9
Había algo en él que siempre llegaba antes que él mismo, no era su voz ni su forma de moverse, era esa sensación que aparecía cuando estaba cerca, como si el aire cambiara ligeramente, como si todo se volviera un poco más nítido sin que nada hubiera cambiado de verdad. Lía lo notó antes de verle aquella primera vez, sentada en las escaleras de la universidad, con el móvil en la mano sin mirarlo, dejando que el tiempo pasara sin necesidad de llenarlo.
—Estás en mi sitio.
Levantó la vista y ahí estaba, a poyado contra la barandilla, con esa calma que no parecía buscada, alto, muy alto, con los hombros marcando la camiseta de forma natural, los brazos definidos, la mirada fija en ella con una intensidad que no invadía, pero tampoco dejaba espacio para ignorarla.
Lía frunció ligeramente el ceño.
—No sabía que las escaleras tuvieran nombre.
Al principio fueron coincidencias que se repetían demasiado como para ser casualidad, cafés después de clase que se alargaban más de lo previsto, conversaciones que empezaban sin importancia y terminaban en temas que ninguno de los dos compartía con casi nadie. Él no hablaba mucho de sí mismo, pero cuando lo hacía, lo hacía sin adornos, sin buscar impresionar, y ella, que siempre analizaba, que siempre medía, se descubrió a sí misma escuchando sin desmontar cada palabra. Con él no tenía que adelantarse y eso la descolocaba.
—Piensas demasiado.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
Y ella no ganaba esa discusión. Ni falta que hacía. No hubo un momento exacto en el que se volvieron importantes el uno para el otro, fue algo que se fue construyendo en los espacios pequeños, en los mensajes que no eran urgentes, pero sí necesarios, en los silencios que no incomodaban, en esa forma de mirarse que no pedía nada, pero lo decía todo. No eran pareja, nunca lo fueron, pero tampoco eran solo amigos, porque había algo más, algo que ninguno terminaba de nombrar, como si ponerle palabras lo hiciera más real… o más frágil.
Y así se quedaron. En ese punto intermedio, demasiado cerca para ser indiferentes, demasiado lejos para arriesgar. El problema no fue que algo pasara. Fue que no pasó nada. O no lo suficiente.
Hubo otros. Siempre los había. Momentos en los que ella estaba con alguien, y él lo sabía, lo notaba en la forma en que respondía más tarde, en cómo dejaba más espacio del habitual, en cómo las conversaciones cambiaban ligeramente de tono sin que nadie lo dijera. Y cuando era él el que desaparecía unos días, el que contestaba menos, el que parecía estar en otro sitio, aunque siguiera escribiendo, Lía también lo notaba. Pero nunca preguntaron, nunca lo hablaron, nunca cruzaron esa línea. Porque siempre había algo que lo impedía. El momento, el orgullo o el miedo a romper lo que sí tenían.
Y luego llegó el después. Sin darse cuenta, sin una fecha concreta, sin una conversación final. Él se fue fuera a estudiar, al principio parecía algo temporal, algo que no iba a cambiar demasiado, porque seguían escribiendo, seguían hablando, seguían buscándose en los huecos del día, pero ya no era lo mismo. No por falta de interés, sino más bien por desajuste. Cuando uno podía, el otro no. Cuando uno escribía, el otro estaba ocupado. Cuando coincidían, ya no estaban en el mismo punto. Y poco a poco, sin que ninguno lo decidiera del todo, las conversaciones se hicieron más cortas, más espaciadas, más… neutras.
Hubo un momento, uno concreto, que Lía recordaba sin querer recordarlo. Una noche en la que él respondió tarde, más tarde de lo habitual, con un mensaje breve, correcto, sin nada que se pudiera cuestionar, pero con algo que faltaba, algo que ella sí notó y no dijo nada, porque no tenía derecho, porque no eran nada, nunca lo habían sido. Y al día siguiente, cuando él volvió a escribir como si nada, ella también respondió como si nada y así siguieron, como si nada. Hasta que ese “nada” fue ocupándolo todo.
No dejaron de hablar de golpe, no se despidieron, no cerraron nada. Simplemente dejaron de estar y eso fue peor, porque no había un final claro al que agarrarse, solo distancia, tiempo y la sensación de que, si hubieran dicho algo en el momento adecuado, todo podría haber sido distinto.
En el presente, Lía volvió a abrir los ojos, con el móvil aún en la mano, sintiendo esa incomodidad suave que no tenía que ver con el pasado en sí, sino con lo que no había pasado, con lo que se había quedado ahí, sin resolver y lo entendió. No era solo que hubiera vuelto, era que lo que había entre ellos… nunca había terminado del todo. Y eso era lo que realmente la descolocaba.