Por siempre nosotras 18
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El martes se le hizo más largo de lo habitual a los dos, aunque ninguno de los dos lo habría reconocido en voz alta. No era un día especialmente complicado, no había imprevistos ni sobresaltos, pero todo parecía alargarse un poco más de lo necesario, como si el tiempo hubiera decidido moverse despacio justo cuando más convenía que avanzara sin ruido. Lía mantuvo su rutina con la precisión de siempre, entrando en la oficina a su hora, respondiendo reuniones, tomando decisiones con esa claridad que la definía, pero había algo en su forma de estar que no era exactamente igual, una ligera tensión que se filtraba en los silencios, en esos momentos en los que se quedaba mirando la pantalla un segundo más de lo habitual antes de continuar.

No estaba nerviosa, o al menos no de la forma evidente, pero sí estaba más consciente. De sí misma. Del tiempo. De lo que iba a pasar al final del día.

Había elegido la ropa con más cuidado del que le gustaba admitir, no porque quisiera impresionar, sino porque sabía que no podía permitirse sentir que no estaba cómoda en su propia piel. Optó por una falda corta con una camisa que llevaba abierta en la parte de arriba, dejando ver el cuello y un poco de escote. Un outfit que marcaba la silueta sin resultar excesivo, combinado con unas botas de tacón medio en negro y una blazer ligera que caía con naturalidad sobre los hombros. Nada llamativo, nada forzado, pero todo perfectamente medido, como si necesitara que al menos eso estuviera bajo control.

A media mañana, mientras revisaba un documento que ya había leído dos veces, se dio cuenta de que no estaba avanzando. Cerró el portátil con un gesto suave y se inclinó hacia atrás en la silla, dejando que el aire saliera despacio mientras miraba un punto indefinido del despacho. No pensaba en lo que iba a decir, ni en cómo iba a empezar la conversación, porque sabía que intentar ensayarlo solo iba a complicarlo más.

Con Dani nunca había funcionado así.

Dani, por su parte, tampoco tuvo un día especialmente diferente, al menos en apariencia. Llegó temprano a la oficina, revisó informes, encadenó reuniones y resolvió decisiones con la misma eficacia de siempre, pero había una parte de su atención que no terminaba de estar donde debía, un pequeño margen que se escapaba sin hacer ruido y volvía siempre al mismo sitio. No necesitaba pensar activamente en el encuentro, no necesitaba recordarlo constantemente; estaba ahí, de fondo, marcando el ritmo de todo lo demás.

A mediodía, mientras comía algo rápido en su mesa, miró el móvil sin intención concreta, revisando notificaciones sin importancia, hasta que, casi sin darse cuenta, abrió la conversación. No había mensajes nuevos, no había nada que añadir, y aun así se quedó unos segundos más de lo necesario, como si necesitara confirmar que seguía ahí, que no había sido algo puntual, una decisión tomada en caliente.

Cerró la pantalla y lo dejó a un lado. No había nada que adelantar.

El Café Comercial estaba lleno, pero Lía apenas lo percibía. El murmullo constante, el sonido de las tazas, el movimiento de los camareros entre las mesas… todo quedaba diluido en un segundo plano, como si el espacio se hubiera reducido únicamente a ese rincón en el que estaba sentada, con las manos rodeando la taza de café sin llegar a beber, intentando controlar una sensación que no tenía nada que ver con el lugar.

Había llegado antes, como siempre, no por puntualidad sino por necesidad, porque necesitaba ese margen para respirar, para prepararse, para convencerse de que aquello era solo una conversación pendiente. No lo era. Lo supo en cuanto Dani cruzó la puerta. Ni siquiera tuvo que verlo primero, fue una sensación, un golpe leve pero inmediato en el pecho, un reconocimiento que no necesitaba lógica. Levantó la mirada casi sin darse cuenta, y ahí estaba, más serio, más contenido, pero con la misma forma de mirar que siempre había sido el problema.

Se quedaron quietos un segundo, solo uno, pero fue suficiente para que algo le recorriera el cuerpo, un hormigueo suave, incómodo y familiar a la vez, asentándose en el estómago.

Cuando Dani la vio, lo primero que pensó no fue solo que estaba guapa, fue algo más inmediato, más físico, como un golpe breve en el pecho que le obligó a detenerse un segundo antes de acercarse. Estaba guapa, sí, pero no en un sentido superficial, sino en esa forma que la hacía reconocible incluso desde lejos, con el pelo cayéndole natural sobre los hombros, la piel ligeramente iluminada por la luz cálida del local y esa expresión suya entre tranquila y alerta que siempre le había descolocado. Había algo en cómo estaba sentada, en la forma en que sostenía la taza sin beber, en cómo levantó la mirada al sentirlo entrar, que le recordó exactamente por qué no había encontrado lo mismo en nadie más, por qué ninguna otra había conseguido quedarse. Y entonces lo supo, con una claridad incómoda y tardía: no era que ella estuviera guapa, era que seguía siendo ella, y eso era justo el problema.

Ninguno apartó la mirada cuando él empezó a acercarse. Él sonrió cuando la tuvo delante, una sonrisa pequeña, ladeada, que no pretendía suavizar nada, y ese gesto, mínimo, fue suficiente para descolocarla más de lo que esperaba. Notó cómo el pulso se le aceleraba ligeramente, cómo algo en su expresión intentaba mantenerse neutro sin conseguirlo del todo.

—Hola —dijo él al llegar.

—Hola.

No se levantaron, no se tocaron, pero la distancia entre los dos no era cómoda. No era la de dos personas que se reencuentran sin más. Era la de dos cuerpos que saben exactamente cómo encajar, aunque no lo estén haciendo.

Dani se sentó frente a ella, dejando la chaqueta en el respaldo con calma, y durante un instante ninguno habló. El camarero apareció, pidió un café por él, y cuando se fue, el silencio volvió, pero esta vez más denso, más consciente.

Lía dio un pequeño sorbo al suyo, sin necesidad, solo para hacer algo con las manos, y cuando levantó la vista, él seguía mirándola. No de forma casual. De forma fija. Demasiado fija.

Sus ojos bajaron un instante, casi sin querer, hacia la boca de él, y cuando se dio cuenta, volvió a subir la mirada rápidamente, pero ya era tarde. Había pasado. Y él lo había visto.

Sonrió muy levemente y eso la terminó de desarmar.

—¿Para qué querías hablar? —preguntó, sin rodeos, pero con la voz ligeramente más baja de lo habitual.

Dani no respondió de inmediato. Se quedó mirándola un segundo más, como si estuviera decidiendo hasta dónde podía llegar sin romperlo todo, y cuando habló, lo hizo sin apartar los ojos de ella.

—Porque nunca lo hicimos.

La frase cayó despacio y encajó.

Lía apoyó la espalda en la silla, cruzando ligeramente las piernas, intentando recuperar una postura que le devolviera el control.

—Éramos amigos —dijo, manteniendo la mirada—. Y una noche se nos fue de las manos y… nos liamos.

No lo adornó. Dani negó muy levemente con la cabeza, sin dejar de observarla.

—No fue solo eso.

Lía dejó escapar una pequeña exhalación, casi una risa sin humor.

—¿No? Pues no hablamos de ello, ni hubo nada después.

—Porque yo me fui —dijo él.

Silencio. Más denso ahora.

—Exacto —respondió ella—. Te fuiste. Por eso no estoy entendiendo que me estés diciendo que no fue solo una ida de olla de dos amigos para ti.

Dani apoyó las manos sobre la mesa, más cerca, y durante un segundo Lía sintió esa cercanía de forma física, como si el espacio entre los dos se hubiera reducido más de lo que marcaban los centímetros.

—No supe cómo manejarlo —añadió él.

—¿El qué?

—A ti.

Lía notó cómo algo se tensaba en su interior, cómo ese hormigueo volvía, más intenso esta vez, subiéndole por el pecho.

—Lo que pasó contigo, lo que sentí por ti cuando pasó. —Continuó Dani—. Me di cuenta tarde… pero me di cuenta.

Lía sostuvo su mirada, sin apartarse.

—¿Tarde?

—Cuando ya estaba fuera.

Ella apretó ligeramente los labios.

—Y aun así no hiciste nada.

Dani negó despacio.

—Me dio miedo. Estaba lejos, con todo montado allí… y no supe si tenía sentido dejarlo todo por algo que ni siquiera habíamos hablado.

Lía bajó la mirada un segundo, pero no para huir, sino para contener lo que estaba sintiendo, y cuando volvió a él, sus ojos pasaron otra vez, apenas un instante, por su boca.

—Podrías haberlo intentado.

—¿A distancia? —negó—. Sabía que no iba a funcionar.

—Claro —respondió ella, con un punto de ironía suave—. Era más fácil no hacer nada.

—Sí.

Ese “sí” la descolocó más que cualquier excusa.

Silencio.

—¿Y el audio? —preguntó Lía.

Dani se tensó.

—Lía…

—No —lo interrumpió, sin dureza—. Hablemos.

Lo miró directamente.

—Ese audio en el que decías que te habías liado con una tía que estaba buenísima. Y que lo mío… —se detuvo un segundo, buscando bien las palabras— había sido “distinto” “incómodo de gestionar”, y que no sabías qué hacer conmigo.

Dani cerró los ojos un segundo, breve.

—No era para ti.

—Ya —respondió ella—. Pero me llegó.

Pausa.

—Y no hacía falta que dijeras mi nombre. Sabía perfectamente que hablabas de mí.

Dani se inclinó ligeramente hacia delante, acercándose un poco más.

—Fui un idiota.

No lo adornó.

—No supe estar a la altura de lo que había pasado contigo.

Lía lo sostuvo, notando cómo esa frase encajaba en un sitio que llevaba tiempo desordenado.

—No —dijo—. No supiste.

Silencio. Más limpio ahora.

Se miraron unos segundos sin decir nada, y en esa pausa había algo distinto, algo que no era solo pasado, sino presente, algo que seguía ahí, vivo, incómodo y atractivo a la vez.

—Lo siento, Lía —dijo Dani entonces, más bajo.

Esta vez no hubo prisa.

—De verdad.

Ella no respondió de inmediato. Esperó. Y él lo entendió.

—No quiero que te vayas de mi vida —continuó—. No otra vez.

Su voz no subió, pero pesó más.

—Necesito volver a tenerte cerca. Sin desaparecer, sin hacer las cosas mal.

Lía lo observó en silencio, notando cómo algo dentro de ella se movía, cómo esa mezcla de calma y tensión le recorría el cuerpo de forma contradictoria.

—No te pido que olvides nada —añadió él—. Solo… una oportunidad para hacerlo bien.

Silencio.

Lía dejó escapar el aire despacio, apoyando la espalda en la silla, intentando ordenar lo que sentía, que no era poco, ni simple.

—No puedo prometerte nada.

—No te lo pido.

Se miraron más tiempo del necesario. Sus ojos volvieron a bajar, casi al mismo tiempo, a la boca del otro, y en ese instante el aire pareció cambiar, volverse más denso, más cargado de algo que ninguno nombró.

—Pero tampoco quiero seguir con esto a medias —dijo ella finalmente.

—Yo tampoco.

Lía inclinó ligeramente la cabeza, observándolo, y aunque no sonrió del todo, algo en su expresión se suavizó.

—Podemos intentarlo —dijo—. Como amigos.

La palabra quedó clara, marcando el límite y Dani asintió.

—Como amigos.

Pero ninguno de los dos apartó la mirada de inmediato y en ese silencio, en esa forma de sostenerse el uno al otro un segundo más de lo necesario, quedó claro que aquello, aunque lo llamaran así, no iba a ser solo amistad. No con esa forma de mirarse. No con todo lo que seguía pasando entre ellos sin decirse.