14
La luz entraba sin pedir permiso, colándose entre las cortinas con esa claridad incómoda que no entiende de ritmos ni de noches largas. Pipa abrió los ojos despacio, sin moverse al principio, dejando que el recuerdo llegara solo, sin forzarlo.
Y llegó. Todo. No necesitó girarse para saber que no estaba sola. Lo hizo igualmente. Nico estaba de espaldas, incorporándose en ese momento, pasando una mano por la nuca antes de levantarse, caminando hacia el baño sin hacer ruido, como si no quisiera romper nada de lo que todavía quedaba en el aire.
Pipa lo siguió con la mirada unos segundos. Y entonces se dejó caer de nuevo sobre la almohada, soltando el aire despacio, con una sonrisa leve que no intentó controlar.
—Vale… —murmuró para sí.
No había dudas. No había análisis. Solo una certeza clara. Había sido buena idea. Muy buena.
Se incorporó un poco, recogiendo su ropa del suelo con calma, sin prisa, sin ese nerviosismo típico de las mañanas que no están claras. Se vistió despacio, con movimientos naturales, como si ya hubiera estado allí antes, como si no fuera la primera vez. Y eso era lo que la descolocaba. No la situación, sino la sensación. Demasiado fácil, demasiado bien.
Se levantó, caminando hacia el salón, recogiendo el bolso, echándose el pelo hacia atrás con un gesto automático, respirando hondo una vez más antes de volver a colocarse del todo.
Cuando Nico salió del baño, la encontró ya lista, apoyada ligeramente en el respaldo del sofá, mirándolo con una media sonrisa tranquila, sin tensión.
—Hola bonita—dijo él.
—Hola.
Silencio, pero no incómodo. Más bien… nuevo.
Nico se acercó despacio, sin prisa, deteniéndose a su altura, lo bastante cerca como darle un beso en los labios mientras la agarraba ligeramente por la cintura.
—¿Te vas ya?
Pipa asintió, cogiendo el bolso.
—Sí.
No hubo excusas, no hacían falta.
Nico la miró un segundo más, evaluando algo que no dijo en voz alta, y luego, con la misma calma de siempre:
—Quiero volver a verte.
Directo. Sin rodeos.
Pipa sostuvo su mirada. Ahí estaba otra vez, esa sensación, ese pequeño vértigo. No porque no quisiera, sino porque sí. Demasiado. Sonrió, pero esta vez no fue la sonrisa automática de siempre, fue más suave, más real.
—Quizá.
No fue un no, pero tampoco un sí. Y eso era exactamente lo que podía dar.
Nico asintió muy levemente, como si entendiera perfectamente lo que había detrás de esa respuesta.
—Me vale.
Pipa lo observó un segundo más, como si estuviera midiendo algo que no terminaba de encajar, y entonces se acercó lo justo, apoyando la mano en su pecho apenas un instante.
—No ha sido una mala decisión.
Nico sonrió.
—No.
—Para nada.
Pipa se apartó entonces, caminando hacia la puerta sin mirar atrás de inmediato, abriéndola con naturalidad, pero deteniéndose un segundo antes de salir.
—Nos vemos —dijo, sin girarse.
—Sí —respondió él.
Y esta vez, no sonó a duda.
Al salir a la calle, el aire le dio de golpe, más frío, más real, más claro que la noche anterior, y durante unos segundos se quedó quieta, respirando, notando cómo todo empezaba a recolocarse poco a poco.
Sacó el móvil. Desbloqueó la pantalla y entró en el grupo casi sin pensar, encontrándose primero con su propio mensaje de la noche anterior, breve, directo, escrito en ese punto en el que no hace falta explicar demasiado.
«¿Qué tal terminó la noche? ¿Todo bien? La mía no pudo haber terminado mejor…»
Al releerlo, la sonrisa le salió sola, inevitable, recordando exactamente cómo se sentía en ese momento. Bajó el dedo y entonces aparecieron las respuestas, varias, seguidas, con ese ritmo caótico que tenían siempre.
Tana había contestado primero.
«Que suerte tienen algunas. Siendo sinceras. Viendo lo bueno que está, sospechábamos que tú noche acabaría bien, sería una pena que ese tío bueno no lo fuera también en la cama… Mañana nos lo cuentas todo. Y queremos detalles.»
Pipa resopló una risa, imaginándosela perfectamente, sin perder detalle, pero sin dramatizar nada, como si lo diera todo por hecho desde el principio. Siguió bajando y entonces apareció Lía, más escueta, pero clara.
«Nos alegramos por ti, Pipa. Nuestra noche no acabó tan bien como la tuya.»
Pipa frunció ligeramente el ceño, más por curiosidad que por preocupación, y siguió leyendo.
«Dani no tuvo mejor idea que aparecer y acercarse a hablarme para dejarme hecha una mierda y con cero ganas de fiesta. Así que le jodí la fiesta a Tana y nos fuimos a casa.»
Ahí se detuvo. La sonrisa no desapareció del todo, pero cambió, se suavizó, se volvió más pensativa. Se quedó quieta en mitad de la acera, el móvil en la mano, leyendo otra vez ese nombre como si pesara un poco más que el resto del mensaje.
Dani.
Volvió a bajar.
Tana otra vez:
«No me jodiste nada, la noche estaba un poco aburrida.»
Pipa apoyó el peso en una pierna, cruzando el brazo libre sobre el pecho mientras miraba la pantalla, ya no con la ligereza de antes, sino con algo más atento, más centrado. Porque lo suyo había sido fácil, claro, sin complicaciones, pero lo de Lía… eso no lo era. Y lo sabía.
Se quedó un segundo más así, sin escribir, dejando que esa idea se colocara sola, sin analizarla demasiado. Luego volvió arriba, releyó su propio mensaje y sonrió de lado, negando suavemente con la cabeza antes de empezar a escribir.
«Nos vemos donde siempre para desayunar.»
Envió.
Se quedó un instante más y añadió:
“No es una pregunta. Voy a cambiarme a casa. En media hora en la cafetería.»
Esta vez no hizo falta decir más. Guardó el móvil, metiéndolo en el bolso mientras empezaba a caminar, pero el ritmo ya no era el mismo, porque, aunque la sensación de la noche seguía ahí, clara, presente, había otra cosa que empezaba a abrirse paso y sabía que Lia la necesitaba.
Pipa llegó a la cafetería con el pelo aún un poco húmedo y gafas de sol, más por inercia que por necesidad, quitándoselas en cuanto cruzó la puerta y localizó a las otras dos en la mesa de siempre. No tuvo que buscarlas demasiado; estaban donde siempre, con el mismo orden casi automático, Tana ya con el café a medio tomar y Lía removiendo el suyo sin prestar atención.
Se acercó sin avisar, dejó el bolso en la silla y se sentó directamente.
—Vale —dijo, sin saludo previo—. Empiezo yo porque si no reviento.
Tana ni levantó la mirada.
—Gracias.
Lía sí la miró, ya sonriendo.
—Ya sabía yo.
Pipa apoyó los codos en la mesa, inclinándose hacia ellas, sin contener nada.
—Ha sido increíble.
Tana dejó la taza en el plato.
—Bien.
—No, no bien —corrigió Pipa—. Increíble.
Lía soltó una pequeña risa.
—Eso sí que no me lo esperaba.
—Yo tampoco —respondió Pipa, completamente sincera—. O sea… me gustaba, sí, pero…
Se quedó un segundo buscando la palabra.
—Pero no así.
Tana asintió, como si le encajara perfectamente.
—Vale.
—Y no ha sido solo el polvo —añadió Pipa, sin bajar el tono—. Es que… encajamos. O sea, todo. Cero raro, cero forzados, cero de “a ver cómo salgo de aquí mañana”.
Lía levantó las cejas.
—Eso ya es otro nivel.
—Ese es el problema —dijo Pipa, señalándola con el dedo—. Que me ha gustado demasiado
Tana apoyó la espalda en la silla.
—Bueno.
—No, bueno no —respondió Pipa—. Que yo no soy de repetir, y estoy pensando en repetir.
Lía sonrió, más tranquila ahora.
—Eso sí es nuevo.
Pipa cogió la taza de café que acababan de dejarle y dio un sorbo. Tana la miró un segundo más.
—¿Y él?
—También —respondió Pipa sin dudar—. Me lo ha dicho esta mañana.
—Claro —murmuró Lía.
—Pero bien, eh —añadió Pipa—. Nada raro, nada intenso de más. Natural.
Tana asintió, conforme.
—Entonces perfecto.
Pipa dejó la taza en la mesa.
—Sí.
—Ahora tú.
No hacía falta especificar. Lía ya sabía. No hubo rodeos.
—Me encontré con Dani.
Pipa no reaccionó de inmediato, solo la miró, esperando el resto. Tana tampoco dijo nada, porque ya lo había vivido.
—En el baño —añadió Lía.
—Ya —dijo Pipa—. Eso lo leí.
Lía apoyó los codos en la mesa, juntando las manos delante de ella.
—Estaba fuera.
—¿Esperándote? —preguntó Pipa, directa.
Lía asintió.
—Sí.
Silencio. De los que dicen mucho.
—Vale… —murmuró Pipa.
Tana no intervino. No hacía falta.
—Hablamos dos minutos —continuó Lía—. Literal.
—¿Y? —preguntó Pipa.
Lía la miró.
—No podía respirar bien.
—Joder.
Tana bajó la mirada un segundo, como si confirmara algo que ya sabía.
—Ya.
—No son nervios —añadió Lía—. No es incomodidad. Es… otra cosa.
—Sí —respondió Pipa—. Lo sé.
Y lo sabía. Porque ese tipo de sensación no se confunde.
—¿Y él? —preguntó.
Lía soltó una pequeña risa sin humor.
—Como si nada….
—¿Te escribió? —preguntó Pipa.
—No.
—¿Tú?
—Tampoco.
—Bien. No lo hagas —dijo Tana.
Pipa la miró.
—¿Bien?
—Sí —respondió Tana—. Porque si no, esto se os va de las manos en dos días.
Lía negó muy levemente.
—Ya se ha ido. No dejo de pensar en él…
Pipa se inclinó hacia ella.
—¿Me lo estás diciendo enserio? ¿Después de lo que te hizo?
Lía no respondió inmediatamente. Pero no esquivó la pregunta.
—No puedo evitarlo.
Pipa apoyó la barbilla en la mano, mirándola.
—Vale, pues ya está.
—¿Ya está qué? —preguntó Lía.
—Que la hemos liado —respondió, sonriendo.
Tana dejó escapar una pequeña risa.
—Bastante.
Y por primera vez en toda la mañana, las tres se quedaron en silencio unos segundos, no porque no tuvieran nada que decir, sino porque ya lo habían dicho todo. Y lo habían entendido, sin necesidad de explicarlo más.