Por siempre nosotras 8
16%

8

La terraza no le impresionó. No era el sitio, ni la gente, ni el tipo de ambiente al que otros miraban intentando encajar, él ya había estado en lugares mejores, peores, más exclusivos, más vacíos, pero había aprendido hacía tiempo que lo importante no era dónde estabas, sino por qué. O mejor aún, con quién. Aun así, se detuvo un segundo al salir del ascensor, no por el entorno, sino por una sensación

No fue inmediato. Primero fue una silueta entre otras, un grupo de tres, una copa alzada, una risa que no llegó a escuchar del todo, el movimiento del pelo con el aire, y luego, como si todo lo demás dejara de importar, ella. Lía.

Se quedó quieto un segundo más de lo normal. No porque dudara. Porque no estaba preparado. Había imaginado ese momento muchas veces, más de las que admitiría, pero nunca así, nunca sin aviso, nunca en medio de algo tan cotidiano que de repente dejaba de serlo. No había entrada dramática, no había música, no había preparación, solo ella, apoyada ligeramente en la mesa, con esa forma de estar que parecía tranquila pero no lo era del todo, con la mirada recorriendo el espacio como siempre, observando, analizando.

Exactamente igual y completamente distinta. Había cambiado, claro. No en lo esencial, pero sí en los detalles. La forma de vestir, impecable sin esfuerzo, tonos bien elegidos, líneas limpias, sin exceso, todo encajando como si no hubiera margen de error, el pelo cayendo con naturalidad, la postura más firme, más consciente de sí misma. Pero había algo que no había cambiado. La mirada seguía siendo la misma y eso fue lo que le descolocó. Porque él sí había cambiado. Mucho. Más de lo que ella imaginaba. Más de lo que quería que supiera de primeras.

Bajó la vista un segundo, respirando despacio, como si necesitara recolocarse antes de seguir caminando, porque lo fácil habría sido acercarse, ir directamente hacia ella, decir su nombre, romper ese espacio que los separaba, pero no lo hizo. No todavía.

Se movió hacia su mesa, donde ya le esperaban, saludó, escuchó, respondió lo justo, pero no estaba allí del todo, porque cada pocos segundos, sin poder evitarlo, volvía a mirarla, como si necesitara confirmar que seguía siendo real, que no era una proyección de algo que había dejado atrás. Y cada vez que lo hacía, encontraba algo nuevo. Un gesto, una pausa, una forma de inclinar la cabeza al escuchar. Seguía leyendo a los demás. Como siempre. Pero ahora había algo más, algo que él no recordaba haber visto antes, o que quizás no había sabido reconocer.

Cuando la vio girarse, cuando sus miradas se cruzaron por primera vez en años, no apartó la vista, no hizo ese gesto automático de disimular, simplemente la sostuvo, un segundo más de lo normal, dejando que ese momento existiera. Y fue suficiente, porque en ese instante entendió dos cosas. La primera, que no había dejado de conocerla. La segunda, que ella ya no le conocía a él. Y eso cambiaba todo.

Apoyó el brazo en la mesa, escuchando a alguien hablar a su lado, asintiendo sin procesar realmente las palabras, mientras seguía observándola, midiendo la distancia, no física, sino emocional, porque sabía que acercarse no era solo caminar hasta ella.

Era entrar otra vez. Y eso no era algo que se hiciera sin pensar. Sonrió muy levemente, más para sí mismo que para nadie.

—Sigues igual… —murmuró, casi imperceptible.

Pero no era verdad y por eso no se acercó, porque esta vez no quería hacerlo mal, porque esta vez sabía lo que podía pasar y porque, por primera vez, no tenía claro si ella iba a dejarle entrar.