No podemos seguir así
Cuando abrí los ojos, Lucy ya estaba sentada en mi escritorio mirando el móvil, con cara de llevar un rato despierta.
—Buenos días, marmota —dijo, sonriendo, mientras me enseñaba la pantalla—. No han puesto nada nuevo.
Me incorporé despacio, todavía medio dormida, me puse una sudadera y, mientras me ataba el pelo, pensé que ya era domingo. En unas horas Lucy se volvía a su casa y otra vez nos tocaría acostumbrarnos a la distancia.
—Ayer pasó volando —comentó Lucy, como si me hubiera leído la mente.
—Pues sí… —respondí bajito.
—Vamos a desayunar, anda —añadió—. Me muero de hambre.
En la cocina estaba mi padre, tomando café, escuchando música clásica y leyendo el periódico, muy en plan domingo.
Lucy se sentó a la mesa mientras yo preparaba leche con cacao y sacaba unas galletas.
Mi padre y ella empezaron a hablar; él le preguntó cómo estaba su madre y cómo iban las cosas.
Yo desayuné, sintiéndome rara. Pensé en mi madre, y en lo raro que era que no estuviera allí, pero la voz de mi padre me distrajo:
—Deberíais sacar a este. —Mi padre miraba a Calcetines, que lloriqueaba delante de la puerta.
—Sí, ahora —dije—. ¿Te apetece, Lucy?
—Claro —contestó, poniéndose el chaquetón y apurando el cacao.
Le pusimos la correa a Calcetines y salimos a la calle. Hacía frío del que despeja, pero se estaba bien. Caminábamos despacio, sin ninguna prisa, como si alargar el paseo fuera una forma de alargar el fin de semana.
Al pasar por delante de cierta casa azul, me di cuenta de que la bici de Nico no estaba apoyada junto a la entrada, donde casi siempre la dejaba. Recordé que algunos domingos también iba a jugar al fútbol, aunque en un rato le tocaba sacar a los perros…
Lucy me miró de reojo y sonrió.
—Esa es la casa de ese chico. Nico, ¿no?
Asentí.
Lucy levantó un poco la barbilla, observándola.
—Me gustaría conocerlo. A ver si es tan…
No terminó la frase. Me dio un empujoncito suave en el hombro.
Yo sonreí sin querer. Lucy lo notó enseguida.
—¿Hay algo que quieras contarme? —preguntó, arqueando las cejas.
—No. Bueno…, sí. —Suspiré—. Últimamente me rayo más de la cuenta. Igual son demasiadas cosas juntas. En cualquier caso, no tengo muchas ganas de hablar de eso ahora…
¡Qué corte!
Lucy no dijo nada. Seguimos caminando unos pasos más, escuchando a Calcetines olisquearlo todo.
—Me encantaría haber estado contigo estos meses, que hubiéramos vivido juntas el principio del instituto, lo de Nico, tus nuevas amigas… Hubiera sido genial.
—Bueno, pero no ha podido ser, y no pasa nada. Me ha costado entenderlo, pero creo que es normal que las relaciones con los demás vayan cambiando, y eso está bien.
—Estos dos días… me han encantado. —Se quedó callada un segundo—. Por momentos, ha sido como olvidarse de todo. De Insta, del instituto, de sentirme rara todo el rato. Como antes. —Se paró en seco—. Pienso en volver hoy y es como… todo se me cae encima otra vez.
Intentó sonreír, pero no le salió. En cambio, se le llenaron los ojos de lágrimas y, sin decir nada más, se me echó encima.
Lucy, la fuerte. Lucy, la que siempre parecía estar bien. Se desmoronó.
—Eh, eh… —le dije, apretándola contra mí—. Tranquila.
—Estoy harta, Beca —balbuceó entre sollozos—. Cansada de fingir que no pasa nada.
Pfff :(
La abracé más.
—No podemos seguir así —susurré—. No solas.
Lucy levantó un poco la cara.
—En cuanto estés de vuelta en casa, se lo contamos a nuestros padres de una vez—dije—. Seguramente, ellos sepan qué hacer.
Ella respiró hondo, limpiándose las lágrimas con la manga.
—Se van a enfadar. Nos hicimos una cuenta sin decírselo.
—Lo sé —respondí—. Pero seguir así es peor.
Se quedó callada unos segundos. Al final, nos miramos y asentimos, conscientes de que acabábamos de tomar una decisión de las importantes. Retomamos el paseo. Por el camino planeamos cómo hacerlo y cómo decirlo.
Cuando ya casi era la hora de irnos, subimos a mi cuarto para que Lucy cogiera la mochila. Yo la seguí, con esa sensación rara de saber que algo se estaba acabando.
Mientras Lucy se ponía la sudadera, se quedó mirando la silla del escritorio.
—¿Y eso? —preguntó, señalando la bolsa donde tenía las botas que me habían regalado.
—¡Ah! Son las botas que me regalaron para Reyes. Creo que las voy a cambiar.
—¿Por qué? Pero si son top —dijo, sacándolas de la bolsa para verlas bien.
—No sé… Son rojas, ¿no? Muy… llamativas. No me veo con ellas puestas.
Demasiado, quizá
Lucy frunció un poco el ceño para demostrar que no estaba de acuerdo.
—Pero si a ti te encanta el rojo —dijo—. Tenías el chándal rojo ese que terminaste desgastando y la chaqueta que te ponías todo el invierno también era roja.
—Sí, tía —contesté—, pero tenía nueve años.
—Ya, pero si tengo que pensar en un «color Beca», diría que es el rojo.
—¿En serio?
—Sí, tía. En serio.
—Ya… —murmuré—. Pero ahora me parece que llama demasiado la atención.
—No sé. A mí me parece precioso. Y quedaría genial con cualquier outfit de los tuyos —dijo, guardando las botas en la bolsa.
Me quedé callada un segundo. No tenía ganas de probármelas ni de darle vueltas a eso justo antes de despedirnos. Iba a decirle que ya lo vería cuando oí la voz de mi padre desde las escaleras:
—¡Chicas! Hay que ir saliendo.
Nos despedimos en la estación, sabiendo que esa misma noche iba a haber movida, porque sería cuando se lo contaríamos todo a nuestros padres.
Lo haríamos las dos a la vez. Lucy me avisaría cuando estuviera con su madre y yo llamaría a la mía por videollamada, para contárselo a mi padre y a ella al mismo tiempo.
Sin medias verdades ni retrasarlo más. Quería contárselo a los míos porque la situación me había dado mucho miedo y porque sabía que, tarde o temprano, se enterarían por la madre de Lucy.
No sabíamos cómo iba a salir ni qué cara pondrían, pero sabíamos que necesitábamos hacerlo, porque era insoportable seguir así.