11
El sábado tenía otro ritmo, otro tono, otra forma de empezar incluso antes de salir de casa, como si la ciudad entera estuviera de acuerdo en que esa noche iba a pasar algo, aunque nadie supiera exactamente qué. Habían quedado pronto, lo suficiente para cenar con calma, arreglarse sin prisa y dejar que la noche fuera creciendo poco a poco, sin necesidad de forzarla.
El restaurante estaba lleno, como siempre, con esa mezcla de mesas imposibles de conseguir y gente que parecía no tener problema en conseguirlas, luces cálidas, copas alineadas, camareros que se movían rápido, pero sin parecerlo, y un ambiente en el que todo el mundo miraba sin querer mirar. Amazónico, uno de esos sitios donde siempre pasaba algo, donde siempre había alguien importante en la mesa de al lado.
Las tres llegaron juntas, y en cuanto cruzaron la puerta, el gesto fue automático, miradas, sonrisas, pequeños saludos que no interrumpían, pero sí dejaban claro que estaban dentro de ese circuito.
—Mesa para tres —dijo Pipa, sonriendo con esa seguridad suya que nunca parecía exagerada.
El maître apenas tardó en reaccionar.
—Por aquí.
No preguntó más. No hacía falta.
Se sentaron en una mesa lateral, lo suficientemente discreta para hablar, lo suficientemente visible para que las vieran, y durante un rato todo fue fácil. La carta, las copas de vino, los comentarios cruzados, la risa de Pipa llenando los silencios, Tana relajándose poco a poco, Lía observando como siempre, aunque esa noche había algo distinto en su mirada, algo menos presente.
—Vale, necesito que probéis esto —decía Pipa, señalando la carta—. Confianza total, está todo increíble.
Pidieron sin pensar demasiado, compartieron platos, probaron de todo, hablaron de cosas sin importancia, del trabajo lo justo, de la semana, de gente que conocían, de planes que no iban a hacer, y durante un rato, Lía casi consiguió olvidarse. Casi. Hasta que alguien se acercó a la mesa.
—Lía.
La voz hizo que levantara la vista de inmediato.
—Carlos —respondió, con una sonrisa natural.
Era Carlos Torres, de esas caras que aparecían en eventos, campañas, revistas, alguien conocido, cercano a su mundo, alguien con quien había trabajado más de una vez.
—No me lo creo —dijo él—. Siempre en los sitios buenos.
—Tú también —respondió Lía.
—Eso intento.
Se inclinó ligeramente hacia la mesa.
—¿No me presentas?
Lía miró a las chicas.
—Ellas son Tana y Pipa.
Saludo rápido, natural, un par de frases, una broma ligera de Pipa que hizo reír a Carlos sin esfuerzo.
—Encantado —dijo él—. Bueno, disfrutad de la cena. Nos vemos luego por ahí, ¿no?
Y se fue, guiñándoles un ojo.
—Vale —murmuró Pipa—. Me encanta este nivel.
—Te encanta todo —respondió Tana.
—No todo.
Lía no dijo nada, pero ya no estaba del todo ahí.
Después de cenar, salieron a la calle con ese aire fresco que cambia el ritmo, que hace que la noche empiece de verdad, y sin pensarlo demasiado, como tantas otras veces, decidieron seguir.
—¿Copa? —dijo Pipa.
—Copa —repitió Tana.
Lía asintió.
—Copa.
El siguiente sitio estaba igual o más lleno, música más alta, luces más bajas, gente moviéndose más cerca, ese tipo de local donde el espacio se reduce y todo se vuelve más físico, más inmediato. Y entonces lo vieron.
—No puede ser —dijo Pipa, frenando en seco.
Nico.
Esta vez no estaba con gente de trabajo, ni con ese aire contenido de la otra noche, estaba con sus amigos, riéndose, relajado, más suelto, con una cerveza en la mano y la camisa abierta un poco más de lo habitual, como si ese contexto le quitara capas.
Levantó la vista y la vio. Sonrió y esta vez no dudó.
—Vale —murmuró Tana—. Esto ya no es casualidad.
—Calla —respondió Pipa, aunque no podía dejar de sonreír.
Nico se acercó directamente, sin rodeos, con esa forma de moverse que ya empezaba a ser familiar.
—Otra vez —dijo.
—Otra vez —respondió Pipa.
Esta vez todo fue más fácil, más natural, más rápido, sin presentaciones innecesarias, sin ese primer filtro, y en cuestión de minutos ya estaban hablando como si se conocieran de toda la vida, riéndose, acercándose más de lo que lo habrían hecho en cualquier otra situación.
La música subió y el espacio se redujo.
—¿Bailas? —preguntó él.
Pipa no respondió con palabras, solo le miró y eso fue suficiente. Se acercaron demasiado, más de lo que era necesario, más de lo que era casual, moviéndose al ritmo de la música, pero sin estar pendientes de ella, con esa forma de bailar que no es baile del todo, sino contacto, proximidad, miradas que no se apartan.
Tana y Lía los miraban desde la barra.
—Vale —dijo Tana—. Esto ya está.
Lía asintió, pero no sonrió del todo.
—Sí.
No tardaron mucho más. Un par de canciones, un par de copas y luego…
—Nos vamos —dijo Pipa, sin dar muchas explicaciones.
—Claro que sí —respondió Tana, divertida.
Nico ni siquiera lo dudó. Y se fueron sin mirar atrás. Tana y Lía se quedaron y pidieron otra copa.
—Me cae bien —dijo Tana.
—A mí también.
—Y está muy bueno.
Lía sonrió.
—Mucho.
Se acercó un grupo de chicos, de esos que no molestan, que saben entrar sin invadir, con bromas fáciles, con una forma ligera de estar que no incomoda, y durante un rato se dejaron llevar, bailaron, rieron, respondieron sin implicarse, como tantas otras veces.
—Vale, cambio de sitio —dijo Tana en un momento dado.
—Sí —respondió Lía.
Y se fueron. El siguiente local era más pequeño, más oscuro, más intenso, con la música más presente, menos espacio para pensar, más para sentir. Y durante un rato, funcionó. Hasta que dejó de hacerlo.
—Voy al baño —dijo Lía.
Tana asintió.
—Voy pidiendo otra.
Lía caminó entre la gente, esquivando cuerpos, luces, conversaciones, con esa sensación de estar dentro y fuera al mismo tiempo, empujando la puerta del baño sin pensar demasiado. Y entonces, al salir, se lo encontró. Dani. Sin preparación, sin aviso. Solo él, de pie, apoyado ligeramente en la pared del pasillo, como si llevara un rato ahí, como si supiera que iba a pasar.
Lía se quedó quieta. Completamente. El aire desapareció.
—Hola —dijo él.
Su voz no había cambiado. O sí, pero no lo suficiente. Lía abrió la boca, pero no salió nada al principio.
—Hola.
Silencio. Corto. Eterno. Se miraron demasiado, más de lo que era cómodo, más de lo que era seguro.
—No pensaba encontrarte aquí —dijo él.
—Yo tampoco.
Otro silencio, esta vez más denso, más real.
—Estás bien —añadió Dani.
No era una pregunta. Lía tragó saliva.
—Estás igual —dijo, muy bajo.
Y esa frase… Esa frase fue demasiado. Porque no era verdad. Y porque sí lo era. Lía apartó la mirada un segundo, intentando recuperar algo que no estaba.
—Tengo que irme —dijo.
No era una excusa. Era una salida.
Dani asintió. No la detuvo, pero tampoco se apartó. Y durante un segundo más, se quedaron ahí, sin decir nada, pero diciéndolo todo.
—Nos vamos —dijo Lía en cuanto llegó a la barra.
Tana la miró. Algo no encajaba.
—¿Qué pasa?
Lía cogió el bolso.
—Vámonos.
—Lía.
Se detuvo. La miró. Y ahí estaba. Todo.
—Me he cruzado con Dani.
Silencio.
Tana no preguntó nada más. No hacía falta.
—Vale.
Salieron. El aire de la calle las envolvió de golpe y Lía respiró, pero no era suficiente.
—No estoy preparada para esto —dijo, muy bajo.
Tana la miró.
—Lo sé.
Y por primera vez en toda la noche, nada parecía bajo control.