17
Lía vio el mensaje casi una hora después de que Dani lo enviara, cuando ya había terminado de trabajar y estaba en casa, con los zapatos dejados junto a la puerta y el bolso apoyado sobre la encimera sin haberlo abierto siquiera. Había entrado con esa inercia de final de día en la que el cuerpo sigue funcionando, pero la cabeza empieza a soltarse, y durante unos minutos no hizo nada, simplemente se movió por el salón sin un objetivo claro, encendiendo una luz, quitándose los pendientes, dejando el pelo caer sobre los hombros.
Fue al coger el móvil cuando lo vio. No había notificaciones pendientes. No había ruido. Solo ese mensaje. Dani.que habla
No sintió sorpresa, pero tampoco alivio. Fue algo más inmediato, más físico, como si el cuerpo reaccionara antes que la cabeza, una ligera presión en el pecho, una pausa en la respiración que reconoció al instante porque no era nueva, porque ya la había sentido unos días antes, en ese mismo punto en el que todo parecía demasiado cercano.
Se apoyó en la encimera sin apartar la mirada de la pantalla, leyendo el mensaje otra vez, no por falta de comprensión, sino por lo que implicaba. No era una frase cualquiera, no era una excusa ni una forma de retomar el contacto sin consecuencias. Era directa. Demasiado.Y lo sabía.
Podía no contestar, podía dejarlo ahí, como tantas otras cosas que habían quedado en pausa entre ellos, sin cerrar, sin nombrar, sin enfrentarlas del todo. Pero también sabía que esta vez no iba a funcionar, porque ya no estaban en ese punto.
Dejó el móvil sobre la encimera, separándose un poco, como si necesitara espacio para pensar, aunque en realidad no estaba pensando tanto como intentando controlar lo que le estaba pasando por dentro. Caminó hasta el salón, se sentó en el sofá y apoyó los codos en las rodillas, mirando al suelo durante unos segundos.
No era miedo. O no exactamente. Era otra cosa. La sensación de estar a punto de abrir algo que llevaba demasiado tiempo cerrado, algo que no se había roto del todo, pero que tampoco se había mantenido intacto.
Volvió a coger el móvil, lo desbloqueó. La conversación seguía ahí y el mensaje también y esta vez no dudó tanto. No escribió rápido, pero tampoco se quedó paralizada.
«OK.»
Lo envió, se quedó mirando la pantalla y añadió, después de un segundo:
«¿Cuándo?»
Dejó el móvil a su lado y apoyó la espalda en el sofá, cerrando los ojos un momento, dejando que todo se asentara sin intentar ordenarlo demasiado. Sabía que, en cuanto lo viera, no iba a poder mantener esa distancia cómoda en la que había vivido los últimos años, que no iba a poder fingir que aquello había sido solo una etapa más, algo que se recuerda sin que afecte al presente. Porque no era así, nunca lo había sido.
El móvil vibró cuando no habían pasado ni dos minutos. Lía lo cogió, esta vez sin dudar.
«Mañana, si te parece bien. Después del trabajo, sobre las 7, donde tú quieras.»
Lía leyó los mensajes con calma, sin prisa, dejando que cada palabra se colocara antes de responder. No había urgencia en su forma de escribir, pero tampoco distancia. Pensó un segundo. Luego escribió.
«Me parece bien. En el Café Comercial.»
Envió y dejó el móvil sobre el sofá, esta vez más lejos, como si con ese gesto cerrara el acuerdo sin necesidad de añadir nada más.
Se levantó y fue hacia la cocina, sirviéndose un vaso de agua sin tener realmente sed, apoyándose después en la encimera con la mirada fija en ningún punto concreto. La casa estaba en silencio, un silencio cómodo, habitual, pero esa noche tenía otro peso, otra presencia, porque sabía que al día siguiente no iba a ser una conversación cualquiera.
No iban a hablar de lo que había pasado el sábado. Iban a hablar de todo lo demás.
A esa misma hora, en su piso, Dani estaba de pie frente a la ventana cuando vio la respuesta. Había dejado el móvil sobre la mesa después de enviar el mensaje, intentando no estar pendiente, pero no lo consiguió del todo.
Cuando vibró, lo cogió al instante. Lo leyó, y no sonrió, pero algo en su gesto se relajó.
Asintió levemente, como si ella pudiera verlo. Respondió sin pensarlo demasiado.
«Perfecto. Allí estaré»
Dejó el móvil sobre la mesa y apoyó las manos en el borde, inclinándose ligeramente hacia delante, soltando el aire despacio. No había nervios. No exactamente. Pero sí una tensión clara, definida, de las que no se pueden ignorar. Porque, por primera vez desde que todo se había quedado a medias… Iban a hablar. De verdad.
Lía no dejó el móvil apartado demasiado tiempo después de cerrar la conversación con Dani. Permaneció unos minutos en el sofá, con la mirada perdida en algún punto del salón, dejando que la decisión se asentara sin forzarla, notando todavía ese leve temblor interno que no era exactamente nervios, pero tampoco calma. Sabía que iba a quedar con él, lo había decidido con una claridad que no solía cuestionarse, pero también sabía que no podía guardárselo, que necesitaba decirlo en voz alta, escucharse a sí misma mientras lo contaba, ver cómo sonaba fuera de su cabeza.
No escribió en el grupo, llamó directamente. La videollamada tardó apenas unos segundos en conectarse, primero apareció Pipa, medio tumbada, con el pelo recogido de cualquier manera y esa expresión inmediata de alerta que siempre tenía cuando algo rompía la rutina, y después Tana, más colocada, más recta, con la luz cálida detrás y la mirada fija en Lía incluso antes de que hablara.
—Vale —dijo Pipa, incorporándose un poco—. Esa cara no es normal. ¿Qué ha pasado?
Lía no dio rodeos, no buscó una forma suave de introducirlo, porque con ellas no hacía falta.
—Me ha escrito Dani.
El nombre se quedó flotando un segundo en la pantalla, lo justo para que todo encajara sin necesidad de más contexto. Pipa no reaccionó de inmediato, pero su gesto cambió, se tensó ligeramente, mientras Tana simplemente la miraba, esperando.
—¿Y? —preguntó, tranquila.
Lía apoyó el codo en el respaldo del sofá, pasándose la mano por el pelo antes de continuar.
—Me ha dicho que tenemos que hablar. Y… he aceptado.
El silencio que siguió no fue largo, pero sí denso, como si las tres necesitaran un segundo para recolocar lo que acababa de decir.
—Ya era hora —dijo Tana finalmente, sin dramatizarlo, pero con firmeza—. Eso tendríais que haberlo hecho hace años.
Pipa soltó una pequeña risa sin humor.
—Perdona, ¿cómo?
Tana giró ligeramente la cabeza hacia ella.
—Que lo dejaron a medias. Y eso nunca funciona.
—Ya, claro —respondió Pipa, incorporándose del todo—. Y la solución es quedar ahora como si no hubiera pasado nada.
—No he dicho eso —replicó Tana, sin alterar el tono.
—Pues lo parece.
Lía no intervino, las miraba a las dos, dejando que la conversación tomara forma, sabiendo que, en el fondo, necesitaba escuchar exactamente eso.
—¿Sabes lo mal que lo pasó? —continuó Pipa, volviendo a mirar a Lía—. Porque yo sí. Estabas hecha mierda, aunque intentaras disimularlo.
Lía bajó la mirada un segundo, pero no lo negó.
—Lo sé.
—No, no —insistió Pipa—. Es que no fue solo que se liara con otra. Fue cómo se enteró. Fue ese audio, borracho, contándole algo que ni siquiera era para ella… ¿te acuerdas?
Claro que se acordaba, no hacía falta que lo describiera.
—Fue humillante —añadió Pipa, más baja, pero más firme—. Y él ni siquiera se dio cuenta en ese momento.
Tana intervino entonces, sin cortar del todo ese hilo, pero intentando colocarlo.
—Se dio cuenta después.
—Ya, pero después —respondió Pipa—. Cuando el daño ya estaba hecho.
Hubo un silencio breve, pero cargado. Lía levantó la mirada.
—No estoy diciendo que no haya pasado —dijo—. Ni que no me doliera.
—Pues parece —replicó Pipa.
—No —respondió ella, más clara—. Precisamente por eso quiero hablar con él.
Pipa negó con la cabeza.
—Yo no pienso aceptar a Dani.
No había duda en su voz.
—No voy a perdonarle lo que te hizo. Si tú no eres rencorosa, vale, pero yo sí.
Tana dejó escapar el aire despacio, apoyándose ligeramente hacia delante.
—No se trata de perdonar o no perdonar —dijo—. Se trata de cerrar algo que se quedó mal.
—¿Y si se vuelve a abrir? —preguntó Pipa.
—Ya está abierto —respondió Tana, señalando a Lía—. Desde el sábado.
Silencio. De los que encajan. Lía no apartó la mirada.
—No quiero tener algo con él —añadió, más despacio—. No estoy pensando en eso.
—Ya —murmuró Pipa—. Eso dices ahora.
—No —insistió Lía—. Lo que quiero es poder seguir con mi vida sin que esto aparezca cada vez que le vea.
Se detuvo un segundo, buscando bien lo que necesitaba decir.
—Quiero entender qué pasó y por qué se rompió así.
Tana asintió muy levemente.
—Eso es justo lo que tienes que hacer.
Pipa no parecía convencida, pero tampoco interrumpió.
—Si no lo haces —continuó Tana—, te lo vas a seguir encontrando siempre en el mismo punto y eso es peor.
Lía apoyó la espalda en el sofá, dejando que esas palabras encajaran, notando cómo algo dentro de ella se ordenaba un poco más.
—No puedo quedarme con eso a medias —dijo al fin—. No con él.
Pipa la miró durante unos segundos, más en silencio ahora, como si estuviera calibrando algo más allá de lo evidente.
—Solo te digo una cosa —añadió—. No te olvides de lo que pasó.
—No me he olvidado —respondió Lía—. Pero tampoco quiero quedarme ahí.
Tana sostuvo su mirada.
—Entonces has hecho bien.
Y esta vez, cuando lo dijo, no sonó como una opinión, sino como una certeza.
Lía no respondió de inmediato, pero notó cómo esa frase se colocaba dentro de ella con más fuerza que todo lo demás, como si fuera exactamente lo que necesitaba escuchar para no dudar de lo que ya había decidido. Iba a verlo.