Desaparecido
Cuando entré en los servicios, estaban vacíos.
Me encerré en un baño a hacer pis. Un momento después, cuando me estaba subiendo las medias, me di cuenta de que se me había hecho una carrera de arriba abajo.
«Qué horror», pensé, y justo cuando me recoloqué la falda, el móvil vibró en mi bolsillo. Era Pablo.
Pablo
Hola, Beca. Esto de la escayola me está sirviendo para escribir a tope, y mira, quería enseñarte esto.
Me envió una foto de su escayola blanca, con una estrofa escrita en rotulador azul, torcida pero perfecta. Sonreí sin darme cuenta. De esas sonrisas que salen solas.
Pablo
Como no tenía papel a mano cuando me vino la inspiración, lo escribí ahí, jajaja.
Le contesté enseguida, aún encerrada en el baño.
Yo
Es precioso. ¡Ya vas por el estribillo!
Pablo
¿Te gusta?
Yo
Y tanto. ¡También vas a ser mejor letrista que yo!
Pablo
Anda ya.
Yo
Oye, estoy en la fiesta que te comenté. Luego lo leo bien, concentrada.
Pablo
Ojalá hubiera podido estar ahí. ¿Quizá a la próxima?
Yo
¡Claro!
Me quedé mirando la foto del yeso un poco más.
Estaba llena de dibujitos —supongo que de la gente de su clase—, frases sueltas, firmas…
Entonces amplié justo un rinconcito de la imagen en el que había dibujados unos corazoncitos y una frase escrita con una caligrafía supercurrada: «With love, Anna».
Me pregunté quién era Anna —y pensé en si preguntar a Pablo sobre ella— cuando oí unos cuchicheos en el baño de al lado.
Eran claramente unas chicas riéndose bajito.
—Tía, mira esto —decía una—. Qué intensita.
—Ya… —respondió otra—. ¿Y esta qué?
Se rieron otra vez.
Se me quitaron de golpe las ganas de estar ahí, así que decidí marcharme rápido.
No quería malas vibras esa noche. No supe quiénes eran ni tampoco me interesó, y es que, sin verles la cara, ya no me cayeron bien.
Abrí el grifo para que se notara que había alguien más y los cotilleos se cortaron en seco.
Me lavé las manos, me miré un segundo en el espejo y volví a la sala.
¡Adiós, drama!
Cuando subí, me di cuenta de que la música estaba un poco más bajita y de que ya quedábamos menos, los que no teníamos ganas de irnos.
Las chicas y yo estuvimos un rato más bailando, pero ya sin tanta intensidad, hablando entre canción y canción y riéndonos de cualquier cosa.
En un momento, Andrea salió con Claudia para despedirse.
Claudia me había caído muy bien, tenía un rollo guay, y parecía de esas personas con las que es fácil hablar.
Bel se fue acercando a los de su equipo, que estaban en la puerta con Jorge y Noa se quedó en la pista con Rodrigo, dándolo todo hasta el final.
Yo me aparté un poco y vi a Nico ir de un lado a otro, chocando manos, dando abrazos rápidos y despidiéndose de los que se iban.
Me hizo sonreír verlo tan así, súper encantador con la gente, y pensé que me había sentado genial hablar con él de una vez.
La sala se fue quedando vacía, abrazos sueltos y besos rápidos, y esa sensación de que algo se acababa, que había estado genial, y que seguramente lo recordaría para siempre.
Al final, solo quedaron los cumpleañeros y los poquitos que nos quedamos a ayudar a recoger vasos, mover mesas, tirar la basura y cosas así: Nico, Rodrigo, Jorge y nosotras.
Por suerte, enseguida aparecieron las madres, en plan hadas madrinas, y no sé cómo lo hicieron, pero en cinco minutos todo estaba recogido y en orden.
—Bueno, ha ido superbién, ¿no? —dijo Andrea mientras rebuscábamos nuestras cosas entre los abrigos y los bolsos que aún quedaban en el cuartito.
—Totalmente —contestó Bel, con esa cara de felicidad cansada que se te queda después de algo importante.
—Lo tengo todo grabado —comentó Noa, enseñándonos su móvil antes de guardarlo—. Voy a hacer un montaje chulísimo.
—¡Top! —exclamó Andrea.
Mi móvil empezó a vibrar. Era mi padre.
—Chicas, me voy ya, que mi padre está mal aparcado —dije mientras me ponía el chaquetón.
Las cuatro nos dimos un abrazo de esos que aprietan de verdad.
Cuando salimos de allí, me encontré a Nico, que estaba un poco cortado. Las chicas nos dejaron solos y me fijé en que fueron a ocuparse de que las madres no nos interrumpieran.
—Gracias por venir —dijo Nico con voz cálida.
—Gracias a ti —le contesté, sonriendo.
Nos quedamos un segundo mirándonos, como si ninguno supiera muy bien cómo despedirse. Entonces, sin acercarse demasiado, susurró, gesticulando mucho:
—Te escribo luego.
Asentí, con una sonrisa que no me cabía en la cara.
Después ya sí, salí casi corriendo hacia la calle, con esa sensación indescriptible de que la noche no podía haber ido mejor.
Al llegar a casa, me dejé caer en la cama bocarriba, sin encender la luz, mirando al techo. Estaba agotada, pero no tenía sueño. Era ese cansancio raro que llega después de algo intenso, cuando el cuerpo quiere parar, pero la cabeza sigue a tope.
Cerré los ojos y empecé a repasar la noche, como si fuera una peli mal montada, con escenas sueltas apareciendo sin orden, y entonces empecé a canturrear bajito la melodía que llevaba días rondándome la cabeza para mi canción.
Me entraron unas ganas enormes de escribir, así que me levanté a por un boli y volví a la cama.
Abrí la bolsa para sacar el cuaderno azul y terminar de componerla allí, para compartirla con las chicas, y fue entonces cuando me di cuenta.
No estaba.
¡Mierda!
Volví a meter la mano, más al fondo. Saqué el monedero, los cascos, un caramelo aplastado, un pañuelo hecho polvo, y nada.
El corazón empezó a latirme más rápido y una sensación rara me subió por el pecho. Miré en la cama, en el suelo, en la mesa. Nada.
Me puse las zapatillas y bajé casi corriendo.
—¿Dónde vas? —preguntó mi padre desde el salón.
—Un momento al coche —dije—. Creo que me he dejado algo.
Salí sin coger mi abrigo, abrí la puerta del coche, encendí la luz interior y miré en el asiento, en el suelo, debajo, incluso en la guantera, por si acaso.
Nada.
Volví a entrar, intentando parecer normal.
—¿Lo has encontrado? —preguntó.
—Sí —dije rápido, solo para no tener que darle explicaciones, porque estaba empezando a ponerme muy nerviosa y no sabía ni cómo explicar que el cuaderno había desaparecido y por qué era tan importante.
Guardaba nuestros miedos, nuestros secretos.
Todo estaba ahí escrito…
Subí otra vez a mi cuarto con el corazón a todo gas, cerré la puerta despacio, me apoyé un segundo en ella y entonces ya no tuve dudas.
No estaba.
Me senté en la cama, cogí el móvil y abrí el chat del grupo con las chicas. Escribí. Borré. Volví a escribir.
Yo
Chicas… Joder. No sé cómo decir esto.
Respiré hondo.
Yo
El cuaderno azul no está en mi bolso.
Esperé un segundo más. Visualicé el momento en que estábamos en el cuartillo antes de la fiesta y entraron unas chicas. Ahí todavía teníamos el cuaderno entre las manos. Noa me lo había dado y yo lo había guardado en la bolsa; estaba segurísima.
De golpe se me vino a la cabeza el ratito que estuve en el baño, los comentarios y cuchicheos…
Yo
Creo que lo han robado.