13
El taxi arrancó casi al instante, como si la ciudad también tuviera prisa por que aquello pasara, y durante los primeros segundos ninguno habló, pero no era silencio, era otra cosa, algo más denso, más físico, que se había quedado entre ellos desde el momento en que salieron del local sin mirar atrás.
Pipa no se apoyó en el respaldo. Se giró hacia él directamente, con una media sonrisa que ya no escondía nada.
—Esto ha sido idea mía —dijo.
Nico apoyó el brazo en el asiento, acercándose lo justo.
—Me ha encantado tu idea.
—No quiero que pienses…
—No voy a pensar nada.
Pipa lo miró un segundo más, recorriendo su cara sin prisa, deteniéndose en la boca, en la forma en que la miraba sin apartar la vista, sin urgencia, pero sin frenar tampoco.
—Bien.
El taxi giró en una calle, la luz entrando y saliendo por la ventanilla, y en ese movimiento, sin que fuera brusco ni impulsivo, Pipa acortó la distancia, apoyando una mano en su pierna, firme, sin dudar.
Nico no reaccionó de inmediato. Solo la miró. Y eso fue lo que terminó de descolocarla.
—No vas a hacer nada —murmuró ella, bajando la voz.
—Estoy haciendo algo.
—Ah ¿sí? ¿El qué?
Nico inclinó ligeramente la cabeza.
—Esperar a que tú des el primer paso.
Pipa sonrió, pero esta vez no fue una sonrisa ligera, fue otra cosa. Se acercó más. Lo suficiente.
—No tienes que esperar más.
Y entonces sí. El beso no fue tímido, ni rápido, ni de esos que prueban antes de decidir, fue directo, con intención, como si ambos hubieran llegado ahí desde el primer momento, sin rodeos, sin espacio para dudas. Pipa lo sujetó por la camisa, acercándolo más, y Nico respondió igual, sin invadir, pero sin frenar, encontrando el ritmo de ella, adaptándose, siguiéndola.
El taxi siguió avanzando, pero dentro, el tiempo ya no iba igual. Cuando llegaron, Pipa bajó primero, esperó apenas un segundo a que él cerrara, y caminaron hasta el portal sin separarse del todo, con esa proximidad que ya no necesitaba explicación, ni contexto, ni excusa.
El piso de Nico tenía ese aire de alguien que está de paso sin estarlo del todo, ordenado, pero no perfecto, con lo necesario, sin exceso, luces cálidas, espacio abierto, y en cuanto la puerta se cerró, el silencio cayó de golpe.
No hubo pausa. No hubo conversación. Pipa dejó el bolso sin mirar dónde, y antes de que él pudiera decir nada, volvió a acercarse, tirando de él con decisión, sin esperar, sin medir.
—Ya te dije el otro día que no me mires así —dijo, sin separarse del todo.
—¿Cómo?
—Como lo estás haciendo. Me estás volviendo loca.
Nico sonrió muy levemente.
—Pues entonces seguiré mirándote así.
No le dejó decir nada más. El beso volvió. Más lento. Más profundo. Más consciente.
Esta vez no había música, ni gente, ni ruido que lo envolviera, solo ellos, el sonido de la respiración, el roce de las manos buscando, encontrando, adaptándose. Pipa se movía con seguridad, marcando el ritmo sin perderlo, acercándose más, dejando claro que no estaba dudando, que no había marcha atrás, que aquello no era un error ni una decisión impulsiva. Era elección.
Nico respondió igual, sin imponerse, pero sin quedarse atrás, acompañando cada gesto, cada movimiento, con esa calma que no era falta de intensidad, sino control, el tipo de control que no corta, que sostiene.
Pipa no se separó. Al contrario. Apoyó las manos en su pecho, deslizando los dedos lentamente por la tela de la camiseta, sin prisa, mirándole mientras lo hacía, como si quisiera marcar el ritmo desde el principio.
—Ni se te ocurra parar ahora —murmuró.
Nico no respondió. No hacía falta.
Se acercó lo justo para volver a besarla, más despacio esta vez, mientras sus manos encontraban la cintura de ella, subiendo con calma, sin brusquedad, recorriendo la tela del vestido como si midiera cada centímetro antes de cruzar el siguiente.
Pipa dejó escapar una pequeña risa contra su boca. Se separó apenas un segundo, lo suficiente para agarrar el borde de su camisa y tirar de ella hacia arriba, sin pedir permiso, sin dudar, con un gesto seguro, directo, que no dejaba espacio para interpretaciones. Nico la dejó hacer, levantando ligeramente los brazos, sin apartar la mirada de ella en ningún momento.
La camiseta cayó al suelo sin importancia.
Pipa lo miró un segundo, recorriéndolo sin disimulo, y en ese gesto había más intención que en cualquier palabra.
—Joder, Nico… —murmuró, casi para sí.
Nico sonrió apenas, acercándose de nuevo.
—Ahora tú.
No fue una orden, fue un juego. Pipa no respondió, pero tampoco se echó atrás. Deslizó las manos hacia su propio vestido, subiéndolo despacio, sin romper la mirada, dejando que el gesto fuera tan consciente como todo lo demás, y cuando lo dejó caer, no lo recogió, no miró al suelo, no miró a ningún otro sitio. Solo a él.
El espacio entre ellos se redujo sin que ninguno lo pensara demasiado, las manos encontrándose otra vez, esta vez sin tela de por medio en muchos puntos, el contacto más directo, más cálido, más claro. No había prisa, pero tampoco pausa. Era ese punto exacto en el que todo encaja sin necesidad de hablarlo y en ese momento, en ese silencio lleno, ya no había vuelta atrás.
El tiempo dejó de importar, los movimientos se hicieron más rápidos, más cercanos, más centrados en el momento que en lo que venía después, y en ese espacio, sin interrupciones, todo fue encajando con una naturalidad que no parecía casual.
Nico no se detuvo. En cuanto la tuvo cerca, la levantó con facilidad, sujetándola con firmeza, sus manos seguras en la curva de su cuerpo, y Pipa respondió al instante, rodeándolo con las piernas, pegándose más a él, sin romper el beso, sin darle espacio a nada más que a ese momento.
—Nico… —murmuró ella contra su boca, entre una respiración y otra.
Él caminó hacia la habitación sin prisa, pero sin detenerse, como si cada paso estuviera ya decidido, como si no hubiera ninguna duda en el recorrido. La puerta quedó abierta, la luz del pasillo cayendo suavemente sobre la cama, y cuando llegó, la dejó caer con cuidado, sin soltarla del todo, manteniendo el contacto, el peso, la cercanía. Se separó apenas un segundo, lo justo para mirarla y quitarse los pantalones, que todavía llevaba puestos. Y ahí estaba. Esa mezcla. Esa seguridad. Ese punto de desafío que no se iba.
Pipa sostuvo su mirada sin apartarla, respirando algo más rápido, pero sin perder el control del gesto, de la forma en que lo observaba. Nico estaba duro, ella podía observarlo con claridad por encima de la ropa interior.
—Ven aquí —dijo, muy bajo.
Nico volvió a acercarse. Sus manos recorrieron su cuerpo, como si no necesitara llegar a ningún sitio concreto, como si lo importante fuera el recorrido, el tiempo, el ritmo que se iba marcando entre los dos. Pipa se arqueó ligeramente, respondiendo a cada gesto, a cada roce, cerrando los ojos un segundo y volviéndolos a abrir para buscarle otra vez. Nico le quitó la ropa interior y comenzó a besarla mientras acariciaba sus pechos.
El espacio se llenó de respiraciones, de pequeños gestos, de esa tensión que no explota de golpe, sino que crece, que se sostiene, que se intensifica poco a poco. Pipa notaba cada movimiento, cada cambio, cada pausa medida, y en esa forma de avanzar, de acercarse sin precipitarse, entendió algo. Su mano poco fue bajando, poco a poco hasta llegar a la parte más íntima de Pipa.
No lo estaba improvisando, sabía perfectamente lo que hacía y eso no le hizo dudar, al contrario, le hizo soltar el control del todo.
Apoyó la cabeza hacia atrás un instante, dejando escapar el aire, sintiendo cómo todo se concentraba en ese punto, en ese momento, en esa conexión que ya no tenía nada que ver con lo que había pasado en el local. Esto era otra cosa. Y ninguno de los dos estaba dispuesto a frenarlo.
Nico estaba cada vez más excitado. Las manos de Pipa descendieron con decisión, encontrando el último límite de tela que quedaba entre ellos, y sin romper la mirada, sin bajar los ojos, terminó de quitárselo, dejándolo a un lado sin importancia, como si nada más existiera en ese momento.
—Ahora sí… —murmuró él, con una sonrisa que ya no escondía nada.
Nico dejó escapar el aire, con una media sonrisa apenas contenida, sin dejar de mirarla. Y entonces fue ella. Se incorporó con rapidez, moviéndose con seguridad, colocándose sobre él sin titubeos, marcando el ritmo desde el primer segundo, como si hubiera decidido que aquello iba a ser así, sin dudas, sin pausas, sin preguntas.
Nico apoyó las manos en su cintura al instante, sujetándola con firmeza, acompañando cada movimiento, sin intentar cambiarlo, dejándose llevar por ese ritmo que ella imponía, pero que encajaba perfectamente con el suyo.
—Así… —murmuró él, más bajo.
Pipa sonrió, inclinándose ligeramente hacia delante, acercándose a su boca sin llegar a besarle del todo, jugando con esa distancia mínima, sintiendo cómo todo se intensificaba aún más en ese punto.
—No digas nada —respondió ella.
No hacía falta. Sus manos seguían moviéndose sobre su cuerpo, recorriéndola con intención, con precisión, sin perder contacto en ningún momento, y Pipa respondía a cada gesto, a cada roce, sin contenerse, dejando que todo fuera más directo, más físico, más claro. No había estrategia, ni control, solo ganas. Y encajaban.
Después de unos segundos, fue él quien cambió el ritmo, sujetándola con más firmeza, girándose con facilidad, invirtiendo la posición sin romper el contacto, sin cortar lo que ya habían construido, dejándola debajo esta vez, pero sin perder ese mismo pulso que compartían.
El ritmo se volvió más constante, más firme, como si ya no hubiera nada que medir, como si ambos hubieran llegado exactamente al mismo punto sin necesidad de buscarlo. Nico sostenía el peso con seguridad, sin apartar la mirada de ella, observando cada reacción, cada pequeño gesto, mientras Pipa se arqueaba ligeramente, aferrándose a él, dejando de contener cualquier intento de control.
—No pares… —murmuró ella, casi sin aire.
Nico no lo hizo. Al contrario, ajustó el movimiento, encontrando ese punto exacto donde todo encajaba, donde ya no había que pensar, solo seguir, y en ese momento la mirada entre los dos cambió, más intensa, más directa, como si ya no hubiera nada alrededor.
Pipa lo miró, lo miró de verdad. Y en esa mirada había algo distinto, algo más allá del juego, de la atracción, de la noche.
—Nico… —susurró, sin terminar la frase.
Él la sostuvo, acercándose un poco más, sin romper el ritmo, sin perder ese equilibrio que había mantenido desde el principio.
—Estoy aquí —respondió, muy bajo.
Y eso fue suficiente. El aire se volvió más corto, más irregular, las manos más firmes, más presentes, y durante unos segundos todo se concentró en ese punto exacto donde ya no había espacio para nada más. Pipa cerró los ojos apenas un instante, apretando los dedos contra su espalda, mientras él la sujetaba con más fuerza, manteniéndola ahí, con él.
Y entonces ocurrió. A la vez, sin desajuste, sin romperse. Como si desde el principio hubieran sabido que iba a ser así. El movimiento se detuvo poco a poco, sin brusquedad, dejándose caer sobre ella, apoyando la frente cerca de su cuello, respirando aún agitado, sin separarse del todo.
Durante unos segundos, ninguno habló. No hacía falta. Pipa dejó escapar el aire lentamente, pasando una mano por su espalda, todavía sintiendo el pulso acelerado, la piel caliente, la sensación de que aquello no había sido casual.
Nico se incorporó lo justo para mirarla. Y esta vez no había juego en la mirada.
—Vale… —murmuró ella, con una sonrisa que no pudo evitar.
Él sonrió también, más leve.
—Vale.
Se quedaron así unos segundos más, sin moverse, sin prisa por romper el momento, como si ambos supieran que lo que acababa de pasar no era solo parte de la noche. Era algo más. Y ninguno de los dos estaba dispuesto a ignorarlo.
Nico le dio un beso en los labios y fue directo al baño. Ella cogió una camiseta de Nico que había sobre una silla y fue a la sala, donde había dejado su bolso. Cogió el móvil y les mandó un mensaje a las chicas.
«¿Qué tal terminó la noche? ¿Todo bien? La mía no pudo haber terminado mejor…»
Guardó el móvil y se sentó en el sofá. Nico entró justo en ese instante.
—Vaya, parece que mi ropa te sienta mejor a ti que a mí.
Ella no pudo evitar sonreír. Aún no se había calmado lo suficiente como para volver a respirar sin prisa, tenía el pelo cayendo desordenado sobre los hombros, la piel aún con ese calor que tarda en irse, mirando al frente sin pensar en nada concreto.
Nico estaba cerca. No demasiado, pero sí lo suficiente.
—Parece que venir a tu casa no ha sido una mala decisión —dijo ella, sin mirarlo.
Nico dejó escapar una pequeña risa.
—No.
Pipa giró la cabeza hacia él.
—De hecho…
Se detuvo. Sonrió.
—Ha sido bastante buena.
Nico sostuvo su mirada.
—Lo sé.
Silencio, pero no incómodo.
—La verdad que no me importaría repetir —añadió ella.
—Eso no será ningún problema.
Nico sonrió y eso, en lugar de incomodarla, la hizo sonreír también. Porque esta vez no había dudas, ni análisis, ni control, solo algo claro, directo y completamente decidido: Quería seguir viendo a Nico.