Por siempre nosotras 20
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El piso de Nico todavía olía a ellos cuando Pipa salió de la ducha, con el pelo húmedo cayéndole por la espalda y la piel aún caliente, ligeramente enrojecida en algunas zonas que no necesitaban explicación. Se detuvo un segundo en mitad del salón, con la toalla suelta alrededor del cuerpo, observando el espacio con una media sonrisa que no era del todo consciente, como si su cuerpo aún estuviera un paso por delante de su cabeza.

Nico estaba en la cocina, apoyado contra la encimera, con una camiseta gris de algodón y el pelo todavía algo desordenado, como si no se hubiera molestado en recolocarlo después de la ducha. Tenía una taza en la mano y la otra apoyada en el borde, y cuando la vio aparecer, levantó la mirada sin prisa, recorriéndola de arriba abajo sin esconderlo.

No era incómodo, era directo y a Pipa le gustó más de lo que estaba dispuesta a admitir.

—¿Café? —preguntó él, sin apartar la mirada.

—Por favor.

Su voz salió más suave de lo habitual, pero no perdió ese punto suyo de seguridad, ese equilibrio entre control y provocación que la definía.

Se acercó despacio, cruzando el salón, descalza, sintiendo el frío del suelo bajo los pies y el contraste con el calor que aún llevaba en el cuerpo. Se sentó en la encimera sin pedir permiso, enrollando la toalla con más firmeza alrededor de las piernas mientras Nico le acercaba la taza.

Sus manos se rozaron. Nada exagerado, pero suficiente.

Pipa levantó la mirada.

—Esa cara… —dijo, con una sonrisa ladeada.

—¿Qué cara?

—Como si ya estuvieras pensando en repetir.

Nico apoyó la taza junto a ella, acercándose apenas un poco más, lo justo para invadir su espacio sin tocarla.

—No estoy pensando —respondió, tranquilo—. Estoy bastante seguro.

Pipa dejó escapar una pequeña risa, negando con la cabeza, pero sin apartarse.

—Eres peligroso.

—No —dijo él—. Soy bastante claro.

Y eso, eso era lo que la desarmaba. No había juegos innecesarios, ni dobles lecturas, ni esa ambigüedad a la que estaba acostumbrada con otros. Nico no dudaba, no medía cada gesto para ver cómo reaccionaba ella. Iba de frente, y a Pipa, que siempre había sido la que manejaba las situaciones, eso la colocaba en un sitio nuevo, uno que no controlaba del todo.

Bajó la mirada un segundo hacia su taza, dando un sorbo breve para ganar tiempo, para recolocarse.

—Anoche… —empezó, sin terminar la frase.

Nico no la ayudó, no rellenó el silencio. Esperó. Y eso le gustó todavía más.

—Anoche estuvo bien —terminó diciendo ella, con una naturalidad que no era fingida.

—Sí —respondió él.

Simple, sin adornos, pero cargado de significado.

Pipa levantó la mirada de nuevo, sosteniéndola esta vez.

—No me suele pasar —añadió—. Conectar así.

No era una confesión habitual en ella y lo sabía. Nico la observó unos segundos, más serio ahora.

—A mí tampoco.

Pipa dejó la taza a un lado, apoyando las manos en la encimera a cada lado de su cuerpo, inclinándose ligeramente hacia delante.

—Eso es lo que me preocupa —dijo, medio en broma, medio en serio.

Nico esbozó una pequeña sonrisa.

—No te preocupes tanto.

—No sabes con quién estás hablando —replicó ella.

—Sí —respondió él—. Y por eso te lo digo.

Pipa sostuvo su mirada un segundo más, notando cómo ese mismo calor volvía, cómo la cercanía empezaba a pesar otra vez de una forma demasiado familiar.

—Tengo que irme —dijo finalmente, rompiendo el momento antes de que volviera a cruzar esa línea.

Nico asintió, sin insistir, sin forzar.

—Vale.

No la retuvo, pero tampoco se apartó del todo. Pipa bajó de la encimera con calma, recogiendo su ropa del respaldo de una silla y vistiéndose sin prisa, sintiendo la mirada de él en cada movimiento, no invasiva, pero constante. Cuando terminó, se acercó de nuevo, cogiendo el bolso, y se quedaron frente a frente, a poca distancia, en ese punto incómodo en el que siempre parece que falta algo por decir.

—Me lo pasé muy bien —dijo ella.

Nico asintió.

—Yo también.

Pausa.

—Te escribo.

Pipa alzó una ceja, con esa media sonrisa suya.

—Eso dijiste ayer.

—Y lo hice.

No podía discutir eso. Se quedó mirándolo un segundo más, valorando, midiendo algo que no tenía del todo claro.

—Quizá —respondió finalmente.

Y esa palabra, en ella, ya era una puerta entreabierta. Nico sonrió, muy levemente.

—Me vale.

Pipa se giró entonces, sin alargarlo más de lo necesario, y salió del piso sin mirar atrás, cerrando la puerta suavemente tras de sí.

En cuanto salió a la calle, Pipa inspiró hondo, dejando que el aire fresco le despejara un poco la cabeza, aunque no lo suficiente como para ordenar del todo lo que llevaba dentro. Caminó unos pasos sin rumbo, ajustándose el bolso al hombro, sintiendo aún en la piel el rastro de la noche anterior, y sacó el móvil casi por impulso.

No dudó. Marcó el número de Lía. El tono sonó una vez.

—Dime.

La voz de Lía sonó tranquila. Pipa frunció ligeramente el ceño mientras caminaba.

—Vale… ese tono no me gusta nada.

—¿Qué tono?

—Ese de “todo está bajo control” —respondió—. Cuéntame, ¿qué tal con Dani?

Al otro lado hubo una pequeña pausa, como si Lía estuviera decidiendo por dónde empezar.

—Hablamos.

—Ya —replicó Pipa—. Eso lo sabía. ¿Y?

Silencio breve.

—Bien… y complicado.

Pipa dejó escapar una pequeña risa seca.

—Genial, súper aclaratorio.

—Pipa…

—No, en serio —añadió, bajando un poco el ritmo al caminar—. ¿Qué ha pasado?

Lía respiró hondo al otro lado.

—Hablamos de todo. De lo de antes… de por qué se fue… del audio.

Pipa apretó ligeramente los labios al oír eso.

—¿Y qué te dijo?

—Que no supo manejarlo. Que le dio miedo. Que fue un idiota.

—Vale —asintió Pipa, aunque no pudiera verla—. Eso al menos es honesto.

Siguió caminando unos pasos más, esquivando a la gente sin prestar demasiada atención.

—¿Y tú qué hiciste?

—Decirle todo.

Eso la sorprendió. Para bien.

—Bien hecho —murmuró.

Pausa.

—¿Y ahora?

Lía tardó un poco más en responder.

—Vamos a intentar ser amigos.

Pipa se detuvo en seco.

—No.

No fue un grito, fue una negativa clara.

—Pipa…

—No, Lía —repitió, retomando el paso—. Amigos no. Eso no funciona. Menos con alguien con quien… —se detuvo, buscando la palabra— hay historia.

—No sé qué otra cosa hacer.

La sinceridad de Lía le llegó más de lo que esperaba, y por un segundo Pipa suavizó el tono, pero solo un segundo.

—Podrías no volver a meterte ahí.

Silencio.

—¿Ha pasado algo más? —preguntó entonces, más despacio.

Lía no respondió inmediatamente y eso fue suficiente. Pipa entrecerró los ojos.

—Ha pasado algo más.

—Me ha abrazado.

Pipa cerró los ojos un segundo, exhalando.

—Claro.

—Y no ha sido un abrazo de amigos.

—Ya —respondió ella—. Eso ya me lo imaginaba.

Pausa.

—¿Y tú?

La pregunta salió más suave y Lía tardó un poco.

—Sigue siendo él.

Ahí estaba todo. Pipa apretó los labios, mirando al frente mientras caminaba más despacio.

—Joder…

No era enfado, era frustración contenida.

—No quiero volver a pasarlo mal —añadió Lía.

—Entonces no lo pongas tan fácil.

Directa, como siempre, pero sin dureza.

—Pipa

—Te lo digo porque te conozco —continuó—. Porque sé cómo te quedaste la otra vez.

Silencio.

—Y no pienso volver a verte así.

La frase quedó clara, sincera. Lía no respondió de inmediato, pero Pipa sabía que la había escuchado.

—Vale —añadió entonces, bajando un poco el tono—. No voy a decirte lo que tienes que hacer.

Pausa.

—Pero voy a estar ahí igualmente.

Eso sí era innegociable. Lía dejó escapar una pequeña risa al otro lado.

—Lo sé.

—Y como la cague otra vez…

No terminó la frase, no hacía falta.

—Lo matarás —dijo Lía.

—Exacto.

Lía se rio, y ese sonido, aunque leve, relajó algo dentro de Pipa.

—Luego quedamos y me lo cuentas bien —añadió—. Con detalles.

—Vale.

Pipa colgó poco después, quedándose un segundo con el móvil en la mano, mirando al frente. No confiaba en Dani, ni un poco, pero confiaba en Lía. Y eso era lo que hacía que todo fuera mucho más complicado. Guardó el móvil en el bolso sin mirar atrás y retomó el paso, esta vez con un ritmo más lento, más pensado, como si la conversación con Lía hubiera cambiado algo en su forma de moverse. El bullicio de la calle seguía igual, la gente entrando y saliendo de cafeterías, parejas caminando juntas, conversaciones cruzadas que se perdían en el aire, pero ella iba en otra frecuencia, con la cabeza más llena de lo que quería admitir.

Se pasó la mano por el pelo, soltando el aire despacio mientras caminaba sin rumbo fijo durante unos minutos más, hasta que su cuerpo le pidió parar. Entró en una cafetería cualquiera, de esas de paso, sin encanto, solo para sentarse, pedir un café y tener un momento para sí misma.

Se dejó caer en la silla, cruzando las piernas, apoyando el codo sobre la mesa mientras miraba el móvil sin desbloquearlo. Nico no le había escrito y eso le molestó un poco. No demasiado, solo lo justo, lo suficiente como para darse cuenta.

Sonrió levemente para sí misma.

—Mira que eres idiota… —murmuró.

Porque sabía perfectamente qué era eso. Expectativa. Y no le gustaba.

Pidió un café, apoyó la espalda en la silla y cerró los ojos un segundo, intentando ordenar todo: Dani, Lía, la conversación, la noche anterior… Nico.

Demasiadas cosas a la vez. Demasiado poco control.

Cuando abrió los ojos, el móvil vibró en la mesa. Era Nico. Pipa lo miró unos segundos antes de cogerlo, sin prisa, como si necesitara ese pequeño margen para recolocarse.

«¿Has llegado bien?»

Simple. Directo. Sin adornos.

Pipa esbozó una media sonrisa, desbloqueando el móvil. Respondió:

«Sí. ¿Qué pasa, ya me echas de menos?»

La respuesta llegó rápido.

«Mucho, la casa está bastante más aburrida ahora.»

Pipa bajó la mirada un segundo, notando ese pequeño golpe en el estómago que no esperaba. Y no le gustó, pero tampoco lo evitó.

«Normal. Yo soy difícil de sustituir.»

Tres puntos. Escribiendo…

«No pretendo sustituirte.»

Pipa se quedó mirando la pantalla un segundo más de lo necesario, notando cómo esa forma de contestar, tan clara, sin rodeos, volvía a colocarla en ese sitio incómodo que no controlaba del todo.

Apoyó el móvil en la mesa, llevándose la taza a los labios para dar un sorbo mientras pensaba qué contestar. No quería precipitarse, ni parecer demasiado disponible, pero tampoco quería cortar. Volvió a coger el móvil.

«Me parece bien. Eres un chico listo ;)»

Envió el mensaje y dejó el móvil boca abajo sobre la mesa, apoyando la espalda en la silla con una pequeña sonrisa que no era del todo consciente, porque, aunque no quisiera admitirlo… Nico le gustaba mucho, demasiado. Él y lo que le hacía sentir. Y eso, en ese momento, era casi más peligroso que Dani para Lía.