Por siempre nosotras 19
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Salieron del Café Comercial sin prisa, pero sin detenerse, como si ambos necesitaran ese movimiento para cerrar lo que había pasado dentro, aunque ninguno de los dos tuviera claro si realmente se podía cerrar algo así. Dani se adelantó medio paso para pagar antes de que ella pudiera siquiera insistir, y cuando Lía intentó protestar, con esa media sonrisa que siempre usaba para quitarle importancia a las cosas, él negó suavemente con la cabeza.

—Invito yo.

—No hace falta, Dani…

—Lo sé —respondió, mirándola un segundo más de lo necesario—. Pero quiero.

No era una discusión, era una decisión y Lía, después de sostenerle la mirada un instante, terminó cediendo, no tanto por el gesto en sí, sino por cómo se lo había dicho.

Afuera, el aire era más frío de lo que esperaba. Madrid seguía en su ritmo habitual, gente pasando, coches, luces que empezaban a encenderse poco a poco, pero para ellos el mundo parecía moverse en otra velocidad, más lenta, más contenida, como si todo lo que no habían dicho todavía pesara más que el ruido de la ciudad.

Caminaron unos pasos juntos, sin rumbo claro, sin hablar, dejando que ese silencio se instalara entre ellos sin incomodar, aunque no fuera ligero. Había algo ahí, denso, cargado, algo que ninguno parecía dispuesto a romper todavía.

Hasta que se detuvieron casi al mismo tiempo. Lía giró ligeramente hacia él, y Dani hizo lo mismo, quedando uno frente al otro, a una distancia corta, demasiado corta como para fingir normalidad, pero lo suficientemente amplia como para que cualquier gesto tuviera peso.

Se miraron son prisa, sin excusas y en ese instante, todo lo que habían intentado colocar dentro del café se desordenó otra vez. Lía notó el pulso en la garganta, esa sensación leve y constante en el estómago que ya no podía ignorar, y cuando sus ojos bajaron, apenas un segundo, hacia la boca de Dani, supo que él lo había visto, porque su respiración cambió, apenas perceptible, pero suficiente.

Él dio un paso. Solo uno, pero bastó. El espacio entre ellos se redujo hasta volverse incómodo, eléctrico, demasiado consciente. Lía sintió el calor de su cuerpo antes incluso de que la tocara, el olor de su colonia mezclado con algo más suyo, más cercano, más real, y durante un segundo pensó que iba a besarla. Y no se apartó, se detuvo ahí, justo en ese punto en el que todo podía romperse o sostenerse, y en lugar de acercarse más, levantó una mano con calma y la rodeó suavemente, atrayéndola hacia él.

La abrazó, y fue peor, porque no había tensión contenida en ese gesto, no había impulso ni urgencia, sino algo más profundo, más peligroso. Lía sintió cómo su cuerpo reaccionaba al instante, cómo se tensaba primero y después se rendía sin quererlo del todo, apoyando la mejilla contra su hombro, cerrando los ojos un segundo más de lo que pretendía.

El contacto era firme, pero no invasivo, y aun así le recorrió el cuerpo entero, como si cada recuerdo, cada sensación asociada a él se activara al mismo tiempo. Su mano se quedó suspendida un instante antes de apoyarse en su espalda, dudando apenas un segundo antes de corresponder al abrazo.

El latido le retumbaba en el pecho demasiado fuerte, demasiado claro.

Dani cerró los ojos también, apretando un poco más, lo justo para sentirla de verdad, para confirmar que estaba ahí, que no era solo un recuerdo reconstruido con el tiempo. Su respiración se volvió más profunda, más lenta, intentando contener algo que no terminaba de encajar con lo que habían decidido dentro, porque aquello no era amistad y los dos lo sabían.

El olor de su pelo, la calidez de su cuerpo, la forma en que encajaba contra él sin esfuerzo… todo le resultaba demasiado familiar, demasiado suyo, como para fingir que podía colocarlo en un sitio neutro.

Lía notó un leve temblor en su propia respiración antes de separarse ligeramente, sin romper del todo el contacto, pero necesitando espacio.

—Tengo que irme —dijo, más bajo de lo que pretendía.

Dani asintió, aunque no se movió inmediatamente, como si le costara soltarla. Cuando finalmente lo hizo, la miró de nuevo, más cerca de lo que había estado dentro, más consciente, y durante un segundo ninguno habló. No hacía falta, había demasiado.

—Nos vemos —añadió ella.

—Sí.

Pero no sonó sencillo. Lía se giró antes de quedarse más tiempo del necesario, antes de hacer algo que no iba en la dirección que acababan de marcar, y empezó a caminar sin mirar atrás, manteniendo el ritmo firme durante unos pasos que parecieron más largos de lo que eran. Hasta que dejó de poder sostenerlo.

Las lágrimas le llegaron de golpe, sin aviso, sin transición, obligándola a bajar la cabeza mientras seguía caminando, respirando hondo para no romperse del todo en mitad de la calle. No era solo tristeza, ni solo alivio, ni solo rabia. Era todo a la vez.

Mientras tanto, Dani se quedó donde estaba, sin moverse, mirando cómo se alejaba. No necesitó que se girara para saber que algo no estaba bien, lo había sentido en ese último abrazo, en esa forma de tensarse antes de soltarse, en esa prisa por marcharse. Pasó una mano por su cara, soltando el aire despacio, notando cómo todo lo que había intentado mantener bajo control volvía a desordenarse sin remedio. Había vuelto a ella. Y eso lo cambiaba todo.

Se quedó unos segundos más allí, inmóvil, con esa sensación incómoda de estar exactamente en el mismo sitio que años atrás, pero esta vez sin la posibilidad de huir sin consecuencias. Porque ahora lo sabía, con claridad. Demasiada. No era solo que la quisiera en su vida, era que no sabía cómo tenerla cerca sin querer más. Y eso, precisamente eso, era lo que hacía que todo fuera mucho más difícil. Porque ser solo su amigo iba a exigirle algo que no estaba seguro de poder sostener y aun así… No pensaba volver a perderla.

Lía siguió caminando unos metros más, intentando recomponerse, secándose las lágrimas con el dorso de la mano mientras buscaba aire de forma desordenada, como si le costara recuperar un ritmo normal después de todo lo que acababa de pasar. No podía volver a casa así, no todavía, no con esa mezcla en el pecho que no sabía ni cómo nombrar. Se detuvo en una esquina, apoyándose ligeramente contra la pared, y sacó el móvil casi por impulso.

No dudó demasiado. Marcó el número de Tana. Sabía que Pipa no era lo que necesitaba en ese momento. Pipa iba a reaccionar, a enfadarse, a juzgar, a protegerla desde un sitio más impulsivo, más visceral… y ahora mismo Lía no necesitaba eso. Necesitaba calma. Necesitaba a alguien que la escuchara sin romper lo que ella misma estaba intentando ordenar.

El tono sonó una vez. Dos.

—¿Lía?

La voz de Tana llegó al otro lado con esa mezcla de tranquilidad y alerta que siempre tenía cuando intuía que algo pasaba y fue suficiente. Lía cerró los ojos un segundo antes de hablar.

—Acabo de estar con Dani.

Silencio.

—¿Todo bien?… —preguntó Tana, más suave.

Lía dejó escapar una pequeña risa sin humor, apoyando la cabeza contra la pared.

—No sé ni por dónde empezar.

—Empieza por lo que estás sintiendo —dijo Tana.

Eso era lo que necesitaba. Lía tragó saliva, notando cómo la voz le temblaba un poco al salir.

—Sigue siendo él.

No hizo falta más. Al otro lado, Tana no respondió de inmediato, dejando espacio, dejando que la frase respirara.

—Lo sé —dijo al fin.

No fue una sorpresa, fue una confirmación.

—Hemos hablado —continuó Lía—. De todo. De lo de antes… del audio… de por qué se fue.

Se detuvo un segundo, mirando al suelo, recordando.

—Dice que se dio cuenta tarde. Que no supo qué hacer. Que le dio miedo dejarlo todo.

—¿Y tú?

Lía apretó los labios.

—Yo… —se quedó en silencio un instante—. Yo no sé qué hacer ahora.

Su voz bajó.

—Le he dicho que podemos intentar ser amigos.

Tana dejó escapar el aire suavemente.

—¿Y tú crees que eso es posible, Lía?

La pregunta no era dura, pero era directa. Lía negó, aunque Tana no pudiera verla.

—No —susurró—. No cuando lo tengo delante.

Silencio.

—¿Ha pasado algo más? —preguntó Tana, con cuidado.

Lía cerró los ojos un segundo, volviendo a ese momento fuera del café.

—Me ha abrazado.

No parecía gran cosa, pero lo era todo.

—Y… —añadió, más baja— no era un abrazo de amigos.

Tana no interrumpió.

—No puedo, Tana —continuó Lía, con un nudo en la voz—. No puedo tenerlo cerca así y hacer como si nada.

—No tienes que hacer como si nada —respondió ella, tranquila—. Pero tampoco tienes que decidirlo todo hoy.

Lía respiró hondo, intentando aferrarse a esa idea.

—Tengo miedo de volver a caer —admitió—. De volver a pasarlo mal.

—Es normal.

—Pero es que… —se le quebró un poco la voz— sigue siendo él.

Ahí estaba todo.

Tana sonrió al otro lado, aunque Lía no pudiera verlo.

—Eso no ha cambiado nunca.

Pausa.

—La diferencia es que ahora lo sabes.

Lía se quedó en silencio unos segundos, procesando eso, dejando que encajara.

—¿He hecho mal en verle?

—No —respondió Tana con firmeza—. Has hecho lo que necesitabas.

—¿Y ahora?

Tana tardó un segundo en contestar.

—Ahora no corras.

Su voz era suave, pero clara.

—Déjalo estar unos días. Vuelve a verte con él, pero sin forzar nada. Mira cómo te sientes. Mira cómo actúa él y sobre todo… no te mientas.

Lía cerró los ojos, dejando que esas palabras se asentaran poco a poco. El nudo seguía ahí, pero ya no estaba sola con él.

—Gracias —susurró.

—Siempre —respondió Tana.

Lía sintió que podía respirar un poco mejor. Se quedó en silencio unos segundos más, dejando que la calma que le había traído Tana se asentara poco a poco, notando cómo la respiración volvía a un ritmo más estable, aunque el pecho siguiera cargado de todo lo que acababa de remover. Se secó una lágrima que aún le quedaba en la mejilla y dejó escapar el aire despacio, apoyando la cabeza contra la pared.

—Oye… —dijo entonces, con un tono algo más ligero, aunque todavía arrastraba ese cansancio emocional—. ¿Cómo le voy a contar esto a Pipa?

Tana soltó una pequeña risa al otro lado.

—Esa es la verdadera pregunta importante.

Lía esbozó una media sonrisa, ya más relajada.

—Es que… —continuó—. No sé cómo se lo va a tomar. Bueno, sí lo sé… fatal.

—Hombre, va a montar un drama —respondió Tana con total naturalidad—. Pero un drama de los suyos, de los buenos.

—Es que no quiero discutir con ella —añadió Lía—. Ni que piense que estoy haciendo algo mal.

Tana guardó un segundo de silencio antes de contestar, como si estuviera eligiendo bien el tono.

—Pipa va a pensar que Dani es el demonio durante, mínimo, una semana más —dijo finalmente—. Luego bajará a “tío sospechoso pero tolerable” si él no la caga.

Lía soltó una pequeña risa, más real esta vez.

— Además, tú sabes cómo es… primero reacciona, luego piensa — dijo Tana—. Y luego te abraza y te dice que si te hace daño lo mata.

Lía negó suavemente con la cabeza, sonriendo ya sin esfuerzo.

—Literal.

—Mira —añadió Tana, con un tono más divertido—, yo creo que deberíamos prepararlo como si fuera una intervención.

—¿Cómo?

—Sí, en plan: “Pipa, siéntate, tenemos algo que contarte, respira hondo y no lances objetos”.

Lía soltó una carcajada breve, llevándose la mano a la boca.

—Te juro que es capaz.

—Por eso —continuó Tana—. Igual hay que avisar antes a Nico, por si tiene que sujetarla.

—No puedo contigo —dijo Lía, todavía riéndose un poco.

—Eh, alguien tiene que aportar estrategia a este grupo.

El silencio que siguió ya no pesaba.

—Gracias, de verdad —añadió Lía, más tranquila—. Lo necesitaba.

—Lo sé.

Y esta vez, cuando colgó, Lía no estaba bien del todo, pero ya no estaba rota.