¿Por qué todo es tan complicado? (El caos de Beca 2) Cero señales
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Cero señales

El lunes salí de casa escuchando en bucle la última canción de Billie Eilish, que me ayudaba a no pensar demasiado.

Al llegar a la parada del bus vi a Nico, de pie, apoyado con las manos en los bolsillos y, como siempre, sonriente.

Durante un segundo pensé que estaba allí esperándome, pero casi al mismo tiempo me dije que simplemente estaba chispeando y que, cuando llovía, Nico no cogía la bici. Punto.

Casi sin darme cuenta, miré de reojo sus muñecas; estaban cubiertas por el chaquetón. Era imposible saber si llevaba o no la maldita goma.

—Buenos días, Nico.

—¡Beca! —dijo, sonriendo, un poco atropellado, o igual eso me lo estaba inventando yo.

O no, ni idea

El bus llegó; subimos y nos sentamos juntos, como ya habíamos hecho alguna vez antes. Durante unos segundos no dijimos nada. Mi cabeza decidió rellenar el silencio con negatividad: pensé que me quería rechazar, pero, al ser tan amable, no sabía cómo decírmelo.

—Uf, qué calor hace aquí, ¿no? —dijo, quitándose el chaquetón y dejando a la vista su sudadera gris ancha, que me encantaba porque tenía un logo pequeño en el pecho en forma de B.

«De Beca», pensé, riéndome yo sola. ¿Y si era una señal?

Ojalá…

Cuando se recolocó en el asiento, se me borró la sonrisa: no llevaba la goma.

Nico empezó a hablar de la fiesta. De que al final iba a ir más gente de la que pensaba, que vio nuestra playlist y añadió algunas canciones, que su madre le había dicho que ella lo ayudaba con todo, que la madre de Bel haría las tartas…

Yo intenté centrarme en lo que decía, pero me costaba.

Lo oía, pero por dentro estaba repasando el sábado en bucle, como si pudiera cambiar lo que hice o lo que no hice.

Estaba agobiada de mi agobio; cansadísima de no poder dejar la mente en blanco.

No me gustaba nada aquella versión de mí.

—A ver si no llueve más fuerte —añadió—. Los de 1.º A tenemos salida hoy. Vamos a una exposición de ciencia.

—Ah… —respondí—. Qué bien, salir del instituto un rato. No creo que llueva más.

Pero al bajar del bus caía agua a lo bestia.

—¿Qué decías? —preguntó Nico con una ceja alzada. A pesar de mi agobio, sonreí.

—Habrá que correr un poco… —dije.

Echamos a correr los dos a la vez, riéndonos, pero llegamos empapados igual. Ya en la puerta coincidimos con Jorge, que iba tan tranquilo bajo un paraguas enorme.

—Este es más listo que nosotros —dijo Nico.

Y nos despedimos con un «Luego nos vemos» normalísimo. Ni incómodo ni especial. Demasiado normal. Pero vaya, prefería eso, prefería que siguiera sonriendo y haciendo bromas a que algo entre nosotros hubiera cambiado tras darle la goma.

La mañana en el insti fue normal. De vez en cuando, vi a Bel charlar con algunos compañeros. Había invitado a media clase a la fiesta y eso creaba un poco de vínculo.

Aproveché el recreo para contarles bien a las chicas mi sábado con Nico y saber qué opinaban ellas.

—¿Pero por qué no nos lo has dicho antes? —preguntó Bel—. No me gusta que te rayes sola, ya lo sabes.

—No sé —dije—, me daba vergüenza que no me hubiera contestado, que no hubiera dicho nada y, además… —tragué saliva—, tenía esa esperanza absurda de que, antes de veros, hubiera pasado algo.

—Ya… —dijo Bel, sin reproche.

—Bueno —intervino Noa—, yo necesito contexto.

—¿Contexto? —dijimos Bel, Andrea y yo casi a la vez.

—Sí, contexto. Porque lo de la goma no lo entiendo… ¿Qué pasa con ella?

—¿De verdad no sabes lo que significa que una chica le regale su goma del pelo a alguien? —preguntó Bel.

—De verdad que no tengo ni la más mínima idea —respondió Noa—. ¿Es tan raro no saberlo?

Andrea se giró hacia ella, muy seria, como si fuera a dar una clase magistral.

—A ver —dijo—. Es algo bastante íntimo, como decir: «Me gustas mucho».

—Y lo normal —añadió Bel— es que, si le molas a quien se la hayas dado, se la ponga en la muñeca. Como una señal. En plan: «Tú a mí también me molas».

Noa abrió los ojos como platos.

—¿En serio? No tenía ni idea.

—Pues yo sí —dije—, por eso se la di.

Se hizo un silencio corto.

—Bueno, visto lo visto, la cosa no es tan grave —comento Bel—. Pueden haber pasado dos cosas. La primera es que Nico sea como Noa y no haya pillado nada…

—Y la segunda… —empecé.

—Que no siente lo mismo —terminó Andrea—. Aunque seguro que no; no es de los que se quedarían callados —añadió enseguida—. A Nico le pega más que esté en la parra.

—Ya —dije—. Pero tampoco voy a ir a preguntárselo tal cual, ¿no?

Nop. ¡Ni de coña!