¿Por qué todo es tan complicado? (El caos de Beca 2) Dos versiones de una historia
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Dos versiones de una historia

Todo el mundo parecía estar pasándolo bien. Nico iba de un lado a otro, en plan anfitrión total, y de vez en cuando me miraba; yo le devolvía la mirada y le sonreía.

Finalmente apareció Celia con un par de amigas de su grupo. No entró haciendo ruido, pero al parecer yo tenía como un radar para detectarla. Llevaba el pelo suelto, un top brillante y esa forma de caminar de «el mundo es mío».

Como siempre, vamos

Vi que iba directa a darle un regalo a Nico, pero no quise saber qué era ni cómo reaccionaba él, así que me giré hacia Andrea, que estaba contándole algo a Claudia sobre su profesora de ballet , y me dije a mí misma: «No te agobies con Celia. Hoy no».

La pista empezó a llenarse con los más atrevidos y, poco a poco, sin darnos cuenta, ya estábamos bailando nosotras también.

Al principio me dio un poco de vergüenza, pero decidí no pensar demasiado.

Nos dejamos llevar, riéndonos cuando alguna se chocaba con alguien, hasta que Bel se hizo la dueña absoluta.

Saltaba, giraba, levantaba los brazos, marcaba pasos en plan bachata inventada y, sin querer, acabábamos siguiéndola todas, aunque nos saliera fatal.

Andrea estaba graciosísima y eso que al principio le costó un poco soltarse.

A ella, que era tan de ballet clásico, le estalló la cabeza durante un rato mirando a Bel.

Pero cuando se relajó y se puso a imitarla, le salió un estilo genial, muy rollo Andrea: una mezcla de la delicadeza de bailarina clásica con el caos de Bel.

Y para rematar, se nos unió Claudia. Fue la bomba, ahí sí que nos vinimos arriba del todo y hasta Noa y yo nos volvimos locas. Qué risa.

De repente, en la playlist empezó a sonar una balada. «¿Por qué ahora?», pensamos todas a la vez. Dejamos de bailar y cantar la letra de las canciones a todo pulmón.

Uy…

Mucha gente se fue a tomar algo, como si nadie se atreviera a dar el paso de bailar en pareja, y eso hizo que todo se relajara un poco.

Entonces el primo de Bel se acercó a Noa.

¡OMG!

—¿Bailas? —le dijo así, sin más.

Nos quedamos todas mirándolos, en plan «¿qué acaba de pasar?». Noa dudó lo justo y asintió, todavía con cara de sorpresa, y salieron a bailar. Eran supermonos y no tardaron nada en empezar a reírse, intentando no pisarse el uno al otro y fallando bastante, la verdad.

Mientras tanto, las amigas de Celia bailaban entre ellas y algunas compañeras del conservatorio hacían lo mismo. También bailaron algunos chicos juntos, pero pocos y haciendo el tonto.

Yo miraba alrededor; Andrea bailaba con Claudia y sentí algo raro, no sé, de esos momentos en los que te alegras sin saber muy bien por qué. Todo pasaba rapidísimo y estaba saliendo bien.

De repente, Bel cogió de la mano a Jorge y lo sacó a bailar. Me quedé con la boca abierta. Qué valiente. Antes de mirar a Jorge, Bel se giró disimuladamente y señaló con la cabeza a Nico.

Respiré hondo.

Y pensé que sí. Que me iba a acercar a Nico. Pero no para lo que Bel pensaba; no iba a bailar con él. Era el mejor momento para hacer lo que llevaba días evitando: hablar con él de una vez para aclarar las cosas.

Esa vez no miré al suelo ni me encogí. Lo busqué. Me vio —él estaba hablando en grupo con algunos chicos— y, durante un segundo, nos quedamos así, mirándonos. Entonces fui yo la que dio el paso y me acerqué.

—Nico —dije, tocándole un poco el brazo—. ¿Hablamos un momento?

Asintió sin pensarlo, se despidió de sus amigos y salimos del local.

Al llegar a la salida, noté el frío de golpe. Nico se quedó callado, un poco serio, como esperando a que hablara yo.

Durante un segundo pensé: «Vale, ya está, ahora me bloquearé». Pero esa vez él no dijo cualquier cosa para romper el silencio, como hacía siempre. Se quedó ahí, dándome espacio, esperando.

—A ver, Nico —empecé—. Te prometo que tenía una lista mental de cosas que decirte y ahora… ¿te puedes creer que no sé por dónde empezar? Así que voy a intentar ser directa —«Por primera vez en mi vida», pensé—: No te intereso nada, ¿no? ¿O es cosa mía?

Apreté los puños. Ya estaba. Lo había soltado. Y sí, estaba llena de nervios, sentía que me costaba respirar, pero también estaba contenta. Orgullosa. ¡Lo había logrado!

Por otro lado, Nico se quedó descolocado, como si no hubiera esperado eso ni loco.

—¿Qué? —dijo, con cara de sorpresa total—. ¿En serio?

—No quiero que te sientas mal ni nada —añadí—, solo es por saberlo.

—Creo que eres tú la que ha pasado de mí —dijo con cuidado, pensando en cada palabra—. Desde… Desde lo del beso.

Abrí mucho los ojos.

Ahora era yo quien quería decir: «¿EN SERIO?».

Tragué saliva. Y fue justo ahí cuando me di cuenta de algo: desde su punto de vista, era yo la que había evitado hablar de si nos gustábamos o no, del beso, de todo.

Hasta entonces, yo no había hecho nada para mostrarle que quería hablar del tema o que quería seguir con…

lo que fuera que éramos. Y me dio un poco de vergüenza reconocer que igual sí había sido así, aunque no lo hubiera hecho a propósito.

Pero mi manera de comportarme, mi rareza con él…

Joder…

—Ostras, Nico… No era mi intención —dije—. Me agobié. Pensé que igual tú estabas a otra cosa… y me callé. Pero es que ha habido cosas que me han sentado fatal. El otro día te vi con Celia. Bueno, la vi a ella con tu sudadera. Y me sentó mal. No entendí nada.

Nico puso ese gesto tan suyo de rebuscar recuerdos en la cabeza.

—Ah. Vale… Es verdad —dijo enseguida—. El día de la lluvia, ¿no?