Por siempre nosotras 12
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No fue casualidad. Eso fue lo primero que pensó cuando la vio entrar en el local. Podría haberlo sido, claro, Madrid es lo suficientemente grande como para no cruzarte con alguien durante años… y lo suficientemente pequeño como para hacerlo en el peor momento, pero no, no fue eso. Porque él no la vio de repente, no fue un choque inesperado, fue algo más lento, más consciente.

La había visto antes, al entrar, entre la gente, entre las luces bajas y la música demasiado alta, entre cuerpos que se movían demasiado cerca, entre conversaciones que no le interesaban, y, aun así, en cuanto levantó la vista, la encontró. Como siempre. Lía.

No cambió de sitio, no se acercó, no hizo nada, solo la miró. Y en ese primer momento, antes incluso de procesarlo del todo, sintió algo que no esperaba, algo que no tenía que ver con la sorpresa ni con la nostalgia. Fue algo más físico, más directo, como un golpe seco en el pecho, breve, pero suficiente para descolocarle. Porque no era un recuerdo, era ella, de verdad. Más adulta, más firme, más segura en la forma de moverse, en la forma de ocupar el espacio, pero con algo intacto, algo que él reconoció sin esfuerzo, esa manera de mirar que no se queda en la superficie, que parece atravesar lo que tiene delante, como si siempre estuviera buscando algo más.

Y eso fue lo que le hizo quedarse. No acercarse. Todavía no. Porque no era lo mismo verla… que entrar en su vida otra vez.

La observó durante un rato que no supo medir, apoyado en la barra, con una copa que no estaba bebiendo, respondiendo lo justo a quien le hablaba al lado, sin perderla de vista del todo, como si necesitara confirmar que no estaba idealizándola, que no era solo la versión que había guardado en la cabeza durante años. No lo era, era mejor y eso no le tranquilizó.

La vio reír con Tana, inclinarse hacia ella para decirle algo al oído, apartarse el pelo con un gesto automático, moverse con esa seguridad que antes no tenía del todo, como si ya supiera exactamente quién era y no necesitara demostrarlo. Pero también vio otra cosa, pequeña, casi imperceptible. Momentos en los que se quedaba un segundo más quieta de lo normal, en los que su mirada se iba, en los que no estaba del todo ahí. Y eso… Eso sí lo reconoció.

No pensaba acercarse así, no en medio de todo eso, no sin haber hablado antes. Por eso le escribió, por eso eligió ese mensaje. No para sorprenderla, sino para ver si seguía siendo ella. Y lo era. En la forma de responder, en el tiempo que tardó, en lo que dijo y en lo que no.

Cuando la vio levantarse y dirigirse hacia el baño, no lo pensó demasiado. No fue una decisión racional, fue más bien un impulso contenido durante demasiado tiempo. Dejó la copa sobre la barra, se apartó de la gente sin despedirse del todo, caminó con calma, sin prisa, pero con una dirección clara, y cuando llegó al pasillo, se detuvo. No entró, no hacía falta. Sabía que iba a salir, y la esperó.

Apoyado ligeramente contra la pared, con los brazos relajados, pero el cuerpo en tensión, no por nervios, sino por anticipación, como si ese momento fuera más importante de lo que estaba dispuesto a admitir. Y cuando la puerta se abrió… Ahí estaba. Más cerca que antes, mucho más real. Lía se quedó quieta en cuanto lo vio, y en ese segundo exacto, Dani lo notó todo, la forma en que su cuerpo se detuvo, en que su respiración cambió, en que la mirada se le quedó fija, demasiado fija.

No fue una reacción exagerada, fue peor, contenida, y por eso fue más evidente.

—Hola —dijo él.

No sonó como quería. Sonó más bajo, más serio, más cargado de lo que pretendía. Ella tardó un segundo en responder. Uno solo, pero suficiente.

—Hola.

Y entonces se miraron de verdad, sin gente alrededor. Sin ruido ni excusas. Y en ese momento Dani lo supo. Lía no estaba bien. No con él delante. No ahí. No así.

Lo vio en la forma en que respiraba, demasiado superficial, en cómo intentaba mantener la postura, en cómo sostenía la mirada, pero con algo detrás, algo que no encajaba con la seguridad que había visto antes desde lejos.

—No pensaba encontrarte aquí —dijo.

Y era verdad. Porque había imaginado muchas versiones de ese momento, pero no esa.

—Yo tampoco.

Silencio. No incómodo, pero lleno. No la notó cambiada, pero la vio afectada. Por él. Cuando dijo que tenía que volver, Dani no la detuvo. Podría haberlo hecho, podría haber dado un paso, podría haber dicho algo más, pero no lo hizo, porque la conocía, porque sabía que, si la presionaba, se iba a cerrar. Y no había esperado tanto tiempo para hacer eso mal.

Así que la dejó ir, pero no apartó la mirada ni un segundo. La vio alejarse, atravesar el pasillo, desaparecer entre la gente, y durante unos segundos más, se quedó exactamente en el mismo sitio, sin moverse, sin pensar demasiado, dejando que ese momento se asentara.

—Sigues igual… —murmuró.

Pero no era verdad, y eso lo complicaba todo. Cuando salió del pasillo y volvió a la sala, no la buscó de inmediato, sabía que no estaba, que se habría ido, porque Lía no se quedaba cuando algo se le escapaba de las manos, nunca lo había hecho. Y eso también seguía siendo igual.

Apoyó los brazos en la barra, pidió otra copa, pero no la tocó. No tenía prisa. No esta vez. Porque si algo había aprendido, era que, con ella, lo único que no funcionaba era forzar el momento, pero eso no significaba dejarlo pasar. Al contrario, significaba hacerlo bien. Por primera vez. Y mientras miraba hacia la puerta por la que había salido, lo tuvo claro. Esta vez no iba a quedarse a medias, aunque ella aún no lo supiera.