¿Por qué todo es tan complicado? (El caos de Beca 2) La estrella
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La estrella

Al escuchar a Nico me sentí un poco idiota por haber montado tanto drama antes de preguntar. Otra prueba de que hablar las cosas suele ahorrar muchas películas mentales.

Me explicó que, sin querer, le tiró el chaquetón al suelo y cayó en un charco asqueroso. Que él le ofreció el suyo, pero Celia le dijo que no hacía falta y entonces él le ofreció su sudadera. Sin más.

—Gracias por contármelo, Nico.

No sabía qué más decir: Celia no había hecho nada. Nada. La única que había causado problemas ahí había sido yo… Yo y mi agobio.

Nos quedamos un momento en silencio hasta que me animé a seguir, porque ya que estaba siendo valiente, era mejor no frenar a medias.

—Y… ¿lo de la goma? —añadí—. El día del veterinario, cuando te la di.

—Ah, sí, la he llevado a clase durante días, pero siempre se me olvida devolvértela. Hoy no la he traído. ¿Es importante?

El mundo se detuvo durante un instante. Luego lo entendí.

Por su respuesta, averigüé que Nico no tenía ni idea de lo importante que podía ser una goma. De nuevo, pensé que llevaba días confundida y enfadada por cosas que solo existían en mi cabeza.

Literal…

—Sí…, es importante —empecé—. Pero no por la goma. Es que…

Me mordí el labio; el corazón me latía a mil, pero no podía echarme atrás. Me sentía bien, estaba a gusto con él, quería decírselo. Así que cogí aire. Y se lo dije.

—Me gustas. Y ese día, cuando te la di, para mí significaba eso.

Ya estaba. Lo había soltado. Sin dramas.

Nico se quedó quieto, mirándome como si acabara de entender algo de golpe, con esa cara de cuando te cambian el guion y necesitas un segundo para recolocarte.

Igual estaba sorprendido, igual se sentía un poco idiota por no haberlo pillado antes, o igual simplemente no sabía qué hacer porque no se lo esperaba.

También se mordió el labio. Miró al suelo. Me miró a mí. Volvió a respirar. Y justo cuando parecía que iba a decir algo…

—¡Joder, Nico! —exclamó Jorge de repente a mi espalda—. Es el momento de las tartas, te está buscando todo el mundo.

¿En serio?

—Ostras… ¡Las tartas! —dijo Nico, descolocado, soltando todo el aire de golpe.

Jorge nos miró con cara rara. Detrás de él empezó a aparecer más gente, que gritaba «¡Está aquí!» y reía.

Nico volvió a mirarme y, apretándome la mano, como si quisiera disculparse, preguntó:

—¿Te importa si entramos?

—Claro, vamos —contesté. No podía retenerlo ahí conmigo, obvio. Era su fiesta.

Él me sonrió y me dedicó una mirada cargadísima de… No sabría explicarlo, pero yo lo sentí como si quisiera dejar claro que aquello no se quedaba ahí.

—Pero la conversación queda pendiente —murmuró. Yo sonreí.

En cuanto entramos y vieron a Nico, todo el mundo empezó a cantar el «Cumpleaños feliz» a pleno pulmón, y el ruido llenó la sala.

Los amigos de Nico alzaban su tarta, y Noa y Rodrigo levantaban la de Bel, intentando que no se apagara ninguna vela.

Yo me escabullí entre la gente y me coloqué al lado de Andrea, que estaba junto a la mesa, esperando para lanzarse sobre Bel en cuanto soplara.

Al verme, Andrea me miró un segundo y pegó su cara a la mía.

—¿Todo bien? —me preguntó, con gesto de quien te conoce y sabe que acaba de pasar algo.

Yo asentí, todavía con el corazón acelerado y, mientras hacía como que cantaba, me dije que ya estaba hecho. Me sentí superorgullosa. Miré un momento abajo, vi mis botas, tan preciosas, y sonreí, pensando en lo de ser yo misma. Sí, la chica que por fin había soltado lo que llevaba dentro era yo.

Bel y Nico soplaron las velas a la vez, y todos aplaudimos y nos pusimos a gritar.

—Para ti, reina Isabel —dijo Andrea, levantando la bolsa—. Esto es nivel «hemos roto la hucha y no nos arrepentimos».

Bel metió la mano dentro y, en cuanto vio la camiseta deportiva de su jugador favorito, soltó un grito.

—¡No me lo puedo creer!

Se la puso encima de la ropa sin pensarlo ni un segundo: le quedaba genial. Estaba tan feliz que daba un poco de envidia, de la buena. De esa que te hace sonreír sin darte cuenta.

Mientras tanto, Nico seguía abriendo regalos y yo no podía evitar fijarme en él. De vez en cuando me parecía que sus ojos me buscaban, y cuando se cruzaban con los míos, me sonreía con un brillo especial, como si todo lo demás se hubiera quedado en segundo plano.

—¿No le vas a dar su regalo? —me susurró Noa, que se dio cuenta de nuestras miradas, dándome un pequeño codazo.

Metí la mano en el bolsillo de la falda y saqué el paquetito envuelto. «Vamos allá», pensé, y volví a acercarme a Nico.

—Este es el mío —le dije, intentando sonar normal, aunque volvía a estar de los nervios.

Dentro del paquete había un cordón de cuero finito, de los que se ajustan con dos nudos, y colgando en el centro, una estrella de cinco puntas. Yo solo esperaba que le recordara un poco a la que le había regalado su abuela y que había perdido.

Lo abrió despacio y, en cuanto se dio cuenta de lo que era, se mordió el labio.

—Joder, Beca… No me lo puedo creer —dijo, y a mí me pareció que se emocionaba de verdad, en plan lagrimita y todo.

Yo no dije nada. Tampoco hacía falta.

Nico sacó el cordón de cuero y se lo puso él solo. La estrella plateada le quedó colocada justo entre las clavículas.

¡Le pegaba muchísimo!

—¿Qué tal? —me preguntó.

—Te queda genial —dije sin pensar.

Él se levantó y me dio un abrazo sin decirme nada más. Lo envolví con mis brazos y sentí su olor. Creía que me iba a estallar el corazón.

Había tanta gente alrededor que me entró una vergüenza supertonta, como si de repente hubiera focos apuntándonos, aunque seguramente nadie más que las chicas estaba pendiente. Aun así, no me aparté. Fue bonito. Intenso. Y él estaba emocionado de verdad.

Pero enseguida volvieron a interrumpirnos: la gente se estaba yendo; empezaron las despedidas, los abrazos cruzados y los «Nos vemos mañana». El ruido volvió a llenarlo todo. Así que nos separamos, pero por desgracia, medio segundo después, Celia y su pandilla entraron en mi campo de visión.

— Ciao , Nico. —Ellas lo rodearon muy sonrientes. Se quedaron un rato charlando y solo se despidieron de él.

Yo las ignoré y, con una gran sonrisa, avisé a mis amigas de que iba al baño. Esa noche Celia no tenía ningún poder sobre mi autoestima.