Por siempre nosotras 6
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La noche anterior no se le había ido del cuerpo. No del todo. No era solo el recuerdo —que también—, no era solo el contacto, ni la forma en que todo había encajado con una naturalidad que no le gustaba reconocer… era algo más difícil de colocar, más incómodo. Más presente.

Pipa caminaba por la calle con las gafas de sol puestas, aunque el día no lo necesitara tanto, el bolso cruzado, el móvil en la mano sin usarlo, como si ese gesto fuera suficiente para mantener el control de algo que, en realidad, ya no dependía del todo de ella.

Había dormido poco. No porque no pudiera. Porque no había querido. Porque, cuando se quedó sola en la cama, con el silencio ya sin excusas y la sensación todavía pegada al cuerpo, algo se le desordenó por dentro. No fue un pensamiento claro, ni algo que pudiera nombrar, sino más bien una incomodidad sutil, una certeza que llegó sin avisar: aquello le importaba más de lo que estaba dispuesta a asumir. Y eso fue suficiente. Lo justo para abrir los ojos del todo… y no volver a cerrarlos. Porque en cuanto cerraba los ojos, volvía a ese momento exacto en el que todo había dejado de ser ligero, en el que ya no era solo una noche más, ni una decisión impulsiva, ni alguien interesante que añadir a su lista. Era él. Nico. Y eso… no entraba en su forma de moverse.

Giró en la esquina de siempre, entrando en la cafetería sin mirar, con ese gesto automático de quien conoce el espacio mejor que su propia casa, saludando con una sonrisa breve, suficiente, sin detenerse, sin perder el ritmo.

—Como siempre —dijo el camarero.

—Como siempre —respondió ella.

Se sentó junto a la ventana, apoyando el codo en la mesa, dejando que la luz le diera de lado, mientras sacaba el móvil sin prisa, desbloqueándolo con un gesto casi mecánico. Abrió la conversación con las chicas y escribió:

«¿Qué tal terminó la noche?»

Pipa dejó escapar una pequeña sonrisa al recordar cómo había terminado la suya, breve, casi involuntaria, girando el móvil entre los dedos como si eso le ayudara a mantener cierta distancia. No la mantenía. Bajó un poco más. El nombre. Nico. Todavía no había escrito. Eso implicaba que todavía no había vuelto a casa. O eso quería pensar.

Apoyó la espalda en la silla, cruzando las piernas lentamente, mirando por la ventana sin ver realmente la calle, solo dejando que el pensamiento se asentara sin ordenarlo demasiado. Porque podía escribirle, era fácil, siempre lo había sido. Un mensaje rápido, ligero, sin peso ni implicación. Algo que mantuviera el contacto sin cambiar nada. Lo había hecho mil veces, pero esta vez no era igual, porque no sabía qué versión de sí misma iba a usar. La de siempre… o la otra. La que no controlaba del todo.

El café llegó. Dio un sorbo sin pensar, demasiado caliente, demasiado temprano para que le importara. Volvió a mirar la pantalla y abrió la conversación. Escribió.

«¿Qué tal tu entreno?»

Se quedó mirándolo un segundo. Demasiado neutro. Demasiado fácil. Borró

Volvió a escribir.

«Lo de ayer…»

Se detuvo. No. Demasiado evidente. Borró otra vez.

Apoyó el móvil sobre la mesa, boca abajo, como si así pudiera silenciar algo que no tenía que ver con las notificaciones.

—No —murmuró, muy bajo.

No iba a hacerlo. No así. Porque Pipa no tenía problema en empezar algo, el problema siempre había sido cuando algo empezaba a importar de verdad. Apoyó la barbilla en la mano, mirando a la gente pasar por la calle, observando sin implicarse, como tantas otras veces, pero esta vez sin encontrar ese punto cómodo en el que todo se vuelve fácil. Porque no lo era. Porque por primera vez en mucho tiempo, no estaba pensando en cómo avanzar… sino en si debía hacerlo.

El móvil vibró una sola vez. El gesto fue automático. Lo cogió sin pensar. Pantalla encendida. Un mensaje. Nico. Se quedó completamente quieta. No abrió el chat enseguida. No por estrategia, sino por algo más cercano al vértigo. Respiró hondo una vez y lo abrió.

«Pensé que no tenías prisa. Traje desayuno para uno. Mi intención era desayunarte a ti.»

Pipa dejó escapar el aire sin darse cuenta, una sonrisa leve apareciendo sin permiso, sin control, apoyando la espalda contra la silla mientras releía la frase una segunda vez. No era lo que decía, sino cómo lo decía, la seguridad con la que lo decía. Como si no dudara. Como si no necesitara medir. Y eso… no le facilitaba las cosas.

Apoyó el codo en la mesa, llevándose los dedos a los labios, pensando. Lo releyó. Escribió. Borró. Volvió a escribir.

«Pues esta vez vas a quedarte con hambre, aunque siempre puedes comerte el desayuno…»

Lo leyó un segundo. Sonrió. Lo envió.

Dejó el móvil sobre la mesa, esta vez sin darle la vuelta, mirándolo de reojo, como si esperara algo sin querer admitirlo del todo. Y ahí, en ese gesto mínimo, en esa espera que no era propia de ella, lo entendió. No era él, era lo que él provocaba. Ese pequeño desplazamiento, esa falta de control, ese momento en el que ya no sabía exactamente qué papel estaba jugando. Y por primera vez en mucho tiempo, no estaba segura de querer recuperarlo, pero tampoco lo estaba de perderlo.

Dio otro sorbo al café, más despacio esta vez, dejando que el calor le bajara por el cuerpo, mientras la ciudad seguía moviéndose al otro lado del cristal, ajena a todo.

Pipa apoyó la espalda en la silla, cruzó las piernas con calma, y sonrió muy levemente.

—Vale… —murmuró para sí.

Esto sí que era nuevo. Y eso… sí le apetecía verlo hasta el final.