Distinta
Llegamos a la puerta trasera del local de la fiesta. La madre de Bel abrió el maletero y empezó a repartir tareas, diciendo dónde dejar cada cosa, antes de irse a aparcar bien.
Vi a Nico en cuanto entramos. Con tanto lío entre outfits y preparaciones, apenas había pensado que él iba a estar allí también antes de la fiesta.
—¡Hola! Bienvenidas. Bel, ¡felicidades! —Se abrazaron entre risas y felicitaciones—. ¿Te ayudo con eso? —Cogió un par de las bolsas que ella llevaba a rastras y las llevó a unas mesas.
También estaba su madre. Colocaba unas bandejas sobre una mesa y, al vernos entrar cargadas, se acercó a ayudarnos.
—Hola, Beca —me dijo—. ¿Qué tal? ¿Cómo sigue Calcetines?
—Muy bien —respondí—. Igual de pesado que siempre.
Se rio. A mi lado, noté cómo Bel, Andrea y Noa me miraban de reojo, en plan «ya conoces a la madre de Nico, ¿¿¿perdona???». Les había contado el lío del veterinario muy por encima, ya que después del momento «goma», no me dejaron hablar de nada más.
En el fondo del local, Nico estaba metiendo bebidas en la nevera, y yo iba cargada con las bolsas de hielo, así que tenía la excusa perfecta para acercarme.
—¿Las dejo aquí? —pregunté.
Él levantó la vista.
—Sí —dijo—. En ese congelador. Gracias, Beca.
Sonrió un poco, pero no demasiado. Estaba serio, y durante medio segundo se me cruzó una idea horrible: igual tenía que decirme que estaba saliendo con Celia. El pensamiento me duró lo justo para frenarlo: «Beca, no te adelantes. Stop».
Pff…
Nos pusimos a ayudar, a colgar luces, mover mesas, inflar globos y a decidir dónde iban los altavoces, las bebidas…
Fue todo bastante normal; las chicas hacían bromas, Nico intentaba ayudar siempre que podía y yo…
Bueno, intenté no quedarme a solas con él para evitar agobiarme de nuevo.
Ese no era el momento de hablar con él, desde luego.
Cuando por fin estuvo todo listo, miramos el reloj.
—Vale —dijo Bel—. Nos queda una hora.
—¡Hora de arreglarnos! —dijo Andrea.
Los baños de abajo del local eran grandes, de esos con espejos largos y un par de bancos. Cerramos la puerta como si estuviéramos entrando en un sitio secreto y empezamos a sacar cosas de las mochilas.
—Espera, espera. —Noa se quedó mirando la falda que saqué—. ¿Te vas a poner esa falda? ¡Es muy top!
—Sí —respondí con una carcajada—. Me la regaló mi madre.
—Tía —dijo Andrea—. ¡¿Y esas botas?!
Me las puse.
—Son como vintage, ¿no? —añadió Noa—. ¡Me encantan!
¡Qué monas!
—¡Son chulísimas! —dijo Andrea.
Me miré al espejo. Me veía… yo. Pero distinta. Luego me puse la falda vaquera.
—Me tienes flipada —comentó Bel.
—Es que me he venido arriba —bromeé, señalando las suelas de mis botas.
Andrea y Noa se pintaron la línea de los ojos, pero no se hicieron nada exagerado. Y cuando Noa se quitó las gafas y se recogió un poco el pelo, todas la encontramos espectacular, y superdistinta. Las gafas le quedaban geniales, pero sin ellas, sus ojos verdes resaltaban mucho más.
—Ayer estuve practicando toda la tarde para ponerme bien las lentillas —dijo—. ¿Qué tal? ¿Se me ve rara?
—¡Estás guapísima!
Andrea se puso un poco de gloss en los labios. Noa y Bel no se pusieron, pero Andrea me pilló mirándola, así que me preguntó:
—¿Quieres un poco?
Asentí como con vergüenza. Andrea me puso el brillo, que sabía a fresa.
—Te queda bien —señaló con una sonrisa.
Bel se soltó el pelo del todo y lo sacudió como si estuviera en un anuncio.
—Pues ya estaría —dijo—. Versión fiesta activada.
Nos miramos una vez más en el espejo. Sí, estábamos listas para nuestra primera fiesta.
De repente eché un montón de menos a Lucy: siempre pensé que pasaría ese momento con ella.
—Hagámonos una foto —propuse antes de guardarme el móvil—. Quiero mandársela a Lucy. ¡Sonreíd!
Lucy me contestó al instante con un montón de stickers de fiesta. Todas nos reímos: Lucy mandaba los mejores memes, la verdad.
Subimos otra vez con las mochilas. Nico estaba ahora de pie, apoyado en la pared. Cuando levantó la vista y me vio, se quedó mirándome un rato. No dijo nada, pero parecía sorprendido. Yo quería esconderme detrás de las chicas, pero no lo hice, y le dediqué una media sonrisa.
Él también se había cambiado y estaba superguapo, con una camiseta muy suelta y chulísima, y unos pantalones un poco más arreglados de lo habitual.
De pronto pareció como si quisiera venir a decirnos —¿o decirme?
— algo, pero su madre y la de Bel se acercaron para despedirse.
Después de abrazarlas y prometer que seríamos responsables, se fueron.
Jo :(
Bel nos llevó a un cuartito que habían improvisado como trastero y guardarropa para que dejáramos las cosas y, justo cuando íbamos a salir, Noa me tocó el brazo.
—Oye, antes de que se me olvide —dijo, sacando el cuaderno azul de la mochila—. Ten, ya está hecha mi entrada. Guárdalo tú, Beca, así vuelve ya al garaje. Cuando estemos las cuatro allí, os la enseño.
—¿Y si lo leemos ahora? —sugirió Andrea—. Aún no ha llegado nadie, tenemos un rato.
—Sí, bueno, es solo… lo que he pensado que podría pintar en la pared… A ver si os gusta —dijo Noa, sacando la llave para abrir el candado. Parecía que estaba nerviosa mientras ojeaba las páginas hasta encontrar la que buscaba. Luego, nos enseñó su diseño.
Era un dibujo increíble de nosotras cuatro sonriendo y mirándonos, con muy buena vibra.
¡Total!
—¡Guau! —exclamó Bel—. Tía, tienes un don.
—Es precioso —halagó Andrea—. Salimos muy top las cuatro, literal.
—Noa —dije—, va a quedar brutal.
En eso estábamos cuando la puerta se abrió de golpe. Noa se llevó el cuaderno al pecho para esconder el dibujo.
—Eh…, perdón —dijo una chica que entraba con otras dos—. Nos han dicho que podíamos dejar las cosas aquí.
—Sí, claro —respondió Bel, dedicándonos una mirada en plan «¿quiénes son estas?»—. Pasad, nosotras ya nos íbamos.
Noa me dio el cuaderno, lo guardé en mi bolsa —que estaba con las mochilas de las chicas— y salimos del cuartucho mirándonos entre nosotras.
—Creo que son de 1.º A —susurró Andrea.
—Sí —dijo Bel—. Serán invitadas de Nico.
Fuera ya estaban las luces de colores encendidas, la música sonando y alguna gente entrando. Entre ellos un chico moreno y alto, con los ojos rasgados y una sonrisa chula, que vino hacia nosotras sin dudarlo.
—¡Rodrigo! —dijo Bel, abrazándolo. Ambos parecían estar contentísimos de verse—. Chicas, este es mi primo, ya os he hablado de él.
Nos presentamos, nos dimos un par de besos y, como no conocía a nadie, se quedó con nosotras un rato, un poco en plan perdido.
Pero enseguida se le pasó, porque encajó genial; era divertido y con Noa conectó al momento.
Ella fue hablándole y haciéndole sitio sin pensárselo mucho, y eso me sorprendió, porque Noa solía ser más tímida, aunque con él estaba como muy a gusto desde el primer minuto.
Los primeros en llegar fueron amigos de Nico.
Entraron en grupo, hablando alto, chocándose las manos, ocupando espacio y mirándolo todo con incredulidad: la verdad es que la madre de Bel y la de Nico lo habían dejado todo alucinante.
Como ya se había hecho de noche, el local estaba medio a oscuras, pero se podía ver gracias a algunas luces de colores.
Había un montón de comida rica y mucho espacio para bailar.
Los altavoces eran espectaculares y la música se oía increíble, como nos había prometido Bel.
En una esquina había un photocall ; habíamos reutilizado el de San Valentín, al que le quitamos los mensajes ñoños y añadimos algunos objetos para que la gente pudiera hacerse fotos divertidas.
Entre los de ese grupo apareció Jorge, aunque él era más discreto y se quedó medio apartado. Después de acercarse a Nico y darle su regalo —un número nueve, su número de la suerte, para poderlo pegar en la camiseta de fútbol—, fue directo hacia Bel. Se le notaba, no sé, nervioso.
—Toma —le dijo—. Feliz cumpleaños.
Bel lo abrió allí mismo y se le iluminó la cara. Era un llavero con una nutria vestida de futbolista, con balón y todo.
Yo sonreí viendo la cara de felicidad de Bel.
Las nutrias eran su animal favorito desde siempre y nos había contado que Jorge llevaba años regalándole nutrias en su cumple: un peluche, una taza, una camiseta horrible que ella nunca se puso, pero que tampoco había tirado… Era una cosa muy de ellos dos.
¡Fue un detallazo!
—¡No me lo puedo creer! —dijo Bel—. Es perfecta.
Jorge se encogió de hombros, incómodo.
—Bueno…, vi la nutria y pensé en ti.
Bel le dio un empujón suave en el brazo mientras sonreía.
—Gracias.
Jorge se rio, pero se le notaba cortado, como si no supiera muy bien qué hacer después de ese momento.
Me pareció bonito que se hubiera acercado a Bel a solas y hubiera pensado en ella para hacerle un regalo.
Noa, Andrea y yo les dimos espacio y nos servimos algunos refrescos, ofreciéndolos al resto de invitados.
Poco a poco, fuimos hablando, mezclándonos y, no sé, estaba cada vez más relajada y cómoda.
Un poco más tarde llegaron los chicos del antiguo equipo de Bel y algunas jugadoras del nuevo. Luego las amigas del conservatorio de Andrea, todas juntas y bastante más arregladas que el resto. También llegó Claudia, la chica con la que Andrea se llevaba tan bien, que la abrazó nada más verla.
Miré alrededor. Música sonando. Luces encendidas. Gente entrando.
Oficialmente, había empezado la fiesta.