Sumas
Nos quedamos un rato sentadas en el suelo, sin hacer nada especial.
Calcetines roncaba entre las dos, con la cabeza apoyada en mi pierna.
Durante unos minutos, casi parecía que todo estaba bien de verdad.
Hablamos de tonterías. De una serie absurda que Lucy estaba viendo, de una profe suya que pronunciaba fatal los nombres, de que el colchón hinchable siempre acababa medio desinflado aunque lo hincharas a tope.
Más tarde, cuando nos quedamos en silencio, Lucy dejó de reír y, con la mirada medio perdida, empezó a acariciar a Calcetines. No parecía la de siempre; no parecía ella.
—Ojalá todo fuera siempre así de fácil.
Pues sí…
Había llegado el momento de hablar del tema, aunque una parte de mí hubiera querido quedarse un rato más hablando de nada. Cogí la mano de Lucy, para que supiera que estaba ahí para escucharla y apoyarla.
—Siento que ya no tengo el control. Al principio era…
vale, una cuenta falsa, alguien aburrido.
Una tontería. Pero ahora… —se quedó pensando un segundo y cogió el móvil para entrar en la maldita cuenta—.
Ahora es como si ese alguien pudiera hacer cualquier cosa.
De momento solo pone frases random , pero me da miedo que empiece a escribir…
insultando a gente. Metiéndose con alguien del instituto, que consiga que todos piensen que soy yo…
—Sería horrible.
—Es que no sería solo horrible —respondió—. Sería imposible de parar.
—¿Quién querría hacerte algo así?
—No lo sé… —dijo—. Le he dado mil vueltas y siempre acabo en lo mismo: no se me ocurre nadie.
Lucy levantó la mirada.
—Es que han subido fotos y vídeos que no estaban en ningún sitio más —aseguró, enseñándome los reels—. Ni en Insta, ni en la nube, ni en ningún chat. Estaban en mi móvil.
Qué miedo…
—Seguro que te han hackeado el móvil, Lucy —deduje—. O te lo quitaron un rato y descargaron las fotos… No sé.
—Ya lo he pensado, pero no lo tengo claro.
No sé cómo o cuándo podría haber sucedido.
—Se le notaba el cansancio en la voz—. Por eso no duermo.
Por eso me despierto y miro el móvil. Todo el rato estoy pensando: «¿Y si ahora mismo está entrando otra vez?
¿Y si tiene mis mensajes? ¿Mis notas? ¿Mis fotos, las que tengo contigo y con otra gente? ». Es que no solo me afecta a mí…
—Tía…, ¿y si es alguien del cole? —insinué, apretándole la mano—. De primaria, digo. Alguien que te conociera bien.
—No había caído en eso…
Yo me quedé pensando, pero no tenía ni idea de quién podría haber sido. Se hizo un silencio extraño entre las dos; se notaba, por su cara, que Lucy le estaba dando vueltas a algo.
—Tía, nunca hemos probado con el correo de recuperación —soltó de repente, como alucinada de que no se nos hubiera ocurrido antes—. Ya sabes, escribir el usuario de Insta, como si fueras a iniciar sesión, y darle a «he olvidado la contraseña».
—No tenía ni idea de que eso se pudiera hacer.
—¡Y yo no había caído hasta ahora! —dijo—. Hagámoslo; a ver qué pasa. A lo mejor podemos ver cómo empieza el mail de la persona que ha creado la cuenta.
Cogí su móvil y lo hicimos, despacio, las dos mirando la pantalla.
—Si funciona, quizá podamos reconocer el nombre del culpable con la pista de las letras.
Tardó unos segundos en cargar. Luego, en la pantalla apareció el siguiente texto:
Lucy frunció el ceño.
—M…a. ¿Quién puede ser? —murmuró—. ¿María? O Mariana, Matías…
—No conozco a ninguno.
—Ni yo —respondió, concentrada—. ¿Marta?
—Marta, la del cole, no sabría ni cambiar la foto de perfil. ¿Se te ocurre algún nombre más?
—Pues no…
—Tenemos pista, pero cero idea.
Era complicadísimo…
Nos quedamos pensando un rato más en el nombre, pero no tuvimos más ideas. Por suerte, mi padre llamó a la puerta para anunciar que había hecho para cenar el sándwich mixto con huevo que le gustaba a Lucy.
En la cena, Lucy volvió a actuar como si no le ocurriera nada y todo fueron risas.
Yo la miraba y pensaba que era genial tenerla ahí, como siempre, como si no hubieran pasado meses ni ciudades ni movidas raras, pero preferiría que no tuviera que fingir, que pudiera olvidarse del tema del perfil falso.
De vuelta en el garaje, no hablamos mucho más. Llevábamos un rato con las luces apagadas para intentar dormir.
—Beca… —dijo Lucy muy bajito—. Creo que tenías razón. Tendremos que contárselo.
—¿A quién?
—A nuestros padres.
—Nos va a caer una bronca brutal —empecé—, pero… creo que no hay otra.
Nos quedamos en silencio.
—Nunca pensé que podía pasarme algo así, tía. Nunca. Yo pensaba que estas cosas les pasan a otras personas. A gente famosa. O a gente interesante, o que sube mil cosas.
—Ya…
Me costó un poco dormir. Me quedé pensando que, a veces, cuando haces amigas nuevas parece que tienes que elegir, como si hubiera un límite de amistades, pero no va así. La amistad no es una resta, es una suma. Lucy estaba ahí y eso no le quitaba nada a nadie. Al revés: sumaba. Y bastante.