Por siempre nosotras 21
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Dani llegó a casa más tarde de lo que esperaba, pero no porque hubiera hecho nada en concreto, sino porque le costó moverse después de verla. Caminó sin rumbo durante un rato, metiendo las manos en los bolsillos, repasando cada momento sin querer hacerlo, como si su cabeza hubiera decidido volver atrás sin pedirle permiso.

El café, las miradas, la forma en que Lía había sostenido cada frase sin apartarse. Y ese instante fuera, cuando todo estuvo a punto de romperse.

Abrió la puerta de su piso, dejando las llaves en el recibidor con un gesto automático, y se quitó la chaqueta sin encender siquiera todas las luces. El silencio del espacio le golpeó más de lo habitual, no porque fuera extraño, sino porque venía de un lugar donde todo había estado demasiado lleno, demasiado vivo.

Se dejó caer en el sofá, apoyando los codos en las rodillas y pasando ambas manos por su cara, soltando el aire despacio. No había salido como esperaba. Había salido peor. O mejor. No sabía cómo definirlo. Lo que sí tenía claro era una cosa: había sido incapaz de mirarla sin querer más.

Cerró los ojos un segundo, apoyando la cabeza hacia atrás, recordando con una claridad incómoda cómo ella había bajado la mirada hacia su boca, cómo había dudado un instante antes de abrazarla, cómo su cuerpo había reaccionado al contacto sin posibilidad de controlarlo.

—Joder… —murmuró, en voz baja.

Porque aquello no era amistad y los dos lo sabían.

Se levantó del sofá, caminando hasta la cocina sin rumbo claro, abriendo la nevera sin buscar nada en concreto, solo para hacer algo con el cuerpo, para no quedarse quieto con todo eso dentro.

Cerró la puerta, se apoyó contra la encimera y pensó en ella otra vez, en cómo se había ido, en la forma en que había evitado mirarle demasiado al final, en algo que no había terminado de encajar. Frunció ligeramente el ceño. Algo no estaba bien, lo había sentido. No como una idea, sino más bien como una sensación.

Volvió al salón, cogiendo el móvil de la mesa con un gesto rápido, desbloqueándolo sin pensarlo demasiado. Abrió la conversación con Lía y se quedó mirando la pantalla unos segundos, como si el mensaje fuera más complicado de lo que realmente era.

No quería escribirle, pero quería. Y eso era el problema. Apoyó el pulgar sobre el teclado. Lo levantó. Volvió a apoyarlo. Escribió. Borró. Volvió a escribir. Y al final, sin darle más vueltas, escribió algo simple.

«¿Has llegado bien?»

Se quedó mirando el mensaje antes de enviarlo, notando ese pequeño nudo en el estómago que no tenía nada que ver con inseguridad, sino con algo más directo, más físico, más inmediato. Lo envió. Dejó el móvil sobre la mesa y no apartó la mirada, porque sabía que, a partir de ahí, todo volvía a empezar.

El móvil vibró antes de lo que esperaba. Dani no se movió inmediatamente, lo miró desde la mesa, como si ese pequeño gesto tuviera más peso del que debería, como si cogerlo demasiado rápido fuera reconocer algo que todavía estaba intentando mantener bajo control, pero no tardó mucho. Lo cogió. Desbloqueó.

«Sí. Acabo de llegar.»

Dani dejó escapar el aire despacio, apoyándose en el respaldo del sofá, pasando el pulgar por la pantalla sin escribir todavía, leyendo el mensaje una segunda vez sin necesidad. Había algo en lo simple que era… que le gustaba más de lo que quería admitir. No era distante, pero tampoco fácil, y eso con Lía siempre había sido así. Apoyó los codos en las rodillas, inclinándose ligeramente hacia delante mientras escribía.

«Bien.»

Dudó un segundo. Borró. Volvió a escribir.

«Me alegro.»

Envió el mensaje y dejó el móvil en la mano esta vez, sin soltarlo del todo, como si ya supiera que no iba a ser una conversación que pudiera cerrar rápido. Pasaron unos segundos, no demasiados, pero suficientes y el móvil volvió a vibrar.

«¿Tú?»

Dani esbozó una media sonrisa leve, casi automática, bajando la mirada hacia la pantalla. Le gustaba ese tono, ese equilibrio entre normalidad y algo que no lo era tanto.

«Sí. Hace un rato.»

Se quedó mirando el mensaje después de enviarlo, apoyando la cabeza hacia atrás, pero sin soltar el móvil, como si su cuerpo estuviera en el salón, pero su atención siguiera completamente en esa conversación y entonces pasó.

Pensó en ella otra vez, en cómo se había quedado mirándolo fuera del café, en ese segundo exacto en el que no se apartó, en cómo había tenido que elegir abrazarla en lugar de besarla. Cerró los ojos un instante, tensando ligeramente la mandíbula. No había sido fácil y no lo iba a ser.

El móvil vibró de nuevo.

«Gracias por el café.»

Dani soltó una pequeña risa por la nariz, negando suavemente con la cabeza, apoyando el pulgar sobre el teclado.

«No tienes que darme las gracias.»

No envió todavía. Añadió:

«Me apetecía.»

Esta vez dejó el móvil sobre la mesa, pero no se levantó, no se movió, simplemente se quedó ahí, mirando al frente sin ver realmente nada, notando cómo todo volvía a ese mismo punto una y otra vez. A ella. Siempre a ella.

Pasaron unos segundos más y el móvil volvió a vibrar.

«Ya.»

Solo eso. Y sin embargo… Dani sonrió, porque sabía perfectamente lo que había detrás de ese “ya”. Ese tono, esa forma de no decir demasiado, de dejar cosas en el aire. Se pasó la mano por la cara, apoyando los codos en las rodillas otra vez, inclinándose hacia delante mientras cogía el móvil. Esta vez no dudó tanto.

«Lía…»

Se quedó un segundo mirando el nombre en la pantalla, como si escribirlo fuera ya cruzar una línea, y en cierta forma lo era. Continuó.

«Lo de hoy no ha sido solo para aclarar las cosas…»

Pausa. Respiró y añadió:

«Me apetecía verte.»

Envió el mensaje y esta vez sí, dejó el móvil en la mesa y se levantó. Caminó un par de pasos por el salón. Porque sabía que lo que acababa de hacer no era pequeño. No era neutro. No era de “amigos”. Y aun así… No había podido no hacerlo.

Se apoyó en la pared, cruzándose de brazos, mirando hacia el móvil sin acercarse todavía... Esperando. No a que respondiera rápido, sino a ver si respondía igual. Porque ahí estaba la diferencia, en lo que ella decidiera hacer con eso.

El mensaje tardó en llegar. No mucho, pero lo suficiente como para que el silencio empezara a tener peso, como si cada segundo estirara un poco más esa cuerda invisible entre los dos. Dani no se movió, con el móvil en la mano, apoyado todavía contra la pared, sintiendo cómo el cuerpo le pedía adelantarse, escribir algo más, romper esa pausa, pero no lo hizo, esperó.

El teléfono vibró.

«Yo también llevaba mucho tiempo queriendo verte y que hablásemos. La verdad que las cosas no habían quedado bien entre nosotros y eso me estaba matando.»

Lía envió otro mensaje antes de que Dani terminara de leer el anterior:

«No sé si conseguiremos volver a ser amigos como antes, pero creo que merece la pena intentarlo.»

Dani bajó la mirada un segundo. Ahí estaba, la frase que resumía todo. Se quedó quieto.

Otro mensaje:

«¿Crees que podremos?»

Dani soltó el aire despacio. No sabía la respuesta, y no intentó disfrazarla.

«No lo sé, pero prefiero intentarlo a no tenerte.»

Esta vez no se movió, no caminó. Se quedó ahí.

«Yo tampoco quiero volver a perderte.»

Esa frase sí le golpeó. Más de lo esperado. Dani cerró los ojos un segundo, apoyando la cabeza hacia atrás antes de responder. Se quedó quieto unos segundos, mirando al frente, notando cómo todo se colocaba en un sitio que no era cómodo, pero sí inevitable. Habían elegido y elegir eso significaba otra cosa, más difícil, mucho más difícil, porque Dani sabía perfectamente lo que implicaba tenerla cerca así, verla, hablar con ella, reír con ella… Y no cruzar esa línea.

Se pasó la mano por la cara, soltando el aire despacio.

—Esto va a ser una mierda… —murmuró, casi con una media sonrisa cansada.

Porque no había dejado de quererla. Ni un segundo. Y ahora iba a tener que aprender a fingir que eso no importaba.