23
Cuando volvieron del baño, el ambiente parecía aún más cargado que antes, como si el local se hubiera estrechado, como si el aire pesara un poco más. Pipa se adelantó sin mirar atrás, directa hacia Nico, que acababa de llegar y ya estaba apoyado en la barra con una copa en la mano, mientras Tana buscaba a Álex con la mirada y lo encontraba enseguida, esa conexión inmediata que no necesitaba explicación.
Lía, en cambio, se quedó medio paso atrás. No porque quisiera, sino porque lo vio. Dani estaba donde lo había dejado, pero no estaba igual. Tenía el cuerpo ligeramente más tenso, la mirada más fija, como si hubiera estado pendiente de cuándo volvería, aunque intentara disimularlo. Cuando ella se acercó, él no dijo nada al principio. Solo la miró. Un segundo más de lo normal.
—Por fin…—murmuró al final.
La música estaba alta, demasiado, obligándolos a acercarse más de lo que cualquiera de los dos habría elegido en otro contexto. Dani dio un paso hacia ella, inclinándose ligeramente, y al hacerlo, su mano rozó la suya.
Lía lo sintió. Sintió ese contacto como una descarga breve que le subió por el brazo y se le instaló directamente en el pecho, descolocándola un instante. No apartó la mano, pero tampoco la movió.
—Había cola —dijo ella, intentando sonar normal.
Dani no respondió enseguida. Se acercó más, mucho más, lo suficiente como para que su voz no tuviera que competir con la música. Lo suficiente como para que su aliento le rozara el oído al hablar.
—No vuelvas a dejarme solo… —dijo, muy bajo.
Y Lía se estremeció. Un temblor breve, inevitable, que le recorrió la espalda y la obligó a tensar ligeramente los dedos. Dani se quedó ahí un instante más, sin separarse del todo, como si tampoco tuviera prisa por recuperar la distancia, como si ese punto exacto le resultara demasiado cómodo.
—Álex se pilló por Tana… —añadió, girando apenas la cabeza hacia Tana.
Lía asintió, pero tardó un segundo en reaccionar.
—Sí… se le nota. Creo que es mutuo.
Su voz salió más baja de lo que esperaba... Dani la miró entonces, de cerca, demasiado cerca, y durante un instante ninguno de los dos dijo nada. No hacía falta, porque ahí estaba todo: la tensión, lo que no estaban diciendo.
Lía bajó la mirada un segundo, intentando recolocarse, pero al levantarla volvió a encontrarse con él.
—¿Y tú? —preguntó.
Dani frunció ligeramente el ceño.
—¿Yo qué?
Ella dudó apenas una décima de segundo, pero siguió.
—¿Tienes novia… o algo?
La pregunta quedó entre ellos, más cargada de lo que parecía. Dani no respondió inmediatamente. La miró. Directamente.
—No —dijo al final.
Pausa.
—Me gusta una chica… —añadió.
Lía notó cómo el estómago se le tensaba sin previo aviso.
—Ah, ¿sí? —preguntó, intentando mantener el tono neutro.
Dani asintió apenas.
—Sí.
Otra pausa.
—Pero es complicado.
Y al decirlo, no apartó la mirada, ni un segundo. Lía tampoco. Se quedaron así, frente a frente, en medio del ruido, de la música, de la gente pasando alrededor, pero completamente fuera de todo eso. Más cerca, cada vez un poco más. Sin decidirlo. Sin hablarlo.
Dani dio un paso mínimo hacia ella, inclinándose ligeramente, y Lía no se apartó. No pudo. Notaba el pulso en la garganta, ese calor incómodo y familiar subiéndole despacio, ese mismo que llevaba todo el rato intentando controlar.
Sus miradas bajaron un segundo a la boca del otro y volvieron a subir. El espacio entre ellos se volvió demasiado pequeño, demasiado claro. Y entonces…
—Hombre, Dani —apareció Carlos de repente, apoyando una mano en su hombro—. ¿Te dejo solo cinco minutos y ya te has montado tu propia fiesta?
El momento se rompió de golpe. Dani se separó apenas, lo justo para recolocarse, pasando una mano por la nuca con gesto tenso, mientras Lía desviaba la mirada hacia la barra, cogiendo aire como si lo necesitara.
—Te estaba buscando —continuó Carlos, ajeno a todo—. Ven, que estos quieren otra ronda.
Dani asintió, pero tardó un segundo en moverse. Lo justo para volver a mirar a Lía. Y esta vez, ninguno sonrió, porque los dos sabían exactamente lo que acababa de pasar y lo cerca que se habían quedado.
Carlos no tardó en volver. Se abrió paso entre la gente con esa soltura suya, dos copas en la mano, sonrisa fácil, y se plantó delante de Lía como si lo tuviera claro desde el principio.
—Para ti —dijo, tendiéndole una.
Lía la cogió, alzando ligeramente la ceja.
—Gracias.
—Ahora sí puedes agradecerlo —añadió él, divertido—. Ven.
Le ofreció la mano y, esta vez, Lía no dudó demasiado. La cogió con naturalidad, dejándose llevar hacia la pista, donde la música envolvía más, donde hablar obligaba a acercarse. Empezaron a moverse sin tensión, sin presión, con ese punto ligero que hacía que todo fluyera. Carlos hablaba fácil, se reía fácil, y eso hacía que ella también bajara un poco la guardia.
—Pensaba que ibas a decir que no —le dijo él, inclinándose hacia ella.
—A bailar no suelo decir que no.
—Me lo apunto.
Lía sonrió, girando un poco sobre sí misma, notando que, por primera vez en toda la noche, no estaba pensando demasiado.
—¿Siempre eres así? —preguntó él—. O sea, tranquila, pero con cara de que estás midiendo todo.
—¿Estoy midiendo todo?
—Un poco.
Lía negó con la cabeza, divertida.
—No tanto como crees.
—Menos mal —respondió él—. Porque entonces estaría esforzándome demasiado.
—¿Y te estás esforzando?
Carlos la miró un segundo, directo.
—Un poco sí.
Lía soltó una risa breve.
—No hace falta.
—Ya… —respondió él—. Pero quiero.
Siguieron bailando, acercándose lo justo, sin invadir, con esa complicidad fácil que no incomodaba. Lía se encontró cómoda, más de lo que esperaba, más de lo que quería admitir.
En la barra, Dani no estaba cómodo. Estaba apoyado con la copa en la mano, sin participar realmente en la conversación que tenía delante, su mirada volvía una y otra vez hacia ellos, como si no pudiera evitarlo. Cada vez que Carlos se inclinaba hacia Lía, cada vez que ella se reía, cada vez que se acercaban un poco más en el baile, algo se le tensaba por dentro.
No era rabia. No exactamente. Era peor. Era ese tipo de incomodidad que no se puede justificar.
—Vas a romper el vaso —dijo Pipa a su lado, apareciendo sin avisar.
Dani bajó la mirada un segundo, dándose cuenta de la presión con la que estaba sujetando la copa.
—No te preocupes —respondió.
Pipa alzó una ceja.
—No lo hago.
Se apoyó junto a él, mirando hacia la pista sin disimular. Dani no contestó, se limitó a observar cómo Carlos decía algo y Lía se acercaba un poco más para escucharle.
—No te caigo bien, ¿verdad? —preguntó él al cabo de un momento.
Pipa giró la cabeza, mirándolo directamente.
—No.
—¿Por?
Ella se encogió de hombros.
—Porque no. ¿Cómo podrías caerme bien después de lo que le hiciste a Lía?
Dani apretó ligeramente la mandíbula, mirando otra vez hacia Lía, que en ese momento se reía de algo que Carlos acababa de decir.
—Tienes que relajarte si quieres ser su amigo. La estás mirando como si te fuera la vida en ello.
—Es que… —empezó, pasando la lengua por el labio inferior, como si buscara las palabras— no es cualquiera.
Pipa no dijo nada.
—Lía no es… —continuó él— no es de las que te olvidas y ya está. No funciona así.
Pausa.
—Y si alguien entra ahí —añadió, señalando levemente hacia la pista—, más le vale saber lo que hace. Porque no voy a permitir que nadie más le haga daño. Y conozco a Carlos.
Pipa lo miró, de verdad, sin ironía esta vez. Dani no estaba actuando, no estaba compitiendo. Estaba celoso, sí, pero también estaba preocupado.
Pipa desvió la mirada hacia la pista, más callada.
—Pues empieza por no hacérselo tú —murmuró.
Dani no respondió, pero no apartó la mirada de Lía.
En la pista, Carlos se inclinó un poco más hacia ella.
—Vale —dijo—. Voy a ser directo.
Lía lo miró, divertida.
—A ver.
—Dame tu número.
Así, sin rodeos.
Lía negó con la cabeza al instante, con una sonrisa.
—No.
Carlos alzó las cejas.
—¿No?
—No doy mi número a desconocidos.
—Hostia —rio él—. Me parece justo.
Se quedó un segundo pensándolo.
—Vale, entonces… ¿cómo hago para volver a verte?
Lía lo miró, midiendo la respuesta, y luego sonrió de lado.
—Tendrás que confiar en el destino.
Carlos soltó una risa.
—Eso suena a que no voy a volver a verte.
—O a que sí —respondió ella—. Depende de cuánto insistas.
—¿Insistir cómo?
—Pues apareciendo en los sitios correctos —dijo, encogiéndose de hombros—. Madrid no es tan grande.
Carlos la observó un segundo, sonriendo.
—Vale. Me gusta.
—Bien.
—Pero no me lo estás poniendo fácil.
—Nunca lo hago.
Silencio breve.
—Ha estado bien —añadió él.
—Sí.
Carlos asintió, sin insistir más, y dio un pequeño paso atrás, respetando ese límite que ella había marcado sin necesidad de explicarlo demasiado. Lía aprovechó ese momento para mirar hacia la barra y lo vio. Dani estaba mirándola, sin disimular. Esta vez, ella no apartó la mirada y durante un segundo, todo lo demás dejó de importar.