15
El lunes llegó con esa sensación inevitable de vuelta a la rutina, como si la ciudad entera se pusiera en marcha a la vez sin tener en cuenta todo lo que había pasado durante el fin de semana, pero para ellas tres no era un lunes cualquiera. No porque hubiera ocurrido algo extraordinario a ojos de cualquiera, sino porque cada una estaba en un punto distinto del que había dejado el viernes, y lo sabían, aunque no lo hubieran vuelto a comentar desde el café.
Lía fue la primera en salir de casa, como casi siempre. Se movía por su piso con la precisión de quien no necesita pensar demasiado lo que hace, el café preparado mientras terminaba de vestirse, el bolso listo en la entrada, el móvil en su sitio. Ese día eligió un conjunto sencillo en apariencia, pero perfectamente medido, un pantalón de traje en tono claro que caía recto hasta el tobillo, una camisa blanca con el cuello ligeramente abierto y unos zapatos negros de tacón bajo que no llamaban la atención, pero cerraban el conjunto sin error. Nada en ella parecía improvisado, y, sin embargo, había algo que no terminaba de encajar del todo.
No había vuelto a escribirle. Ni él a ella. Y eso, en otro momento, habría sido lo lógico, lo correcto incluso. Pero ahora no lo era, porque no era un silencio vacío, no era indiferencia ni distancia real; era un silencio lleno de lo que no se había dicho, de lo que se había quedado suspendido en ese pasillo del baño, en esa mirada que había durado un segundo más de lo normal.
Mientras caminaba hacia el coche, con el bolso colgado del hombro y el móvil en la mano sin llegar a desbloquearlo, Lía fue consciente de algo que no le gustaba especialmente: no estaba esperando un mensaje, pero tampoco quería que no llegara. Y esa contradicción era nueva.
En la oficina, todo funcionaba como siempre. Las reuniones se sucedían con el mismo ritmo, las decisiones se tomaban con la misma claridad y las conversaciones giraban en torno a los mismos temas de siempre, pero en medio de ese orden había pequeños momentos en los que Lía se quedaba ligeramente fuera, apenas unos segundos, lo suficiente como para notarlo ella, pero no los demás. No era falta de concentración, era otra cosa, una especie de eco que aparecía sin avisar y desaparecía igual de rápido.
En uno de esos momentos, al terminar una reunión y quedarse sola en la sala, apoyó las manos sobre la mesa y dejó escapar el aire despacio antes de coger el móvil. No dudó al entrar en la conversación, como si ese gesto ya no necesitara pensarse, y durante unos segundos se quedó mirando la pantalla sin hacer nada más. Dani. No había mensajes nuevos, no había nada, pero tampoco hacía falta.
Pasó el dedo por la pantalla sin escribir, sin abrir realmente el chat, y acabó bloqueando el móvil casi con el mismo gesto con el que lo había desbloqueado, como si quedarse ahí más tiempo del necesario fuera reconocer algo que aún no quería ordenar.
Pipa, en cambio, había llegado tarde, como siempre, pero sin ese punto de prisa que solía acompañarla. Entró en la oficina con el café en la mano, las gafas de sol aún puestas y el pelo recogido de forma despreocupada, como si la mañana no exigiera más de lo necesario. Llevaba unos vaqueros claros, una camiseta blanca y una chaqueta ligera, todo en ese equilibrio suyo entre lo cómodo y lo bien pensado que no parecía esforzado.
Se sentó en su mesa, dejó el bolso a un lado y el móvil delante, y durante un momento se quedó quieta, observándolo sin tocarlo, como si esperara algo sin querer admitirlo del todo. No había mensajes nuevos, y no le sorprendió, porque Nico no le daba la sensación de ser alguien que llenara el silencio sin motivo. Aun así, no le era indiferente.
Lo desbloqueó, revisó un par de notificaciones sin importancia y volvió a dejarlo boca abajo sobre la mesa, apoyando el codo y dando un sorbo al café mientras dejaba que la mañana avanzara. No iba a escribirle, pero tampoco iba a hacer como si no hubiera pasado nada. Y ese punto intermedio, en ella, ya era significativo.
Tana llevaba más de una hora trabajando cuando las otras dos estaban todavía aterrizando en el día. Su mesa estaba ordenada como siempre, los documentos alineados y el ordenador lleno de ventanas abiertas que gestionaba con una precisión casi automática. Vestía de negro, pantalón recto, top ajustado y una americana ligera que le caía perfecta sobre los hombros, el pelo recogido en una coleta baja que no se movía. Todo en ella hablaba de control. Y, sin embargo, había pequeños detalles que no encajaban del todo, pausas ligeramente más largas al leer un correo, una frase que revisaba dos veces antes de enviarla, una mirada que se quedaba fija en la pantalla un segundo más de lo necesario. No dijo nada. No iba a hacerlo. Pero estaba observando. Y lo tenía claro, aquello no iba a quedarse ahí.
El grupo seguía en silencio desde el café, algo poco habitual entre ellas, pero tampoco incómodo. No era falta de ganas de hablar, era más bien una especie de pausa compartida, como si cada una estuviera en su propio proceso antes de volver a ponerlo todo en común.
Fue Pipa la primera en romperlo.
A media mañana, el móvil vibró sobre su mesa, y esta vez no dudó en cogerlo. El nombre apareció en pantalla antes incluso de que lo abriera. Nico. No pudo evitar sonreír, aunque fuera de forma leve, casi automática. Abrió el mensaje.
«¿Sigues pensando que fue buena idea?»
Se recostó en la silla, dejando escapar una pequeña risa, y durante un segundo se quedó mirando la pantalla sin escribir, no porque no supiera qué decir, sino porque quería decirlo bien, sin darle más importancia de la necesaria, pero sin restársela tampoco.
Escribió.
«Sí.»
Lo envió.
Y, sin pensarlo demasiado, añadió:
«¿Tú no?»
Pipa dejó el móvil sobre la mesa, pero no lo apartó del todo, manteniéndolo cerca mientras intentaba centrarse en lo que tenía delante. Abrió el correo que tenía pendiente, respondió un par de mensajes sin demasiada implicación y dio otro sorbo al café, pero su atención no estaba ahí del todo, sino en ese punto intermedio en el que sabes que algo va a pasar, aunque no tengas prisa por que ocurra.
El móvil vibró de nuevo. Esta vez no esperó. Lo cogió casi al instante, desbloqueándolo con una media sonrisa que no intentó disimular.
«Yo nunca tuve dudas de que lo era...»
Pipa dejó escapar una pequeña risa por lo bajo, apoyándose en el respaldo de la silla mientras leía el mensaje una segunda vez, no porque hiciera falta, sino porque le gustaba cómo sonaba.
Y entonces otro.
«¿Te apetece que cenemos esta semana?»
No era una pregunta complicada, pero tampoco era cualquiera preguntaba. Implicaba algo más. Pipa se quedó unos segundos mirando la pantalla, el pulgar suspendido sin escribir todavía, no por duda, sino por esa sensación nueva que había aparecido sin avisar, esa mezcla entre ganas y algo más que no terminaba de definir.
Podría haber respondido rápido, podría haberle quitado importancia, pero no lo hizo. Se tomó ese segundo. Luego escribió.
«OK.»
Dejó el móvil sobre la mesa, esta vez sí, apartándolo ligeramente, como si con ese gesto cerrara la conversación sin necesidad de añadir nada más.
Porque no hacía falta. Ya estaba dicho. Y lo que venía después… No dependía de lo rápido que pasara, sino de que pasara bien.
En otro punto de la ciudad, Lía volvió a mirar el móvil casi sin darse cuenta, como si el gesto se hubiera vuelto automático desde el sábado, pero esta vez no lo desbloqueó de inmediato. Se quedó unos segundos con él en la mano, observando la pantalla en negro, viendo su propio reflejo difuso antes de encenderla.
Nada. Todo igual. Y aun así… No era lo mismo.
Apoyó el móvil sobre la mesa, cruzando los brazos lentamente, y por primera vez desde que había empezado el día, lo admitió sin necesidad de decirlo en voz alta. No sabía qué quería que pasara. Pero sabía que, pasara lo que pasara… No iba a ser casual.