¿Por qué todo es tan complicado? (El caos de Beca 2) La sudadera gris
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La sudadera gris

Y entonces lo vi.

No podía ser. Sentí que mi corazón se detenía.

Literal

Celia llevaba puesta la sudadera de Nico. La gris ancha, con la B pequeñita en el pecho. La suya. La que me encantaba. La que le había visto puesta esa mañana. Era esa, segurísimo. Vamos, que no tenía ni media duda.

Me quedé un segundo completamente en shock, pero fue solo eso, un segundo.

Lo que vino después no fue tristeza ni pena rara.

Fue un cabreo espectacular. Por suerte, el bus llegó en ese momento y subí del tirón, porque si me llegaba a ver Nico y se cruzaba a saludarme quién sabe cómo habría reaccionado.

Y ahí lo pensé claro, sin excusas: ahora entendía por qué Nico hacía como si nada con mi goma.

Era por Celia.

Me senté al fondo del bus, me puse los cascos y decidí no pensar más en el rollo de la goma. Me dije: «Vale, pues ya está. No le gusto y tampoco se atreve a decírmelo. Paso de Nico».

Mientras caminaba hacia casa, lo solté en el chat:

Yo

Eh…, chicas…, a ver… Resumen: he visto a Celia con la sudadera de Nico. ¿Os lo podéis creer? Primero, lo de la goma… y ahora esto… Supongo que o estarán juntos o le mola a Nico. En fin. Esta tarde hablamos, ¿vale? Ahora no tengo muchas ganas.

Y apagué el móvil.

Comí con mi padre intentando que no se me notara el mosqueo. Le contestaba lo justo y en cuando acabamos, recogí el plato y, con la excusa de estudiar, me fui directa al garaje. Calcetines, como siempre, vino detrás.

Me senté con la guitarra y empecé a tocar sin afinar siquiera. Intentaba escribir la siguiente estrofa de mi canción, pero todo me salía torcido, en otro tono, con mala leche, así que paré.

—Estoy enfadadísima —le dije a Calcetines, que me miraba con cara de «a esta le pasa algo».

Entonces empezó a ladrar hacia la puerta del garaje y escuché voces. La de mi padre… y, qué fuerte, ¡tres más!

—¡¡Sorpresa!! —dijo Bel, asomándose por la puerta.

—Pensabas que te ibas a librar de nosotras —añadió Noa, cerrando la puerta. Luego giró el móvil para que viera la pantalla. En ella estaba Andrea, en una videollamada, con los azulejos del baño del conservatorio de fondo.

¡Son las MEJORES!

—Holaaaaaa —susurró—. Estoy encerrada aquí para enviarte todo mi amor virtual, Beca.

Bel vino directa a abrazarme.

—Tía…, ¿cómo estás?

—Enfadada —dije—. Mucho.

Cogieron cojines y se sentaron alrededor del sillón. Yo aún tenía la guitarra en las manos.

—¿Estabas componiendo? —preguntó Noa.

—Intentándolo, pero solo me sale rabia. Es que es muy fuerte —añadí, ya sin freno—. Muy fuerte. Casi dos días sin decirme nada, sin preguntarme nada, sin darme ni una señal… Es que más claro, agua.

—Ya… —dijo Bel despacio—. Te entiendo.

—Éramos amigos —seguí—. Creía que teníamos la confianza como para que… No sé, para que no me hiciera quedar como una idiota. Es una mierda.

Andrea asintió desde la pantalla.

Bel se quedó pensativa un segundo más de lo normal.

—Igual lo mejor es suspender la fiesta —reflexionó al final—. Si tú no estás bien, no tiene sentido. Además, Celia va a ir…

—¿Cómo? —saltó Andrea—. ¿Estás hablando en serio?

—Sí —respondió Bel—. Ya haremos otra. Las cuatro.

A Bel se le notaba que la idea no le encantaba, pero estaba preocupada por mí. Me supo fatal que se sintiera así. Iba a decir algo cuando Andrea habló:

—A ver… Hacemos lo que queráis. Pero suspenderla por Celia y un chico, aunque sea Nico, sería justo lo contrario de lo que nos propusimos este año: no dejar que los demás nos fastidien ni nos alejen de lo que queremos.

Pues sí…

El resto nos quedamos calladas. Tenía razón. Me enfadé conmigo por llevar días dándole vueltas a todo en vez de hacer algo, y por no atreverme a preguntar las cosas a la cara.

—Andrea, tienes razón —dije al final—. No vamos a suspender ninguna fiesta por esto. Voy a hablar con Nico.

Andrea me abrió los ojos

—¿En serio? ¿Ahora? —preguntó Noa.

—Ahora o nunca —contesté, levantándome, como dándome impulso, mientras todas me miraban flipando un poco.

—Ok, pues nosotras ya tiramos entonces, ¿no? —dijo Bel, mirando el reloj y poniéndose de pie—. Mi madre nos espera en el coche, que tengo entreno, y dejamos a Noa en su casa.

—Gracias por venir, chicas. De verdad. Sois las mejores. —Abracé a Bel y a Noa, y le mandé un beso a Andrea, que colgó al oír que alguien entraba en el baño.

Mientras recogíamos los cojines del suelo, Noa se quedó un segundo quieta, mirando la estantería, como dudando. Luego fue directa a coger el cuaderno azul.

—Creo que me lo llevo yo hoy —dijo, sonriente, a la vez que lo guardaba en su mochila—. Hace días que no escribo nada sola.

Y así salimos del garaje. Yo ya iba metida en mi tarea de no arrepentirme: no podía echarme atrás, así que, acompañada por Calcetines, puse rumbo a casa de Nico.