24
Dani estaba a punto de decir algo cuando el móvil de Pipa vibró entre sus manos.
«Ya estoy aquí.»
Levantó la vista casi por instinto y lo encontró enseguida. Nico acababa de entrar en el local. Al verla, sonrió y levantó una mano a modo de saludo.
—Perdona un segundo —le dijo a Dani.
Dejó la copa sobre la barra y caminó hasta él. Cuando estuvo delante, le dio un beso rápido en la mejilla.
—Pensé que ibas a tardar más.
—He venido todo lo rápido que he podido.
Pipa volvió a la barra un momento, más por inercia que por necesidad, buscando la copa que había dejado a medias, aunque en realidad lo que necesitaba era un segundo para recolocarse. Nico la siguió sin prisas, apoyándose a su lado, lo suficientemente cerca como para que el contacto fuera inevitable, pero sin invadir del todo.
—Estás muy callada —dijo él, mirándola de reojo.
Pipa dio un pequeño sorbo, sin mirarlo directamente.
—Estoy observando.
—Ya —respondió Nico—. Y juzgando.
Ella soltó una risa breve.
—Un poco.
Hubo un segundo de silencio, y luego él añadió:
—No te gusta Dani.
—No —respondió ella, sin rodeos.
Nico asintió, como si ya lo supiera.
—Se nota.
Pipa giró la cabeza hacia él, apoyándose con el codo en la barra.
—No me gusta cómo lo hizo —añadió—. Y no me gusta cómo puede volver a hacerlo.
Nico no respondió inmediatamente. Se tomó su tiempo, mirando hacia la pista donde Lía hablaba con Carlos, y Dani, un poco más atrás, no apartaba la mirada.
—Eso no es cosa tuya —dijo al final, tranquilo.
Pipa frunció ligeramente el ceño.
—Sí lo es.
—No —repitió Nico, girándose ahora hacia ella—. Es cosa de ellos.
Pipa lo sostuvo la mirada, sin ceder.
—Es mi amiga.
—Y él también tiene algo ahí —añadió Nico—. No hace falta ser muy listo para verlo.
Pipa dudó apenas una décima.
—Ya, pero…
—Pero nada —la interrumpió él, suave, sin imponerse—. Tú puedes estar ahí si ella se cae, pero no puedes decidir por ella.
Pipa bajó la mirada un segundo hacia la copa, pensándolo, incómoda no por lo que decía, sino porque sabía que tenía algo de razón.
—No quiero que le vuelva a hacer daño —murmuró.
Nico se inclinó un poco hacia ella.
—Entonces deja que él se equivoque si tiene que hacerlo —dijo—. O que lo haga bien.
Pipa levantó la vista, pero esta vez no respondió porque estaba pensando.
Nico la observó un segundo más, y algo en su expresión cambió ligeramente, menos serio, más cercano.
—Además —añadió—, cuando te pones así…
—¿Así cómo?
—Intensa.
Pipa alzó una ceja.
—Soy intensa.
—Ya lo sé —respondió él, sonriendo—. Y me gusta.
Ese gesto le descolocó un poco más de lo que esperaba.
—No cambies de tema.
—No estoy cambiando de tema —dijo Nico, acercándose un poco más—. Solo estoy aprovechando.
Pipa sostuvo su mirada.
—¿Aprovechando qué?
Nico no respondió con palabra, simplemente acortó la distancia. Su mano se deslizó directamente a su cintura, firme, segura, tirando de ella hacia él sin pedir permiso, y Pipa no se resistió. No quiso. Su cuerpo reaccionó antes que cualquier pensamiento, acercándose, encajando con él como si ese sitio ya estuviera aprendido.
—Esto —murmuró él.
Y entonces la besó. No fue un beso suave, ni dudoso. Fue directo, intenso, con esa mezcla de ganas acumuladas y seguridad que no dejaba espacio para medias tintas. Pipa respondió al instante, sin frenar, agarrándose a él con más fuerza de la que esperaba, notando cómo todo lo que había estado pensando hacía un momento se desdibujaba de golpe.
El ruido del local desapareció. La gente también. Solo quedó eso. El contacto, el ritmo, la forma en la que Nico la sostenía, firme, como si no tuviera ninguna duda de estar ahí.
Cuando se separaron, apenas unos centímetros, Pipa tardó un segundo en reaccionar, respirando más rápido, con esa sensación de vértigo que no esperaba pero que tampoco quería parar.
—Joder… —murmuró.
Nico sonrió, sin soltarla del todo.
—Sí.
Pipa apoyó la frente un segundo contra la suya, cerrando los ojos apenas un instante, notando todavía el temblor en el cuerpo y lo supo. Aquello ya no era solo un juego, aunque fingiera que sí.
No hablaron mucho más en el local. No hacía falta. Bastó una mirada, una de esas que no se sostienen por casualidad, para que todo lo demás quedara en segundo plano. Nico se inclinó ligeramente hacia ella, rozándole la mano, y Pipa entendió al instante. No hubo preguntas, ni medias decisiones.
—¿Nos vamos? —murmuró él.
Ella no respondió con palabras, solo asintió.
El taxi fue corto, demasiado corto para todo lo que llevaba acumulándose desde que se habían encontrado. Pipa apoyó la cabeza contra el respaldo, pero no dejó de mirarlo ni un segundo, y Nico tampoco apartó la mirada. No hablaban, pero el aire estaba cargado, denso, como si todo lo que no decían estuviera ahí, empujando.
Cuando llegaron al portal, no esperaron. La puerta apenas se cerró detrás de ellos cuando Nico la atrajo hacia sí, y Pipa respondió sin frenar, como si llevara horas esperando ese momento. Todo fue rápido, directo, sin pausas innecesarias, sin espacio para dudas. La forma en la que se buscaban no tenía nada de improvisado, era instintiva, segura, como si los dos supieran exactamente dónde querían llegar desde el principio.
La noche se fue deshaciendo en fragmentos, en idas y vueltas, en momentos en los que el tiempo parecía detenerse y otros en los que todo se aceleraba sin control. No hubo distancia, no hubo freno, no hubo ese punto de contención que a veces aparece cuando no estás seguro. Aquello no era así. Era claro, era físico y era inevitable.
Cuando todo se calmó por primera vez, Pipa se dejó caer sobre la cama, todavía con la respiración desordenada, mirando al techo como si necesitara unos segundos para volver a colocarse. Nico estaba a su lado, también en silencio, pero con el cuerpo aún tenso, como si aquello no hubiera terminado del todo. Y no lo había hecho.
Se buscaron otra vez, sin hablar, sin pensarlo. Como si la única opción fuera continuar.
Más tarde —no supo cuánto tiempo había pasado—, el ritmo bajó de verdad. El aire se volvió más tranquilo, más lento, y el silencio ya no estaba cargado, sino cómodo. Pipa apoyó la cabeza de lado, mirándolo, observando la forma en la que respiraba, cómo tenía los ojos medio cerrados, el gesto relajado por primera vez desde que habían entrado.
Nico giró la cabeza hacia ella. Se quedaron mirándose más tiempo del habitual.
—Oye —dijo él al final, con la voz más baja, más seria.
Pipa no apartó la mirada.
—¿Qué?
Nico dudó una décima de segundo. Algo poco habitual en él.
—Esto… —empezó, haciendo un gesto leve entre los dos—. No quiero que sea solo esto.
Pipa frunció ligeramente el ceño, no incómoda, pero sí sorprendida.
—¿Solo esto?
—Sí —respondió él—. No me interesa que seas “una más”.
Pausa.
—Quiero hacerlo bien contigo.
El silencio que quedó después no fue incómodo. Fue… nuevo.
Pipa lo miró sin responder inmediatamente, notando cómo algo dentro de ella se movía en una dirección que no tenía prevista. Porque aquello no encajaba con lo fácil. Con lo ligero. Con lo que ella solía hacer.
—¿Ir en serio? —preguntó, bajito.
Nico sostuvo su mirada.
—Sí.
Sin adornos, sin rodeos.
Pipa dejó escapar el aire despacio, apartando la vista un segundo hacia la habitación antes de volver a él. No había miedo exactamente, pero sí algo parecido. Algo que no aparecía cuando todo era más simple.
—No lo sé —respondió.
Sonó sincera y Nico asintió, sin presión.
—No tienes que saberlo ahora.
Pausa.
—Pero yo sí sé lo que quiero.
Eso la descolocó un poco más porque no era lo que esperaba. Ni de él, ni de ese momento.
Pipa volvió a mirarlo, esta vez más despacio, más detenida, como si estuviera empezando a verlo de otra manera. Y, por primera vez desde que había empezado todo con Nico…no tenía del todo claro que pudiera quedarse solo en algo fácil.
Pipa bajó la mirada un segundo, respirando despacio, como si necesitara ordenar lo que estaba sintiendo. No era rechazo. No era miedo exactamente. Era… cuidado. Porque sabía que aquello, si lo cruzaban, no iba a ser como lo demás. Le importaba más de lo que quería admitir.
Volvió a mirarlo más tranquila, más honesta.
—No te voy a contestar ahora —dijo, sin rodeos.
Nico asintió, sin presionarla.
—Vale.
Pipa se acercó un poco más, apoyando la mano en su pecho, notando el latido firme bajo sus dedos.
—Pero lo voy a pensar —añadió—. Porque tú… —dudó apenas una décima—…no eres como los demás.
Eso sí lo descolocó. No mucho, pero lo suficiente. Nico sonrió, esta vez de verdad, más suave.
—Menos mal.
Pipa dejó escapar una pequeña risa, negando con la cabeza, pero no se apartó, al contrario, se quedó ahí, cerca, y eso, para Nico, fue más que suficiente. Se le notó en la forma en la que se le iluminó la expresión, en cómo soltó el aire como si no supiera que lo estaba conteniendo. Sabía perfectamente lo que significaba viniendo de ella. Que no hubiera dicho que no… ya era un paso enorme.
Y sin darle más vueltas, la agarró por la cintura y la colocó encima de él con naturalidad, como si ese fuera exactamente su sitio. Pipa soltó una pequeña risa al notar el gesto, apoyando las manos en su pecho para equilibrarse.
—¿Otra vez? —Dijo, con media sonrisa—. ¿Cuántas veces puedes repetir esto en una noche?
Nico la miró desde abajo, con esa mezcla de seguridad y diversión.
—Es culpa tuya.
—Ah, claro.
—Totalmente.
Pipa negó con la cabeza, divertida, pero no se movió. Al contrario, se inclinó un poco más hacia él, dejando que la distancia desapareciera otra vez, que el juego volviera a empezar sin necesidad de pensarlo demasiado.
Y esta vez no hubo prisa. No porque no la hubiera, sino porque sabían perfectamente cómo llegar otra vez ahí.
Se quedó un segundo sobre ella, sosteniéndose en sus brazos, mirándola de cerca, como si quisiera memorizar ese momento antes de romperlo. Pipa le sostuvo la mirada, con la respiración todavía algo desordenada, notando cómo el cuerpo le respondía antes incluso de que él hiciera nada más.