¿Por qué todo es tan complicado? (El caos de Beca 2) Menos mal
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Menos mal

El sábado, después de comer, Calcetines se tumbó en su camita.

Noté que estaba como raro, tristón, sin ganas de nada.

Durante la comida no se había levantado ni una sola vez para ver si le caía algo, cosa que me pareció bastante extraña.

Normalmente siempre estaba en modo aspiradora, dando vueltas alrededor de la mesa y mirándonos con ojitos suplicantes.

Qué extraño…

—Cariño, tengo que salir un rato —dijo mi padre, acercándose a darme un beso—. He quedado para entrevistar a un escritor. Antes de la cena estoy aquí.

—Vale, yo tocaré un poco y me pondré a estudiar.

Cuando cerró la puerta, miré a Calcetines. Levantó un poco la cabeza, pero nada más.

—¿Qué te pasa hoy? —le dije, rascándole la barriga.

Movió un poco la cola y volvió a dormirse.

Pensé que estaría cansado y no le di más vueltas, pero cuando tiré para el garaje, decidió que se venía conmigo. Me siguió por el jardín mucho más despacio de lo normal, quedándose atrás. Entonces lo escuché lloriquear.

—¡Hola, Beca!

Era Nico. Me giré de golpe y vi a Calcetines cerca de Nico: lloriqueaba en su dirección. Nico me sonreía desde el otro lado de la verja, pero hizo un gesto extraño al oír al perro.

—¡Calcetines! ¿Qué te pasa?

Fui a abrir a Nico. Mi perro agachó las orejas: no celebró mucho su llegada. Me empecé a poner nerviosa por su actitud. Definitivamente, no parecía estar bien.

Era rarísimo…

—Hola, Nico. La verdad es que está rarísimo —susurré.

—Y tiene el hocico seco…

—Es verdad —dije, tocándole el morro.

Ni siquiera me agobié por la presencia de Nico; solo pensaba en lo raro que estaba Calcetines. Saqué un puñado de chuches para perros, de las que solía llevar en el bolsillo, y se las acerqué al hocico, esperando que reaccionara…, pero ni siquiera las olió.

—Calcetines nunca rechaza comida. Nunca. Es como si yo rechazara chocolate.

—Pues… —Nico se puso serio de verdad—. Igual deberías decírselo a tu padre. Habría que llevarlo al veterinario.

—Es que no está —dije, ya con un nudo en la garganta—. Y es sábado por la tarde…, seguro que el suyo está cerrado.

—Espera. —Sacó el móvil—. Voy a llamar a mi madre.

¿Cómo no me había dado cuenta antes de que algo no iba bien? Me sentí fatal. Menos mal que Nico estaba ahí. Menos mal.

A los pocos minutos apareció el coche de su madre.

Nico abrió la puerta de atrás y me hizo un gesto para que subiera primero con Calcetines.

Dentro iba también Vega, su hermana pequeña, sentada en el otro lado, que me saludó nada más verme, inclinándose un poco hacia delante para mirar a Calcetines.

—Hola, Beca —añadió la madre de Nico enseguida, con una voz muy dulce—. Encantada.

—Igualmente —respondí con voz rara, supongo que de los nervios—. Gracias por venir tan rápido. Es que mi padre está con algo importante de trabajo y… Gracias.

—No va a ser nada, ya verás —dijo—. Los perros también tienen días malos.

Nos acomodamos como pudimos: Calcetines en mis brazos, Nico a mi lado, Vega mirándolo con cara preocupada y su madre al volante. En cuanto arrancó, la madre de Nico empezó a hablarme con una calma que agradecí muchísimo, aunque yo estaba demasiado pendiente de mi perro para escucharla del todo.

Fue majísima

En el trayecto escribí a mi padre:

Yo

Papá, estamos en el veterinario con Nico y su madre. Calcetines está muy raro. Pero estamos bien.

No tardó ni diez segundos en llamarme.

—¿Cómo que en el veterinario? ¿Qué ha pasado? —preguntó, claramente agobiado.

—Tranquilo —le contesté rápido—. Estamos bien. De verdad. Luego te cuento todo. Te paso mi ubicación a tiempo real, ¿vale? Así estás más tranquilo.

—Vale, sí. Llámame en cuanto sepáis algo, Beca. Si empeora, voy corriendo para allá.

Yo asentía sin dejar de mirar a Calcetines, que iba con la cabeza apoyada en mis piernas y, para mi gusto, demasiado quieto.

En la clínica nos tocó esperar un poco. Había un perro pequeño temblando en brazos de una señora y un gato dentro de un transportín, mirando con cara de «yo no he pedido estar aquí».

Después de lo que me pareció una eternidad, entramos en la consulta. El veterinario exploró a Calcetines con muchísimo cuidado.

—Tiene bastante fiebre —dijo—. Puede ser un virus o que haya comido algo que no debía.

—¿Es grave? —pregunté, con la voz atascada.

—De momento no —respondió—, pero hay que tenerlo en observación.

Le inyectó antibióticos y nos aseguró que le sentarían bien. Calcetines ni se quejó.

—Con esto debería empezar a bajar la fiebre —explicó—. Durante los próximos tres días tendrá que tomar una pastilla cada veinticuatro horas.

Le dio la caja a la madre de Nico.

—La dueña es ella —dijo con una sonrisa amable. Me la pasó a mí y me explicó todo despacio, mirándome, sabiendo que yo estaba a punto de llorar.

Asentí, mordiéndome el labio. No estaba preparada para que a Calcetines le pasara nada malo. Nunca. Jamás.

De vuelta a casa le escribí otra vez a mi padre:

Yo

Ya estamos bien. Le han puesto antibiótico y dicen que no es grave. Ahora está más tranquilo.

—¿Seguro que no quieres venirte a casa y esperar allí hasta que llegue tu padre? —me ofreció la madre de Nico.

—Prefiero quedarme en mi casa. Calcetines tiene su cama y todas sus cosas allí; estará más cómodo —dije—. Pero muchas gracias; me habéis ayudado un montón.

Nico me miró.

—¿Puedo quedarme contigo un rato?

—Claro —respondí sin pensarlo. Sonreí, y Nico se acercó un poco para acariciar a Calcetines.

La verdad es que, con Nico a mi lado, esperar a ver qué tal iba reaccionando Calcetines sería menos agobiante.

Suerte que había venido