Por siempre nosotras 16
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Dani no decidió volver a Madrid de un día para otro, ni hubo un momento exacto en el que todo cambiara. Fue algo más lento, más silencioso, como esas decisiones que se van formando sin ruido hasta que, de repente, ya están tomadas. Llevaba casi cuatro años fuera, primero en Londres, después en Ámsterdam, moviéndose dentro de la misma firma, creciendo rápido, encajando en un entorno que exigía mucho pero que también le devolvía lo suficiente como para no cuestionárselo demasiado.

Al principio todo tenía sentido. El ritmo, la exigencia, la sensación constante de estar avanzando. No había espacio para pensar demasiado en lo que dejaba atrás, y tampoco lo necesitaba. La vida allí funcionaba, era fácil dejarse llevar por lo inmediato, por lo nuevo, por la gente que entraba y salía sin dejar huella.

Pero con el tiempo, sin que pasara nada concreto, empezó a notar algo distinto. No era incomodidad, ni insatisfacción, era más bien una especie de distancia interna, como si todo estuviera bien colocado, pero no terminara de pertenecerle del todo. Seguía cumpliendo, seguía avanzando, pero había momentos —pequeños, aislados— en los que algo se colaba. Y casi siempre tenía que ver con ella.

No pensaba en Lía todos los días. No era una obsesión, ni un recuerdo constante, pero tampoco había desaparecido nunca. Aparecía de forma puntual, en detalles mínimos, en gestos que le recordaban a ella sin venir a cuento, en esa forma concreta de mirar que no había vuelto a encontrar en nadie. Porque lo suyo nunca había sido algo fácil de colocar. No fue una historia evidente, ni algo que empezara con intención. Habían estado años en esa línea fina que no se cruza, pero que tampoco se rompe. Quedaban, hablaban, se buscaban sin reconocerlo del todo, compartiendo una complicidad que iba un poco más allá de lo normal, pero sin ponerle nombre. Hasta que un día dejó de ser solo eso.

No fue una noche cualquiera, ni algo que surgiera sin contexto. Fue una de esas veces en las que él volvió a Madrid por unos días, y acabaron en casa de Lía casi sin darse cuenta, como tantas otras veces, pero con algo distinto en el ambiente, algo más cargado, más evidente. No hubo conversación previa, ni hubo decisión. Simplemente pasó y fue demasiado natural, demasiado fácil, como si hubiera estado ahí desde siempre.

No hablaron después, no pusieron palabras a lo que había pasado, ni intentaron definirlo. Pero los dos sabían que no había sido un rollo más de una noche, que no era algo que se pudiera guardar en ese cajón sin más. Y, aun así, lo dejaron ahí, en pausa.

Dani se volvió a ir pocos días después y ahí fue donde se torció. No fue una traición clara, ni algo que él pensara como tal. Simplemente siguió con su vida, volvió a su ritmo, a su entorno, a esa inercia que tenía allí, y en uno de esos fines de semana en los que todo se mezcla, acabó liándose con otra chica.

No le dio más importancia de la que tenía en ese contexto, pero Lía se enteró. No de forma directa, porque él no se lo contó. Fue algo más torpe, más real. Un audio. Un mensaje que no era para ella. Borracho, tarde, confuso. Dani no se dio cuenta en ese momento, pero al día siguiente, al revisar el móvil, lo vio y entendió. No necesitó escuchar su respuesta para saber lo que había pasado.

Lía no montó una escena. No pidió explicaciones, ni le escribió para reprocharle nada, pero tampoco volvió a ser la misma. Intentó mantener la normalidad, seguir hablando como siempre, responder con la misma cercanía, pero no lo consiguió. Había algo roto, no de forma brusca, sino más silenciosa, más profunda, como cuando algo deja de encajar sin que nadie lo diga en voz alta. Porque para ella no había sido solo una noche. Y eso era lo que más dolía.

Dani lo notó, desde el principio. En la forma en que tardaba más en responder, en cómo las conversaciones se acortaban sin motivo, en ese tono más frío que no era evidente, pero que estaba ahí. Intentó mantener el contacto, escribir como siempre, normalizarlo, pero no funcionaba, porque ella ya no estaba en el mismo punto y él tampoco supo cómo colocarse. Así que, poco a poco, sin decirlo, dejó de insistir, dejó de escribir y Lía tampoco lo hizo.

No hubo cierre. No hubo conversación final. No hubo nada que marcara el final de lo que habían sido, simplemente dejaron de encontrarse y por eso, cuando la vio el sábado en el pub, todo volvió de golpe. No como recuerdo, sino como presente.

El domingo por la mañana, apoyado en la encimera de la cocina con el café en la mano, Dani repasó ese momento con una claridad incómoda. La forma en que la había visto antes de que ella lo viera, cómo se había quedado fuera del baño a propósito, cómo había esperado sin pensar demasiado en por qué lo hacía.

Y luego ese instante. Ese segundo en el que se miraron. No necesitó más. Porque en esa mirada estaba todo. Lo que había pasado, lo que no habían cerrado y lo que seguía ahí.

Dani no le escribió ese día. Ni el lunes. Ni el martes. Y no fue por orgullo ni por estrategia, sino porque sabía que con Lía no funcionaba así, que no podía aparecer con un mensaje cualquiera después de lo que había pasado, como si bastara con retomar la conversación en el mismo punto en el que la habían dejado años atrás. Había algo pendiente entre ellos, algo que no se resolvía con un “¿qué tal?” ni con una excusa ligera, y, por primera vez en mucho tiempo, Dani no tenía prisa por hacerlo mal. Aun así, no dejó de pensar en ella.

No de forma constante, ni obsesiva, pero sí lo suficiente como para que se colara en los huecos del día, en los momentos en los que la cabeza se relajaba y dejaba de estar ocupada en lo inmediato. Mientras esperaba un ascensor, mientras caminaba entre reuniones, mientras se servía un café que luego dejaba enfriar sin darse cuenta. Era una presencia intermitente, pero firme, que no necesitaba demasiado para aparecer. Y lo que más le incomodaba no era el recuerdo, sino la certeza de que, si volvía a verla, no iba a poder fingir que daba igual.

El miércoles por la tarde salió antes de la oficina, algo poco habitual en él, pero necesitaba aire, moverse, despejarse de un día que no había sido especialmente complicado pero que se le había hecho largo. Caminó sin rumbo fijo durante un rato, cruzando calles sin prestar demasiada atención, dejando que la ciudad lo absorbiera, como si eso bastara para recolocar lo que tenía dentro. Acabó entrando en un gimnasio al que se había apuntado al volver, uno de esos espacios amplios, modernos, llenos de gente que va y viene sin mirarse demasiado. Se cambió sin prisa y empezó a entrenar con una intensidad más alta de lo habitual, como si necesitara llevar el cuerpo a ese punto en el que la cabeza deja de insistir. Funcionó durante un rato, pero no del todo, porque incluso ahí, entre repeticiones y respiraciones marcadas, la imagen volvía. La misma, el mismo gesto, la forma en que Lía lo había mirado antes de apartarse. No era nostalgia, era algo más directo. más presente.

Esa noche quedó con Marcos y Álex en un bar cerca de su casa, de esos en los que no hace falta reservar ni planear demasiado, donde siempre hay sitio y donde las conversaciones fluyen sin esfuerzo. Se sentaron en la barra, pidieron algo de cenar y empezaron a hablar de lo de siempre, trabajo, planes, gente en común, temas que no exigían demasiado, pero Dani no estaba del todo ahí.

—Vale —dijo Álex en un momento, mirándolo—. ¿Qué te pasa?

Dani levantó la vista, apoyando el codo en la barra.

—Nada.

—No —respondió Marcos—. Nada no.

Hubo un silencio breve. Dani dudó un segundo.

—He vuelto a ver a Lía.

Álex dejó la copa en la barra.

—Hostia.

—Ya.

—¿Dónde?

—El sábado, de fiesta.

—¿Y?

Dani se quedó un momento mirando el vaso antes de responder.

—Nada.

Marcos soltó una pequeña risa.

—Eso no cuela.

Dani negó con la cabeza.

—De verdad, tío. Nada. Hablamos poco. La saludé, nos miramos y se fue.

—Pero…

Ahí estaba la pregunta. Dani levantó la mirada.

—Pero fue suficiente.

Silencio. De los que se entienden. Álex lo miró con más atención ahora.

—¿Sigues ahí?

Dani no respondió inmediatamente, pero tampoco esquivó la pregunta.

—No sé si me he ido alguna vez.

Nadie dijo nada porque no hacía falta.

Cuando llegó a casa esa noche, el silencio le resultó más presente de lo habitual. Dejó las llaves en la entrada, se quitó la chaqueta y caminó hasta el salón sin encender la luz, quedándose un momento de pie, mirando el espacio sin verlo realmente.

Sacó el móvil, lo desbloqueó y entró en la conversación. Lía. La pantalla estaba vacía, como si nunca hubiera pasado nada y, sin embargo, estaba todo. Se quedó un segundo más. Dos. Tres. Y esta vez no lo dejó ahí, esta vez escribió.

«Lía, tenemos que hablar.»

Se quedó mirando el mensaje antes de enviarlo, consciente de lo que implicaba, de que no era una frase neutra, de que abría algo que llevaba demasiado tiempo cerrado en falso. Pero no lo borró, lo envió y dejó el móvil sobre la mesa, sin esperar la respuesta, sin necesitar verla al instante. Porque sabía que, a partir de ese momento, ya no había forma de volver atrás.