5 #2
No fue una frase larga, pero lo cambió todo. Pipa no respondió con palabras. Se acercó, apoyando una mano en su pecho, notando el ritmo acelerado bajo la piel, dejando que sus miradas se quedaran ahí, fijas, sin escapar y cuando volvió a moverse, lo hizo sin romper ese contacto, sin apartar los ojos, como si, por primera vez en toda la noche, no se tratara solo de sentir… sino de quedarse.
El aire se volvió más corto. Más lento. Más intenso. Cada pequeño gesto tenía más peso ahora, cada cambio, cada pausa, porque ya no había distancia donde esconderse, ni distracción posible. Solo ellos y esa mirada que no se rompía.
—Pipa… —murmuró él, apenas.
Ella negó muy levemente, acercándose más.
—No digas nada.
Y entonces se dejaron ir. No de golpe, no como antes. Esta vez fue distinto. El ritmo se sostuvo hasta que dejó de ser controlado, hasta que la respiración se volvió completamente irregular, hasta que el momento dejó de pertenecerles del todo y pasó a ser algo que simplemente… ocurría. Y en ese último instante, cuando ya no había nada que contener, ninguno apartó la mirada. Ni un segundo. Como si eso fuera lo único que realmente importaba.
Cuando todo se detuvo, no hubo palabras. Solo esa pausa suspendida en la que el cuerpo aún no ha terminado de entender que ya no hay más que avanzar.
Se quedaron unos segundos más en el sofá, cerca, sin separarse del todo, con la respiración todavía desordenada y esa sensación difícil de nombrar que aparece cuando algo ha ido un poco más lejos de lo previsto.
Fue Pipa quien se movió primero. No para romper el momento, sino para recolocarlo.
—Vamos a la cama… —murmuró, muy bajo.
Nico asintió apenas. La ayudó a levantarse sin soltarla del todo, guiándola hasta la habitación con una cercanía más tranquila, más pausada, como si el ritmo ya hubiera cambiado.
La cama estaba deshecha. Entraron en ella sin pensar demasiado, dejándose caer entre las sábanas aún frías, buscando una postura cómoda sin necesidad de hablar, sin necesidad de explicarse nada. Pipa se acomodó de lado, dándole la espalda, pero sin marcar distancia real, dejando que su cuerpo quedara cerca del suyo, lo justo. Nico se acercó después, encajando ahí, sin invadir, sin preguntar. Y así, sin más, el silencio volvió a ser suficiente.
La luz entró demasiado pronto. Siempre lo hacía, pero aquella mañana se coló entre las cortinas con una claridad que no dejaba espacio para ignorarla del todo. Pipa abrió un ojo. Solo uno. Lo justo para ver la silueta de Nico moviéndose por la habitación, ya vestido a medias, ajustándose la camiseta con movimientos tranquilos, como si todo estuviera bajo control desde hacía rato.
—¿A dónde vas…? —murmuró, la voz aún tomada por el sueño.
Nico giró la cabeza hacia ella, apoyándose un segundo en el respaldo de la silla.
—A correr —respondió—. Necesito empezar el domingo entrenando.
Pipa frunció levemente el ceño, sin incorporarse, medio escondida entre las sábanas.
—¿A estas horas?
Él sonrió muy ligeramente.
—Es la mejor hora.
Se acercó a la cama, inclinándose lo justo para apartarle un mechón de pelo de la cara, con un gesto mucho más suave de lo que había sido la noche.
—Quédate —añadió—. Cuando vuelva te traigo desayuno.
No sonó a obligación, ni a promesa pesada, solo… a algo fácil. Pipa lo miró un segundo más, sin responder enseguida, como si estuviera decidiendo algo que no tenía del todo claro. Al final, asintió apenas.
—Vale.
Nico cogió las llaves, las zapatillas, y salió sin hacer ruido.
La puerta se cerró con un clic suave y entonces sí, silencio. Pipa volvió a cerrar los ojos, pero ya no era lo mismo. No era sueño del todo. Era ese estado intermedio en el que el cuerpo descansa, pero la mente empieza a moverse, lenta, sin orden claro, recogiendo fragmentos de lo que había pasado. La noche. La forma en que todo había encajado. Lo poco que había dudado. Y, sobre todo… lo fácil que había sido quedarse.
Se giró sobre la cama, mirando el lado vacío, aún marcado. Suspiró.
—Vale… —murmuró para sí.
Pero no había un “vale” claro. No del todo. Se quedó unos minutos más, sin mirar el reloj, sin decidir nada, dejando que el tiempo pasara sin empujar. Hasta que lo hizo. Se incorporó de golpe, como si necesitara romper ese estado antes de que se alargara demasiado. No iba a quedarse. No era lo que hacía.
Se levantó, recogiendo su ropa del suelo, moviéndose por la habitación con rapidez, sin detenerse en nada más de lo necesario. La ducha fue corta, práctica, sin recrearse. El agua le ayudó a despejar, a recolocar lo suficiente como para volver a su sitio, al de siempre.
Cuando salió, ya estaba vestida, el pelo aún ligeramente húmedo, el gesto más compuesto, más reconocible. Miró la habitación una última vez. La cama deshecha, la luz entrando sin permiso y el rastro de algo que no encajaba del todo en sus esquemas.
Se acercó a la cocina, buscó un papel y un bolígrafo. Dudó un segundo, solo uno y escribió:
«Ha estado muy bien. Pipa»
Nada más. Lo dejó sobre la encimera, en un lugar visible, sin esconderlo, sin darle más peso del necesario. Como si fuera una despedida ligera, como si no hubiera nada más detrás. Cogió el bolso. Las llaves no, no las necesitaba, y salió. Cerrando la puerta con cuidado, sin hacer ruido.