Preparaciones
Durante toda la semana no paramos de hablar de la fiesta.
Empezábamos con cosas prácticas, en plan luces, hielo o si hacía falta comprar algo más, pero daba igual, porque siempre acabábamos en lo mismo: la ropa.
Andrea dudando entre ir de negro o no. Noa preguntando si había que arreglarse mucho o lo justo.
Bel intentando aceptar que existía vida más allá de la ropa deportiva…
Y yo leyendo más mensajes de los que escribía, porque todavía no tenía ni idea de qué ponerme.
Fui cogiéndole ganas
Así que el viernes por la tarde hicimos una videollamada, cada una desde su cuarto, y aquello fue básicamente un desfile caótico.
Bel estaba sentada en su cama, en medio de una montaña loquísima de ropa, como si hubiera explotado un armario.
Andrea, justo lo contrario, tenía todo colocado de forma milimétrica, pero, aun así, no paraba de dudar.
Noa lo tenía más claro, menos mal: nos enseñó un conjunto superNoa, sencillo pero con rollazo, y además nos dejó caer, como quien no quiere la cosa, que igual se ponía lentillas.
Esa fue la gran sorpresa de la tarde, porque nunca la habíamos visto sin gafas.
Cuando me tocó a mí, confirmé lo evidente: tenía muchas cosas, pero todas muy de diario. Aun así, ellas se empeñaron en rescatar prendas que yo tenía olvidadas y acabaron señalando un jersey de mangas de murciélago, de esos que casi nunca me ponía. Prometí probármelo, aunque sin demasiada fe.
Al final lo decidimos rápido: nos llevaríamos la ropa y nos arreglaríamos allí mismo.
Después de todo, íbamos a estar en el local mucho antes de que empezara la fiesta, porque habíamos quedado en que lo montaríamos todo juntas.
Así que el plan quedó perfecto: al día siguiente, después de comer, la madre de Bel nos recogería para llevarnos al local y, cuando lo dejáramos todo listo, nos cambiaríamos y nos prepararíamos con calma, las cuatro juntas.
Mucho mejor que hacerlo cada una en su casa.
—Ah, por cierto… —dijo Bel antes de colgar—. Se me olvidaba. Mi madre me ha encasquetado para la fiesta a mi primo Rodrigo. Es mexicano, de nuestra edad, y es intensísimo —añadió—. Habla con todo el mundo, baila fatal y no conoce el concepto «vergüenza ajena». Es majísimo.
Todas reímos tras su descripción.
—¡Perfecto! —respondió Andrea—. Ya tengo ganas de conocerlo.
Esa noche, antes de dormir, me volvió a la cabeza lo de siempre: Nico.
Llevaba días ensayando algo que quería decirle.
En el instituto había sido imposible: siempre había gente, ruido, miradas…
y por las tardes no me había atrevido a volver por su casa.
A lo mejor la fiesta era el momento perfecto, con música y gente riendo seguro que todo parecía menos importante, ¿no?
A ver…