Por siempre nosotras 10
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El día de Lía siguió avanzando como si nada hubiera cambiado, como si ese mensaje no hubiera abierto nada, como si todo siguiera exactamente en su sitio, las reuniones, las decisiones, las conversaciones medidas al milímetro, las respuestas claras, la seguridad intacta. Y, sin embargo, había algo que no terminaba de encajar, un pequeño desfase que no se veía desde fuera pero que ella notaba en cada gesto, en cada pausa un poco más larga de lo habitual, en cada momento en el que su cabeza se iba medio segundo antes de volver. No era evidente, pero estaba ahí.

En la oficina, nadie lo notó, o si lo hicieron, no supieron interpretarlo. Siguió siendo la misma, la que decide, la que corrige, la que ve antes que los demás, pero por dentro, en ese espacio que nadie tocaba, el mensaje seguía ahí, repitiéndose sin necesidad de releerlo.

«Pensé que tardarías menos.»

Como si la conociera. Como si nada hubiera cambiado. Como si no hubieran pasado años.

A las ocho y media, cuando salió de la oficina, no volvió a casa. No quería ese silencio todavía. No quería ese momento en el que todo se ordena demasiado y no queda otra opción que pensar.

Habían quedado las tres en un sitio más tranquilo que el de la noche anterior, un bar con luz cálida, mesas de madera, música baja, ese tipo de lugar donde el tiempo parece ir un poco más despacio y las conversaciones se alargan sin darse cuenta.

Tana ya estaba allí, sentada con la espalda recta, una copa de vino delante, con un conjunto de pantalón de traje negro y top en tono claro que marcaba ese equilibrio suyo entre formal y relajado, el pelo recogido en una coleta baja, limpia, precisa. Levantó la vista en cuanto vio entrar a Lía.

—Llegas tarde —dijo, aunque apenas eran unos minutos.

—Ya —respondió Lía, dejando el bolso sobre la silla.

Pipa apareció casi al mismo tiempo, como si hubiera calculado la entrada para coincidir, con un vestido corto en tono claro, sandalias planas y el pelo liso cayendo sobre los hombros, con esa energía suya que llenaba espacio incluso antes de sentarse.

—Vale, necesito que me contéis qué tal vuestro día porque el mío… —empezó a decir Tana.

El bar estaba más lleno que otros días, con ese murmullo constante de conversaciones cruzadas que hacía que todo resultara más ligero, menos expuesto, y durante un rato hablaron de lo de siempre, del trabajo, de clientes imposibles, de decisiones que parecían urgentes pero en realidad no lo eran tanto, Pipa llevando el peso de la conversación como siempre, contando algo sobre un evento que se le había complicado a última hora, exagerando lo justo para que resultara divertido, mientras Tana la escuchaba con media sonrisa, interviniendo de vez en cuando con comentarios secos que solo ellas entendían.

Lía estaba ahí, pero no del todo. Asentía, sonreía cuando tocaba, daba pequeños sorbos a su copa, pero su cabeza no estaba en la mesa, estaba en otro sitio, en esa frase que se repetía sin parar, en ese tono, en esa forma de escribir que no había cambiado nada.

—…y entonces va y me dice que si podemos cambiar todo el seating a última hora —seguía Pipa—. ¿Pero tú sabes lo que es eso?

—Un caos —respondió Tana.

—Exacto.

—Lía, ¿tú qué harías? —preguntó Pipa, girándose hacia ella.

Silencio. Pequeño, pero evidente.

—Lía —repitió, esta vez más despacio.

Nada. Lía estaba mirando su copa, pero no la veía.

—Eh —dijo Tana, inclinándose ligeramente hacia delante—.

Lía levantó la vista entonces, como si volviera de golpe.

—¿Qué?

Pipa la miró con una sonrisa que ya no era del todo casual.

—¿Estás bien?

Lía sostuvo su mirada un segundo, dudando, lo justo.

—Sí. Me ha escrito alguien esta mañana y estaba pensando en eso—dijo al final.

No fue dramático, pero cambió el aire.

—Vale —respondió Pipa, apoyando los codos en la mesa—. ¿Quién te ha escrito? No pienses que vas a dejarnos así…

Lía bajó la mirada un segundo, pasando el dedo por el borde de la copa, como si ese gesto le ayudara a ordenar lo que iba a decir. Lía dudó un segundo más. No fue por no saber si quería que las chicas lo supieran, sino por decirlo en voz alta. Porque hacerlo lo hacía real.

—Dani.

Las dos se quedaron quietas. No porque el nombre en sí dijera algo. Sino por cómo lo dijo.

Pipa fue la primera en reaccionar.

—Vale.

Tana no sonrió. Ese “vale” no era neutro. Lía lo notó.

—No es lo que pensáis.

—No hemos dicho nada —respondió Pipa.

—Pero lo estás pensando.

Pipa se encogió ligeramente de hombros.

—Un poco.

Tana seguía mirándola.

—¿Qué quiere?

Lía apoyó la espalda en la silla, cruzando las piernas lentamente.

—Nada.

—Mentira —dijo Tana.

—No ha dicho nada en concreto.

—Eso es peor —añadió Pipa.

Lía dejó escapar una pequeña risa, más por nervios que por otra cosa.

—Solo… ha vuelto.

Pipa inclinó la cabeza.

—¿Y?

Lía tardó en responder. Demasiado.

—Y ya está.

Pero no estaba. Las tres lo sabían. Tana cogió la copa, dio un sorbo sin apartar la mirada de ella.

—¿Te importa?

Lía sostuvo su mirada y ahí estaba la respuesta. No en lo que dijo, sino en lo que no dijo. Pipa sonrió muy levemente.

—Vale.

—¿Vale qué? —preguntó Lía.

—Que esto se complica.

Lía negó.

—No.

—Sí —respondieron las dos a la vez.

Silencio otra vez, pero distinto. Más claro. Más incómodo.

Lía bajó la mirada hacia la mesa, girando la copa entre los dedos, sintiendo por primera vez en mucho tiempo que algo no encajaba del todo dentro de ella, algo que no podía colocar, ni ordenar, ni resolver con lógica. Y eso… Eso era exactamente lo que no sabía manejar.