grupos saliendo de bares, taxis parando en doble fila, risas que se cruzaban con conversaciones a medias. Dani caminaba entre todo eso sin verlo realmente, con la cabeza en otro sitio, repasando una y otra vez el mismo momento.
El beso.
Cerró los ojos un segundo mientras cruzaba un paso de peatones, notando cómo le volvía de golpe. La forma en la que ella se había pegado a él, sin dudas, sin freno, como si no hubiera nada más. Había sido real. Demasiado real. Y él lo había sentido, en el cuerpo, en el pecho, en ese punto incómodo donde sabes que no es algo pasajero.
Soltó el aire despacio, pasando la lengua por el labio inferior, como si aún pudiera notarlo. Su olor. Siempre era eso. Ese olor limpio, cálido, tan suyo, que no sabía explicar pero que le había golpeado en cuanto se acercó, como si el tiempo no hubiera pasado, como si nada se hubiera roto del todo.
—Joder… —murmuró.
Siguió caminando, más rápido ahora, pero no servía, porque después del beso venía lo otro. La forma en la que lo miró. No enfadada, no dolida de forma evidente, peor, decepcionada. Ese gesto contenido, ese segundo en el que entendió que él no iba a hacerlo. Otra vez. Y ahí fue donde todo se le clavó de verdad, porque no era la primera vez y los dos lo sabían.
Se pasó una mano por la cara, apretando los ojos un instante, intentando apartarlo, pero no podía, porque después vino lo que más le estaba jodiendo. Ella girándose, yendo hacia Carlos sin mirar atrás. Y esa imagen… Esa sí que no se le iba.
Se la imaginó riéndose con él, bailando otra vez, acercándose, como había hecho con él minutos antes… y esa idea le tensó el cuerpo de golpe, un nudo seco en el estómago que no sabía ni cómo gestionar.
No tenía derecho. lo sabía, pero le daba igual.
—Eres gilipollas —murmuró para sí mismo.
Porque había tenido el momento. Lo había tenido ahí, claro, sin ruido, sin excusas, y había vuelto a hacer lo mismo, quedarse a medias.
Cuando llegó a su portal, ni siquiera recordaba bien el camino. Subió las escaleras más por costumbre que por otra cosa, abrió la puerta y dejó las llaves caer sin cuidado, el sonido rompiendo el silencio del piso.
Se quitó la chaqueta y la tiró sobre una silla y se dejó caer en el sofá de golpe. Apoyando la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos, pero no sirvió, porque todo volvió otra vez. El beso, sus manos en él, la forma en la que ella se había agarrado, cómo había respondido sin dudar, cómo se había acercado y, luego… cómo se había ido.
Abrió los ojos, mirando al techo, completamente quieto, como si moverse fuera a empeorar algo.
—No sé hacerlo contigo… —repitió en voz baja.
Y le sonó peor ahora. Mucho peor. Porque no era que no supiera, era que no se atrevía. Entendió lo que eso significaba, que alguien más sí podía hacerlo, que alguien más no iba a dudar, y que Lía… no iba a esperarle.
Giró la cabeza hacia un lado, apoyando el brazo sobre los ojos, intentando frenar ese pensamiento, pero ya estaba dentro. Ella con Carlos. Ahora. Quizá en ese mismo momento. Esa imagen le golpeó otra vez. Más fuerte. Y esta vez no pudo apartarla, porque, en el fondo, lo sabía. No la había perdido de golpe, pero sí lo suficiente y lo peor de todo… era que había sido él.