22
Madrid estaba especialmente vivo aquella noche, de ese modo en el que las calles parecen latir un poco más fuerte, con las luces reflejándose en los escaparates, el ruido constante de gente entrando y saliendo de bares y ese aire cálido que invita a quedarse más de la cuenta.
Habían quedado para cenar en Arrogante, un italiano en el que siempre había un espectáculo, con estética brutal, gente guapa y mucho ambiente.
Lía llegó la última, con el pelo suelto cayéndole en ondas suaves sobre los hombros, un vestido negro sencillo, pero perfectamente ajustado y con una espalda de infarto y unas sandalias de tacón que dejaban ver ese equilibrio suyo entre naturalidad y cuidado absoluto. Pipa ya estaba sentada, apoyada hacia atrás en la silla con una copa en la mano, top blanco estructurado, vaqueros de tiro alto y unas zapatillas impecables, relajada pero atenta a todo; Tana nunca había sido discreta vistiendo, y aquella noche no iba a ser la excepción. Mientras Lía apostaba por la elegancia medida y Pipa por ese equilibrio entre cómodo y cuidado, Tana jugaba en otra liga, una donde el brillo no era un detalle, sino una declaración. Llevaba un vestido corto cubierto de pequeñas lentejuelas que captaban la luz cada vez que se movía, en un tono entre dorado y champagne que rozaba lo excesivo sin pedir perdón, y unos tacones altos que estilizan, pero también imponían, como si cada paso tuviera intención propia.
—Vas a dejar ciega a media sala —le dijo Pipa, echándole un vistazo rápido mientras salían del taxi.
—Ese es un poco el objetivo —respondió Tana, encogiéndose de hombros con una sonrisa.
Lía la miró de arriba abajo, sin juzgar, con esa mezcla de costumbre y cariño.
—No cambies nunca —añadió, y no sonaba a crítica.
Porque Tana no vestía así por llamar la atención sin más, sino porque le gustaba sentirse vista, segura, presente, como si el mundo fuera un escenario en el que ella no tenía intención de pasar desapercibida. Y, de alguna manera, lo conseguía siempre.
Durante la cena todo fue fácil: comida, risas, anécdotas, comentarios rápidos que se encadenaban sin esfuerzo. Pipa contó su mañana con Nico sin entrar en detalles, pero con esa media sonrisa que decía más de lo que verbalizaba; Tana escuchaba, intervenía con comentarios precisos, y Lía, aunque participaba, tenía momentos en los que se quedaba un segundo más callada, como si algo la tirara ligeramente hacia dentro.
—No estás aquí del todo —dijo Pipa de pronto, mirándola fijamente.
—Estoy —respondió Lía, apoyando el codo en la mesa.
—Ya —replicó—. Pero no del todo.
Tana sonrió suavemente.
—Déjala —dijo—. Hoy no analizamos.
Lía agradeció ese gesto con una mirada breve, y la conversación siguió, más ligera, más suelta, hasta que terminaron de cenar y decidieron moverse.
El local al que fueron después, Bárbara Ann, estaba lleno, con música alta pero no estridente, luces cálidas y ese ambiente en el que todo parece un poco más cercano de lo que realmente es. Nada más entrar, Pipa miró alrededor con rapidez, como si estuviera midiendo el espacio, ubicando caras, calculando dinámicas.
—Vale, esto me gusta —dijo.
Pidieron copas, se colocaron cerca de la barra, y durante un rato todo volvió a ser fácil: bailaron, se rieron, comentaron a gente que pasaba, se movieron entre grupos sin quedarse en ninguno, con esa soltura que da sentirse cómodas en cualquier sitio.
Hasta que Lía lo vio. No de golpe, primero fue una sensación y después, al girarse, lo encontró. Dani estaba al otro lado del local, apoyado junto a un grupo, riéndose de algo que alguien acababa de decir. Llevaba camisa clara remangada y ese gesto relajado que tenía cuando estaba cómodo, pero en cuanto sus ojos se cruzaron con los de Lía, todo cambió un segundo.
Se quedó quieto, solo un instante, pero suficiente. El tiempo de reconocerla, de sostener la mirada, y de no apartarla.
—¿Qué pasa? —preguntó Pipa, siguiendo la dirección de sus ojos.
Tardó medio segundo en entender.
—Ah, no —murmuró.
Tana giró también.
No estaba solo. Con él había varios chicos más. Lía reconoció a Álex, su amigo de siempre y supuso que el resto eran amigos nuevos o gente del trabajo. Entre ellos destacaba uno, más alto, más relajado, con una sonrisa fácil y una forma de moverse segura sin resultar arrogante.
Dani la vio antes incluso de que el resto del grupo terminara de entrar en la zona de la barra, y el gesto se le quedó suspendido un segundo, como si el cuerpo reconociera algo antes que la cabeza; no apartó la mirada, y Álex, que lo conocía demasiado bien, siguió esa dirección casi por inercia hasta encontrarse con las tres.
—Hostia, Lía—murmuró, con una sonrisa ladeada—. ¿Quién es la del vestido que está con ella? Está buenísima…
Dani soltó una pequeña risa por lo bajo, sin dejar de mirar a Lía.
—La del vestido se llama Tana—dijo—. Y cuidado, que no es fácil.
—Me da igual —respondió Álex—. Preséntamela.
Dani alzó una ceja, girándose por fin hacia él.
—¿Así, sin más?
—Así, sin más —repitió Álex—. ¿O ahora te has vuelto de los que bloquean el acceso?
Dani negó con la cabeza, esbozando una media sonrisa.
—Venga —cedió—. Ven.
Caminaron hacia ellas sin prisa, pero sin dudar, y cuando llegaron, Dani se detuvo justo delante de Lía, demasiado cerca como para que fuera casual. Durante un segundo no dijeron nada, solo se miraron, reconociéndose otra vez en medio de todo el ruido.
—Vienen —dijo Pipa, casi sin mover los labios.
—Hola —dijo Dani al final, más bajo de lo que pretendía.
—Hola —respondió Lía, con una pequeña sonrisa.
—Hola Lía, ¡Cuánto tiempo! —dijo Álex mientras se acercaba a darle dos besos.
—La verdad es que sí. Me alegro de verte, Álex.
Dani apartó la mirada un instante, como si necesitara recolocarse, y entonces sí, giró el cuerpo hacia las demás.
—Bueno… —añadió—. Os presento. Estás son Tana y Pipa.
Álex dio un paso al frente directamente, sin esperar más.
—Álex —dijo, mirando a Tana con una sonrisa clara—. Encantado.
—Igualmente —respondió Tana, sosteniéndole la mirada sin esfuerzo.
Antes de que la conversación pudiera asentarse, uno de los compañeros de trabajo de Dani apareció por detrás, apoyando una mano en su hombro.
—Oye —dijo en voz alta, con media risa—, es de mala educación no presentar a las chicas guapas.
Dani rodó los ojos ligeramente, pero no llegó a responder, porque él ya estaba avanzando.
—Carlos —se presentó—. Encantado.
Se giró un poco, señalando hacia atrás.
—Y ellos son Marcos y Javi.
Los otros saludaron con naturalidad, y en cuestión de segundos el grupo dejó de ser dos lados separados para convertirse en uno solo, mezclado, cercano, con conversaciones cruzándose sin esfuerzo.
Y, aun así, entre todo ese ruido, Dani volvía a Lía cada pocos segundos, como si no pudiera evitarlo, como si no quisiera hacerlo.
Mientras tanto, Carlos se acercó a Lía, iniciando una conversación fácil, cercana, con ese punto justo de interés que no resultaba invasivo. Lía respondió, natural, cómoda, pero consciente, demasiado consciente, de que Dani estaba ahí y de que la estaba mirando. Cada vez que ella giraba la cabeza, lo encontraba en algún punto, con la atención dividida, pero volviendo siempre a ella.
Pipa lo vio. Y no le gustó.
—Relájate —murmuró Lía en un momento, sin mirarla directamente.
—No —respondió Pipa, seca—. No me da la gana. Dani no tiene derecho a mirarte así.
Pero no montó escena.
La música subió un poco, el grupo se movió hacia una zona más amplia y empezaron a bailar, mezclándose unos con otros. Álex y Tana terminaron hablando más cerca, riéndose, con una conexión que no era evidente pero sí real; el compañero de Dani seguía con Lía, inclinándose hacia ella para hablar por encima de la música, y Dani… Dani dejó de disimular. No interrumpió, no dijo nada, pero su gesto cambió.
Pipa lo notó y sonrió apenas.
—Le está bien, por cenizo —murmuró para sí misma.
En ese momento, el móvil le vibró, era un mensaje de Nico.
«¿Dónde estás?»
Pipa levantó la vista, recorriendo el local, y escribió sin pensarlo demasiado.
«En el centro. Te mando ubicación.»
Envió y guardó el móvil. Y levantó la copa.
—Esto se pone interesante —dijo, mirando a Lía y luego a Dani, que no apartaba los ojos de ella.
Y no se equivocaba, porque aquella noche, sin que ninguno lo dijera en voz alta, algo había empezado a moverse de verdad y ya no dependía solo de lo que habían decidido.
El calor del local empezaba a notarse, la música subía y bajaba en oleadas, y el grupo se había ido mezclando poco a poco hasta que todo parecía más caótico de lo que realmente era. Entre risas, copas y conversaciones cruzadas, Lía sintió esa necesidad leve de salir un momento, de coger aire, de recolocarse.
—Voy al baño —dijo, inclinándose hacia Tana.
—Voy contigo —respondió ella sin dudar.
—Yo también —añadió Pipa, ya moviéndose.
Atravesaron el local esquivando gente, comentarios a medias y miradas que se cruzaban, hasta llegar al baño, donde el ruido quedaba ligeramente amortiguado, como si el espacio les diera un respiro momentáneo.
En cuanto la puerta se cerró tras ellas, el ambiente cambió. Más íntimo. Más directo. Tana fue la primera en hablar, apoyándose ligeramente contra la encimera mientras se miraba al espejo, pero sin prestar demasiada atención a su reflejo.
—Vale —dijo, girándose hacia ellas con una sonrisa que no intentó disimular—. Me encanta Álex.
Pipa soltó una pequeña risa, apoyándose también, cruzando los brazos.
—No has tardado nada.
—Es que no hace falta —respondió Tana, tranquila—. Es… —se detuvo un segundo, buscando la palabra— fácil.
Lía la miró, entendiendo perfectamente a qué se refería.
—Lo es —dijo—. Lo conozco bien. Es amigo de Dani de siempre. Es muy buena persona, Tana.
Tana alzó ligeramente las cejas.
—¿Sí?
—Sí —continuó Lía—. De esos que no fallan. Buen chico, de verdad.
Pausa.
—Y sí —añadió, con una pequeña sonrisa—, es muy guapo.
Tana soltó una risa breve, negando con la cabeza.
—Gracias por el análisis.
—Aprovecha —dijo Lía, con naturalidad—. No es fácil encontrar uno así.
Tana la sostuvo un segundo, como si valorara algo más allá de lo evidente, pero no dijo nada más. Pipa, que había estado observando la escena en silencio, intervino entonces, apoyando una mano en la encimera.
—Bueno, y ahora hablemos de lo importante.
Las dos la miraron.
—El del trabajo de Dani —continuó—. El que se te estaba comiendo con los ojos mientras el otro se volvía loco.
Lía rodó los ojos al instante.
—No se estaba volviendo loco.
—Ah, ¿no? —Replicó Pipa, alzando una ceja—. Porque yo he visto tensión ahí como para cortar con cuchillo.
Tana esbozó una pequeña sonrisa, pero no intervino. Lía negó con la cabeza, apoyándose también contra la encimera.
—Exageras.
—No exagero —respondió Pipa—. Lo tengo delante. Uno hablando contigo como si le fueras a dar el teléfono en cinco minutos, y Dani mirando como si estuviera replanteándose todas sus decisiones vitales.
Lía soltó una pequeña risa, más por quitarle peso que porque no hubiera algo de verdad en lo que decía.
—Somos amigos —repitió—. Ya está.
Pipa la miró con calma, sin discutirle directamente.
—Ya.
Pero no insistió. Lía continuó, más tranquila:
—El chico es majo —añadió—. Me cae bien. Pero no creo que esté buscando nada.
Pipa hizo un gesto leve con la mano.
—Eso ya lo veremos...
Tana se giró hacia el espejo, retocándose ligeramente el pelo.
—Bueno —dijo—. De momento, yo me quedo con el mío.
Pipa sonrió.
—Haces bien.
Lía las miró a las dos, notando cómo algo dentro de ella se relajaba, aunque fuera solo un poco. Estar ahí, con ellas, le devolvía cierta claridad, cierta sensación de equilibrio que fuera del baño parecía más difícil de sostener.
—¿Volvemos? —preguntó.
—Volvemos —respondió Pipa.
Y salieron de nuevo al ruido, a la música, a las miradas.