7
La mañana de Lía no empezaba con prisas, empezaba con orden, que no era lo mismo. El despertador sonaba siempre a la misma hora, aunque casi nunca llegara a hacerlo porque ella ya estaba despierta unos minutos antes, con los ojos abiertos, mirando al techo, repasando mentalmente el día como si fuera una secuencia que necesitara encajar antes de ponerse en marcha.
El piso, amplio, luminoso, en una zona donde el ruido de la ciudad llegaba amortiguado, tenía ese tipo de estética limpia que no era casual. Tonos neutros, líneas rectas, pocos objetos, pero todos elegidos, como si cada cosa tuviera que justificar su presencia.
Se levantó sin prisa, caminó descalza sobre el suelo frío, recogiendo el pelo en un gesto automático mientras se dirigía a la cocina, donde la cafetera ya estaba programada, porque le molestaban los imprevistos incluso en lo más pequeño. Se sirvió el café en una taza blanca sin dibujo, apoyándose ligeramente en la encimera mientras daba el primer sorbo, cerrando los ojos apenas un segundo, no por placer, sino por concentración, como si ese instante marcara el inicio real del día.
El móvil vibró sobre la mesa. No lo cogió. Todavía no. Primero el café, después todo lo demás. Cuando finalmente lo hizo, desbloqueó la pantalla con calma, revisando notificaciones sin detenerse demasiado en ninguna, correos, mensajes del trabajo, el grupo con Tana y Pipa, al que le dedicó una mirada algo más larga, aunque no respondió. Deslizó el dedo, cerró, avanzó. Siempre hacia delante.
En el espejo del baño, mientras se preparaba, no se miraba para gustarse, se miraba para comprobar, para encajar cada pieza donde debía estar. El pelo suelto con ondas suaves, la piel luminosa sin exceso, el maquillaje limpio, preciso, y después el momento de elegir, que en su caso nunca era al azar. Abrió el armario con calma, repasando con la mirada prendas que no eran muchas, pero sí muy pensadas, tonos neutros combinados con piezas más marcadas, tejidos que caían bien, cortes actuales sin ser forzados.
Ese día eligió un pantalón de traje en gris claro, de tiro alto y caída recta, que alargaba la figura, combinado con un top satinado en tono marfil que aportaba luz sin llamar demasiado la atención, y encima, una gabardina ligera en beige, abierta, dejando que el conjunto respirara. En los pies, unas bailarinas negras de punta fina, elegantes, discretas, pero perfectamente alineadas con el resto, y en la muñeca, un reloj minimalista que cerraba el conjunto sin necesidad de más.
Nada en Lía era excesivo, pero todo estaba pensado.
Había días de vestidos midi que se ajustaban justo lo necesario. Otros de vaqueros bien cortados con camisas impecables. Días de pantalón ancho y zapatillas bien elegidas. Días de botas, de sandalias, de tacones bajos… Siempre en equilibrio, siempre dentro de una estética que no fallaba, porque no seguía la moda sin más, la entendía y la hacía suya.
Salió de casa con esa sensación de control que la acompañaba siempre, como una segunda piel, y bajó a la calle sin mirar atrás, sin pensar demasiado, porque ya lo había hecho antes. El coche la esperaba. El trayecto era siempre el mismo, las calles, los semáforos, los tiempos… todo medido, todo previsto.
En la oficina, el ambiente cambiaba. El ruido era distinto, más contenido, más estratégico, y Lía se movía en él como si fuera suyo, saludando lo justo, sin detenerse, sin perder tiempo en conversaciones que no aportaban nada, entrando directamente en la sala donde ya la esperaban.
—Tenemos que cerrar esto hoy —dijo alguien nada más verla.
Lía dejó el bolso sobre la mesa, sin sentarse todavía.
—No —respondió, tranquila—. Tenemos que hacerlo bien.
No alzó la voz. No hizo falta. Se sentó entonces, cruzando ligeramente las piernas, apoyando los codos en la mesa mientras escuchaba, sin interrumpir, dejando que los demás hablaran, se explicaran, se contradijeran incluso, porque sabía que la información real siempre estaba en esos matices, en lo que no encajaba del todo.
Cuando habló, lo hizo despacio.
—La campaña no tiene que gustar —continuó—. Tiene que quedarse.
Nadie respondió. No hacía falta. La reunión terminó poco después, no porque se hubiera cerrado todo, sino porque ya estaba claro hacia dónde ir, y Lía salió de la sala con la misma calma con la que había entrado, sin prisa, sin revisar el móvil de inmediato, sin mostrar ningún tipo de urgencia. Pero la había. Siempre la había.
En su mesa, el ordenador ya estaba encendido, los documentos abiertos, las ideas ordenadas, y durante horas trabajó sin interrupciones, concentrada, precisa, como si el tiempo no pasara igual para ella, como si pudiera manejarlo a su ritmo. Hasta que el móvil volvió a vibrar. Esta vez sí lo miró. Había un mensaje. Número desconocido. Lo abrió.
«No sé si te gustan esos sitios tanto como aparentas.”
Lía frunció ligeramente el ceño, sin entender del todo, repasando mentalmente el día anterior, la noche, las caras, los gestos.
«Pero ayer parecía que estabas observando más que disfrutando.»
Se quedó quieta un segundo. Algo dentro se movió. Muy poco, pero suficiente.
«Y eso suele ser más interesante.»
No había nombre, ni había explicación, solo ese mensaje.
Lía dejó el móvil sobre la mesa, apoyando la espalda en la silla, cruzando los brazos lentamente, mirando al frente sin ver realmente lo que tenía delante. No sonrió, pero tampoco volvió al trabajo de inmediato, porque había algo en ese mensaje que no encajaba. No era lo que decía, era cómo lo decía y sobre todo, era el hecho de que alguien hubiera visto algo que ella no mostraba o que creía no mostrar.
Cogió el móvil otra vez, releyó el mensaje, buscando algo más, un detalle, una pista, algo que pudiera ordenar. No la encontró y eso no le gustó nada, porque Lía estaba acostumbrada a entender, a anticipar, a tener el control. Y por primera vez en mucho tiempo, alguien había entrado en su espacio sin avisar, sin pedir permiso, sin que ella lo viera venir. Y eso… no estaba previsto.
Lía volvió a coger el móvil sin darse cuenta de que lo hacía, como si ese gesto no dependiera del todo de ella, como si algo hubiera quedado abierto y necesitara cerrarlo antes de poder seguir. Releyó el mensaje despacio, fijándose en cada palabra, no en lo que decía, sino en cómo estaba escrito, en ese tono que no buscaba impresionar, que no necesitaba hacerlo y entonces ocurrió. No fue inmediato, no fue evidente, pero algo encajó. Una forma de escribir, una manera de observar, ese tipo de comentario que no todo el mundo habría hecho. Se quedó quieta. Completamente.
El nombre no apareció en la pantalla, pero sí en su cabeza.
—No puede ser… —murmuró, casi sin voz.
Se apoyó en el respaldo de la silla, mirando al frente sin ver realmente la oficina, mientras los recuerdos no llegaban de golpe, sino a fragmentos, como si alguien los estuviera empujando desde el fondo, imágenes sueltas, risas, conversaciones largas, miradas que en su momento no había sabido interpretar del todo. Él. No había borrado su número. Claro que no. Él no hacía ese tipo de cosas. Todavía lo tendría agendado, o quizás lo sabía de memoria.
Lía apretó ligeramente el móvil entre los dedos, notando cómo algo dentro de ella se tensaba, no incómodo, pero sí inesperado, porque no era solo que fuera él, era todo lo que venía con él.
Hacía años, demasiados, antes de que todo fuera tan… claro. Antes de que ella supiera exactamente cómo moverse, cómo hablar, cómo mirar, cómo no implicarse más de lo necesario. Antes de que aprendiera a controlar.
Él había estado ahí en una versión suya que ya casi no reconocía del todo, en una Lía más ligera, más espontánea, menos calculada, alguien que no analizaba cada gesto antes de hacerlo, que no medía tanto las consecuencias. Y luego se fue de una forma tan natural que en su momento no pareció definitiva. Estudiar fuera, una oportunidad, algo temporal. Pero el tiempo pasó, y las conversaciones dejaron de ser diarias, luego semanales, luego… nada. Hasta desaparecer.
Lía volvió a mirar la pantalla. Número desconocido, pero ya no lo era. Desbloqueó el móvil otra vez, dudando un segundo antes de escribir, algo que no le ocurría casi nunca. Los dedos suspendidos sobre la pantalla, como si cualquier palabra pudiera romper algo que aún no entendía. Al final escribió:
«¿Quién eres?»
Lo envió. Y en cuanto lo hizo, supo que no había sido su mejor jugada. Demasiado neutro, demasiado frío, demasiado ella.
El móvil vibró casi al instante. No tuvo que abrirlo para saberlo. Aun así, lo hizo.
«Pensé que tardarías menos.»
El corazón le dio un golpe seco, breve, pero suficiente. Y entonces, sin necesidad de más, lo confirmó.
«Sigues observando demasiado.»
Lía cerró los ojos un segundo. Ahí estaba, esa forma de decir las cosas, esa forma de verla.
—Joder… —susurró, muy bajo.
No sonrió, pero algo se movió. Algo que no tenía que ver con el presente. No recordaba exactamente cuándo había empezado a fijarse en él de esa manera, si había sido poco a poco o si siempre había estado ahí, en segundo plano, esperando a ser entendido. Sí recordaba cómo era. No en detalle. En sensación. Alto, muy alto, de esos cuerpos que no pasan desapercibidos, no solo por la altura, sino por la forma en que ocupan el espacio. Hombros anchos, brazos marcados sin resultar excesivos, ese equilibrio entre fuerza y naturalidad que no parece trabajado, pero lo está. Caminaba con seguridad, pero sin imponerse, sin necesidad de demostrar nada. Y la mirada. Siempre la mirada. Intensa, directa, de esas que no se quedan en la superficie, que parecen detenerse un segundo más de lo normal, como si estuvieran buscando algo concreto, como si te estuvieran leyendo.
Lía tragó saliva. Había olvidado lo incómodo que era eso, o lo había evitado. El móvil seguía en su mano, no había contestado y eso no era propio de ella. Porque normalmente sabía qué decir. Siempre. Pero esto no entraba en ningún esquema. No era trabajo, no era estrategia, no era alguien nuevo al que analizar. Era pasado, y el pasado no se puede controlar igual.
Volvió a escribir. Esta vez más despacio.
«Has vuelto.»
No era una pregunta, era una confirmación. La respuesta tardó un poco más, lo justo.
«Hace tiempo.»
Lía frunció ligeramente el ceño.
«Y no has dicho nada.»
Esta vez sí había algo más en su tono. Más directo, más personal.
El móvil vibró.
«Tú tampoco preguntaste.»
Silencio, de esos que pesan.
Lía dejó el móvil sobre la mesa, pero no apartó la mirada de él, como si pudiera cambiar algo por dejar de mirarlo, como si eso fuera suficiente para volver al control. No lo era, porque por primera vez en mucho tiempo, no estaba analizando a alguien nuevo, sino recordando a alguien que ya la conocía y eso… era mucho más peligroso.